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viernes, 12 de diciembre de 2025

EL MOTIVO DE PATOLOGIZAR A LAS MADRES

La pregunta es sencilla y obvia, pero la respuesta es más sencilla aún.


Hacer pasar a las mujeres por locas, no es ninguna novedad, en realidad es un clásico. Antes de que la justicia aprendiera a hablar el "lenguaje de los derechos", patologizar a las mujeres —y en particular a las madres— ya era una práctica conocida. Declarar “loca” a una mujer fue durante siglos una forma eficaz de apartarla sin matarla: sacarla del hogar, del relato y de los hijos, y sustituirla sin culpa. De Juana I de Castilla, encerrada durante décadas bajo el rótulo de la demencia, a tantas mujeres silenciadas en sanatorios, conventos o casas ajenas, la historia está llena de madres apartadas de sus hijos por exceso de poder, de deseo, de ansias de libertad o simplemente porque molestaban  a sus maridos o a los intereses de su entorno.

Lo que hoy hace el sistema judicial no es algo nuevo: es el mismo perro  con diferente collar, el mismo gesto antiguo, pero maquillado con diagnósticos modernos y envuelto en un discurso de derechos que dice proteger mientras repite, con otros nombres, la misma operación de siempre.
 
El sistema judicial patologiza a las madres porque siempre ha funcionado, y además reconocer que una madre enferma tras un proceso de custodia o de separación forzada implicaría admitir que el propio procedimiento es dañino. Y eso tendría consecuencias jurídicas, políticas y éticas que ni "justicia" ni nadie están dispuestos a debatir siquiera.

Convertir la reacción ante la pérdida del hijo en trastorno permite desplazar la causa: el problema deja de ser la intervención institucional y pasa a ser la madre que no se adapta a ella porque no le gusta que le quiten hijos. No entiende de derechos. Ella entiende de biología y de útero.

La psiquiatrización cumple varias funciones simultáneas. Primero, neutraliza la palabra materna: una madre diagnosticada pierde credibilidad, su testimonio se vuelve sospechoso y su relato deja de tener valor probatorio. 

Segundo, legitima decisiones ya tomadas: si la madre es “inestable”, la separación se presenta como medida protectora hacia el niño y no y no como violencia hacia el niño y su madre.

Tercero, restaura la autoridad del sistema: no hay error estructural, hay un sujeto defectuoso. 

Y cuarto, desnaturaliza el vínculo: al patologizar el apego, se habilita la idea de que cualquiera puede sustituir a la madre sin daño. Convierten a la madre en una simple cuidadora...y cualquiera puede cuidar.

En síntesis, no se patologiza para comprender ni para curar. Se patologiza para ordenar algo contra natura, callar ellos y hacer callar a la madre y por supuesto cerrar el conflicto. Porque una madre que sufre es un problema; una madre que insiste es un riesgo; y una madre que llora, grita, insulta y nombra el daño institucional es, para el sistema, una amenaza.

El problema, por otro lado,  no es solo el diagnóstico, sino que el sistema olvida CONVENIENTE, ASTUTA Y CRUELMENTE lo que es ontológicamente irrefutable: aunque la ley insista en la igualdad de derechos entre padres y madres, el vínculo materno precede al derecho. Es un vínculo biológico, inmediato, natural, que no se construye ni se negocia en un tribunal. 

El ser hace el derecho y no al contrario. 

La relación madre-hijo es anterior a cualquier norma y es más necesario y más profundo que cualquier otro vínculo, incluido el paterno, para todos los bebés y niños humanos.

Si eliminamos la biología de la ecuación judicial, si negamos esa realidad fundamental, el resultado siempre estará sesgado: la lógica se pierde y la vida, que es la que sostiene ese vínculo, queda vulnerada. La ley puede igualar derechos, pero no puede igualar realidades biológicas, ni sustituir la naturaleza del vínculo materno.

Y de eso hablo en MATERFIESTO y en donde haga falta.

 

Isabel Salas 

 

domingo, 15 de diciembre de 2024

PATOLOGIZAR PARA CALLAR (NOS)

 El cuerpo enferma mientras el expediente psiquiatriza

 


El sistema no escucha lo que le pasa al cuerpo de las madres durante un proceso judicial donde existe la posibilidad de que le quiten a sus hijos, pero lo traduce a su manera.

La madre enfrenta bruxismo, pérdida de muelas, diarreas, insomnio, hipertensión y agotamiento nervioso —signos clásicos de estrés crónico y duelo forzado— el expediente escribe trastornos. El cuerpo habla, el juzgado ignora. No se pregunta qué daño puede producir la separación, sino qué defectos tiene la madre. De hecho, después del arrancamiento de un hijo nadie desde el juzgado se pregunta como están de salud la madre o el hijo.

Así, la violencia institucional no se reconoce como causa.  Y en esa operación, el vínculo se pierde dos veces: primero en la vida, después en el lenguaje.  

Cuando una madre pierde, o lucha por no perder, a sus hijos —sea por vía forzada, judicial o institucional— su cuerpo no “exagera”: reacciona.  El cuerpo grita amenaza sostenida; el juzgado responde con diagnóstico.

Este post no necesita muchas explicaciones, basta ver la lista de que reproduzco a continuación y sacar las propias conclusiones 

1. Patologías reales, documentadas y silenciadas

Estas no son "personalidades problemáticas". Son respuestas fisiológicas y psicosomáticas ante una amenaza prolongada, una pérdida no resuelta y una institucionalidad que castiga el apego.

Sistema nervioso y somatización

  • Insomnio severo o fragmentado

  • Crisis de ansiedad con síntomas físicos

  • Hipervigilancia permanente

  • Fatiga extrema / agotamiento nervioso

Salud bucodental

  • Bruxismo (diurno/nocturno)

  • Pérdida o fractura de piezas dentales

  • Retracción de encías

  • Dolor mandibular crónico (ATM)

Sistema digestivo

  • Diarreas persistentes

  • Colon irritable

  • Náuseas crónicas

  • Gastritis y úlceras

  • Pérdidas o aumentos bruscos de peso

Sistema inmunológico

  • Infecciones recurrentes

  • Caída del cabello

  • Brotes de herpes

  • Agravamiento de enfermedades autoinmunes

Sistema cardiovascular

  • Hipertensión reactiva

  • Taquicardias

  • Dolor torácico funcional

Sistema endocrino y hormonal

  • Amenorrea / alteraciones del ciclo

  • Desregulación tiroidea

  • Síntomas menopáusicos tempranos o intensificados

Dolor físico generalizado

  • Migrañas

  • Contracturas crónicas

  • Fibromialgia o cuadros similares


Es el cuerpo reaccionando a una amenaza que no cesa. Aunque algunos de estos problemas aparecen durante una convivencia violenta,  empeoran cuando se inicia el proceso judicial y aparecen otros. Muchos otros.


2. El expediente: del cuerpo al diagnóstico

Cuando el dolor y el miedo resisten y no se callan, el sistema responde con etiquetas. No se diagnostica el daño, se invalida al sujeto. No se reconoce la violencia institucional, se convierte en patología individual. En definitiva no parecen entender la reacción de una hembra al tratar de quitarle a su cría. Al final, para ellos, cualquiera puede ser madre.

Etiquetas frecuentes (y funcionales):

  • Trastorno límite de la personalidad

  • Rasgos paranoides

  • Trastorno narcisista

  • Trastorno histriónico

  • Psicosis encubierta

  • Depresión “patológica”

  • Ansiedad “desadaptativa”

  • Trastorno oposicionista

  • Trastorno de la personalidad no especificado

Constructos que no necesitan pruebas:

  • “Obsesión con el hijo”

  • “Dependencia emocional”

  • “Fijación patológica”

  • “Dificultad para cooperar”

  • “Rigidez cognitiva”

  • “Victimismo”

  • “Alienación” (cuando conviene)

Estas categorías no requieren pruebas objetivas. 

Se activan cuando la madre no acepta perder el vínculo.

Cada reacción humana se convierte en un defecto psiquiátrico. El cuerpo habla del daño. El expediente borra la causa. Lo primero es consecuencia. Lo segundo, herramienta.

 Madame Bedeau de l'Écochère

 

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