sábado, 1 de agosto de 2026

DESEO DE SER MADRE

 ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener?

La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas.

Nunca han nacido hijos tan deseados como los que nacerían en un mundo donde ninguna mujer fuera obligada a ser madre, ninguna madre fuera obligada a entregar a su hijo y ningún hijo fuera separado de su madre para cumplir el deseo de otros.

La humanidad continúa solo si las mujeres desean continuarla.

Pero... la autonomía materna no termina en el parto.

Desear ser madre no significa únicamente desear un embarazo o un nacimiento. La mujer que desea ser madre quiere recibir a su hijo, verlo crecer a su lado, protegerlo, conocerlo y acompañarlo durante el tiempo en que depende de ella. La maternidad deseada no es un instante biológico aislado sino la voluntad de sostener un vínculo en el tiempo.

Por eso, no existe verdadera libertad reproductiva cuando una mujer puede decidir gestar, pero después vive bajo la amenaza de que una institución intervenga, reparta, condicione o interrumpa la relación con su hijo. La autonomía materna no comienza y termina en el cuerpo embarazado. Continúa en la crianza, en el cuidado cotidiano y en la posibilidad de permanecer junto al hijo sin que ese vínculo sea tratado como una concesión revocable.

Eliminar la tutela ordinaria del Estado no significa abandonar a madres e hijos ni negar que puedan existir situaciones graves. Significa sustituir la vigilancia por apoyo, la amenaza por recursos y la intervención vertical por redes elegidas por la propia madre.

Una madre debería poder designar libremente a las personas de su confianza: familiares, amigas, otras madres, profesionales o miembros de su comunidad. Esa red podría acompañarla durante el embarazo, el posparto, la enfermedad, el agotamiento o cualquier emergencia, sin que pedir ayuda se convierta en una prueba de incapacidad. Porque una sociedad razonable sostiene a quien cuida; no la castiga por necesitar descanso, aunque ese concepto todavía parezca demasiado avanzado para ciertos despachos.

La autonomía materna requiere también recursos independientes del matrimonio. Ninguna mujer debería verse obligada a conservar una pareja por miedo a perder vivienda, ingresos, protección o estabilidad para sus hijos. La pareja puede ser una elección afectiva, pero no debe funcionar como permiso económico para ejercer la maternidad, ni mucho menos imponer custodias compartidas en caso de que el padre desee y merezca compartir la crianza.

El apoyo podría organizarse mediante comunidades maternas, cooperativas, fondos propios, redes de vivienda, centros sanitarios y espacios de cuidado gobernados por las mujeres que los utilizan. Su finalidad no sería vigilar cómo crían, sino garantizar que puedan hacerlo con tranquilidad. La ayuda debe seguir a la madre y al niño, no a un modelo familiar, a una institución religiosa ni a una estructura burocrática.

Cuando exista un conflicto, la primera respuesta debería ser ayudar. La pobreza, el cansancio, la ausencia de pareja, la violencia machista, una forma de vida no convencional o la desconfianza hacia las instituciones no pueden ser confundidos con negligencia. 

Separar a un niño de su madre nunca debería utilizarse como solución administrativa a problemas que podrían resolverse con vivienda, alimento, atención médica, acompañamiento o descanso.

Esto no significa que toda conducta materna sea incuestionable. Las madres son personas y pueden equivocarse, enfermar o causar daño. Pero cualquier intervención externa tendría que ser excepcional, limitada y basada en un peligro grave, inmediato y demostrado. No en prejuicios, diagnósticos ambiguos, desacuerdos sobre la crianza ni conflictos con funcionarios.

La regla debería ser sencilla:

Ayudar primero, intervenir solo ante daño comprobado y separar únicamente como último recurso.

La jurisdicción materna no debe entenderse como propiedad sobre el hijo, sino como responsabilidad originaria hacia él. Nace del vínculo gestacional, del conocimiento corporal, de la continuidad del cuidado y de la dependencia concreta del niño. Precisamente por eso, cualquier intervención que pretenda sustituirla debe justificar de manera extraordinaria su necesidad.

Una mujer que desea ser madre no desea solamente parir.

Desea permanecer y cuidar sin amenazas.

Desea que pedir ayuda no abra un expediente y criar sin tener que demostrar constantemente que merece estar junto a su hijo.

La libertad reproductiva será incompleta mientras una mujer pueda decidir que su hijo nazca, pero no tenga garantizada la continuidad de ese vínculo

Porque la maternidad no termina cuando nace el hijo.

Empezó el día de la concepción de cada hijo y se extiende por el resto de la vida de cada madre.

viernes, 17 de julio de 2026

TENER UN HIJO NO ES UN DERECHO


 

El deseo de tener un hijo no crea el derecho a que otra persona tenga que gestarlo, pararlo y entregárselo.

Una persona puede desear intensamente ser madre o padre y sufrir mucho por no conseguirlo. Ese sufrimiento merece respeto, apoyo y alternativas. Lo que no puede hacer es convertir a una madre en el medio obligatorio para satisfacer ese deseo.

La infertilidad, la transexualidad o la homosexualidad no son culpas ni defectos morales, por supuesto Pero tampoco generan una deuda reproductiva en las mujeres. La igualdad no consiste en garantizar que todas las personas obtengan exactamente aquello que desean, sin importar qué medios debe utilizar para conseguirlo. Consiste en que nadie sea discriminado y en que existan formas legítimas de construir vínculos familiares sin imponer gestaciones, entregas o separaciones.

Eso obliga a decir algo incómodo: no existe un derecho absoluto a tener hijos. Existe el derecho a intentar concebir dentro de relaciones consentidas, a acceder a determinados tratamientos sin discriminación, a cuidar, a adoptar cuando se cumplan condiciones orientadas al bienestar del niño y a formar familias diversas. Pero no existe el derecho a recibir un niño porque se lo desea.

El hijo tampoco es una prestación compensatoria frente a la infertilidad, la soledad o la exclusión histórica. Es una persona, no el departamento de reparaciones emocionales de la especie.

En mi planteamiento, la regla sería:

Nadie debe ser excluido de la posibilidad de cuidar y formar una familia por ser estéril, homosexual o no tener pareja. Pero ninguna igualdad puede construirse obligando a una mujer a gestar o  separarando a un hijo de su madre para satisfacer el proyecto parental de terceros.

Eso no elimina todas las alternativas. Podrían existir adopciones cuando un niño realmente no pueda permanecer con su madre o esta haya muerto, acogimientos, familias extensas, coparentalidades libremente acordadas y formas comunitarias de crianza. Lo importante es invertir el orden habitual, y para eso primero se protege el vínculo ya existente y la necesidad del niño; después se considera el deseo de los adultos.

Mi propuesta, por tanto, no promete hijos para todo el mundo. Promete que ningún hijo será producido o transferido para cumplir esa promesa. Es una posición dura, porque reconoce que hay deseos legítimos que quizá no puedan realizarse sin vulnerar a otra persona.

La civilización suele preferir llamar “derecho” a todo deseo suficientemente doloroso. El problema es que, cuando ese supuesto derecho necesita de otras personas y sus  hijos apara satisfacerse, alguien termina pagando la factura.

viernes, 10 de julio de 2026

GESTIÓN DE TIERRAS Y VIENTRES


 

El mundo entero depende de algo que no quiere reconocer: que las mujeres queramos gestar, parir y recibir a nuestros hijos.

Las mujeres fértiles garantizan que exista la siguiente generación.

Las tierras fértiles garantizan que esa generación coma..

No hay Estado, mercado, religión ni tecnología que pueda reemplazar eso sin violencia.

Las mujeres y las tierras fértiles han sido convertidas en recursos gestionables porque de ambas depende la continuidad material de cualquier sociedad humana.

La tierra garantiza alimento.
El cuerpo femenino garantiza nacimiento.

Por eso ambas han sido cercadas, medidas, repartidas, heredadas, explotadas, reguladas y puestas bajo autoridad ajena. Primero con la religión y la familia; después con el derecho, el Estado, la medicina, el mercado y la tecnología. Cambian los administradores, pero el gesto es el mismo, todos buscan controlar aquello de lo que depende el futuro.


Las mujeres fértiles y las tierras fértiles han sido y siguen siendo los dos grandes objetivos históricos de gestión.

Por eso ambas han sido ocupadas, reguladas y puestas al servicio de proyectos ajenos.

Quien controla la tierra controla el alimento.

Quien controla la reproducción controla el porvenir.

Quien controla la natalidad controla el mundo 

No se gobiernan solamente territorios. También se gobiernan vientres.

De esto hablo en Materfiesto,  no hago una comparación decorativa entre mujer y naturaleza, sino una analogía de poder. No digo que la mujer sea tierra; digo que el poder ha tratado y trata  a ambas como superficies productivas disponibles.

Esa distinción es crucial, porque evita la vieja trampa poética de llamar “madre” a todo mientras se ignora a las madres reales. La humanidad, siempre tan sofisticada, adora venerar metáforas y gestionar personas.


domingo, 5 de julio de 2026

VÍNCULO SINGULAR


La gestación crea un vínculo singular que merece una presunción extraordinaria de continuidad y protección. Ninguna institución ni tercero puede planificar su ruptura para satisfacer deseos ajenos. La madre debe recibir apoyo para criar sin depender de pareja, mercado o tutela política. Pero esa autoridad no convierte al hijo en propiedad, no obliga a la mujer a criar contra su voluntad y no impide una intervención excepcional ante daño grave y probado.

jueves, 2 de julio de 2026

SIN GESTORES DE LA MATERNIDAD


 

Si solo nacieran los hijos que las mujeres desean tener, se acabarían muchas cosas: los matrimonios infantiles, los embarazos impuestos, la presión para parir, la presión para abortar, la subrogación de vientres y las políticas demográficas sobre nuestros cuerpos.”

“Eso sí sería una revolución.”

 

La revolución no estaría solo en permitir una decisión, sino en retirarles a todas las instituciones el supuesto derecho a decidir sobre la reproducción femenina.

La frase contiene algo muy potente: no habla únicamente de acabar con la maternidad forzada. También incluye la presión para abortar, la explotación económica y los planes demográficos que tratan a las mujeres como una variable de población. Es decir, no cambia una orden por otra. Cambia el principio entero.

La idea central sería:

Ninguna mujer debe ser obligada a gestar.
Ninguna mujer debe ser obligada a interrumpir una gestación.
Ninguna mujer debe gestar para satisfacer a una familia, un mercado, una religión o un Estado.

Eso sí sería revolucionario porque obligaría a reorganizar muchas cosas que hoy parecen naturales: el matrimonio, la herencia, la familia, el trabajo de cuidados, la natalidad, la adopción, la reproducción asistida y hasta la idea de ciudadanía.

También produciría reacciones muy fuertes. Los gobiernos hablarían de “crisis demográfica”. Las religiones hablarían de “crisis moral”. Algunos sectores económicos hablarían de “libertad contractual”. Y muchas familias hablarían de “tradición”. Distintos nombres para una misma angustia: perder el control sobre decisiones que nunca les correspondieron.

Pero hay una precisión importante. Para que solo nacieran los hijos realmente deseados, no bastaría con eliminar prohibiciones. Una mujer pobre, amenazada, dependiente o sin alternativas puede decir “sí” o “no” bajo condiciones que deforman su voluntad. La autonomía reproductiva necesita también seguridad material, información, salud y posibilidad real de irse.

Por eso la revolución completa no sería simplemente:

Las mujeres pueden elegir.

Sería:

Las mujeres pueden elegir sin castigo, sin hambre, sin violencia y sin obedecer a nadie.

Sin miedo de que les quiten a sus hijos. 

Y ahí sí cambiaría el mundo. Lo cual explica por qué tantos poderes preferirían debatir durante cincuenta años sobre palabras, comas y reglamentos. Es mucho más cómodo discutir semántica que devolver poder.

domingo, 28 de junio de 2026

LA CATEGORÍA DE MATERFIESTO



Me alegra comprobar que Materfiesto no entra limpio en ninguna de las casillas disponibles. Y eso, más que un defecto, como me han querido hacer ver, es parte de su fuerza.

Se aleja de la autobiografía, aunque nazca de mi historia personal y desde luego no es ensayo jurídico, aunque formule una categoría jurídica. Está muy lejos de ser un libro religioso, aunque tiene una lectura espiritual y bíblica, simplemente porque yo misma tengo una dimensión espiritual que no siento necesidad de esconder. Podría parecerle a algunos un libro feminista convencional, pero hace críticas al feminismo institucional y habla de mujeres desde el cuerpo, la maternidad y el pode, no de las auto percepciones.

Me han reprochado que es un libro “anti familia”, porque no parte de la familia como institución sagrada, sino de la madre y el hijo como vínculo anterior a la familia. Y porque habla del apego, del cuerpo, del niño y de la separación quieren encasillarlo en libro de crianza.  

Mi libro tampoco es panfleto político, aunque tiene una tesis política radical y cada vez me divierto más defendiéndola.

El problema de catalogación viene porque cada lector intenta llevarlo a su campo. El jurista ve derecho de familia. El psiquiatra ve apego y daño. El cristiano ve batalla espiritual. El periodista ve mi caso. La feminista ve una disputa con el feminismo. El conservador puede creer que es defensa de la familia. El progresista puede creer que es crítica de la biotecnología. Pero el libro no es exactamente ninguna de esas cosas. Las atraviesa. Y esto termina pareciendo aquella fiesta de Sabina en la que estaban todos menos yo, 

La categoría más aproximada que se me ocurre sería manifiesto político-jurídico-espiritual sobre la maternidad como origen humano y sobre su captura institucional.

Lo malo es que eso no existe como estante en una librería.

También es difícil de catalogarme a mí, porque el sujeto que habla no es el sujeto típico del ensayo moderno. No habla la académica neutral, ni la víctima testimonial, ni la militante de partido, ni la experta institucional (Dios me libre)  ni la terapeuta, ni la teóloga. Habla una madre. Pienso desde  una experiencia muy dolorosa, pero no me quedé en la herida calladita y guapa como solemos gustar más.

Esta voz es incómoda porque no he pedido permiso al campo académico, ni al feminismo, ni al derecho, ni a la Iglesia, ni al Estado ni a nadie.

No se me olvidó hacerlo. Simplemente me lo di yo misma. 

Y hay otro punto, Materfiesto mezcla niveles que normalmente se mantienen separados. Une biología con derecho, derecho con teología, teología con política, política con experiencia judicial, experiencia judicial con historia de Occidente, historia de Occidente con subrogación, alienación parental, Estado moderno y Apocalipsis. Esa mezcla desconcierta porque obliga a leer la maternidad no como tema privado, sino como eje civilizatorio o el caos de mi mente.

El libro completo dice algo muy difícil y concreto

"Quien controla el vínculo madre-hijo controla el origen humano"

Esa es la razón de fondo por la que cuesta catalogarlo. No está discutiendo una política pública aislada. Está tocando el punto donde se cruzan cuerpo, filiación, Estado, mercado, derecho, religión, tecnología y poder.

Es difícil de catalogar porque no es solo un libro sobre mi caso, ni solo un libro sobre madres, ni solo un libro jurídico, ni solo un libro espiritual. 

Es un libro sobre el origen humano como territorio de disputa. Y eso no tiene una categoría editorial cómoda.


viernes, 19 de junio de 2026

HIJOS, CUANDO Y CUANTOS


 

Durante siglos nos dijeron que las mujeres tenían demasiados hijos, pocos hijos, hijos fuera del matrimonio, hijos dentro del matrimonio, hijos tarde, hijos pronto, hijos que no debían nacer o hijos que estaban obligadas a tener.

Pero casi nunca aceptaron la única pregunta decisiva: ¿cuántos hijos desea tener una mujer?”

La idea no es reemplazar al marido por un funcionario con formulario triple. Es quitar gestores de la maternidad.

Si las mujeres son las que deciden cómo, cuándo y cómo tener hijos, sostenidas por redes voluntarias, cooperativas, comunidades, fondos comunes, profesionales elegidos por ellas y estructuras económicas propias... todo cambia

Sin casamiento obligatorio, sin tutela masculina y sin políticos usando el aborto como ficha electoral, ese pasatiempo tan digno de gente que jamás va a quedar embarazada... ¿Cómo se organizaría la sociedad?

Cada madre podría criar sola, con amigas, familiares, otras madres o una comunidad elegida. La pareja sería afectiva, no una licencia para sobrevivir. Los hombres podrían participar cuando fueran queridos y confiables, pero no serían la autoridad ni el requisito estructural.

La clave estaría en que los recursos siguieran a la mujer, no al matrimonio ni al modelo familiar. Vivienda, salud, descanso, educación y apoyo material podrían organizarse mediante cooperativas de madres, mutuales, fundaciones independientes, patrimonios colectivos o sistemas comunitarios de cuidado. La pertenencia no dependería de tener esposo, apellido correcto o aprobación religiosa. Las posibilidades son infinitas.

Y el aborto dejaría de ser una concesión estatal. Se entendería como una decisión médica y personal de la mujer, acompañada por profesionales, no sometida a votación periódica por señores con atril.

Pero habría que vigilar una tramp, ya que sacar al Estado y a los hombres no garantiza automáticamente libertad. Una comunidad de mujeres también podría volverse controladora, moralista o punitiva. La autonomía tendría que seguir siendo individual. Ninguna cooperativa debería decidir quién merece ser madre, cuántos hijos debe tener o cuándo puede interrumpir un embarazo.

El modelo sería menos “familia tradicional con subsidio” y más soberanía reproductiva organizada:

las  madres deciden,
las madres administran los recursos,
la ayuda no exige pareja,
y ninguna institución compra obediencia a cambio de protección.

La humanidad continuaría no porque alguien obligara a las mujeres, como para hoy día a ser o no ser madres, sino porque existirían condiciones creadas por ellas para que la maternidad deseada fuera posible.

Una idea peligrosísima, naturalmente: personas adultas organizando su propia vida sin pedir permiso.

lunes, 8 de junio de 2026

LOS HIJOS DESEADOS


 

¿Qué pasaría si desde mañana solo nacieran los hijos que sus madres desean tener?”

Pensemos juntos.

“Sin presión familiar. Sin marido impuesto. Sin religión obligando. Sin Estado calculando reemplazo generacional. Sin mercado comprando vientres.”

Pensemos todos.

“Solo hijos deseados por sus madres.”

 

El primer efecto podría ser al mismo tiempo simple  y enorme, pues dejaría de confundirse nacimiento con destino. Un hijo ya no aparecería como consecuencia de una imposición, una deuda con la familia, una obediencia religiosa, una necesidad económica o una estrategia demográfica. Nacería porque una mujer quiso atravesar todo lo que implica gestar, parir y criar. Una exigencia bastante razonable, aunque a buena parte de la civilización le haya llevado milenios descubrirla, como si la autonomía corporal de las hembras humanas fuera una tecnología extraterrestre.

Eso no significaría automáticamente que todos los niños tendrían vidas felices si no hubiera una gran inversion en las madres.  El deseo no garantiza dinero, salud mental, estabilidad de pareja si es que la madre desea tener pareja,  ni capacidad de cuidado. Pero sí eliminaría una forma decisiva de violencia: la maternidad forzada o socialmente secuestrada.

lunes, 1 de junio de 2026

LOS TOP 10 DE MATERFIESTO

  



En esencia, los diez planteamientos más importantes y novedosos de Materfiesto son los siguientes:

  1. La maternidad como hecho anterior al derecho

Mi tesis principal es que la madre no existe porque la ley la reconozca. La ley llega después. La madre existe porque ha gestado, ha parido y ha sostenido una relación biológica primaria con su hijo.

Por eso, una de las ideas centrales de Materfiesto es esta:

El derecho no funda el ser; el ser funda el derecho.

  1. El vínculo madre-hijo como jurisdicción vital

No presento la maternidad únicamente como afecto, cuidado o función social, sino como una forma de soberanía originaria.

Antes del Estado, de la familia, de la religión, del registro civil o del juez, existe una unidad biológica, corporal y afectiva entre la madre y el hijo.

Defino ese vínculo como una jurisdicción vital que es un territorio primario que no debería ser intervenido ni quebrado, salvo que exista una causa verdaderamente extrema y demostrable.

  1. La crítica a la simetría forzada de los derechos

Uno de mis planteamientos más importantes es la crítica a la forma en que el derecho contemporáneo presenta a la madre y al padre como sujetos perfectamente simétricos.

La vida, sin embargo, establece una asimetría biológica radical. La gestación, el parto, la lactancia, la recuperación física y el vínculo temprano no son experiencias compartidas de manera equivalente.

Cuando la igualdad jurídica se aplica ignorando el cuerpo, la gestación, el parto y el apego, deja de proteger la realidad y puede convertirse en una forma de violencia contra ella.

  1. La familia como estructura histórica, no como origen de la maternidad

No defiendo la llamada familia tradicional como fundamento de la maternidad. Sostengo precisamente lo contrario ya que la maternidad precede a la familia.

La madre existe en escenarios muy distintos. Puede ser soltera, casada, viuda, amada, abandonada, violentada, niña o adulta.

La familia patriarcal es solo una de las estructuras históricas que han intentado organizar, controlar o administrar la maternidad. No es su origen ni su condición de existencia.

  1. La patologización de la madre como tecnología de silenciamiento

Uno de los planteamientos centrales de Materfiesto es que la patologización de la madre puede funcionar como una tecnología de silenciamiento.

Cuando una madre protege, grita, llora, desconfía, denuncia o se niega a entregar a su hijo, el sistema muchas veces no investiga primero el daño que puede haber provocado esa reacción.

En su lugar, transforma su respuesta en un posible trastorno, una inestabilidad o una incapacidad.

La psiquiatrización, en estos casos, no necesariamente cura: puede desautorizar.

El cuerpo habla del daño; el expediente borra la causa.

  1. La alienación parental como técnica de tortura

Mi crítica a la alienación parental no se limita a señalar el carácter controvertido o desacreditado de determinadas formulaciones presentadas como síndrome.

Sostengo que esta categoría puede cumplir una función procesal muy concreta y cruel, convertir el rechazo, el miedo o el malestar del niño en una prueba contra la madre.

De ese modo, aquello que en un contexto clínico podría interpretarse como síntoma de sufrimiento, en el ámbito judicial puede convertirse en sospecha contra quien denuncia o protege.

La formulación que resume este problema es la siguiente:

Ningún niño sale de un hospital diagnosticado como alienado; de un juzgado, sí.

  1. La subrogación como abolición jurídica de la madre gestante

Mi planteamiento sobre la gestación subrogada va más allá de su dimensión económica o de la expresión “alquiler de vientres”.

Sostengo que la subrogación necesita reconocer materialmente la capacidad biológica de la mujer gestante, pero al mismo tiempo necesita negar jurídicamente su condición de madre.

La mujer es convertida en medio, recipiente, servicio o infraestructura reproductiva.

La subrogación necesita el cuerpo de la madre, pero también borrar su nombre.

  1. La biotecnología como nueva ocupación del cuerpo materno

Relaciono la reproducción asistida, la ovodonación, la fragmentación de las funciones maternas, los contratos reproductivos, las clínicas y la intervención estatal como partes de una transformación más amplia.

Esa transformación consiste en la administración externa del origen humano.

No se trata solamente de medicina o innovación científica. Se trata también de una política del cuerpo, de la filiación, del nacimiento y de la definición jurídica de quién puede ser reconocido como madre.

La biotecnología no solo interviene en la reproducción; también puede modificar el significado de la maternidad.

  1. La mutación de Papá Estado a Mamá Estado

Uno de los planteamientos más originales de Materfiesto es la transformación de Papá Estado en Mamá Estado.

El Estado moderno se construye inicialmente como Papá Estado al representa la ley, la razón, la autoridad, el contrato social y el orden público.

En la actualidad, sin embargo, comienza a presentarse como Mamá Estado,  tutela, protege, acompaña, diagnostica, cuida e interviene en los espacios más íntimos de la vida.

Ya no se limita a mandar. También pretende cuidar.

El problema aparece cuando ese cuidado institucional no acompaña a la madre real, sino que la sustituye, la vigila o la desautoriza.

  1. La vulneración ontológica filio-materna

El planteamiento doctrinal más novedoso de Materfiesto es la formulación de la vulneración ontológica filio-materna.

No me limito a realizar una denuncia literaria, política o espiritual. Propongo nombrar jurídicamente un daño específico.

Defino la vulneración ontológica filio-materna como la lesión producida cuando una institución desconoce, rompe, sustituye o administra contra la realidad biológica y afectiva el vínculo entre una madre y su hijo.

Con este concepto, Materfiesto deja de ser únicamente un manifiesto y se convierte también en una propuesta jurídica.

En una sola formulación, los diez planteamientos pueden condensarse así:

Materfiesto sostiene que la maternidad no es un rol privado, una construcción administrativa ni una función enteramente delegable, sino uno de los orígenes biológicos, políticos, jurídicos y espirituales de la comunidad humana.

Al mismo tiempo, denuncia que el Estado, el derecho, el mercado, la biotecnología y determinadas corrientes ideológicas intentan administrar, fragmentar, sustituir o borrar ese origen.


viernes, 29 de mayo de 2026

VULNERACIÓN ONTOLÓGICA FILIO-MATERNA

Una nueva categoría crítica para el análisis del potencial daño institucional a la relación madre-hijo, y por tanto a ambos sujetos, al hijo y a su madre.

 

Materfiesto además de definir la maternidad como una función biológica, plantea varias preguntas incómodas, pero necesarias. Una de ellas sería ¿qué ocurre cuando el Estado interviene en la relación entre una madre y su hijo como si ese vínculo fuera sustituible, administrable o jurídicamente intercambiable?

Durante años, el derecho ha multiplicado etiquetas para nombrar distintas formas de violencia. Sin embargo, sigue sin reconocer con claridad una de las heridas más profundas que puede sufrir un ser humano: la ruptura forzada del vínculo entre una madre y su hijo por decisión institucional. A esa herida propongo llamarla vulneración ontológica filio-materna.

No se trata simplemente de un daño emocional ni de una controversia de custodia. Se trata de una lesión que afecta la base biológica, afectiva y existencial sobre la que se construye la vida de ambos. El vínculo materno-filial no es una ficción cultural ni una preferencia subjetiva: es una realidad corporal, neurobiológica y relacional que el derecho debería reconocer con mucha más prudencia de la que suele mostrar.

Desde esa premisa, el tramo final del libro propone abrir una discusión jurídica y política de fondo: la necesidad de una Ley de Protección del Vínculo Filio-Materno, capaz de poner límites claros a las intervenciones judiciales que lesionan el apego primario sin causa extrema y suficientemente probada.

La propuesta busca recordar que el derecho no crea el vínculo materno, solo puede reconocerlo o dañarlo. Y cuando lo daña en nombre de abstracciones, doctrinas dudosas o decisiones burocráticas, el resultado no es justicia, sino desarraigo.

Por eso, este capítulo final de Materfiesto no funciona solo como cierre de un libro. Funciona también como punto de partida: una invitación a discutir si ha llegado el momento de proteger jurídicamente, de forma expresa, aquello que sostiene la continuidad más elemental de la vida humana.

Hay separaciones que no deberían banalizarse bajo lenguaje técnico. Y vínculos que, antes de ser materia de expediente, son fundamento del ser.

Isabel Salas 

domingo, 17 de mayo de 2026

MATERFIESTO EN MÁLAGA

 


Hace un mes, el pasado 17 de Abril, Materfiesto fue oficialmente presentado en Málaga. El lugar concreto fue una bodega del centro que se llama El Pimpi. Saber que en su momento la propia Gloria Fuertes hizo uso de aquel mismo espacio para hablar de su obra fue un abrazo en mi corazón.

No estuve sola, estuvieron conmigo Carmen Gonzalez, médico malagueña, Enrique Stola, psiquiatra argentino y Tomás Salas, escritor y filólogo español, además de numerosos asistentes, especialmente familiares y amigos que vinieron a acompañarme en ese momento tan especial para mí y para todas las madres que han acompañado el desarrollo de este proyecto.

Mi gratitud a todos ellos. 

Traté de ser clara en lo que expuse aunque sé que solo el tiempo y la lectura minuciosa del libro y del blog hará que se vaya entendiendo lo que realmente digo. Tal vez es demasiada información de golpe, como dijo una de mis amigas presentes o tal vez por escribir de tantos conceptos al mismo tiempo, se exige del lector una especial atención y una apertura de mente que otros textos más ordenados y objetivos no demandan.

Eso nunca me pareció grave pues tengo confianza en la inteligencia humana y su capacidad de ajustarse a diferentes registros. 

Aún así, quiero dejar claro que mi crítica principal no es que el derecho exista sino que  olvide su lugar pues ell derecho no crea a la madre ni crea al hijo. No crea el vínculo. Llega después. Y cuando se atribuye el poder de fundar lo que solo debería reconocer y proteger, se convierte en una máquina de usurpación.

Sea como sea, la misión fue cumplida con éxito. Oficialmente Materfiesto ya está en el mundo volando por su cuenta  y no pide que el derecho invente nada. Pide que deje de negar lo evidente, ya que antes del expediente hay una madre, un hijo y un vínculo

La reseña completa de esta presentación se encuentra en el Diario AS, quien lo desee puede leerla en el link que copio aquí abajo.

RESEÑA EN EL AS 

lunes, 11 de mayo de 2026

MADRES PARANORMALES

Cuando la bola de cristal falla.

 

  

La violencia contra los niños no aparece de la nada ni cae del cielo. Tampoco llega mayoritariamente  de la mano de un extraño en una esquina oscura, por mucho que esa fantasía tranquilice a la sociedad. La realidad es bastante más incómoda: la mayor parte de los abusos y malos tratos se produce dentro del entorno familiar y a manos de personas cercanas.

En números absolutos, los padres biológicos, ambos, aparecen con frecuencia entre los principales agresores, así como padrastros, madrastras y familiares cercanos. Pero cuando se mira el riesgo en proporción, para los que construyen el relato sobre violencias,  los padrastros destacan de forma preocupante. La "investigación" ha llamado a esto Cinderella effect, según ellos los hombres adultos cercanos  sin lazos biológicos presentan una mayor probabilidad de agredir a los hijos de su pareja. Es decir, el peligro aumenta con frecuencia cuando entra en escena un varón que no es el padre del menor. 

El relato social se organiza alrededor de los datos que interesan y el agresor suele presentarse como una anomalía desafortunada, casi como si hubiera caído allí por accidente. El incesto se camufla detrás de estas verdades menos incómodas y el mundo sigue girando.

En cambio, la madre queda inmediatamente bajo sospecha. “Eligió mal”, se dice, como si una mujer tuviera la obligación de detectar a simple vista a un abusador, incluso cuando muchos de ellos se presentan como hombres amables, normales y perfectamente integrados. Y esto vale lo mismo para elegir maridos y elegir padrastros, la responsable siempre será ella.

Al violento se le concede opacidad y a la madre, clarividencia retrospectiva. Patriarcado en estado puro: a ellos se les perdonan los impulsos; a ellas se las castiga no haber tenido poderes paranormales.

Eva, una vez más, cargando con el catálogo completo de errores de la humanidad. Primero la fruta, luego el marido, después el padrastro. Una mujer no puede ni respirar sin que alguien le redacte una culpa bíblica.

Pero el guion todavía oculta otra pieza fundamental, el padre biológico ausente o incumplidor. Cuando un padre no paga pensión, no sostiene a sus hijos y desaparece materialmente de su responsabilidad, empuja a muchas mujeres a situaciones de precariedad extrema. Y esa precariedad cambia las decisiones de vida. Muchas madres no convivirían con una nueva pareja si contaran con el apoyo económico que legalmente corresponde a sus hijos. No se trata de romanticismo ni de malas elecciones sentimentales. Se trata de supervivencia.

Ahí está una de las raíces del problema. La primera ficha del dominó no siempre es la entrada de un padrastro, sino el abandono económico del padre. Pero cuando las consecuencias aparecen, el foco vuelve a desviarse. El sistema mira a la madre, examina a la madre, sospecha de la madre. El hombre que incumple queda en segundo plano; la mujer que intenta sostener la vida cotidiana queda en el banquillo.

En ese contexto, los servicios sociales suelen intervenir tarde y con una lógica profundamente sesgada. Se analiza a la madre hasta el agotamiento: si está cansada, si está estresada, si llora, si el niño presenta dificultades, si la casa no alcanza, si hay signos de sobrecarga. Todo eso puede convertirse con facilidad en indicio de “inestabilidad”. Mientras tanto, la violencia masculina solo parece activar alarmas cuando alcanza formas groseramente evidentes. Como si el peligro tuviera que llegar con uniforme, cartel luminoso y confesión firmada.

El resultado es perverso y el agresor real puede quedar minimizado, mientras la madre exhausta se convierte en objeto de vigilancia institucional. No porque sea quien daña más, sino porque es quien está más a mano y es en definitiva quien no consigue realizar los milagros que se exigen.

Y debajo de todo esto hay una capa todavía más brutal: la criminalización de la pobreza. Muchas madres pierden a sus hijos no por maltrato ni por negligencia grave, sino por no tener vivienda estable, por no contar con ingresos suficientes o por vivir en condiciones precarias. En lugar de ofrecer apoyo económico, vivienda o acompañamiento material, el Estado opta demasiadas veces por separar. Retira al niño de su madre y luego financia a otra estructura para criarlo. Se presenta como “protección del menor”, pero con frecuencia funciona como una forma de sustitución institucional de la maternidad.

La paradoja es obscena: no hay dinero para ayudar a la madre a sostener a su hijo, pero sí lo hay para apartarlo de ella y sostener el dispositivo que administra esa separación. La pobreza deja de ser una injusticia social para convertirse en prueba de incompetencia materna. Y así el despojo se disfraza de cuidado.

Culpar a la madre es, en el fondo, la coartada perfecta de un sistema que no quiere mirar a los verdaderos responsables: los hombres violentos, los padres incumplidores y las instituciones que prefieren gestionar consecuencias antes que prevenir causas. No protege de verdad a los niños. No corta el ciclo de violencia. No corrige el abandono paterno. Solo redistribuye la culpa hacia la figura más vulnerable y más visible.

Si de verdad se quiere proteger a la infancia, la prioridad no debería ser moralizar a las madres, sino fortalecer su independencia. Ayuda económica directa, vivienda, cursos, capacitación profesional y condiciones materiales dignas para que ninguna mujer tenga que vincularse a un padre incumplidor o a un padrastro por necesidad de supervivencia. La protección real del menor empieza por reducir la dependencia materna, no por castigarla después. Lo demás es gestión del daño con lenguaje virtuoso.

Mientras se siga cargando a las mujeres con una culpa que no les corresponde, los niños seguirán siendo víctimas invisibles de un sistema que no fue diseñado para cuidar, sino para administrar daños.

 Isabel Salas 

lunes, 27 de abril de 2026

JUECES DE HOY Y DE AYER

 La pregunta del millón sería si vamos mejorando o cada vez estamos peor

 

 

Tomando como referencia Roma, la Europa medieval y la tradición jurídica española, tan parecida a otras de su entorno, la evolución  de los jueces, podría  resumirse así para que nos entendamos

1. Roma

En Roma no existió siempre un único juez profesional como hoy.

Durante la República encontramos:

  • Magistrados, como el pretor, que organizaban el proceso y determinaban qué acción jurídica correspondía.
  • Jueces privados —iudices, ciudadanos designados para resolver un litigio concreto.
  • Árbitros, utilizados especialmente en asuntos patrimoniales, divisiones y valoraciones.
  • Tribunales criminales, integrados por magistrados y jurados ciudadanos.
  • Gobernadores provinciales, que administraban justicia en nombre de Roma fuera de Italia.

Durante el Imperio, la justicia fue haciéndose cada vez más estatal y burocrática. Emperadores, gobernadores y funcionarios imperiales asumieron funciones judiciales, y se desarrollaron procedimientos escritos, apelaciones y jerarquías de tribunales.

2. Final del Imperio y reinos germánicos

Tras la desaparición del Imperio romano de Occidente, coexistieron:

  • jueces de los reyes germánicos;
  • condes y gobernadores territoriales;
  • asambleas de hombres libres;
  • jueces locales;
  • autoridades romanas que continuaron aplicando derecho romano a la población romanizada.

En muchos lugares, el juez todavía no era un jurista profesional. Podía ser un noble, un funcionario, una autoridad militar o un miembro destacado de la comunidad.

3. Alta Edad Media

La justicia se fragmentó entre muchas autoridades:

  • Jueces del rey, que actuaban en nombre del monarca.
  • Jueces señoriales, dependientes de nobles, monasterios o señores feudales.
  • Jueces eclesiásticos, como obispos, vicarios y otros clérigos.
  • Jueces municipales, alcaldes y autoridades de ciudades y villas.
  • Asambleas comunitarias, que resolvían conflictos conforme a costumbres locales.

Una misma persona podía ser juzgada por tribunales distintos según el asunto: matrimonio, tierras, delito, deuda, herejía o incumplimiento feudal.

4. Jueces eclesiásticos

La Iglesia creó una jurisdicción muy desarrollada. Sus jueces aplicaban derecho canónico y se ocupaban de:

  • matrimonio y nulidad;
  • disciplina del clero;
  • herejía;
  • juramentos;
  • testamentos;
  • legitimidad;
  • determinados contratos y obligaciones morales.

Estos jueces estaban frecuentemente mejor formados que los jueces seculares y contribuyeron a consolidar procedimientos escritos, pruebas documentales, apelaciones y expedientes.

5. Baja Edad Media

Desde los siglos XII y XIII aumentó la profesionalización.

Aparecieron juristas formados en universidades, conocedores del derecho romano y canónico. Encontramos entonces:

  • jueces reales;
  • oidores;
  • alcaldes de corte;
  • corregidores;
  • bailíos;
  • senescales;
  • jueces municipales;
  • jueces canónicos;
  • tribunales mercantiles y gremiales.

El juez dejó progresivamente de ser solo una autoridad política y comenzó a convertirse en un especialista en derecho.

6. Monarquías de la Edad Moderna

Entre los siglos XV y XVIII, los reyes centralizaron la justicia.

Existieron:

  • jueces locales, como alcaldes y corregidores;
  • audiencias y chancillerías, que actuaban como tribunales superiores;
  • consejos reales, con funciones judiciales y administrativas;
  • tribunales eclesiásticos;
  • tribunales inquisitoriales;
  • tribunales militares;
  • tribunales mercantiles y corporativos;
  • jueces señoriales, aunque fueron perdiendo poder.

Seguía existiendo una gran diversidad de jurisdicciones: real, eclesiástica, militar, universitaria, mercantil y nobiliaria.

7. Revoluciones liberales y codificación

Desde finales del siglo XVIII y durante el XIX se produjo una transformación decisiva.

Se eliminaron o redujeron muchas jurisdicciones privilegiadas y se afirmó que la justicia debía proceder del Estado. Aparecieron:

  • jueces profesionales;
  • tribunales organizados territorialmente;
  • jueces de primera instancia;
  • tribunales de apelación;
  • tribunales supremos;
  • jueces penales y civiles;
  • fiscales separados de los jueces;
  • jurados populares en determinados procesos.

El juez dejó de representar al rey, al señor o a la Iglesia y pasó, en teoría, a aplicar la ley del Estado.

8. Jueces contemporáneos

Hoy existen distintas clases según la materia y el nivel judicial. En sistemas como el español, por poner un ejemplo, encontramos:

  • jueces civiles, para contratos, propiedad, familia, herencias y daños;
  • jueces penales, para delitos y penas;
  • jueces de instrucción, que investigan determinados delitos;
  • jueces de lo contencioso-administrativo, para conflictos con la Administración;
  • jueces laborales o sociales, para relaciones de trabajo y seguridad social;
  • jueces mercantiles, para empresas, insolvencias y sociedades;
  • jueces de menores;
  • jueces de violencia sobre la mujer;
  • jueces militares, dentro de una jurisdicción especial;
  • magistrados de tribunales superiores y supremos;
  • magistrados constitucionales, que controlan la constitucionalidad de las leyes, aunque no siempre forman parte del poder judicial ordinario;
  • jueces internacionales, en tribunales europeos o internacionales;
  • árbitros, que resuelven conflictos fuera de la justicia estatal por acuerdo de las partes.

lunes, 20 de abril de 2026

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DE CRIAR EN PAREJA

La crianza no necesita patriarcado: necesita soporte

 

La maternidad humana exige años de cuidado intensivo y esto lo sabemos todos. No hablamos de unos pocos meses, sino de un periodo prolongado de dependencia en el que los niños necesitan presencia, protección, alimento, regulación emocional y continuidad afectiva. Desde un punto de vista biológico, eficaz y práctico eso significa una sola cosa: que ninguna madre debería sostener sola toda la carga de la crianza sin una estructura de apoyo.

Esa necesidad de soporte es real, sin embargo la forma que se adoptó para resolverla no tiene porqué ser la mejor en todos los casos.

En lugar de permitir que las mujeres organizaran redes propias de cuidado, alianzas entre madres, estructuras de apoyo entre iguales o formas extensas de crianza, la historia consolidó el modelo de la familia patriarcal. Esto no fue resultado espontáneo de la naturaleza, sino como una forma de gestión social que resolvía al mismo tiempo varios intereses masculinos y estatales. Garantizaba control sexual sobre la mujer, filiación para el varón, administración de herencias, orden social y reproducción estable de la autoridad.

La madre necesitaba ayuda, sí. Pero la ayuda le fue concedida bajo condiciones. No en sus términos, sino en términos ajenos. El precio del soporte fue la subordinación.

Por eso conviene hacer una distinción importante: que la crianza humana no pueda sostenerse en aislamiento no significa que la única salida posible sea la familia tradicional. Significa solo que hace falta apoyo suficiente. Ese apoyo podría haberse organizado de muchas otras maneras y siempre estamos a tiempo de hacerlo.

De hecho, el mundo mamífero muestra una variedad mucho más amplia de lo que nuestra cultura está dispuesta a admitir. En muchas especies las hembras crían solas. En otras, crían en red con otras hembras. A veces hay cooperación; a veces hay defensa feroz del territorio materno; a veces el macho está ausente y a veces incluso representa una amenaza para la cría. Lo constante no es la pareja, sino la necesidad de que la cría llegue viva y suficientemente protegida al siguiente umbral de desarrollo.

Eso desmonta una ficción muy arraigada: la idea de que la familia nuclear heterosexual, estable y jerárquica es el destino natural de la especie. No lo es. Es una solución histórica concreta, convertida después en moral, en ley y en costumbre. Y como suele pasar con las construcciones de poder, terminó presentándose como si hubiera caído del cielo o brotado del bosque.

La verdadera pregunta, entonces, no es si es mejor criar con pareja o sin pareja. Esa formulación ya viene trucada. La pregunta real es otra: ¿por qué se impuso como norma un modelo que servía al hombre y al Estado más que a la madre y al hijo?

Y todavía hay una pregunta más incómoda: ¿qué pasaría si las mujeres pudieran organizar la crianza desde sus propios términos, sin pasar por el filtro del patriarcado legal, económico y afectivo?

Pensar eso obliga a salir del imaginario romántico que ha gobernado durante siglos nuestra idea de familia. Obliga también a revisar la idea de maternidad domesticada, siempre mediada por la pareja, por la institución y por una moral que celebra la entrega femenina, pero desconfía de la autonomía materna. En ese sentido, hay una imagen especialmente poderosa: las mujeres somos más como osas que como gaviotas.

La frase incomoda porque destruye de una sola vez siglos de literatura sentimental y pedagogía burguesa. La osa no negocia su instinto para encajar en un ideal de familia. No necesita el decorado conyugal para legitimar el vínculo con su cría. Cría, protege, vigila y, si percibe amenaza, responde. Su vínculo no es contractual ni ornamental sino es visceral. Lo que yo suelo llamar cardiocontrato.

No se trata de romantizar el mundo animal, como si una osa fuera a venir a darnos teoría política entre salmones. Se trata de recordar algo más elemental: la dependencia de la cría no obliga por sí misma a un modelo patriarcal de organización. Obliga a soporte. Nada más. Lo demás fue una decisión histórica, jurídica y cultural.

Por eso la idea de una familia matriarcal no debe leerse como fantasía ni como nostalgia tribal. Es una posibilidad social perfectamente pensable: redes de mujeres que organizan el cuidado, sostienen la crianza, protegen a los hijos y distribuyen la carga material y afectiva sin que todo dependa de la figura masculina central. Y eso no significa caos. Tampoco significa orfandad afectiva. Significa otra arquitectura del cuidado.

De hecho, muchas mujeres ya están reconstruyendo esas redes, incluso sin nombrarlas así. Lo hacen cuando crían con sus madres, con sus hermanas, con amigas, con vecinas, con otras madres, con apoyos elegidos y no impuestos. Lo hacen por necesidad, por intuición o por pura supervivencia. No siempre hay teoría política detrás. A veces solo hay cansancio, lucidez y una pregunta brutal: si el modelo prometía protección, ¿por qué nos deja a tantas madres tan solas?

Ese quizá sea el punto más importante. La familia patriarcal se presentó como refugio, pero con demasiada frecuencia ha funcionado como encierro, dependencia o chantaje. Y mientras tanto, cualquier alternativa construida por mujeres ha sido descrita como carencia, desviación o amenaza al orden natural. Qué casualidad tan eficiente. Casi como si el “orden natural” llevara firma, sello y notario.

Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos que la crianza no necesita patriarcado. Necesita tiempo, recursos, comunidad y protección real. Necesita un entorno que sostenga a la madre para que la madre pueda sostener al hijo. Todo lo demás (la forma jurídica, la moral de pareja, la liturgia de la familia ideal) pertenece más a la historia del poder que a la historia del cuidado.

Isabel Salas 


 

DESEO DE SER MADRE

  ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener? La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas. N...