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domingo, 2 de noviembre de 2025

ISABEL PREYSLER, LA BELLA PLUMA

La historia la escriben los hombres. Hasta que una mujer encuentra las cartas ... y las reparte.


Durante décadas, Mario Vargas Llosa se sintió como el narrador absoluto —el que escribía, el que ponía orden en el caos amoroso, el que convertía una bronca conyugal en “material narrativo”. Desde su torre de prestigio intelectual y testosterona de biblioteca, él era quien contaba el amor, el desamor y el ego. Y por supuesto lo hacía muy bien. No cabe duda. Le dieron hasta un nobel. No necesitamos más pruebas. Como a Obama.

Supo dejar a su mujer de toda la vida, mariposear, echarse una novia, quedarse ocho años con ella y volver después con su ex sin perder la compostura ni parecer un viejo verde. Todo perfecto.

La bellísima Isabel Preysler, por su lado, a partir de su boda con Julio Iglesias, fue sistemáticamente convertida, por la maquinaria de la prensa rosa, en decoración narrativa: una musa rodeada de infidelidades, de hijos, de bombones caros o de azulejos. Una postal de lujo, la genuina mujer florero que sale en las revistas, no en las novelas. Siempre impecable, elegante, enigmática. Despertando simpatías y envidias por igual, pero sin punto de comparación con Ana Karenina.

Pero ¡oh, tragedia clásica!, ahora ella toma la pluma, la batuta o como lo quieras llamar y publica un best seller. Tal vez no haya sido ella sino su equipo editorial, pero tú entiendes. Isabel publica. Isabel enmarca. Ella deja de ser la foto de la exclusiva y edita. Publica y firma. Decide qué mostrar y, más importante aún, qué no, de sus experiencias vitales y sus amores. Aquí no hay fotos tomadas al descuido ni cuidadosamente posadas. Y así, como quien no quiere la cosa, le da la vuelta al tablero simbólico: Ella tiene el relato y Mario, junto a otros hombres importantes para Isabel,  es un personaje más.

Para muchos hombres, especialmente los que aún creen que el patriarcado es (también) una especie de club literario con entrada exclusiva, esto es insoportable. Que una mujer, encima famosa por sus portadas y no por sus posgrados, narre con autoridad algunos detalles íntimos de su relación con un Premio Nobel, los deja en estado de bloqueo existencial. Están que trinan, como diría mi abuela. Y desde estas altas cumbres...yo los contemplo y me divierto.

Lo que Preysler hace, en realidad, es muy gracioso y muy potente: toma el mismo instrumento con el que Vargas Llosa construyó su mito —la palabra escrita— y lo utiliza para bajarlo del pedestal. Suave, sin insultos. Pum.

Ella ha publicado varias cartas de él a ella y una sola de ella a él. Pero la de ella es la estrella del espectáculo. Las de él no tienen nada de especial. Son las de cualquier hombre enamorado anticipando caricias con su mijita de picardía, como no, pero sin nada literario o que sugiera que las escribió un gran escritor.

Sin embargo la de ella es harina de otro costal ¿Y qué es esa carta, tan comentada, tan analizada, tan leída con una copa de vino en la mano por media España? Una despedida. Un “hasta aquí”. 

Un resumen elegante de una relación difícil, escrita sin barroquismo pero con precisión quirúrgica.

Y es precisamente eso lo que duele.

No porque revele una escena de gritos o celos tropicales. Sino porque desarma la figura del escritor legendario, ese que uno imagina siempre en control de sus emociones, de su entorno y, sobre todo, de su narrativa.

De pronto, ese escritor aparece como lo que también fue: un hombre como todos, a ratos difícil, a ratos grosero, y emocionalmente torpe. Y lo dice una mujer sabia y con mundo. Se lo dice a él en su momento y ahora lo comparte con todos.

Y lo publica. Y se gana las sonrisas y los plausos de miles de mujeres que se sienten representadas en esa manera exquisita de poner un punto final a una relación tóxica. Y también, por supuesto, genera rabia en otros y otras, o decepción, o disgusto, pero no creo que sea por el contenido sino por el gesto.

Porque al hacerlo, Preysler no ataca solo a Vargas Llosa, sino al arquetipo de hombre ilustre que otros muchos aún veneran. Esa rabia no es defensa de la intimidad ajena, es defensa del ego propio. Son los varones unidos en el dolor y el berrinche. Afines. Hermanados.

Si Vargas Llosa hubiese publicado sus cartas a Isabel —con ese tono melancólico que usa cuando escribe sobre Europa o sobre sí mismo en tercera persona—, medio mundo habría aplaudido. Pero como las cartas las publica ella, y encima no son suyas sino de él, entramos en zona de alarma cultural. De repente, Isabel es frívola, vengativa, interesada, desleal. Todo eso por hacer exactamente lo mismo que hacen ellos cuando sienten la musa herida: publicar.

Si esta historia fuera una novela, la crítica ya estaría elogiando “la inversión posmoderna del sujeto narrativo tradicional”. Pero como es una mujer de piel brillante y sonrisa de evento benéfico, entonces no vale. O eso dicen.

Y ahora pasamos al rincón legal, donde todo el mundo grita y nadie sabe muy bien qué dice la ley. Ni yo, pero para eso tenemos internet.

Primero: las cartas personales no son automáticamente “obras literarias”. La Ley de Propiedad Intelectual parece que protege lo que tenga originalidad, creatividad y estructura de obra literaria. No basta con que lo haya escrito un Nobel ni con que lleve la frase “te extraño, mi reina” escrita con pluma de fuente.

Decir “Esta noche llegaré, te susurraré al oído mientras te beso” no convierte a nadie en Cervantes. Es una promesa sensual, no una obra. Mi novio del BUP me escribía cosas parecidas. Dios lo bendiga donde quiera que esté.

Segundo: el soporte físico (o digital) de una carta pertenece a quien la recibe. No al autor. Es como una corbata horrible que alguien te regala: no puedes devolverla, pero puedes quemarla, venderla, enseñársela a tu grupo de amigas en la terraza o mandar la foto al grupo de WhatsApp de la familia para reirse un rato.

Tercero: los derechos morales tan invocados por los ofendidos —como la intimidad o el honor— no sobreviven mágicamente al autor como si fueran fantasmas legales. Si el contenido no es difamatorio ni ofensivo, no hay nada que reclamar. Y aquí no hay nada ofensivo, al contrario. El amor puede hacernos (a todos) escribir tonterías o prometer audacias amatorias, pero eso es parte de la alegría de vivir y es bonito.

Entonces, ¿qué buscarían los herederos según dicen los portavoces voluntarios sin fronteras? Un poco de control simbólico. Un poco de “por favor no nos cambien la estatua del abuelo por un meme con frases pasivo-agresivas”. Pero jurídicamente, tienen poco que hacer (me parece a mí).

Ni siquiera me consta que los herederos estén enfadados, puede ser un chisme. Tal vez les haga gracia, o puede que descubran que la ley no los ampara, solo los incomoda. De hecho la ley en general ampara poco y jode mucho.

Isabel Preysler, por tanto, no parece haber cometido ningún delito. Ha publicado algo que le pertenece, que no es una obra protegida y que no afecta la intimidad de terceros. La polémica no es legal, en realidad es simbólica. Es cultural y (como no) patriarcal.

Y por eso a algunos les arde.

Ella, tan mujer del Cesar,  resultó ser una pillina y nos ha alegrado el fin de año contándonos sus cosas.

Siempre me cayó muy bien y admiré su saber estar y su belleza. Ahora me cae mejor. Además, como cualquier señora mayor se puede permitir el lujo de hacer lo que le da la gana con sus confidencias y, para muchos de nosotros, lo hace muy bien.😂😂😂

 

Madame Bedeau de l'Écochère

 

 

ISABEL PREYSLER, LA BELLA PLUMA

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