martes, 10 de marzo de 2026

SIMONE DE BEAUVOIR EN MATERFIESTO

Madres y mujeres, con y sin poder.


Una de las cosas que algunas personas van a leer con incomodidad en Materfiesto es el pellizquito que le pego a Simone de Beauvoir. Y digo “pellizquito” porque eso es exactamente lo que es dentro del libro: una punzada, una frase, una señal. No un tratado entero sobre ella. No porque no haya más bombaque decir, sino porque un libro tiene una economía interna y una extensión finita, y yo no escribí Materfiesto para convertirlo en una enciclopedia de todo lo que pienso sobre cada autora, cada juez, cada teólogo o cada desastre humano que se cruzó por mi camino.

Por eso al final del libro está el enlace a al blog.

Porque hay ideas que en el libro aparecen como detonación y luego necesitan aire, espacio y un artículo aparte para desplegarse con más precisión y profundidad. Lo hice así a propósito. Por economía de espacio, sí, pero también por método y por efecto. Prefiero abrir ciertos temas en el libro, aunque sea un poco teatral y desarrollarlos uno a uno donde corresponde, sin convertir el texto principal en una procesión de paréntesis interminables.

Simone de Beauvoir es uno de esos casos, precisamente porque es y fue importante. Su pensamiento es influyente y  se la sigue tratando como vaca sagrada del pensamiento feminista. Por eso me interesa señalar el límite y el daño de ciertas ideas suyas.

Ella abrió una grieta decisiva. Separó, de un modo tal vez demasiado radical, a la mujer de su realidad encarnada y así dejó una puerta entreabierta por la que después otros han entrado para vaciar la categoría mujer de toda materialidad. No digo que ella sea responsable de cada derrape posterior. Digo que una inteligencia enorme puede abrir caminos que luego otros recorren y eso tiene serias y graves consecuencias y esto merece ser apuntado.

Ahora bien, me hago otra pregunta más incómoda todavía, y aquí es donde casi nadie quiere entrar porque en general, se prefiere el mármol del canon a la carne viva de la vida: ¿desde dónde habló Simone de Beauvoir sobre la maternidad?

No podemos saber si tuvo una maternidad frustrada pero esa posibilidad no es absurda. Una mujer profundamente enamorada de un hombre puede haber deseado un hijo suyo. Puede no haberlo tenido por mil razones: porque no quiso, porque él no quiso, porque ninguno quiso, porque no pudo, porque no se dio. No lo sabemos. Y como no lo sabemos, no lo afirmo.

Lo que sí afirmo es que su no-maternidad importa.

No porque ser madre garantice inteligencia, ni empatía, ni amor por otras madres. Basta pisar un juzgado de familia para comprobar lo contrario. Hay juezas madres y psicólogas madres capaces de humillar a otras mujeres, de mirar con frialdad burocrática a una madre devastada al anunciarle que la alejan de sus hijos, de firmar o sostener decisiones monstruosas sin que se les mueva una pestaña. Ser madre no santifica a nadie. No vacuna contra la crueldad ni convierte automáticamente a una mujer en aliada de otras mujeres.

Pero tampoco se puede fingir que no haber sido madre es irrelevante cuando se habla de maternidad para generaciones enteras.

Esa es la cuestión.

No sostengo que solo las madres puedan pensar la maternidad sino algo bastante más simple y más serio: la experiencia importa, aunque no salve a nadie. Y por eso me permito dudar de que Simone de Beauvoir hubiera dicho exactamente lo mismo sobre la maternidad si la hubiera atravesado en su propio cuerpo y en su propia vida.

¿Tengo una certeza del cien por cien? No.

¿Me parece una duda legítima? Sí.

Y esa duda se vuelve todavía más interesante cuando se la pone junto a otro fenómeno que vemos todos los días: mujeres que llegan a posiciones de poder patriarcal y son más duras que los hombres que las rodean.

Muchas madres se decepcionan cuando entran a un juzgado o a una consulta y piensan aliviadas: “menos mal, me tocó una jueza y no un juez”, “menos mal, me tocó una psicóloga y no un psicólogo”. Y luego descubren con horror que esa jueza o esa psicóloga puede ser todavía más dura, más cruel, más desalmada y más monstruosa que algunos hombres.

Y duele más porque esperaban comprensión y no llega.

Las mujeres que alcanzan poder dentro de estructuras patriarcales no siempre transforman la lógica del sistema. A veces se adaptan a él y la encarnan con celo. Endurecen su conducta para no parecer blandas, parciales, emocionales o sospechosas de corporativismo con otras mujeres. Se vuelven más severas para demostrar que merecen estar ahí. Que no están “del lado de las mujeres”, sino del lado del orden.

Y ese orden, por supuesto, no deja de ser patriarcal porque lleve falda o tacones.

No toda mujer en el poder está del lado de las mujeres. Algunas están, sobre todo, del lado del poder.

Eso mismo me hace preguntarme si algo de ese mal no pudo tocar también a Beauvoir. Ella fue una mujer brillantísima situada en un mundo intelectual masculino, rodeada de varones prestigiosos, ligada afectivamente a uno de ellos y obligada a afirmarse dentro de un círculo donde lo específicamente femenino era tratado como menor, sospechoso o secundario.

No sería raro que una mujer así, para sostener su lugar en ese universo, acabara endureciéndose precisamente contra aquello que ese universo  despreciaba.

Y entre esas cosas estaba la maternidad.

Basta con mirar la historia para ver que muchas mujeres integradas en estructuras masculinas de prestigio terminan despreciando, rebajando o minimizando aquello que el propio sistema considera inferior. Para no ser disminuidas como mujeres, disminuyen ellas mismas aquello que el sistema ya ha decidido devaluar.

Por eso mi tirito a Simone de Beauvoir no nace de una hostilidad vacía sino de una conclusión muy seria: que ciertas mujeres enormemente inteligentes, enormemente influyentes y enormemente admiradas han pensado la maternidad desde un lugar demasiado ajeno, demasiado hostil o demasiado condicionado por marcos de poder que las empujaban a alejarse de ella.

Y cuando una mujer así deja frases que luego se convierten en dogma cultural, el problema ya no es solo biográfico. El problema es histórico y sus consecuencias enormes. Después vienen otras generaciones que repiten, amplifican y radicalizan esas ideas. Y entonces lo que era una grieta se vuelve una autopista.

Por eso me interesa abrir (también) este debate.

Hasta qué punto mujeres que no han sido madres, que no han querido serlo o que no han atravesado esa experiencia de forma viva pueden influir tanto en la manera en que décadas enteras pensarán la maternidad. No para prohibirles pensar. No para expulsarlas de la conversación. Sino para analizar con toda legitimidad desde qué experiencia —o desde qué ausencia de experiencia— están hablando.

Eso me parece mucho más serio y respetuoso que seguir recitando a Beauvoir como un salmo laico mientras se ignora el daño que ciertas formulaciones suyas han causado o han permitido sin su consentimiento. Y por eso, en Materfiesto, la nombro como lo hago. En tan pocas palabras no se agota lo que tengo que decir. Al contrario, ahí empieza.

Como tantas otras cosas, es en el blog, donde puedo ir pensando tema por tema y artículo por artículo. Aquí tengo el espacio para ir desarrollando asuntos de forma pausada sin tener que comprimirlos en una sola frase.

Materfiesto no terminó el día que salió de la imprenta ni pretende poner punto final a nada. Fue escrito para invitar siempre a abrir debates y melones por igual.

Isabel Salas

lunes, 2 de marzo de 2026

POSIBLE CRÍTICA A LOS ARQUETIPOS BÍBLICOS

 

Otra de las críticas previsibles a Materfiesto será que su bloque espiritual y bíblico supondría una deriva profética, un exceso simbólico o incluso pérdida de rigor. Como si en cuanto aparece una genealogía religiosa, un arquetipo o una clave espiritual, el pensamiento quedara automáticamente degradado a superstición, ornamento o delirio.

No comparto esa superstición laica, y aunque pensé que, debido a su existencia, podrían intentar minimizar la importancia de otros capítulos del libro, decidí conservarlo porque es necesario para el conjunto.

El hecho de que una idea se formule también en clave bíblica, espiritual o simbólica no la vuelve menos pensable. La vuelve, muchas veces, más profunda. Lo que ocurre es que cierta mentalidad académica contemporánea solo reconoce como serio aquello que cabe dentro de una prosa higienizada, secular, aparentemente neutral y ya perfectamente domesticada por sus propios límites. Es un criterio que me parece bastante pobre, aunque se exhiba desde los pedestales académicos con la solemnidad suficiente como para que algunos lo confundan con rigor. No es mi caso. Las ruedas de molino me pueden aplastar pero no me las trago.

Pensé que algunos sugerirían que introduje el bloque espiritual-bíblico en Materfiesto como adorno o  como suplemento piadoso. Incluso como gesto confesional. Sin embargo lo introduje porque forma parte de la arquitectura del libro. Porque hay conflictos que no se dejan pensar del todo, por mi cerebro, sin rechazar, desde el principio, la amputación simbólica que nos exige la sensibilidad moderna en demasiados campos.

No todo puede decirse con el lenguaje del derecho, ni con el de la sociología, ni con el de la teoría política contemporánea. Y no porque esos lenguajes no sirvan, sino porque tienen límites. A veces describen bien los mecanismos, pero no alcanzan a nombrar la profundidad antropológica, moral y civilizatoria de lo que está en debate.

La maternidad es uno de esos gatillos que nos debe empujar a pensar más allá de los corsets.

Cuando recurro a claves bíblicas estoy ampliando el campo de inteligibilidad. Estoy diciendo que ciertos conflictos no son solo jurídicos, ni solo sociales, ni solo biotecnológicos. Son también conflictos de origen, de sentido, de autoridad, de sustitución, de idolatría, de desposesión y de ruptura del vínculo originario. Y para pensar eso, las tradiciones simbólicas siguen teniendo mucho que decir, por más que algunos finjan haberlas superado mientras se arrodillan ante nuevas teologías mucho más vulgares y (espero) efímeras

Recordemos que la modernidad también tiene sus dogmas, sus ortodoxias, sus lenguajes sagrados, sus herejías y sus sacerdocios. Solo que los llama de otra manera y se cree superior por ello.

Por ahí leí que no hay pensamiento serio sin símbolo ni  civilización sin relato. No recuerdo dónde ni recuerdo si era exactamente así la cita.

Y no hay lectura honesta de la historia de las mujeres, del cuerpo y de la autoridad si se expulsa de entrada todo lo que durante siglos organizó imaginarios, legitimidades, jerarquías y vínculos. La Biblia, el cristianismo, los arquetipos religiosos y las genealogías espirituales forman parte del tejido profundo de la civilización que todavía habitamos, aunque muchos prefieran fingir que nacieron directamente de una mesa redonda universitaria con café recalentado.

Pero además hay aquí algo que me interesa decir con total claridad: mis arquetipos no están elegidos al azar. Están escogidos con precisión para pensar una zona del conflicto materno-filial, jurídico y civilizatorio que no he visto pensada así en ningún otro lugar.

Porque lo singular no es solo que yo use arquetipos. Arquetipos usa medio mundo. Lo que puede hacer ruido es cómo los elijo, desde dónde los hago trabajar y para qué los convoco. Otros colocan sus arquetipos  al servicio de una metafísica abstracta o de un folklore piadoso. Los de Materfiesto están al servicio de una arquitectura muy concreta: maternidad, desposesión, sustitución, usurpación del vínculo originario, idolatría del poder, falsa redención técnica, madre desplazada, hijo arrebatado, resto que sobrevive.

No he tomado siquiera a las figuras más obvias. La Biblia está llena de madres, y yo ni siquiera he necesitado recurrir a La Virgen María, la madre de Jesús, ni a su prima Isabel. He rebuscado bien para encontrar otras madres, y las he encontrado. Siempre estuvieron allí pero no las veíamos.  

La Biblia está llena de madres. Lo que ocurre es que durante siglos muchos lectores no han querido mirarla desde ahí.

Y eso no parece casual. Hombres brillantísimos han escrito bibliotecas enteras sobre la Biblia, la metafísica, la política, la moral, el alma, la ley, el orden y la historia. Pero casi siempre han vuelto a los mismos arquetipos: el padre, el hijo, el rey, el legislador, el héroe, el sabio, el sacrificio, la caída, el traidor, el redentor. Todo muy solemne, muy canónico y muy organizado alrededor de figuras masculinas o de lo masculino como centro de interpretación.

En mi caso estuve leyendo la Biblia como archivo de maternidades, de rivalidades de vientres, de hijos arrebatados, de madres desplazadas, de sustituciones, de desposesiones, de supervivencias y de restos. 

Esa lectura es posible y en ningún momento pensé que los grandes pensadores varones no hubieran visto esos arquetipos por falta de inteligencia. Tal vez no los buscaron porque hacerlo es desplazar el centro del pensamiento en muchos modos. Y eso puede modificar  demasiado la arquitectura del pensamiento.

Por eso no me va a sorprender que se haya reproches respecto a los arquetipos escogidos mientras se sigue venerando sin pestañear  una tradición filosófica que también trabajó con sus propios “arquetipos”, solo que blindados por el prestigio del canon y no precisamente amables con las mujeres.

La filosofía occidental parece haberse sostenido sobre imágenes rectoras, y jerarquías implícitas muy desdeñosas con la mujer. Aristóteles pensó a la mujer desde la comparación con el varón. y concluyó que somos varones defectuosos. Tomás de Aquino heredó y consolidó esa tradición. Schopenhauer no necesitó hablar de semen defectuoso para entregarse a una misoginia filosófica sistemática. Y, sin embargo, a nadie se le ocurre decir que por eso la filosofía occidental se volvió “profética”, “irracional” o “simbólicamente excesiva”.

Al contrario: se la canonizó.

Ese doble rasero me interesa.

Cuando el canon masculino simboliza, eso se llama filosofía.
Cuando una madre introduce claves bíblicas o espirituales para pensar la maternidad, posiblemente algunos hablen de deriva, de exceso o de pérdida de rigor.

No acepto esa trampa. Los  arquetipos de Materfiesto no nacen de degradar ontológicamente a la madre ni de explicar a la mujer como error, resto o insuficiencia. Nacen de intentar pensar, con  profundidad en una realidad que el lenguaje técnico, jurídico y académico  no alcanza a nombrar sin empobrecerla.

Hoy se sigue considerando “pensamiento serio” una tradición que durante siglos hizo pasar por razón lo que no era más que imaginación patriarcal blindada.

Recurrí a la dimensión bíblica porque el conflicto que estoy pensando excede el plano estrechamente técnico. Si el vínculo materno-filial ha sido atacado, expropiado, sustituido y administrado hasta el punto de amenazar la base misma de la comunidad humana, entonces reducir ese conflicto a un mero problema de diseño institucional o de política pública sería una forma de ceguera.

Y por eso busqué otra profundidad. Y esa profundidad no tiene por qué verse minimizada ante a la sensibilidad laica dominante. De hecho, he escuchado miles de veces, a lo largo de mi vida, que pertenezco a la tradición judeocristiana y no hay nada más judeocristiano que la Biblia.

Tal vez introducir una clave simbólica o espiritual estreche el umbral de recepción para algunos pero esto no significa que sobre. Significa, más bien, que obliga a salir del automatismo de lectura y esto no es fácil para todos.

Y sí, entiendo que eso pueda molestar. El lector que llegue hasta el bloque 13 puede hacerlo bastante fatigado en algunos casos, pero confío en que dará una oportunidad a los siguientes bloques a pesar de ello. 

No es necesario decir de nuevo que no soy académica, pero no está mal recordarlo. Tal vez precisamente por eso, porque no pienso desde las estructuras heredadas y defendidas por tantos consagrados pensadores es que mi propio pensamiento, mucho menos consagrado,  parte de otros lugares y llega a otras conclusiones.

Y de eso dicen que trata el viejo arte de pensar.


miércoles, 25 de febrero de 2026

LOS DERECHOS PRETENDIDAMENTE HUMANOS

Otra de las críticas previsibles a Materfiesto será esta: que, al cuestionar los derechos humanos, estaría atacando el único lenguaje que hoy protege a mujeres, niños y personas vulnerables.


 No. Lo que ataco es la idolatría.

No niego que el lenguaje de los derechos humanos haya servido, en determinados contextos, para limitar abusos, denunciar crímenes o formular exigencias justas. Sería absurdo negarlo. Lo que digo es otra cosa: que ese lenguaje no es inocente, que no agota lo humano y que, dentro del Estado de derecho, funciona muchas veces como una forma de administración de la vida.

Esa es la cuestión.

Vivimos en sistemas donde todo debe pasar por el filtro de los derechos para ser visible, legítimo y atendible. Pero eso no significa que todo lo que importa quepa realmente en ese lenguaje. Y mucho menos que ese lenguaje sea neutral.

Nos confunden haciéndonos creer que un derecho, en el Estado de derecho, es una libertad real. Muchas veces, por no decir siempre,  es lo contrario: una forma de delimitar, traducir, condicionar y capturar la existencia dentro de categorías administrables. No somos libres porque tengamos derechos. En realidad vivimos sujetos a derechos. Y esa diferencia no es menor.

El sujeto de derechos no es una criatura emancipada flotando en una esfera moral pura. Es un individuo ya incorporado a una gramática estatal que decide qué cuenta como daño, qué cuenta como protección, qué puede reclamarse, de qué no puede disponerse, y en qué momento interviene el aparato judicial, técnico o administrativo.

Exactamente eso es lo que me interesa discutir.

Esto es lo que quiero poner sobre la mesa: que ‘sujeto de derecho’ y ‘sujetado por los derechos’ son, en el fondo, gemelos separados al nacer

Cuando el lenguaje de los derechos humanos se vuelve la única forma legítima de nombrar la justicia, ocurre algo muy grave: se empieza a creer que lo humano existe porque ha sido reconocido por el sistema, cuando en realidad hay realidades humanas anteriores a esa traducción jurídica.

El vínculo materno-filial es una de ellas.

Un hijo no entra en el mundo como “sujeto de derechos” primero y como criatura después. Una madre no aparece como “titular de derechos” antes que como cuerpo que ha gestado, parido y quedado ligada a esa criatura por una relación vital. Lo primero no es la categoría jurídica. Lo primero es la realidad humana que el derecho llega después a nombrar, a regular, a proteger o a violentar.

Ese “después” importa.

Porque cuando se olvida, los derechos humanos dejan de funcionar como límite frente al poder y empiezan a funcionar como uno de sus instrumentos favoritos. Se invocan para intervenir, para corregir, para separar, para redefinir vínculos, para desplazar a quienes están en el centro de una relación real y sustituirlos por una red de expertos, jueces, protocolos y criterios abstractos.

No se trata de que los derechos humanos sean “necesarios”. Se trata de que son insuficientes y peligrosos cuando se los presenta como el horizonte moral supremo y único.

Además, conviene decirlo sin miedo: en el Estado de derecho, los llamados derechos indisponibles y el orden público muestran con bastante claridad que no estamos ante un reino de libertad soberana como nos intentan hacer creer. Estamos ante una estructura donde el sistema decide, en tu nombre, sobre qué no puedes disponer, aunque afecte a tu propio cuerpo, a tus propios hijos o a tus propios vínculos. Y eso después se llama protección, civilización o garantía.

Yo no lo llamo así.

Al menos no lo llamo de esa manera cuando el algoritmo no me está mirando. 

No me interesa sustituir una fe religiosa por una fe jurídica. No me interesa arrodillarme ante una nueva teología secular cuyos dogmas son la pretendida dignidad, el interés superior, la igualdad formal o la tutela del vulnerable, mientras por debajo se administra cada vez más profundamente la vida concreta.

Y sí: los derechos humanos forman parte de ese dispositivo.

No porque todo derecho sea perverso, sino porque el lenguaje de los derechos ya ha sido plenamente absorbido por el Estado de derecho y por sus instituciones. Ya no es un lenguaje exterior al poder. Es uno de sus idiomas preferidos.

Por eso mi crítica no va contra la dignidad humana. Va contra la ficción de que la dignidad queda suficientemente defendida porque ha sido traducida a derechos reconocibles por un sistema que se reserva, además, el monopolio de interpretarlos, limitarlos y aplicarlos.

No basta con decir “hay derechos”.
La cuestión es:
 quién los define, quién decide cuándo ceden, quién invoca el orden público y qué vínculo concreto queda triturado mientras tanto.

En el caso del vínculo materno-filial, esa trituración es especialmente visible. Todo se vuelve derecho de alguien: del niño, del padre, del Estado, del sistema, de la corresponsabilidad, del acceso, de la intervención. Y en esa proliferación abstracta, la relación viva entre una madre y su hijo queda convertida en materia administrable.

Eso es lo que denuncio.

No estoy contra toda formulación de derechos ni puedo estar. Estoy amarrada a un contrato social que no firmé y tengo que conformarme con vivir bajo él. Por eso, lo que rechazo es su absolutización.

Rechazo la mentira de que el lenguaje de los derechos humanos sea la forma final de la justicia. Y estoy contra la operación por la cual todo lo que no cabe en esa gramática queda expulsado del campo de lo legítimo, como si no existiera.

Lo humano no empieza con su reconocimiento jurídico.

Y cuando se olvida eso, los derechos se convierten en redes de captura.

De capturar gente. 

Isabel Salas 

jueves, 19 de febrero de 2026

POSIBLE CRÍTICA A LA JURISDICCIÓN MATERNA


 
Una de las críticas más previsibles que van a hacerle a Materfiesto es esta: que, al hablar de jurisdicción materna, estaría proponiendo una especie de zona extrajurídica, un territorio sin garantías, sin control y sin protección frente a abusos.

No. Eso no es lo que digo.

No afirmo en ningún momento que todo deba existir fuera de la ley. Lo que afirmo es algo mucho más simple y, al parecer, mucho más difícil de tolerar para ciertas mentalidades jurídicas: el vínculo materno-filial no nace de la ley. Y, por tanto, la ley no debería fingir que lo crea, lo reparte o lo sustituye.

Esa diferencia es toda la batalla.

La ley no crea a la madre ni al hijo. La ley no inventa la gestación, el parto, la dependencia radical del recién nacido ni el vínculo que se forma entre quien lo ha llevado dentro de su cuerpo y la criatura que nace de él. Como mucho, la ley puede hacer tres cosas frente a ese vínculo: reconocerlo, protegerlo o violentarlo.

Mi crítica empieza cuando el Estado deja de reconocer ese límite y se arroga el derecho a administrarlo como si fuera suyo.

Repito, para que no haya excusas: no propongo una zona sin ley. Digo que el vínculo materno-filial no nace del derecho, y que cuando el derecho olvida eso, deja de proteger y empieza a intervenir, fragmentar o usurpar.

Esto no convierte mi posición en antiinstitucional, como algunos intentarán decir con ese entusiasmo tan automático por la caricatura fácil. Lo que cuestiono no es la existencia de instituciones, sino la pretensión del Estado de comportarse como fuente originaria de una relación que lo precede.

Hay una diferencia radical entre proteger frente al abuso y apropiarse del vínculo.

Sé perfectamente cuál será la objeción instantánea: entonces también habría abusos sin control. Y la respuesta es muy sencilla. Precisamente por eso hay que distinguir entre ambas cosas. Yo no discuto la necesidad de límites frente al daño. No discuto que haya situaciones extremas en las que deba intervenirse. Lo que discuto es la ficción de que el Estado sea el verdadero titular de una relación que no ha creado.

Porque en cuanto el Estado se coloca en ese lugar, ya no actúa como límite frente al abuso, sino como administrador soberano de la vida ajena. Y ahí empieza el problema.

Lo que digo es, en el fondo, bastante sobrio: la ley solo es legítima cuando reconoce que hay realidades humanas anteriores a ella. Cuando desconoce ese límite y administra el vínculo materno-filial como si fuera propio, deja de proteger y empieza a violentar.

No es lo mismo protección que usurpación.

Y conviene recordarlo, porque vivimos en una época en la que todo poder quiere parecer razonable mientras invade. Todo se hace “por el bien del menor”, “por equilibrio”, “por garantías”, “por interés superior”, “por orden público”. El lenguaje cambia, la operación es la misma: desplazar a la madre del lugar originario del vínculo y sustituir esa realidad por una red de decisiones externas, técnicas, judiciales o burocráticas.

Yo no estoy diciendo que no existan límites. Estoy diciendo que el límite no puede consistir en fingir que la ley funda lo que solo puede reconocer.

Eso es lo que muchos no van a soportar: que una madre en voz alta que no todo lo humano nace con permiso del Estado ni a partir de dicho permiso.

 Isabel Salas 

martes, 10 de febrero de 2026

CEGUERA JUDICIAL

 ¿A qué se debe que los jueces parezcan no ver la vulneración de derechos que las víctimas de violencia machista les relatan?

 


No hay una sola razón sino un conjunto de factores estructurales, probatorios y culturales que explican por qué un juez puede no apreciar vulneración de derechos en un caso de violencia machista.

1. Estándar probatorio y lógica penal

En jurisdicción penal rige el principio de presunción de inocencia y el estándar de prueba “más allá de duda razonable”.

Si el caso depende casi exclusivamente del testimonio de la víctima y no hay corroboraciones periféricas (partes médicos, mensajes, testigos, antecedentes, pericial psicológica), algunos jueces consideran que no se supera ese umbral.

Esto no significa que no haya violencia; significa que el sistema penal exige prueba sólida y formalizada. El acusado no puede ser condenado, pero esto no significa que es inocente o que la violencia no sucedió.

2. Credibilidad y estereotipos implícitos

Aunque formalmente prohibidos, persisten sesgos que son muy difíciles de erradicar. Desde las expectativas irreales sobre cómo debe comportarse una víctima “verdadera” hasta la desconfianza cuando hay retractaciones, demoras en denunciar o mantenimiento de contacto con el agresor. Pasando por la minimización de la violencia psicológica frente a violencia física.

La jurisprudencia de diferentes  Tribunales Supremos ha reiterado que el testimonio de la víctima puede ser prueba suficiente si cumple requisitos de verosimilitud, persistencia y ausencia de incredibilidad subjetiva. En la práctica, su aplicación no siempre es homogénea.

3. Problema de tipificación

No toda conducta abusiva encaja claramente en el tipo penal. Es decir hay abusos que no son considerados delitos en la práctica.

Por ejemplo, la violencia psicológica es difícil de objetivar, el control coercitivo sostenido no siempre se traduce en hechos individualizables. Amenazas como si te vas te quitaré a los hijos, no valen nada para los juzgados aunque a las madres se les rompa el alma al escucharlas.

Si el juez entiende que no hay encaje típico claro, puede archivar o absolver.

4. Conflicto entre narrativa social y técnica jurídica

La categoría “violencia machista” es sociopolítica y criminológica. El juez no juzga una estructura social; juzga hechos concretos tipificados.

Puede reconocer un contexto desigual pero no considerar probado un delito específico.

5. Deficiencias de instrucción

Muchos casos fracasan por: Falta de pericial especializada, nula o mala práctica policial en recogida de prueba digital, ausencia de evaluación de riesgo bien documentada.

Si la fase de instrucción es débil, el juez no puede suplirla.

6. Cultura judicial

No todos los jueces aplican con la misma intensidad la perspectiva de género y tampoco sabemos si es el mejor camino, personalmente yo, lo dudo.

Aunque sea exigida por normativa internacional (Convenio de Estambul) y por doctrina del Tribunal Constitucional, su integración real depende de formación y convicción personal.

Hay magistrados con enfoque garantista estricto que priorizan riesgo de condena injusta sobre riesgo de impunidad.

7. Conflictos civiles paralelos

En procesos con custodia, divorcio o denuncias cruzadas, algunos jueces interpretan el conflicto como instrumentalización del proceso penal.

Esa sospecha contamina la valoración probatoria.

8. Sobrevaloración de la neutralidad

Existe una idea en algunos actores del juzgado de que aplicar perspectiva de género compromete imparcialidad.

Es jurídicamente discutible: la perspectiva no es militancia, es método interpretativo. Pero en la práctica genera resistencias y desconfianzas tanto dentro como fuera de los juzgados.

Por tanto existe una fricción entre un fenómeno estructural (violencia basada en desigualdad) y un sistema penal diseñado para hechos individualizados con prueba robusta.

Cuando el caso no logra traducir la estructura en prueba concreta, el juez no “ve” vulneración porque el marco jurídico le exige certeza individual, no análisis sociológico.

¿Te explicó esto tu abogado? Lo dudo 

¿Y la persona que te incentivó a denunciar? Menos aún

 

Isabel Salas 

lunes, 2 de febrero de 2026

EL OFICIO MÁS ANTIGUO DEL MUNDO: PARTERA

 

 

 Traer hijos al mundo y ayudar a que lleguen bien

 

Me revienta la afirmación machirula de que “la prostitución es el oficio más antiguo del mundo” no es un dato histórico; es un recurso retórico relativamente moderno usado por muchos desalmados, en el peor de los casos, e ignorantes, en el mejor, ya que la ignorancia tiene fácil arreglo. La falta de alma es un tema espiritual mucho más complejo.

El caso es que tanto hombres como hombres y mujeres, usan sin entender lo que dicen ni el daño que hacen. Por supuesto ese disparate puede y debe discutirse desde varios ángulos: antropológico, lógico y simbólico.

Desde el punto de vista antropológico es muy sencillo, la prostitución requiere condiciones sociales específicas: intercambio estable, noción de propiedad o posesión de bienes, diferenciación de roles y algún tipo de organización económica que permita el pago o la compensación por nombrar algunas. Esas estructuras no estaban presentes en las primeras bandas de homínidos cazadores-recolectores. En cambio, el parto es una constante biológica que se da desde el principio de la vida, en todos los mamíferos, incluidos nosotros.

Cada grupo humano, antes de cualquier forma de agricultura, comercio o especialización productiva, necesitó resolver nacimientos complejos.

El parto humano, a diferencia del de otros mamíferos, es difícil por razones anatómicas que ya conocemos, la bipedestación y gran tamaño craneal del neonato. El hecho de que las mujeres comenzáramos a caminar erguidas modificó nuestras caderas y esto nos ha costado muy caro en términos de dolor y facilidades a la hora de parir a nuestros hijos.

La evidencia paleoantropológica sugiere que la asistencia al parto pudo ser una práctica muy temprana porque aumenta significativamente la supervivencia materna y neonatal. En sociedades cazadoras-recolectoras documentadas etnográficamente, siempre hay mujeres con experiencia que asisten a otras. No es una invención agrícola ni urbana; es estructural a la especie, anterior a muchos otros empleos y necesaria para nuestra supervivencia.

Si hablamos de “trabajo” como actividad especializada al servicio de otro, con transmisión de saber y reconocimiento social, la figura de la partera encaja mejor que la del agricultor o cazador en sentido técnico y ni que decir la prostituta.

Cazar o recolectar eran actividades compartidas por el grupo; asistir partos implica una pericia acumulada, repetida y demandada por otras. No requiere moneda ni mercado; requiere experiencia y cooperación.

Además, simbólicamente, colocar la prostitución como primer oficio supone centrar el inicio de la historia laboral en la sexualidad comercializada. Defender que la matronería fue anterior desplaza ese eje hacia la suervivencia, la continuidad de la vida y el sostén comunitario. Cambia el relato fundacional: del intercambio de cuerpos al cuidado del nacimiento.

No es posible probar arqueológicamente quién fue “el primero”, porque los oficios no dejan huellas fósiles claras. Pero si se parte de criterios mínimos —anterioridad temporal, necesidad universal, especialización social y función estructural— la asistencia al parto es una candidata mucho más sólida que cualquier actividad mediada por intercambio económico.

Recuerda esto cuando escuches a los "originales" defensores de la prostitución como el primer oficio o como un trabajo cualquiera. Antes de la agricultura, antes de la caza organizada como técnica perfeccionada, antes de cualquier mercado, hubo nacimientos. 

Y donde hay nacimientos difíciles y repetidos, surge quien aprende a acompañarlos. Ese aprendizaje acumulado es, en términos estrictos, trabajo.

Dejo otros artículos al final de este que tienen que ver con la temática, uno sobre Tomás de Aquino, ese personaje siniestro para las mujeres.

Isabel Salas 

TOMÁS DE AQUINO: SANTO PATRÓN DE LOS PROXENETAS  

LA PROSTITUCIÓN NO ES UN TRABAJO

jueves, 15 de enero de 2026

DENUNCIAR: UN SALTO SIN RED

Cuando denunciar es más un mecanismo de riesgo que de protección

  

Desde instituciones públicas, diferentes ONGs, campañas mediáticas nacionales e internacionales y sectores del feminismo institucional se repite el mismo mantra  cansino. Una consigna con tintes de mandato moral: “denuncia”

A la menor sospecha...sin dudarlo.

Se presenta como acto de valentía, deber cívico y único camino hacia la protección tuya y de tus hijos si eres madre.  Especialmente a ellas se les impone la denuncia como el paso correcto, responsable, inevitable. Muchas veces son amenazadas por psicólogos y otros profesionales: "si no denuncias...yo denunciaré y te incluiré como cómplice por no haber denunciado tú"

Y esa madre, obediente, asustada y sumisa, denuncia.

Sin embargo el sistema jurídico real opera de una  forma perversa. En contextos de violencia intrafamiliar sin pruebas materiales —abuso psicológico, maltrato físico sin testigos, abuso sexual encubierto—, la denuncia no garantiza protección, sino que con frecuencia amplifica el riesgo para esa madre.

No se trata de una percepción subjetiva mía, sino de una consecuencia estructural: El sistema no sabe (ni pretende) proteger sin evidencia contundente. Y en ausencia de pruebas, el foco se invierte: ya no se investiga al agresor, sino a la madre.

La mayoría de las violencias que ocurren en el ámbito doméstico carecen de pruebas inmediatas: no hay grabaciones, ni testigos, ni rastros visibles. Ante ese vacío probatorio, la denuncia funciona como gatillo de sospecha. Los operadores judiciales desvían la atención hacia la denunciante: ¿Está emocionalmente estable?, ¿Tiene intenciones ocultas?, ¿Contamina al menor con su relato? ¿Coopera con el padre?

 Este cambio de eje da inicio a un un proceso conocido por miles de madres e hijos:

  1. La denuncia penal se archiva o se paraliza.

  2. Se traslada el caso al fuero de familia.

  3. Se introduce la narrativa del “conflicto parental”.

  4. La madre pasa a ser parte del problema.

Denunciar, en este marco, se interpreta como conducta obstructiva. Se acusa a la madre de intentar “instrumentalizar” al niño, de impedir el vínculo paterno, de exagerar. Es entonces cuando el sistema despliega sus mecanismos más agresivos:

Custodias compartidas impuestas.

Régimen de visitas ampliado para el presunto agresor.

Suspensión o pérdida total de la custodia materna.

Entonces... ¿Por qué se sigue promoviendo la denuncia? Ya sabemos que el sistema no está diseñado para proteger y la respuesta a esta pregunta es corta y  cruda: la denuncia es funcional al aparato institucional, aunque no proteja a la víctima

1. En primer lugar la denuncia crea expediente.

2. El expediente habilita intervención.

3. La intervención justifica presupuesto, informes, estadísticas , programas y por supuesto puestos de trabajo a funcionarios públicos y a gente que trabaja en ONGs y otros chiringuitos.

La víctima alimenta el sistema aunque el sistema no la respalde.

Una mujer que denuncia queda atrapada en un entramado burocrático que opera con lógica de gestión, no de justicia. El Estado y sus operadores necesitan denuncias para demostrar funcionamiento, asegurar fondos y sostener sus estructuras. Pero una vez generado ese movimiento, la mujer queda sola.

El silencio del feminismo institucional grita.

Aquí emerge una de las omisiones más graves del feminismo cooptado por las instituciones: un feminismo traidor que promueve la denuncia como acto moral sin explicar los riesgos jurídicos reales. No analiza consecuencias. No advierte sobre el coste potencial para los hijos ni mucho menos  diseña estrategias de contención. 

A las madres nadie les explica que una denuncia sin pruebas puede volverse en contra. Nadie les advierte que el sistema penal y el de familia no están articulados para proteger.

No se reconoce que, en muchos casos, el “interés superior del menor” se interpreta como necesidad de mantener el vínculo con el padre, incluso si hay sospechas fundadas de abuso.

cuando el daño ocurre —cuando la madre pierde a sus hijos o queda atrapada en procesos kafkianos—, nadie se hace cargo:

No hay redes efectivas.
No hay responsabilidad política.
No hay reparación.

Estamos ante una traición política, no solo personal

No creo que el objetivo sea explícitamente castigar a las mujeres, pero el hecho es que el sistema y sus comparsas prosperan en cuanto las mujeres que denuncian quedan en la cuneta sin protección ni justicia.

Denunciar no es un gesto neutro.
Es una decisión jurídica de alto riesgo.
Especialmente para las madres.

No puede exigirse como imperativo ético ni promoverse sin ofrecer a cambio garantías reales. Hacerlo es una forma de violencia institucional encubierta bajo el discurso del empoderamiento.

Promover denuncias sin respaldo, celebrarlas sin evaluar sus consecuencias, exigirlas sin acompañamiento jurídico riguroso, es traicionar políticamente a las mujeres.

Las únicas preguntas honestas deberían ser: ¿Qué ocurre con esa mujer y con sus hijos si la denuncia no se puede probar?¿Quién se hace cargo?

No hay evidencia robusta que demuestre que denunciar per se implique automáticamente pérdida de custodia, es decir, no existe una estadística universal que pruebe que denunciar conduce directamente a quitar la custodia. Lo que sí existe es evidencia de que en la práctica judicial ciertos mecanismos pueden penalizar indirectamente a madres que alegan violencia si no hay pruebas contundentes.

Mientras el sistema no tenga una respuesta sólida para eso, cada día más madres seguirán optando por el silencio y buscando alternativas que no impliquen ponerse en manos de la pretendida justicia.

No por ignorancia. Por supervivencia.

No por cobardía.

Por estrategia.

Isabel Salas 

“Los tribunales de familia suelen minimizar el impacto de la violencia de pareja al decidir custodia y régimen de visitas...” — está documentado en estudios de psicología forense y derecho comparado que muestran cómo la dinámica del abuso queda invisible para mediadores y jueces    CLIK AQUÍ PARA LEERLO

En múltiples jurisdicciones, la custodia y las visitas a veces son otorgadas sin considerar adecuadamente los informes de violencia, lo cual ha sido constatado en revisiones judiciales independientes     The guardian

“Muchas mujeres efectúan denuncias formales —por ejemplo, los registros judiciales argentinos muestran un aumento en las denuncias por violencia de género—, pero esto no garantiza protección judicial efectiva.”   SENADO ARGENTINO

SIMONE DE BEAUVOIR EN MATERFIESTO

Madres y mujeres, con y sin poder. Una de las cosas que algunas personas van a leer con incomodidad en Materfiesto es el pellizquito que le...