viernes, 29 de mayo de 2026

VULNERACIÓN ONTOLÓGICA FILIO-MATERNA

Una nueva categoría crítica para el análisis del potencial daño institucional a la relación madre-hijo, y por tanto a ambos sujetos, al hijo y a su madre.

 

Materfiesto además de definir la maternidad como una función biológica, plantea varias preguntas incómodas, pero necesarias. Una de ellas sería ¿qué ocurre cuando el Estado interviene en la relación entre una madre y su hijo como si ese vínculo fuera sustituible, administrable o jurídicamente intercambiable?

Durante años, el derecho ha multiplicado etiquetas para nombrar distintas formas de violencia. Sin embargo, sigue sin reconocer con claridad una de las heridas más profundas que puede sufrir un ser humano: la ruptura forzada del vínculo entre una madre y su hijo por decisión institucional. A esa herida propongo llamarla vulneración ontológica filio-materna.

No se trata simplemente de un daño emocional ni de una controversia de custodia. Se trata de una lesión que afecta la base biológica, afectiva y existencial sobre la que se construye la vida de ambos. El vínculo materno-filial no es una ficción cultural ni una preferencia subjetiva: es una realidad corporal, neurobiológica y relacional que el derecho debería reconocer con mucha más prudencia de la que suele mostrar.

Desde esa premisa, el tramo final del libro propone abrir una discusión jurídica y política de fondo: la necesidad de una Ley de Protección del Vínculo Filio-Materno, capaz de poner límites claros a las intervenciones judiciales que lesionan el apego primario sin causa extrema y suficientemente probada.

La propuesta busca recordar que el derecho no crea el vínculo materno, solo puede reconocerlo o dañarlo. Y cuando lo daña en nombre de abstracciones, doctrinas dudosas o decisiones burocráticas, el resultado no es justicia, sino desarraigo.

Por eso, este capítulo final de Materfiesto no funciona solo como cierre de un libro. Funciona también como punto de partida: una invitación a discutir si ha llegado el momento de proteger jurídicamente, de forma expresa, aquello que sostiene la continuidad más elemental de la vida humana.

Hay separaciones que no deberían banalizarse bajo lenguaje técnico. Y vínculos que, antes de ser materia de expediente, son fundamento del ser.

Isabel Salas 

lunes, 11 de mayo de 2026

MADRES PARANORMALES

Cuando la bola de cristal falla.

 

  

La violencia contra los niños no aparece de la nada ni cae del cielo. Tampoco llega mayoritariamente  de la mano de un extraño en una esquina oscura, por mucho que esa fantasía tranquilice a la sociedad. La realidad es bastante más incómoda: la mayor parte de los abusos y malos tratos se produce dentro del entorno familiar y a manos de personas cercanas.

En números absolutos, los padres biológicos, ambos, aparecen con frecuencia entre los principales agresores, así como padrastros, madrastras y familiares cercanos. Pero cuando se mira el riesgo en proporción, para los que construyen el relato sobre violencias,  los padrastros destacan de forma preocupante. La "investigación" ha llamado a esto Cinderella effect, según ellos los hombres adultos cercanos  sin lazos biológicos presentan una mayor probabilidad de agredir a los hijos de su pareja. Es decir, el peligro aumenta con frecuencia cuando entra en escena un varón que no es el padre del menor. 

El relato social se organiza alrededor de los datos que interesan y el agresor suele presentarse como una anomalía desafortunada, casi como si hubiera caído allí por accidente. El incesto se camufla detrás de estas verdades menos incómodas y el mundo sigue girando.

En cambio, la madre queda inmediatamente bajo sospecha. “Eligió mal”, se dice, como si una mujer tuviera la obligación de detectar a simple vista a un abusador, incluso cuando muchos de ellos se presentan como hombres amables, normales y perfectamente integrados. Y esto vale lo mismo para elegir maridos y elegir padrastros, la responsable siempre será ella.

Al violento se le concede opacidad y a la madre, clarividencia retrospectiva. Patriarcado en estado puro: a ellos se les perdonan los impulsos; a ellas se las castiga no haber tenido poderes paranormales.

Eva, una vez más, cargando con el catálogo completo de errores de la humanidad. Primero la fruta, luego el marido, después el padrastro. Una mujer no puede ni respirar sin que alguien le redacte una culpa bíblica.

Pero el guion todavía oculta otra pieza fundamental, el padre biológico ausente o incumplidor. Cuando un padre no paga pensión, no sostiene a sus hijos y desaparece materialmente de su responsabilidad, empuja a muchas mujeres a situaciones de precariedad extrema. Y esa precariedad cambia las decisiones de vida. Muchas madres no convivirían con una nueva pareja si contaran con el apoyo económico que legalmente corresponde a sus hijos. No se trata de romanticismo ni de malas elecciones sentimentales. Se trata de supervivencia.

Ahí está una de las raíces del problema. La primera ficha del dominó no siempre es la entrada de un padrastro, sino el abandono económico del padre. Pero cuando las consecuencias aparecen, el foco vuelve a desviarse. El sistema mira a la madre, examina a la madre, sospecha de la madre. El hombre que incumple queda en segundo plano; la mujer que intenta sostener la vida cotidiana queda en el banquillo.

En ese contexto, los servicios sociales suelen intervenir tarde y con una lógica profundamente sesgada. Se analiza a la madre hasta el agotamiento: si está cansada, si está estresada, si llora, si el niño presenta dificultades, si la casa no alcanza, si hay signos de sobrecarga. Todo eso puede convertirse con facilidad en indicio de “inestabilidad”. Mientras tanto, la violencia masculina solo parece activar alarmas cuando alcanza formas groseramente evidentes. Como si el peligro tuviera que llegar con uniforme, cartel luminoso y confesión firmada.

El resultado es perverso y el agresor real puede quedar minimizado, mientras la madre exhausta se convierte en objeto de vigilancia institucional. No porque sea quien daña más, sino porque es quien está más a mano y es en definitiva quien no consigue realizar los milagros que se exigen.

Y debajo de todo esto hay una capa todavía más brutal: la criminalización de la pobreza. Muchas madres pierden a sus hijos no por maltrato ni por negligencia grave, sino por no tener vivienda estable, por no contar con ingresos suficientes o por vivir en condiciones precarias. En lugar de ofrecer apoyo económico, vivienda o acompañamiento material, el Estado opta demasiadas veces por separar. Retira al niño de su madre y luego financia a otra estructura para criarlo. Se presenta como “protección del menor”, pero con frecuencia funciona como una forma de sustitución institucional de la maternidad.

La paradoja es obscena: no hay dinero para ayudar a la madre a sostener a su hijo, pero sí lo hay para apartarlo de ella y sostener el dispositivo que administra esa separación. La pobreza deja de ser una injusticia social para convertirse en prueba de incompetencia materna. Y así el despojo se disfraza de cuidado.

Culpar a la madre es, en el fondo, la coartada perfecta de un sistema que no quiere mirar a los verdaderos responsables: los hombres violentos, los padres incumplidores y las instituciones que prefieren gestionar consecuencias antes que prevenir causas. No protege de verdad a los niños. No corta el ciclo de violencia. No corrige el abandono paterno. Solo redistribuye la culpa hacia la figura más vulnerable y más visible.

Si de verdad se quiere proteger a la infancia, la prioridad no debería ser moralizar a las madres, sino fortalecer su independencia. Ayuda económica directa, vivienda, cursos, capacitación profesional y condiciones materiales dignas para que ninguna mujer tenga que vincularse a un padre incumplidor o a un padrastro por necesidad de supervivencia. La protección real del menor empieza por reducir la dependencia materna, no por castigarla después. Lo demás es gestión del daño con lenguaje virtuoso.

Mientras se siga cargando a las mujeres con una culpa que no les corresponde, los niños seguirán siendo víctimas invisibles de un sistema que no fue diseñado para cuidar, sino para administrar daños.

 Isabel Salas 

lunes, 20 de abril de 2026

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DE CRIAR EN PAREJA

La crianza no necesita patriarcado: necesita soporte

 

La maternidad humana exige años de cuidado intensivo y esto lo sabemos todos. No hablamos de unos pocos meses, sino de un periodo prolongado de dependencia en el que los niños necesitan presencia, protección, alimento, regulación emocional y continuidad afectiva. Desde un punto de vista biológico, eficaz y práctico eso significa una sola cosa: que ninguna madre debería sostener sola toda la carga de la crianza sin una estructura de apoyo.

Esa necesidad de soporte es real, sin embargo la forma que se adoptó para resolverla no tiene porqué ser la mejor en todos los casos.

En lugar de permitir que las mujeres organizaran redes propias de cuidado, alianzas entre madres, estructuras de apoyo entre iguales o formas extensas de crianza, la historia consolidó el modelo de la familia patriarcal. Esto no fue resultado espontáneo de la naturaleza, sino como una forma de gestión social que resolvía al mismo tiempo varios intereses masculinos y estatales. Garantizaba control sexual sobre la mujer, filiación para el varón, administración de herencias, orden social y reproducción estable de la autoridad.

La madre necesitaba ayuda, sí. Pero la ayuda le fue concedida bajo condiciones. No en sus términos, sino en términos ajenos. El precio del soporte fue la subordinación.

Por eso conviene hacer una distinción importante: que la crianza humana no pueda sostenerse en aislamiento no significa que la única salida posible sea la familia tradicional. Significa solo que hace falta apoyo suficiente. Ese apoyo podría haberse organizado de muchas otras maneras y siempre estamos a tiempo de hacerlo.

De hecho, el mundo mamífero muestra una variedad mucho más amplia de lo que nuestra cultura está dispuesta a admitir. En muchas especies las hembras crían solas. En otras, crían en red con otras hembras. A veces hay cooperación; a veces hay defensa feroz del territorio materno; a veces el macho está ausente y a veces incluso representa una amenaza para la cría. Lo constante no es la pareja, sino la necesidad de que la cría llegue viva y suficientemente protegida al siguiente umbral de desarrollo.

Eso desmonta una ficción muy arraigada: la idea de que la familia nuclear heterosexual, estable y jerárquica es el destino natural de la especie. No lo es. Es una solución histórica concreta, convertida después en moral, en ley y en costumbre. Y como suele pasar con las construcciones de poder, terminó presentándose como si hubiera caído del cielo o brotado del bosque.

La verdadera pregunta, entonces, no es si es mejor criar con pareja o sin pareja. Esa formulación ya viene trucada. La pregunta real es otra: ¿por qué se impuso como norma un modelo que servía al hombre y al Estado más que a la madre y al hijo?

Y todavía hay una pregunta más incómoda: ¿qué pasaría si las mujeres pudieran organizar la crianza desde sus propios términos, sin pasar por el filtro del patriarcado legal, económico y afectivo?

Pensar eso obliga a salir del imaginario romántico que ha gobernado durante siglos nuestra idea de familia. Obliga también a revisar la idea de maternidad domesticada, siempre mediada por la pareja, por la institución y por una moral que celebra la entrega femenina, pero desconfía de la autonomía materna. En ese sentido, hay una imagen especialmente poderosa: las mujeres somos más como osas que como gaviotas.

La frase incomoda porque destruye de una sola vez siglos de literatura sentimental y pedagogía burguesa. La osa no negocia su instinto para encajar en un ideal de familia. No necesita el decorado conyugal para legitimar el vínculo con su cría. Cría, protege, vigila y, si percibe amenaza, responde. Su vínculo no es contractual ni ornamental sino es visceral. Lo que yo suelo llamar cardiocontrato.

No se trata de romantizar el mundo animal, como si una osa fuera a venir a darnos teoría política entre salmones. Se trata de recordar algo más elemental: la dependencia de la cría no obliga por sí misma a un modelo patriarcal de organización. Obliga a soporte. Nada más. Lo demás fue una decisión histórica, jurídica y cultural.

Por eso la idea de una familia matriarcal no debe leerse como fantasía ni como nostalgia tribal. Es una posibilidad social perfectamente pensable: redes de mujeres que organizan el cuidado, sostienen la crianza, protegen a los hijos y distribuyen la carga material y afectiva sin que todo dependa de la figura masculina central. Y eso no significa caos. Tampoco significa orfandad afectiva. Significa otra arquitectura del cuidado.

De hecho, muchas mujeres ya están reconstruyendo esas redes, incluso sin nombrarlas así. Lo hacen cuando crían con sus madres, con sus hermanas, con amigas, con vecinas, con otras madres, con apoyos elegidos y no impuestos. Lo hacen por necesidad, por intuición o por pura supervivencia. No siempre hay teoría política detrás. A veces solo hay cansancio, lucidez y una pregunta brutal: si el modelo prometía protección, ¿por qué nos deja a tantas madres tan solas?

Ese quizá sea el punto más importante. La familia patriarcal se presentó como refugio, pero con demasiada frecuencia ha funcionado como encierro, dependencia o chantaje. Y mientras tanto, cualquier alternativa construida por mujeres ha sido descrita como carencia, desviación o amenaza al orden natural. Qué casualidad tan eficiente. Casi como si el “orden natural” llevara firma, sello y notario.

Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos que la crianza no necesita patriarcado. Necesita tiempo, recursos, comunidad y protección real. Necesita un entorno que sostenga a la madre para que la madre pueda sostener al hijo. Todo lo demás (la forma jurídica, la moral de pareja, la liturgia de la familia ideal) pertenece más a la historia del poder que a la historia del cuidado.

Isabel Salas 


 

martes, 14 de abril de 2026

DEL DICHO AL HECHO VA MUCHO TRECHO

 El peligro de las leyes "bien intencionadas"


Desde hace años observamos con inquietud cómo ciertos conceptos entran en los juzgados con una facilidad alarmante. Dos de ellos son la alienación parental y la violencia vicaria. Se invocan en procedimientos, informes periciales y resoluciones judiciales con una soltura que debería preocuparnos mucho más de lo que preocupa.

En Brasil, por ejemplo, existe desde 2010 una ley de alienación parental. Yo misma fui acusada en un tribunal brasileño al amparo de esa norma. Sobre el papel, la ley se presenta como neutral y supuestamente pretende proteger a los niños cuando uno de los progenitores obstaculiza el vínculo con el otro. Pero una ley no se mide solo por cómo está escrita, sino por cómo se aplica y contra quién termina operando. Y ahí es donde empiezan las preguntas incómodas.

La alienación parental no nació como ley. Antes fue presentada como un supuesto síndrome, luego pasó a informes periciales, después perdió el nombre de “síndrome” para convertirse en una categoría más difusa, y finalmente llegó a los tribunales y al derecho positivo. Debemos prestar mucha atención a ese recorrido , porque muestra cómo una idea discutible puede adquirir apariencia de verdad jurídica simplemente por repetición institucional.

Mi temor es que la violencia vicaria siga el mismo camino: primero concepto social, psicológico o mediático, luego categoría jurídica, después fundamento de resoluciones y quizá mañana ley. Y una vez que algo entra en el derecho positivo, deja de discutirse y empieza a aplicarse.

El problema de fondo no está solo en los nombres. Está en lo que esos nombres permiten. En muchos casos, tanto la llamada alienación parental como la violencia vicaria describen conductas humanas miserables, por supuesto, pero no nuevas: venganza, rencor, manipulación, resentimiento, celos, malmeter contra el otro progenitor. Eso ha existido siempre.

Antes a esas acciones se las llamaba por su nombre. Hoy se las recubre con etiquetas técnicas, psicológicas o jurídicas. Y ahí está el punto central: los tribunales no deberían juzgar pecados; deberían juzgar delitos.

La envidia, el rencor, la venganza, hablar mal del otro, manipular emocionalmente o ser una mala pareja son conductas moralmente reprobables. Pero no todo lo reprobable es delito, ni todo conflicto familiar debería convertirse en materia de intervención judicial. Cuando el juzgado y sus empleados empiezan a valorar emociones, estilos de crianza, disposiciones afectivas o perfiles psicológicos, dejan de juzgar hechos concretos y empiezan a juzgar la vida privada. Actúan como "sacerdotes judiciales" y ni siquiera parecen darse cuenta.

Me recuerdan a esos otros, que en países lejanos e innombrables, juzgan lo bien o mal colocados que están los velos. 

Cuando jueces, peritos, psicólogos y trabajadores sociales  pasan a actuar como una especie de tribunal moral, estamos en el mal camino. Deciden alegremente quién es mejor madre, quién coopera más, quién influye más en el niño, quién presenta el perfil más aceptable. Ya no se juzgan conductas punibles: se juzgan vínculos, emociones y biografías.

Alrededor de estos procesos crece toda una estructura profesional que vive del conflicto: informes, contrainformes, evaluaciones, mediaciones, coordinaciones parentales, terapias, cursos y nuevas pericias. Cuanto más largo y complejo es el procedimiento, más intervenciones se justifican. Y en medio de todo eso, el niño queda atrapado.

Por eso quizá la pregunta importante no sea si necesitamos más categorías, más síndromes o más figuras jurídicas. Quizá la pregunta correcta sea otra: cómo proteger de verdad el vínculo más importante que todos los seres humanos tenemos, el que existe entre madre e hijo. Y cómo protegerlo para que no pueda romperse con tanta facilidad por decisión judicial.

Mi postura es clara,  los tribunales no deberían juzgar pecados. Deberían juzgar delitos. Y el vínculo materno-filial no debería romperse salvo en casos extremos y verdaderamente graves

En instagram, @nadiemepregunto.blog hay algunos videos sore el tema si te interesan. 

miércoles, 1 de abril de 2026

TONTO DEL HABA

Una pequeña historia del ridículo con premio dentro



Hay insultos que parecen fruto de un largo proceso filosófico, pero en realidad nacen de algo bastante más humano: una fiesta, un pastel y la necesidad colectiva de señalar a un desgraciado para reírse un rato. Lo que ahora llamamos  bulling, como si acosar o reírse de otros, fuera algo nuevo, es precisamente,  el origen de la popular expresión “tonto del haba”.

La expresión pertenece al español coloquial y hoy se usa para referirse a alguien ingenuo, torpe o poco espabilado. Pero su origen no está en ninguna teoría sobre la estupidez humana (aunque material no faltaría),  sino en una antigua costumbre festiva europea conocida como "la fiesta del rey del haba".

Durante celebraciones medievales, especialmente en torno a la fiesta de Reyes, era habitual esconder un haba seca dentro de un roscón o pastel. Quien la encontraba era nombrado simbólicamente rey por un día. Hasta aquí, todo parece encantador y envuelto en una mezcla de azar, azúcar y monarquía de juguete, que es probablemente la forma más soportable de monarquía.

Pero la cosa no siempre era tan gloriosa. En algunas versiones de la tradición, quien sacaba el haba no solo recibía la corona imaginaria, sino también alguna pequeña carga como pagar el dulce, cumplir una penitencia o convertirse en el centro de las bromas. Es decir, más que rey, era una especie de bufón, soberano del bochorno. Una figura festiva, sí, pero también un señalado. Uno de esos elegidos por el destino para descubrir que la gloria popular dura aproximadamente lo mismo que una risa mal contenida.

Y ahí empieza el giro interesante.

Con el tiempo, esa figura del que “sacaba el haba” dejó de verse solo como el afortunado del sorteo y empezó a asociarse con alguien que quedaba en evidencia, expuesto o ridiculizado. No era exactamente el héroe de la jornada, sino más bien el pobre individuo al que el azar servía en bandeja para la diversión ajena. El paso de ahí a la burla verbal era casi inevitable, porque el lenguaje popular, cuando encuentra una víctima cómoda, no suelta la presa.

Así fue como la expresión fue desplazándose hacia un sentido despectivo. “Ser el del haba” pasó a equivaler, poco a poco, a ser el ingenuo, el que cae, el que no se entera, el que hace el papelón sin necesidad de ensayo previo. Y de ese uso acabó cristalizando la forma que hoy conocemos de  “tonto del haba”.

El haba, conocida en estas tierras hispanoamericanas como chaucha,  traía detrás una larga carrera simbólica. En distintas tradiciones europeas, se utilizaba como marca de sorteo o señalamiento. Servía para elegir a alguien: a veces para un honor provisional, a veces para cargarle una tarea, y a veces (como suele ocurrir en las mejores costumbres humanas)  para mezclar ambas cosas y dejarlo en una situación ambiguamente humillante. El haba era más que una legumbre; era una forma rudimentaria de decir "te ha tocado a ti". 

Y todos sabemos que esa frase rara vez anuncia algo bueno, se parece demasiado a esa otra de "alguien se tiene que sacrificar". De ahí que terminara ligada a la idea de quedar señalado. No necesariamente culpable, no necesariamente inferior, pero sí expuesto. Y en la imaginación popular, del expuesto al ridículo hay apenas un empujoncito.

Y la lengua lo dio encantada pues gran parte del humor social consiste en agradecer secretamente que el haba le haya tocado a otro.

Estamos ante una joya del idioma al mismo tiempo popular, cruel y sorprendentemente elegante. 

Quirúrgica.😊😊😊

Como las bombas.

 Isabel Salas  


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

¿QUÉ ROMPE MATERFIESTO?

La disrupción real no consiste en hablar más alto que el discurso dominante, sino en volver innecesario su permiso para hacerlo.

 


Si lo que buscas, como lector, es una obra intelectualmente incómoda, políticamente subversiva y ajena a las consignas fáciles, Materfiesto, mi séptimo libro,merece una lectura seria.

Aquí no se repite lo que ya circula en los discursos contemporáneos sobre maternidad, infancia o derechos. Al contrario, se rompe con ellos y lejos de ocupar un lugar dentro del debate actual,  cuestiono el marco entero desde el que ese debate se formula.

1. Rompe con el feminismo institucional

Uno de los gestos más provocadores de Materfiesto es su crítica al feminismo institucional y académico. El libro sostiene que una parte de ese feminismo, lejos de proteger a las madres, ha terminado asumiendo la misma lógica de control que antes se atribuía exclusivamente al patriarcado, es decir, vigilancia, regulación, intervención técnica y subordinación del vínculo materno-filial a categorías jurídicas, periciales o burocráticas.

Lo que pongo en cuestión es la idea de que toda ampliación legal o toda política pública, en nombre de la igualdad, produce necesariamente más protección o más libertad. En Materfiesto, esa "promesa" aparece bajo sospecha. 

El poder no desaparece porque cambie de lenguaje; a veces simplemente se moderniza.

2. Rompe con el racionalismo abstracto

Donde gran parte del pensamiento contemporáneo habla de roles, estructuras, construcciones culturales o dispositivos normativos, Materfiesto devuelve el foco al cuerpo materno y al vínculo concreto entre madre e hijo.

Ese desplazamiento supone cambiar el centro del razonamiento político y pasar de la abstracción jurídica al hecho biológico, de la norma al vínculo, del sujeto administrado a la vida encarnada. Y ahí reside una de sus singularidades.

Planteo mi rechazo a la teoría de la maternidad como identidad cultural o como rol social intercambiable, y lo defiendo como realidad vital. Mi lenguaje puede ser tachado de poético en algunos momentos, y es normal, porque escribo poesía hace años, pero no hay que engañarse,  el eje del argumento no es sentimental sino  biológico, antropológico y político.

 3. Rompe con la obediencia al sistema

Materfiesto no pide simplemente más reconocimiento para las madres ni una mejora de su encaje dentro del sistema jurídico actual. Va más lejos pues cuestiona la legitimidad misma de que el Estado, los tribunales o las burocracias técnicas se arroguen autoridad sobre el vínculo materno-filial.

Ese es, quizá, su gesto más radical y me parece que muchas madres al plantearlo así van a entender, mejor que nadie,  adónde quiero llegar.

No se trata de reclamar una reforma cosmética ni una nueva categoría legal. Se trata de afirmar que existe una realidad anterior al derecho, una soberanía vital que no nace de la ley ni depende de ella. El vínculo entre madre e hijo no sería, en esta perspectiva, una relación concedida o administrada por el sistema, sino una realidad previa que el poder solo puede reconocer o violentar.

4. La clave: autoridad sin permiso

Materfiesto  habla desde una autoridad que no solicita permiso para existir. Y eso cambia todo.

Cuando una madre afirma que su vínculo con su hijo no se negocia, no está formulando solo una queja privada o un reclamo emocional. Está enunciando una posición política de primer orden. Una posición que discute los límites del derecho, la legitimidad de la intervención estatal y la propia arquitectura de la familia moderna.

Ahí es donde Materfiesto deja de ser solo un libro incómodo para algunos y se convierte en una obra realmente disruptiva que no propone una adaptación del sistema, sino una impugnación de sus fundamentos.

Repito, hablo de una disrupción real, no decorativa. Hoy se llama “disruptivo” a casi cualquier cosa que use palabras altisonantes, tres neologismos y una portada con pretensiones. Pero una obra es verdaderamente disruptiva cuando no adorna el discurso dominante ni se arrodilla ante él sino que lo desarma y nos obliga a pensar desde otro lugar y eso es lo que hace Materfiesto

Aquí no se ofrecen una variaciones elegantes sobre ideas ya aceptada sino que se propone un cambio de eje, un movimiento que nos lleva desde el derecho al vínculo, de la burocracia a la vida, de la tutela institucional a la invisibilizada autoridad materna.

Y por eso puede incomodar a algunos. Porque toda obra que toca un nervio real del orden vigente parece excesiva y puede ser catalogada como radical o incluso herética. A veces lo es, y no debería ser un problema. Otras, simplemente, está diciendo algo que demasiada gente preferiría no escuchar.

Queda aquí mi invitación a leerlo y a abrir debates que se están considerando cerrados o inexistentes. 

Un abrazo 

 

 

 

 

martes, 10 de marzo de 2026

SIMONE DE BEAUVOIR EN MATERFIESTO

Madres y mujeres, con y sin poder.


Una de las cosas que algunas personas van a leer con incomodidad en Materfiesto es el pellizquito que le pego a Simone de Beauvoir. Y digo “pellizquito” porque eso es exactamente lo que es dentro del libro: una punzada, una frase, una señal. No un tratado entero sobre ella. No porque no haya más bombaque decir, sino porque un libro tiene una economía interna y una extensión finita, y yo no escribí Materfiesto para convertirlo en una enciclopedia de todo lo que pienso sobre cada autora, cada juez, cada teólogo o cada desastre humano que se cruzó por mi camino.

Por eso al final del libro está el enlace a al blog.

Porque hay ideas que en el libro aparecen como detonación y luego necesitan aire, espacio y un artículo aparte para desplegarse con más precisión y profundidad. Lo hice así a propósito. Por economía de espacio, sí, pero también por método y por efecto. Prefiero abrir ciertos temas en el libro, aunque sea un poco teatral y desarrollarlos uno a uno donde corresponde, sin convertir el texto principal en una procesión de paréntesis interminables.

Simone de Beauvoir es uno de esos casos, precisamente porque es y fue importante. Su pensamiento es influyente y  se la sigue tratando como vaca sagrada del pensamiento feminista. Por eso me interesa señalar el límite y el daño de ciertas ideas suyas.

Ella abrió una grieta decisiva. Separó, de un modo tal vez demasiado radical, a la mujer de su realidad encarnada y así dejó una puerta entreabierta por la que después otros han entrado para vaciar la categoría mujer de toda materialidad. No digo que ella sea responsable de cada derrape posterior. Digo que una inteligencia enorme puede abrir caminos que luego otros recorren y eso tiene serias y graves consecuencias y esto merece ser apuntado.

Ahora bien, me hago otra pregunta más incómoda todavía, y aquí es donde casi nadie quiere entrar porque en general, se prefiere el mármol del canon a la carne viva de la vida: ¿desde dónde habló Simone de Beauvoir sobre la maternidad?

No podemos saber si tuvo una maternidad frustrada pero esa posibilidad no es absurda. Una mujer profundamente enamorada de un hombre puede haber deseado un hijo suyo. Puede no haberlo tenido por mil razones: porque no quiso, porque él no quiso, porque ninguno quiso, porque no pudo, porque no se dio. No lo sabemos. Y como no lo sabemos, no lo afirmo.

Lo que sí afirmo es que su no-maternidad importa.

No porque ser madre garantice inteligencia, ni empatía, ni amor por otras madres. Basta pisar un juzgado de familia para comprobar lo contrario. Hay juezas madres y psicólogas madres capaces de humillar a otras mujeres, de mirar con frialdad burocrática a una madre devastada al anunciarle que la alejan de sus hijos, de firmar o sostener decisiones monstruosas sin que se les mueva una pestaña. Ser madre no santifica a nadie. No vacuna contra la crueldad ni convierte automáticamente a una mujer en aliada de otras mujeres.

Pero tampoco se puede fingir que no haber sido madre es irrelevante cuando se habla de maternidad para generaciones enteras.

Esa es la cuestión.

No sostengo que solo las madres puedan pensar la maternidad sino algo bastante más simple y más serio: la experiencia importa, aunque no salve a nadie. Y por eso me permito dudar de que Simone de Beauvoir hubiera dicho exactamente lo mismo sobre la maternidad si la hubiera atravesado en su propio cuerpo y en su propia vida.

¿Tengo una certeza del cien por cien? No.

¿Me parece una duda legítima? Sí.

Y esa duda se vuelve todavía más interesante cuando se la pone junto a otro fenómeno que vemos todos los días: mujeres que llegan a posiciones de poder patriarcal y son más duras que los hombres que las rodean.

Muchas madres se decepcionan cuando entran a un juzgado o a una consulta y piensan aliviadas: “menos mal, me tocó una jueza y no un juez”, “menos mal, me tocó una psicóloga y no un psicólogo”. Y luego descubren con horror que esa jueza o esa psicóloga puede ser todavía más dura, más cruel, más desalmada y más monstruosa que algunos hombres.

Y duele más porque esperaban comprensión y no llega.

Las mujeres que alcanzan poder dentro de estructuras patriarcales no siempre transforman la lógica del sistema. A veces se adaptan a él y la encarnan con celo. Endurecen su conducta para no parecer blandas, parciales, emocionales o sospechosas de corporativismo con otras mujeres. Se vuelven más severas para demostrar que merecen estar ahí. Que no están “del lado de las mujeres”, sino del lado del orden.

Y ese orden, por supuesto, no deja de ser patriarcal porque lleve falda o tacones.

No toda mujer en el poder está del lado de las mujeres. Algunas están, sobre todo, del lado del poder.

Eso mismo me hace preguntarme si algo de ese mal no pudo tocar también a Beauvoir. Ella fue una mujer brillantísima situada en un mundo intelectual masculino, rodeada de varones prestigiosos, ligada afectivamente a uno de ellos y obligada a afirmarse dentro de un círculo donde lo específicamente femenino era tratado como menor, sospechoso o secundario.

No sería raro que una mujer así, para sostener su lugar en ese universo, acabara endureciéndose precisamente contra aquello que ese universo  despreciaba.

Y entre esas cosas estaba la maternidad.

Basta con mirar la historia para ver que muchas mujeres integradas en estructuras masculinas de prestigio terminan despreciando, rebajando o minimizando aquello que el propio sistema considera inferior. Para no ser disminuidas como mujeres, disminuyen ellas mismas aquello que el sistema ya ha decidido devaluar.

Por eso mi tirito a Simone de Beauvoir no nace de una hostilidad vacía sino de una conclusión muy seria: que ciertas mujeres enormemente inteligentes, enormemente influyentes y enormemente admiradas han pensado la maternidad desde un lugar demasiado ajeno, demasiado hostil o demasiado condicionado por marcos de poder que las empujaban a alejarse de ella.

Y cuando una mujer así deja frases que luego se convierten en dogma cultural, el problema ya no es solo biográfico. El problema es histórico y sus consecuencias enormes. Después vienen otras generaciones que repiten, amplifican y radicalizan esas ideas. Y entonces lo que era una grieta se vuelve una autopista.

Por eso me interesa abrir (también) este debate.

Hasta qué punto mujeres que no han sido madres, que no han querido serlo o que no han atravesado esa experiencia de forma viva pueden influir tanto en la manera en que décadas enteras pensarán la maternidad. No para prohibirles pensar. No para expulsarlas de la conversación. Sino para analizar con toda legitimidad desde qué experiencia —o desde qué ausencia de experiencia— están hablando.

Eso me parece mucho más serio y respetuoso que seguir recitando a Beauvoir como un salmo laico mientras se ignora el daño que ciertas formulaciones suyas han causado o han permitido sin su consentimiento. Y por eso, en Materfiesto, la nombro como lo hago. En tan pocas palabras no se agota lo que tengo que decir. Al contrario, ahí empieza.

Como tantas otras cosas, es en el blog, donde puedo ir pensando tema por tema y artículo por artículo. Aquí tengo el espacio para ir desarrollando asuntos de forma pausada sin tener que comprimirlos en una sola frase.

Materfiesto no terminó el día que salió de la imprenta ni pretende poner punto final a nada. Fue escrito para invitar siempre a abrir debates y melones por igual.

Isabel Salas

VULNERACIÓN ONTOLÓGICA FILIO-MATERNA

Una nueva categoría crítica para el análisis del potencial daño institucional a la relación madre-hijo, y por tanto a ambos sujetos, al hijo...