No es solo que a la madre se le niegue el derecho de proteger a su cría. Es que cuando lo ejerce, la castigan. El instinto materno no solo se deslegitima: se penaliza convertido en diagnóstico, en amenaza y en prueba en contra.
En la selva, nadie interroga a la leona. No hay formulario, ni audiencia, ni técnico que se atreva a decirle cómo ser madre. En la selva, si alguien se atreve a tocar a su cría, hay sangre. No intervención ni mediación. Sangre.
En el mundo animal, la madre es intocable. Sea gata, perra, rata o gallina, todos saben que hay un riesgo en quitarle las crías. No hay juez, fiscal ni asistente social que se atreva a decirles cómo deben criar. Nadie osa dictar si la loba está capacitada para proteger a sus cachorros o si el instinto de la elefanta se encuentra afectado por un “trastorno vincular”. En el mundo real, si una cría es arrancada de los brazos, garras o pechos de su madre, hay pelea. Hay gritos. Hay huidas y hasta muerte. Y es natural. Porque lo antinatural es arrancar a una cría de su madre. Lo anormal es que una sociedad justifique ese acto. Lo inhumano es que una hembra humana no pueda rugir.
La hembra humana es la única mamífera a la que se le exige templanza cuando le arrebatan a su hijo. La única a la que se le prohíbe llorar en exceso, gritar demasiado, desesperarse. Porque si lo hace, la etiquetan. Se vuelve sospechosa. La patologizan. La examinan. Le buscan un nombre clínico que justifique lo injustificable. Histeria. Trastorno narcisista. Desorden afectivo. Alienadora. Inmadura. Inestable. Madre peligrosa...obstructora del vínculo etc ¿Por qué? Porque ha osado sentir. Porque ha osado proteger. Porque no ha aceptado con serenidad que le quiten a su hijo.
La hembra humana no solo pare con dolor. También cría con miedo. Porque todo lo que haga puede ser usado en su contra. No hay protocolo para el instinto. Pero el sistema lo intenta. Y fracasa, como siempre, a costa del más vulnerable. Dejando en el camino a los hijos sin sus madres y a las madres sin sus hijos.
Una hipopótama, mamíferos como los humanos, no necesita demostrar que es buena madre ni ante sus iguales, ni ante los otros animales ni ante nadie. La hembra humana sí. Debe rendir cuentas. Debe ser evaluada, medida y etiquetada. Y si no se ajusta al perfil emocional esperado —sumisa, razonable, colaboradora— entonces se activa la maquinaria. Informes, peritajes, “equipos técnicos”. Se debate si el niño debe quedarse con ella o no, como si eso fuera una opción posible y negociable. Como si el vínculo pudiera sopesarse con escalas de Likert. Como si una madre pudiera ser sustituida por una figura “equivalente” que garantice un “entorno saludable”.
Pero no hay equivalente. Le moleste a quien le moleste, no lo hay. No lo hay en el reino animal ni en el humano. No existe reemplazo para la madre. Ni la ley, ni el Estado, ni la abuela, ni la madrina, ni una familia de acogida, ni el padre siquiera —que puede ser maravilloso, pero no es la madre — pueden sustituirla.
Porque madre es la que gestó, la que alimentó con su cuerpo, la que arrulló con su olor, la que reguló con su latido el corazón del hijo. Eso no se entrena ni se delega. Se es o no se es. Se tiene o no se tiene. Y arrancar a un hijo de esa matriz viva es un acto de violencia extrema, aunque venga envuelto en papel timbrado. Nadie quiere recordar que un hijo arrancado de su madre es una fractura que atraviesa generaciones. Porque ese niño no entiende de leyes, ni de peritajes, ni de “entornos saludables”, solo de brazos conocidos, del olor que calma y del corazón que escuchó desde dentro del cuerpo materno.
Lo peor no es solo el hecho, sino su justificación social. La frase más repetida ante una madre que ha perdido la custodia de su hijo es esta: “Algo habrá hecho”. Como si la mera existencia del fallo judicial validara la separación. Como si los jueces fueran dioses infalibles. Como si no supiéramos —porque lo sabemos— que hay decisiones viciadas, corruptas, ideológicas, apresuradas o basadas en pruebas manipuladas. Y sin embargo, esa frase lo borra todo. Esa frase es una lápida. Cierra el debate. Condena a la madre a la vergüenza pública. La transforma en culpable sin juicio. Sin defensa y sin compasión.
Claro, tiene sentido. Un juez de familia, con tres divorcios, que ve a sus hijos dos fines de semana al mes, dictaminando qué es un entorno ‘saludable’. Perfecto.
Y muchas veces, efectivamente, la mujer ha hecho algo: ha tenido miedo. Miedo real, visceral, legítimo. Ha tenido miedo de que el padre abuse, maltrate, manipule, secuestre, desaparezca. Y puede pasar que, aconsejada por abogados sin escrúpulos, haya denunciado. A veces con razón. A veces exagerando. A veces equivocándose. Porque el miedo no sigue protocolos. El miedo de una madre no es cartesiano. No espera la prueba pericial. Reacciona. Se adelanta. Intenta prevenir. Pero ese miedo, en lugar de ser entendido como señal de alarma, es usado como prueba de inestabilidad. La ley que prometía protegerla, la juzga. La desarma y la incapacita para conservar a sus hijos con ella.
Y otras veces, ni siquiera denuncia. Solo defiende. Solo se niega a entregar al hijo a una situación que considera peligrosa o humillante. Lo esconde. Lo protege. Se lo lleva. Lo aleja. Lo amamanta más tiempo del que aprueban las expertas en crianza positiva. Lo duerme a su lado. Le habla en voz baja. Lo escucha. Y eso, eso tan elemental, se convierte en prueba de alienación parental. En muestra de fusión patológica. En evidencia de que la madre “no sabe soltar”. Que no lo deja crecer. Que está invadida por su propio trauma. Y entonces, otra vez, se activa la máquina: informes, diagnósticos, sanciones. Arrancamientos.
Pero lo más perverso no es solo que le quiten al hijo. Es que además le exigen que lo acepte con madurez. Que no se descompense. Que no se descomponga y no se desregule. Que coopere. Que “piense en el bienestar del niño”. Le piden a la madre que, despojada de su hijo, adopte una conducta racional. Que se muestre centrada. E incluso sonriente. Porque si sufre demasiado, confirma que está loca. Si llora, es codependiente. Si se enfurece, es violenta. Y si guarda silencio, es manipuladora. No hay salida. No hay gesto correcto. Todo lo que haga será interpretado contra ella.
Y así, muchas terminan perdiendo el norte. Sí. Pero no porque lo hayan perdido espontáneamente. Lo pierden porque se lo arrancan. Porque las desmantelan desde dentro. Porque el sistema no solo les quita al hijo: les quita el derecho a doler, a gritar, a defender, a existir como madres. Las empuja al abismo emocional y luego filma la caída para mostrar que “no estaban bien”. Es un linchamiento legal. Una lapidación blanca. Un sacrificio institucional.
Y lo saben. Lo saben los jueces, lo saben los psiquiatras, lo saben los peritos. Lo saben de sobra las trabajadoras sociales de los puntos de encuentro que se burlan de esas madres desgarradas. Saben que la reacción de una madre ante la pérdida forzada de su hijo es desproporcionada. Porque debe serlo. Porque si no lo fuera, eso sí sería patológico. Lo que hay que mirar no es la reacción, sino la causa. Pero no lo hacen. No quieren hacerlo. Porque admitirlo sería dinamitar el sistema desde dentro.
Mientras tanto, los animales siguen enseñándonos sin palabras lo que nosotros hemos olvidado: que no se toca a una cría. Que no se le arranca una cría a su madre. Que ese vínculo es sagrado, no porque lo diga un juez, sino porque lo dice el cuerpo, el alma, la biología. Que si hay algo que merece ser protegido, es ese cordón invisible que sigue latiendo más allá del parto. Y que si una madre ruge, hay que escucharla. No medicarla.
La humanidad no podrá llamarse civilizada mientras siga tolerando, justificando o participando en el silencioso genocidio del vínculo materno. Que es el espectáculo dantesco al que estamos asistiendo. Porque cada niño arrancado, cada madre silenciada, cada abrazo interrumpido, es una herida en el tejido invisible que sostiene la especie.
Me gustaría saber qué rinconcito especial le reservaría Dante a los jueces y demás colaboradores que arrancan hijos de madres que aun están amantando a sus hijos. Que torturas inventaría para esos trabajadores sociales que prefieren quitarle un hijo a una madre desempleada y mandarlo a una casa de acogida antes que ayudar a la madre.
Y un día, cuando la historia juzgue este tiempo de bestialidad legal, cuando los archivos salgan a la luz y se sepa cuántos niños fueron usados como armas, cuántas madres fueron diagnosticadas para poder ser calladas, entonces será tarde. Entonces llorarán otros. Pero hoy, mientras tanto, hay que hablar. Hay que escribir y hay que rugir.
Y hay que hablar también por las que se quedaron en el camino, con cánceres de útero, sin muelas, calvas y enfermas porque no pudieron soportar la vida sin sus hijos.
Porque una madre que ruge no está loca.
Está viva. Está cuerda. Está en guerra. Y con razón. Porque la hembra que ruge no necesita aprobación ni diagnóstico. No necesita permiso para defender lo que parió.
Si esta sociedad no puede tolerar a una madre herida que ruge, entonces no merece ser llamada humana. Y que no se confundan: ella no está rota. Está encendida. Y si arde, es porque la están quemando.
Analicemos algunos ejemplos de cómo reaccionan otras madres:
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“Las ratas madre privadas de sus crías durante los primeros días muestran un colapso fisiológico que incluye alteraciones endocrinas, desregulación inmunitaria y conductas de ansiedad extrema.”
— Meaney & Szyf, McGill University, Canadá, 2005 (estudios sobre epigenética y cuidado materno en roedores). -
“Las hembras de elefante que pierden a sus crías presentan síntomas persistentes de depresión, insomnio y desorientación durante semanas, a veces meses. Muchas dejan de alimentarse.”
— Poole, J.H. “Elephant Voices”, 2000s -
“Las ovejas que no pueden lamer ni oler a sus corderos inmediatamente tras el parto los rechazan por completo. La interrupción del contacto sensorial materno provoca una ruptura definitiva del vínculo.”
— Nowak et al., INRA, Francia, 1996 -
“La retirada precoz de los cachorros a la madre en perros y gatos está asociada con conductas patológicas tanto en la madre (agresividad, apatía) como en las crías (hiperreactividad, inseguridad).”
— McMillan, F.D., “Development of Behavior Problems in Companion Animals”, 2002 -
“El canto de las ballenas jorobadas cambia en frecuencia y patrón cuando una cría muere o es separada. Se han documentado cantos de duelo prolongado y conductas de nado errático durante días.”
— Ketten, D. & Payne, R., 2003 -
“Las madres gorila que pierden a sus crías las transportan muertas durante días, negándose a soltarlas, a veces hasta que el cadáver se descompone.”
— Anderson, J.R., Primatología comparada, 2011 -
“En todas las especies sociales estudiadas, la maternidad implica un cambio profundo en la fisiología cerebral y en el comportamiento de la hembra, reconfigurando su sistema nervioso para responder al olor, al sonido y al llanto de la cría.”
— Numan, M. & Insel, T.R., “The Neurobiology of Parental Behavior”, 2003
La pregunta que nadie se atreve a formular en esos casos es esta: ¿Habría hecho lo que hizo si no le hubieran quitado a sus hijos?
Esa es la pregunta que jamás aparece en los titulares. Porque abre la caja de Pandora. Porque obliga a mirar al sistema como coautor. Porque exige replantearse si el origen de la violencia no está en la madre, sino en la estructura que la desarmó.
Porque lo verdaderamente insano no es que una madre se desespere hasta el extremo.
Lo insano es que la sociedad no lo entienda.
Y peor aún: que lo permita.
Isabel Salas
“No te olvides de los dolores de tu madre cuando te llevaba” (Eclesiástico 7:27)
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MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO Donde analizamos como el sistema jurídico, desde los romanos hasta hoy, ha ido convirtiendo el vínculo madre-hijo en un vínculo vigilado y tutelado, incluso en los casos en que la madre ha sido la principal, o única, cuidadora.