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miércoles, 9 de julio de 2025

REBOLLEDO Y SU GRAN INVESTIGACIÓN

La diferencia  entre falso e indemostrable: la trampa del discurso machirulo sobre las "denuncias falsas".

 

Publicar un libro lleno de falacias el 1 de abril —el April Fool’s Day anglosajón— tiene una ironía jugosa. Que, además, se titule Falsas denuncias y esté plagado de razonamientos falaces roza el acto fallido editorial. Si no fue intencional, parece una broma del inconsciente; si lo fue, resulta una provocación innecesaria en un tema que no admite cinismo.

Publicar ese tipo de libro, sin rigor metodológico, sin estadística sólida, sin revisar el sesgo judicial ni la violencia institucional contra niños y madres, y hacerlo precisamente el Día Internacional de la Mentira, solo añade una capa grotesca a lo que ya es, de por sí, una maniobra peligrosa: desacreditar el testimonio infantil bajo el disfraz de “periodismo de investigación”.

No sé si reírme o escribir una nota al pie. Tal vez ambas cosas, si no fuera porque el asunto tiene muy poca gracia. Así que me quedo con escribir sin indagar demasiado en "dónde" habrá investigado el autor para aparecer con tan peregrinas "conclusiones" tan sesgadas y pobres.

El periodista Javier Rebolledo ha declarado en múltiples entrevistas que entre un 30 y un 40 % de las denuncias por abuso sexual infantil serían falsas. Lo afirma sin datos oficiales, sin estudios verificables, y lo repite en medios y presentaciones como si su convicción personal bastara. Lo más grave no es la falta de rigor, sino el éxito de una falacia. Llevan a la gente a confundir la falta de condena con falsedad. Si lo hace consciente o inconscientemente eso sólo Dios lo sabe y yo no voy a condenarlo.

Lo que Rebolledo no dice —y muchos medios tampoco cuestionan— es que, para que una denuncia sea considerada falsa, debe abrirse una causa penal específica por denuncia calumniosa, con pruebas sólidas y sentencia firme. Eso casi nunca ocurre. Partamos de un hecho concreto, el sistema no persigue la falsedad con la misma vehemencia con que  pretendidamente persigue el abuso. Y eso, tratándose de niños y niñas, ya es decir poco. Lo diré más claro, sin denuncia penal por falsedad no hay investigación.

Tampoco menciona que la mayoría de las denuncias que no terminan en condena se archivan por falta de pruebas, no por ser inventadas. Es decir: hubo denuncia, hubo un relato de un niño o una niña, pero no hubo posibilidad de probarlo con las herramientas que la justicia tiene hoy y sus sesgos patriarcales. Tengamos también en cuenta que el juez estima unas pruebas, desestima otras y eso aún complica más probar ciertos hechos.

Pensemos juntos, ¿Cómo se demuestra un abuso ocurrido entre cuatro paredes, sin testigos, sin lesiones visibles, y con una criatura que apenas puede explicar lo que le pasó? A menudo, no se puede. Y esa impotencia judicial se transforma, dentro del discurso de Rebolledo, en “falsedad”.

A eso se suma otra perversión discursiva: si una madre denuncia después de un conflicto de pareja, se sospecha de su motivación antes que del relato del niño. Se invierte la carga de la prueba: ella tiene que demostrar que no miente. Si está angustiada, se la acusa de “trastornada”. Si está serena, de “calculadora”. Si el niño se contradice, es porque fue manipulado. Si no se contradice, es porque fue entrenado. La verdad queda atrapada en un juego  perverso de doble filo que siempre la degüella.

¿Y las estadísticas? El famoso “0,01 %” de denuncias falsas que algunas feministas esgrimen tampoco dice nada. Es otra media verdad. Solo refleja cuántas causas fueron formalmente investigadas como falsas, no cuántas lo eran en realidad. El número es bajo no porque no haya manipulación, sino porque el sistema no registra lo que no investiga. Y revelan algo muy jugoso, muy pocos acusados se atreven realmente a denunciar a quien los denunció. Muchos saben que se salvaron por falta de pruebas y no por ser inocentes. Y sus abogados se lo advierten,  si difícil es demostrar lo que sucedió entre cuatro paredes en el cuarto de un niño, mucho mas difícil es demostrar la "intención" de quien denuncia.

Es más rentable y jugoso enarbolar la bandera de la falsa denuncia y hacer pasar por  inocencia la culpabilidad "no probada". 

El problema no es que haya gente que mienta. El problema es que se usa esa posibilidad como coartada para dudar sistemáticamente del testimonio infantil y deslegitimar a las madres o abuelas que denuncian lo que sus hijos e hijas  cuentan que les hace su padre. Y eso no solo es injusto: es peligroso. Porque mientras discutimos si las madres mienten, los abusadores siguen en casa, y muchas veces viviendo con sus hijos. Niños y niñas que son separados de su madre por "alienadora". 

Ante la falta de "pruebas" del abuso, el perpetrador no solo sigue libre sino que el niño es obligado a convivir con él aunque suplique que lo dejen seguir viviendo con su mamá. El juzgado, obviamente, no puede ni debe condenar a un hombre si hay  falta de pruebas. Pero puede (y lo hace diariamente)  condenar al niño a convivir con el padre. Y también condena a la madre y al hijo a vivir separados, muchas veces sin visitas y con contacto cero.

El sistema judicial patriarcal siempre se muestra dispuesto a cerrar filas ante el profesor de kárate pederasta o el vecino con problemas que toquetea a los niños del barrio. Pero contra el padre... eso no. El pater familia intocable es la base de la sociedad que hemos creado. No la familia, como nos repiten mil veces cada día. Recordemos siempre que familia etimológicamente es el conjunto de esclavos, hijos y esposa de un hombre. La base de la nuestra sociedad es el patriarcado, y la propiedad. Primero el macho padre y después el papá Estado, que es quien tiene el ultimo martillazo.

Acordaos de los cien patriarcas escogidos por Rómulo después de matar a su hermano para fundar Roma. Cien machorros sin esposa a los que llamó "Pater senatus" sin haber engendrado nunca un hijo.

Las mujeres necesarias para hacerlo las buscaron rapidito. Quedaron con los vecinos, unos tales sabinos y le secuestraron a las hijas y esposas. Hay muchos cuadros del rapto de las pobres sabinas obligadas después a convivir con sus secuestradores y darles hijos a los asesinos de sus hijos, padres y hermanos. Esa es la base de Roma, y del derecho romano que padecemos hasta hoy.  Asesinato, machismo y secuestro. Ese es el patriarcado en su máximo esplendor.

Rebolledo debería investigar un poquito de donde nacen los sesgos de los juzgados de familia antes de escribir y la editorial Planeta, que no sé en cual planeta se inspiró para escoger el nombre, tal vez debería aterrizar en el nuestro.

En el planeta Tierra hace falta investigar más antes de hablar y publicar para poder ser tomado en serio.

Isabel Salas






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