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domingo, 10 de agosto de 2025

NI MUJER NI MINIFALDA

No hay violencia justa, ni violencia con buena excusa. El violento no necesita razones: necesita frenos. Y si no los tiene, da igual que la víctima sea mujer, niño, perro o espejo.

 


Cuando se dice que un violador atacó a una mujer porque llevaba minifalda, el discurso feminista reacciona —y con razón— diciendo que eso es una barbaridad. Que una prenda no puede ser considerada causa de una agresión sexual. Que culpar a la víctima por lo que vestía es tan absurdo como culpar a una casa por haber sido robada. Nadie provoca que la violen. El violador viola porque es un violador. Punto.

Yo siempre pienso en ejemplos que ilustren mis argumentos, y uno bastante bueno es imaginar un farmacéutico que fue asaltado. Al juez no se le ocurre preguntarle qué llevaba puesto el día que entraron los dos asaltantes a robarle. Pues eso: que la ropa de la víctima no puede ser el detonante de un crimen.

Lo malo es que la justicia patriarcal entiende el robo como algo claramente punible, pero al gato de la violación siempre le buscan los tres pies: que si qué hora era, que si estaba sola, que si estaba borracha o qué ropa llevaba. Y volvemos a lo mismo: un farmacéutico borracho y solo puede ser robado tres veces al mes, y nadie preguntará esos detalles.

Volviendo a la minifalda de la violada, las mismas voces feministas que descartan la minifalda como causa afirman sin dudar que una mujer asesinada lo fue “por ser mujer”. Ahí ya no molesta el determinismo. Ahí se abraza. ¿Por qué? Porque es útil. Porque permite crear la figura del femicidio. Y el femicidio agrava las penas. Porque da poder simbólico y jurídico a una causa legítima.

Comprendo que sea útil, y hasta un consuelo, pero no es coherente.

O bien creemos que las víctimas no provocan la violencia que reciben, o aceptamos que su condición forma parte de la causa del crimen. Las dos cosas no se pueden sostener a la vez.

Afirmar que alguien fue violada “porque llevaba minifalda” es lo mismo —en términos lógicos— que decir que alguien fue asesinada “porque era mujer”. En ambos casos, el rasgo de la víctima se convierte en detonante. Y en ambos casos se borra la responsabilidad del agresor como único y verdadero origen del acto.

La única mujer que muere por ser mujer es la víctima de un tipo o una manada que salen ese día de su casa con la intención de encontrar a una mujer, torturarla, violarla y asesinarla. Cualquier mujer les sirve, y esa pobre mujer que es arrastrada desde un coche o seguida cuando sale del trabajo realmente muere por ser mujer. Alguien salió a matar a una mujer, y ella se cruzó con el asesino. Efectivamente, muere por ser mujer.

Sin embargo, cuando se usa a una víctima como símbolo de una causa (por ejemplo, el feminicidio como bandera de lucha), se tiende a borrar la singularidad del hecho y del victimario. Se invierte la carga causal: lo que importa no es el asesino ni sus motivos, sino lo que ella representaba. Se borra al victimario como agente moral, porque la narrativa exige que la víctima sea símbolo, no sujeto de una historia concreta

Por otro lado, hay mujeres que conviven durante varios años con violentos. Y son mujeres todos los días de esa convivencia. Todos. Sin embargo, no todos los días se llega a la violencia física, y ni siquiera a la verbal. Pueden suceder varios episodios de golpes en el transcurso de esos años, pero nunca suceden por ser mujer. Lo afirmo con convicción: las mujeres somos mujeres todos los días.

La violencia llega cuando algo altera al violento: una comida mal hecha, un ruido de niños, una mirada que no le gusta, un partido que pierde su equipo. Los insultos llueven muchos días, sí. Pero también hay días en que nada de esto pasa. Porque el insulto, como el golpe, no brota de la condición de mujer de la compañera, sino de su propia incapacidad para contenerse. No necesita una razón. Solo necesitaba la falta de frenos.

Hay hombres que matan a sus hijos. Y se dice que lo hacen “para hacer sufrir a la madre”. Que la violencia no va contra el niño, sino contra ella. Es un argumento que, aunque pueda parecer bienintencionado, es cruel. Porque convierte al niño en instrumento. Y los niños no son martillos.

Instrumentalizar a un niño golpeado o asesinado borra su sufrimiento en cierto modo, y eso no es justo. Lo reduce a una herramienta para causar daño a otro. Y además —y sobre todo— me causa rechazo porque absuelve parcialmente al asesino: le da un móvil. Le da un “por qué”. Y eso, en términos legales, puede ser útil, pero en términos éticos es inaceptable.

Yo no creo que un hombre asesine a su hijo, principalmente, para castigar a su ex. Creo que hay hombres que son asesinos en potencia, y que cuando su equilibrio se rompe, descargan su furia donde pueden. A veces es en la madre. Si ya no puede, porque se han separado, puede ser en el niño. A veces, durante la convivencia, esposa e hijos son golpeados por igual. Pero no hay una lógica. Hay una implosión. No hay una estrategia. Hay un descontrol. Una falta de frenos internos. Y el niño muere no porque sea útil como mensajero, sino porque estaba ahí. Y no puede huir.

Tal vez todos, en algún momento, hemos deseado la muerte de alguien. Una profesora cruel. Un juez injusto. Un padre ausente. Muchos hemos fantaseado con cómo sería este mundo sin esa persona. Es normal. Es humano. Lo que no es normal es actuar sobre esa fantasía. Cruzar la línea. Convertir el deseo en acción.

Yo, por ejemplo —lo confieso— he sentido deseos de ver muerto a más de uno. Claros y  nítidos deseos. Pero no di ni un paso para matar a nadie. Porque tengo conciencia. Porque no quiero ir a la cárcel. Porque tengo dos hijas. Porque nunca tuve una buena coartada, tal vez.

Porque sé que, si cruzo esa línea, ya no hay vuelta. Y eso es lo que marca la diferencia: el freno interno. El mecanismo que impide que la pulsión se convierta en hecho. Ese freno moral que nos impide ser adúlteros o tontear con el marido de la amiga. Frenos que tenemos… o no.

El freno del asesinato hay quienes no lo tienen, y quienes lo tienen atrofiado. Hay quienes lo sueltan cuando creen que nadie los va a ver. Y eso no tiene nada que ver con la víctima. Tiene que ver con ellos. Con su estructura interna. Con su límite ético —o su ausencia.

El discurso feminista, por tanto, tiene que elegir: estrategia o coherencia. Aquí hay un punto delicado. El feminismo jurídico ha impulsado la figura del femicidio como forma de visibilizar la violencia estructural contra las mujeres. Y lo ha hecho con argumentos válidos. Pero al hacerlo, ha incurrido en una contradicción peligrosa: ha convertido a la mujer asesinada en un símbolo, en una bandera, en una prueba de un sistema que mata por género —aunque yo hubiera usado la palabra sexo. Y al final se ha aceptado que la causa del crimen sea su sexo. La mataron por ser mujer.

Eso es útil políticamente, sin duda. Pero no es coherente. Porque convierte a la víctima en causa. Y eso es lo que decimos que no se debe hacer. No se puede decir que una mujer fue asesinada por ser mujer, y al mismo tiempo decir que su ropa, su actitud o su decisión de caminar sola por la noche no tienen nada que ver con el crimen que sufrió. O todo tiene que ver, o nada tiene que ver. Pero no podemos ir y venir según nos convenga jurídicamente.

La violencia no es selectiva. En general, no elige víctimas por su sexo, su edad, su nacionalidad o su color. Aunque haya asesinos que salgan de su casa con la idea de matar a un anciano, o a un niño, o a una mujer, son casos excepcionales. El violento común, el que ejerce la violencia con su entorno —padres, hijos o esposa— no discrimina. Ataca cuando deja de pisar el freno. Cuando explota.

Este texto no busca minimizar la violencia contra las mujeres. Todo lo contrario. Busca devolverla a su lugar real: el corazón del violento. No está en la minifalda ni en la custodia. No está en el sexo de la víctima.

En muchos discursos institucionales actuales, el agresor es presentado no como un individuo con voluntad, sino como producto del patriarcado. Nos dicen que “el agresor es un resultado del machismo estructural”. Esta idea diluye la responsabilidad individual, porque convierte al violento en un engranaje más de un sistema. Es como si no pudiera evitar lo que hizo, porque la cultura lo programó así.

También encontramos algunos enfoques sociológicos extremos que entienden el crimen como consecuencia inevitable de un contexto socioeconómico, educativo o familiar. Esto exime al sujeto de responder éticamente por sus actos. Lo convierte en víctima de su pasado o de su entorno. El castigo se vuelve injusto o inútil desde esa perspectiva, y se pide “reeducación” en lugar de responsabilidad.

Obviamente, de ahí vienen las políticas públicas orientadas a “desprogramar al macho”, como si todos los varones fueran agresores en potencia. Y el montón de chiringuitos de psicólogos lánguides, tratando de “educar violentos” y cobrando su sueldecito. Por cierto, un saludo a toda esa industria presuntamente terapéutica que se presenta como aliada de la víctima mientras vive del problema sin resolverlo nunca.

¿Alguien tiene las encuestas de cuántos violentos deconstruidos siguen partiendo bocas después de conseguir su diploma de control de ira?

La violencia no siempre tiene un porqué. A veces, simplemente es. Y eso es lo más difícil de aceptar. Porque no se puede prevenir, ni legislar, ni encuadrar del todo. Porque exige una mirada mucho más profunda, y mucho menos cómoda.

 

Isabel Salas 

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