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miércoles, 29 de enero de 2025

EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA

La maternidad no es un rol que se asigna, es un vínculo esencial y borrarlo es arrancarle el alma a la humanidad.



Me gusta mucho hablar sobre las madres, pero reconozco que cada vez me cuesta más hablar sobre la maternidad sin que se me ponga la sangre a punto de horchata. Cada vez entiendo mejor que hablar de maternidad implica, casi inevitablemente, enfrentarse a una estructura histórica de control disfrazada de celebración.

Me explico: cuanto más estudio historia y derecho, más claro veo que la "maternidad" —tal como se nos ha enseñado a entenderla— parece no ser otra cosa que el mecanismo mediante el cual los hombres tienen hijos. Por eso las sociedades patriarcales glorifican el concepto con sus Venus esteatopígicas, los arquetipos de madres santas y abnegadas, el día de la madre, y tantos otros homenajes a la maternidad y, al mismo tiempo, desprecian el cuerpo real de la mujer que ha parido, y se burla de sus estrías, sus pechos caídos y su barriga flácida. Ya he escrito bastante sobre esto, y hoy lo voy a hacer otra vez. No me preocupa ser reiterativa. Bastante nos repite el patriarcado sus consignas como para que yo me censure por insistir en lo mío.

Empecemos por el momento glorioso de la concepción, ese instante increíble donde un espermatozoide y un óvulo se unen y dan inicio a la vida. Un pequeño paso para la humanidad —parodiando al amigo (brazo fuerte 😁) Armstrong—, pero un paso enorme para una vida concreta que empieza en ese instante su camino en este mundo. No lo vemos, no lo oímos, no lo celebran las banderas ni los medios, no lo llaman los presidentes por el teléfono fijo, pero ahí comienza todo.

Estamos de acuerdo todos, para concebir un nuevo ser humano hace falta, por tanto, que  macho y hembra colaboren —voluntaria o involuntariamente— en ese instante decisivo. Ambos gametos tienen, en principio, la misma importancia biológica para dar inicio a la vida. Pero a partir de ese momento, todo el proceso de gestación queda en manos de una sola persona: la hembra humana. No hay colaboración posible ni sustitución real. Todo está en manos de esa gestante que será la futura mamá.

No hay ecualización de esfuerzos. La maternidad, que es el centro de la creación humana, está en manos de las mujeres. Y posiblemente, porque la sociedad entera se edifica sobre ese hecho ineludible es que el patriarcado ha tratado de gestionarla desde que el mundo es mundo. Lo hace por la fuerza y a través de las mujeres y nuestros úteros.

Durante nueve meses, el cuerpo de la mujer es el único entorno posible para el desarrollo del feto. Lo alimenta con su sangre, lo oxigena con su respiración, lo protege con su temperatura, lo regula con su ritmo. La salud de la madre —su descanso, su nutrición, su estado emocional, su entorno— impacta directamente sobre el hijo. No existe “padre gestante”, ni existe forma de compartir la carga. La gestación es una experiencia unipersonal, irreversible e intransferible. Es trabajo vital, físico, emocional, que nadie puede igualar ni compensar.

Por eso, la maternidad no puede ser tratada como una función dentro de la familia patriarcal. Mucho menos puede ser disuelta en estructuras legales que la convierten en “tutela compartida”, “corresponsabilidad parental” o “derecho del menor a tener padre y madre”. Esas fórmulas ocultan, niegan o directamente violentan el vínculo madre-hijo, que no es una convención, sino una realidad encarnada.

O así es desde que el mundo es mundo aunque el patriarcado trabaja a dos manos para borrarnos también de ese lugar.  Por si no lo sabes, el avance del transhumanismo impulsa con fuerza el desarrollo de úteros artificiales. Ya los están haciendo con corderitos y otros mamíferos. El objetivo no es aliviar el sufrimiento de quienes no pueden gestar, sino desligar por completo la maternidad del cuerpo femenino. Si ese umbral se cruza —y se está cruzando— cualquier persona o entidad podrá “encargar” un niño sin necesidad de una madre real. 

No hablamos ya de reproducción asistida, sino de producción tecnificada de seres humanos. Se abre así la puerta a una lógica de mercado donde los niños se transforman en objetos fabricables, disponibles para quien pueda pagar, sea una mujer infértil, una corporación farmaceútica, un pederasta con dinero, un sádico, cualquier psicópata con deseos de torturar a un niño, en suma, cualquier perfil que  despertaría alarma en una sociedad sana. Esta fantasía tecnocientífica no está diseseñana para liberar a las mujeres, sino para borrar la maternidad como experiencia vital encarnada, sustituyéndola por una gestación de laboratorio al servicio del deseo individual o de intereses comerciales. Si el vínculo materno-filial era está agredido por los sistemas judiciales y las doctrinas patriarcales, ahora se amenaza su misma existencia.

Recordemos un detalle muy importante: incluso cuando una madre entrega a su hijo en adopción —por decisión propia o por imposición institucional—, el lazo permanece. Muchas de esas mujeres pasan décadas pensando en ese hijo. Lo buscan. Lo sueñan. Y los hijos también las buscan a ellas y no preguntan por un espermatozoide. Buscan a su madre. Porque saben que no vinieron del aire. Vinieron de un vientre. Y ese vientre no es una figura simbólica. Es una persona real, que concibió, gestó y parió —aun cuando no pudo criar por innúmeras razones— y el vínculo trasciende la separación.

Uno de los ejemplos más conocidos es el de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que siguen buscando nietos nacidos en cautiverio hace más de cuarenta años. Pero no es un caso aislado ni exclusivo. Lo mismo ocurrió en España, donde durante décadas se robaron bebés en clínicas públicas y privadas con complicidad médica y religiosa. En Irlanda, las madres solteras eran encerradas y despojadas de sus hijos en conventos. Y podríamos seguir. Allí donde una mujer gesta un hijo y el Estado, la Iglesia o un contrato de subrogación de vientre se lo arrebata, hay una violencia estructural contra el vínculo madre-hijo. Y sin ese vínculo, insisto, no hay sociedad, solo un simulacro legal de familia que trata de imponerse sobre la realidad biológica de los mamíferos.

El discurso jurídico contemporáneo insiste en “igualar” derechos parentales. Pero esa igualdad es falsa si parte de una negación del hecho gestacional. La igualdad no se puede construir sobre la mentira de que madre y padre son roles equivalentes. No lo son. Y pretender que lo sean es una violencia más.

La maternidad no es un servicio que se presta a la familia. No es un subproducto del matrimonio. No es una etapa dentro de un proyecto conyugal. La maternidad es anterior a todo eso. Es el primer vínculo humano y puede suceder dentro o fuera del matrimonio. Y por eso debe ser considerada un derecho disponible de la mujer. No un deber. No una función. De ningún modo una carga impuesta por la biología ni por la ley. Ha de ser un deseo elegido y protegido. 

Cuando la maternidad es forzada o violentada —porque no se puede abortar, porque se impone un régimen legal, porque se tutela desde fuera—, lo que se rompe no es solo la libertad de la mujer. Se rompe el vínculo humano más elemental. Y una sociedad que rompe sistemáticamente ese vínculo está condenada a vivir en guerra consigo misma.

Me propuse hace años nunca hablar de madres ni con madres sin nombrar a las niñas obligadas serlo. En muchos países, aún hoy, se celebran matrimonios entre niñas y adultos bajo justificaciones culturales, religiosas o tradicionales. Esta práctica, que persiste con la complicidad de Estados e instituciones internacionales (que no dejan de hacer negocios con los estados pederastas, sino que miran hacia otro lado convenientemente) expone a las niñas a embarazos precoces, partos forzados y graves riesgos para su salud física y emocional. 

No se trata únicamente del "casamiento". Detrás de ese eufemismo  viene la la noche de bodas, que imaginamos cómo debe ser, la noche de la primera violación. Después el embarazo, casi imposible de sostener por esa niña de nueve o diez años, la subsiguiente maternidad impuesta y todos los traumas dolores y terrores que todo esto conlleva. Muchas veces con consecuencias irreversibles, y digo muchas para que no me tachen de alarmista al afirmar que todas esas niñas sufren la misma pesadilla.

El cuerpo de una niña se convierte en territorio de uso. Todo ello en función de estructuras patriarcales que normalizan la subordinación femenina desde la infancia. Esa niña no vive su  maternidad, sino que la sobrevive tras una forma legalizada de apropiación y violencia extrema. Señalar esto no es intolerancia cultural, es una exigencia ética elemental. ¿Y cómo va a sorprendernos, si el cuerpo de cualquier mujer, a cualquier edad, sigue siendo un campo de batalla? Violar a las mujeres del pueblo vencido ha sido, y sigue siendo, una práctica habitual de guerra, sin fronteras ni tiempo. También se viola en las fiestas y tras las finales de fútbol. Nada nuevo.

Yo sueño  con las mujeres pudiendo ser madres cuando y como quieran, sin miedos y desde su libertad. Creo firmemente que la verdadera autonomía femenina empieza por el reconocimiento de nuestro cuerpo como territorio inviolable. Y la maternidad, cuando es deseada y asumida, es la forma más alta, noble y hermosa de ejercer esa autonomía.

Una sociedad que invierte en sus madres —con tiempo, dinero, ayudas reales, apoyo concreto y guarderías dignas— no está haciendo caridad ni feminismo institucional. Está invirtiendo en su propia salud mental, emocional y colectiva. Porque de las madres nacen tanto los hombres como las mujeres. Parimos hijos e hijas y sabemos todos como una infancia feliz determina nuestro futuro. Una infancia feliz pasa por vínculo materno-filial sano y fuerte. 

Lo que tal vez no hemos pensado es que la forma en que una sociedad trata a sus madres determina, en gran medida, la clase de hombres y mujeres que esa sociedad tendrá.

No hay más que verlo mirando alrededor. Cuantos problemas nos ahorraríamos con niños y madres felices.

A tiempo estamos de seguir evolucionando y de plantear estos debates antes de que sea demasiado tarde. Recordemos que antes que ciudadanos, obreros o consumidores, fuimos hijos. Y todos salimos de un cuerpo real, no de una abstracción. Todos tenemos madre y a muchos nos hubiera gustado criarnos con una madre más feliz y con menos miedo.

 

Isabel Salas 

LECHE MATERNA ¿ARTIFICIAL?

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