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viernes, 1 de agosto de 2025

LA HEMBRA HUMANA Y EL "(NO)DERECHO" DE DEFENDER A SU CRÍA

No es solo que a la madre se le niegue el derecho de proteger a su cría. Es que cuando lo ejerce, la castigan. El instinto materno no solo se deslegitima: se penaliza convertido en diagnóstico, en amenaza y en prueba en contra.

 


En la selva, nadie interroga a la leona. No hay formulario, ni audiencia, ni técnico que se atreva a decirle cómo ser madre. En la selva, si alguien se atreve a tocar a su cría, hay sangre. No intervención ni mediación. Sangre.

En el mundo animal, la madre es intocable. Sea gata, perra, rata o gallina, todos saben que hay un riesgo en quitarle las crías.  No hay juez, fiscal ni asistente social que se atreva a decirles cómo deben criar. Nadie osa dictar si la loba está capacitada para proteger a sus cachorros o si el instinto de la elefanta se encuentra afectado por un “trastorno vincular”. En el mundo real, si una cría es arrancada de los brazos, garras o pechos de su madre, hay pelea. Hay gritos. Hay huidas y hasta muerte. Y es natural. Porque lo antinatural es arrancar a una cría de su madre. Lo anormal es que una sociedad justifique ese acto. Lo inhumano es que una hembra humana no pueda rugir.

La hembra humana es la única mamífera a la que se le exige templanza cuando le arrebatan a su hijo. La única a la que se le prohíbe llorar en exceso, gritar demasiado, desesperarse. Porque si lo hace, la etiquetan. Se vuelve sospechosa. La patologizan. La examinan. Le buscan un nombre clínico que justifique lo injustificable. Histeria. Trastorno narcisista. Desorden afectivo. Alienadora. Inmadura. Inestable. Madre peligrosa...obstructora del vínculo etc ¿Por qué? Porque ha osado sentir. Porque ha osado proteger. Porque no ha aceptado con serenidad que le quiten a su hijo.

La hembra humana no solo pare con dolor. También cría con miedo. Porque todo lo que haga puede ser usado en su contra. No hay protocolo para el instinto. Pero el sistema lo intenta. Y fracasa, como siempre, a costa del más vulnerable. Dejando en el camino a los hijos sin sus madres y a las madres sin sus hijos.

Una hipopótama, mamíferos como los humanos, no necesita demostrar que es buena madre ni ante sus  iguales, ni ante los otros animales ni ante nadie. La hembra humana sí. Debe rendir cuentas. Debe ser evaluada, medida y etiquetada. Y si no se ajusta al perfil emocional esperado —sumisa, razonable, colaboradora— entonces se activa la maquinaria. Informes, peritajes, “equipos técnicos”. Se debate si el niño debe quedarse con ella o no, como si eso fuera una opción posible y negociable. Como si el vínculo pudiera sopesarse con escalas de Likert. Como si una madre pudiera ser sustituida por una figura “equivalente” que garantice un “entorno saludable”.  

Pero no hay equivalente. Le moleste a quien le moleste, no lo hay. No lo hay en el reino animal ni en el humano. No existe reemplazo para la madre. Ni la ley, ni el Estado, ni la abuela, ni la madrina, ni una familia de acogida, ni el padre siquiera —que puede ser maravilloso, pero no es la madre — pueden sustituirla.

Porque madre es la que gestó, la que alimentó con su cuerpo, la que arrulló con su olor, la que reguló con su latido el corazón del hijo. Eso no se entrena ni se delega. Se es o no se es. Se tiene o no se tiene. Y arrancar a un hijo de esa matriz viva es un acto de violencia extrema, aunque venga envuelto en papel timbrado. Nadie quiere recordar que un hijo arrancado de su madre es una fractura que atraviesa generaciones. Porque ese niño no entiende de leyes, ni de peritajes, ni de “entornos saludables”, solo de brazos conocidos, del olor que calma y del corazón que escuchó desde dentro del cuerpo materno.

Lo peor no es solo el hecho, sino su justificación social. La frase más repetida ante una madre que ha perdido la custodia de su hijo es esta: “Algo habrá hecho”. Como si la mera existencia del fallo judicial validara la separación. Como si los jueces fueran dioses infalibles. Como si no supiéramos —porque lo sabemos— que hay decisiones viciadas, corruptas, ideológicas, apresuradas o basadas en pruebas manipuladas. Y sin embargo, esa frase lo borra todo. Esa frase es una lápida. Cierra el debate. Condena a la madre a la vergüenza pública. La transforma en culpable sin juicio. Sin defensa y sin compasión.

Claro, tiene sentido. Un juez de familia, con tres divorcios, que ve a sus hijos dos fines de semana al mes, dictaminando qué es un entorno ‘saludable’. Perfecto.

Y muchas veces, efectivamente, la mujer ha hecho algo: ha tenido miedo. Miedo real, visceral, legítimo. Ha tenido miedo de que el padre abuse, maltrate, manipule, secuestre, desaparezca. Y puede pasar que, aconsejada por abogados sin escrúpulos, haya denunciado. A veces con razón. A veces exagerando. A veces equivocándose. Porque el miedo no sigue protocolos. El miedo de una madre no es cartesiano. No espera la prueba pericial. Reacciona. Se adelanta. Intenta prevenir. Pero ese miedo, en lugar de ser entendido como señal de alarma, es usado como prueba de inestabilidad. La ley que prometía protegerla, la juzga. La desarma y la incapacita para conservar a sus hijos con ella.

Y otras veces, ni siquiera denuncia. Solo defiende. Solo se niega a entregar al hijo a una situación que considera peligrosa o humillante. Lo esconde. Lo protege. Se lo lleva. Lo aleja. Lo amamanta más tiempo del que aprueban las expertas en crianza positiva. Lo duerme a su lado. Le habla en voz baja. Lo escucha. Y eso, eso tan elemental, se convierte en prueba de alienación parental. En muestra de fusión patológica. En evidencia de que la madre “no sabe soltar”. Que no lo deja crecer. Que está invadida por su propio trauma. Y entonces, otra vez, se activa la máquina: informes, diagnósticos, sanciones. Arrancamientos.

Pero lo más perverso no es solo que le quiten al hijo. Es que además le exigen que lo acepte con madurez. Que no se descompense. Que no se descomponga y no se desregule. Que coopere. Que “piense en el bienestar del niño”. Le piden a la madre que, despojada de su hijo, adopte una conducta racional. Que se muestre centrada. E incluso sonriente. Porque si sufre demasiado, confirma que está loca. Si llora, es codependiente. Si se enfurece, es violenta. Y si guarda silencio, es manipuladora. No hay salida. No hay gesto correcto. Todo lo que haga será interpretado contra ella.

Y así, muchas terminan perdiendo el norte. Sí. Pero no porque lo hayan perdido espontáneamente. Lo pierden porque se lo arrancan. Porque las desmantelan desde dentro. Porque el sistema no solo les quita al hijo: les quita el derecho a doler, a gritar, a defender, a existir como madres. Las empuja al abismo emocional y luego filma la caída para mostrar que “no estaban bien”. Es un linchamiento legal. Una lapidación blanca. Un sacrificio institucional.

Y lo saben. Lo saben los jueces, lo saben los psiquiatras, lo saben los peritos. Lo saben de sobra las trabajadoras sociales de los puntos de encuentro que se burlan de esas madres desgarradas. Saben que la reacción de una madre ante la pérdida forzada de su hijo es desproporcionada. Porque debe serlo. Porque si no lo fuera, eso sí sería patológico. Lo que hay que mirar no es la reacción, sino la causa. Pero no lo hacen. No quieren hacerlo. Porque admitirlo sería dinamitar el sistema desde dentro.

Mientras tanto, los animales siguen enseñándonos sin palabras lo que nosotros hemos olvidado: que no se toca a una cría. Que no se le arranca una cría a su madre. Que ese vínculo es sagrado, no porque lo diga un juez, sino porque lo dice el cuerpo, el alma, la biología. Que si hay algo que merece ser protegido, es ese cordón invisible que sigue latiendo más allá del parto. Y que si una madre ruge, hay que escucharla. No medicarla.

La humanidad no podrá llamarse civilizada mientras siga tolerando, justificando o participando en el silencioso genocidio del vínculo materno. Que es el espectáculo dantesco al que estamos asistiendo. Porque cada niño arrancado, cada madre silenciada, cada abrazo interrumpido, es una herida en el tejido invisible que sostiene la especie.

Me gustaría saber qué rinconcito especial le reservaría Dante a los jueces y demás colaboradores que arrancan hijos de madres que aun están amantando a sus hijos. Que torturas inventaría para esos trabajadores sociales que prefieren quitarle un hijo a una madre desempleada y mandarlo a una casa de acogida antes que ayudar a la madre.

Y un día, cuando la historia juzgue este tiempo de bestialidad legal, cuando los archivos salgan a la luz y se sepa cuántos niños fueron usados como armas, cuántas madres fueron diagnosticadas para poder ser calladas, entonces será tarde. Entonces llorarán otros. Pero hoy, mientras tanto, hay que hablar. Hay que escribir y hay que rugir.

 Y hay que hablar también por las que se quedaron en el camino, con cánceres de útero, sin muelas, calvas y enfermas porque no pudieron soportar la vida sin sus hijos.

Porque una madre que ruge no está loca. 

Está viva. Está cuerda. Está en guerra. Y con razón. Porque la hembra que ruge no necesita aprobación ni diagnóstico. No necesita permiso para defender lo que parió.

Si esta sociedad no puede tolerar a una madre herida que ruge, entonces no merece ser llamada humana. Y que no se confundan: ella no está rota. Está encendida. Y si arde, es porque la están quemando.

 Analicemos algunos ejemplos de cómo reaccionan otras madres:

  1. “Las ratas madre privadas de sus crías durante los primeros días muestran un colapso fisiológico que incluye alteraciones endocrinas, desregulación inmunitaria y conductas de ansiedad extrema.”
    Meaney & Szyf, McGill University, Canadá, 2005 (estudios sobre epigenética y cuidado materno en roedores).

  2. “Las hembras de elefante que pierden a sus crías presentan síntomas persistentes de depresión, insomnio y desorientación durante semanas, a veces meses. Muchas dejan de alimentarse.”
    Poole, J.H. “Elephant Voices”, 2000s

  3. “Las ovejas que no pueden lamer ni oler a sus corderos inmediatamente tras el parto los rechazan por completo. La interrupción del contacto sensorial materno provoca una ruptura definitiva del vínculo.”
    Nowak et al., INRA, Francia, 1996

  4. “La retirada precoz de los cachorros a la madre en perros y gatos está asociada con conductas patológicas tanto en la madre (agresividad, apatía) como en las crías (hiperreactividad, inseguridad).”
    McMillan, F.D., “Development of Behavior Problems in Companion Animals”, 2002

  5. “El canto de las ballenas jorobadas cambia en frecuencia y patrón cuando una cría muere o es separada. Se han documentado cantos de duelo prolongado y conductas de nado errático durante días.”
    Ketten, D. & Payne, R., 2003

  6. “Las madres gorila que pierden a sus crías las transportan muertas durante días, negándose a soltarlas, a veces hasta que el cadáver se descompone.”
    Anderson, J.R., Primatología comparada, 2011

  7. “En todas las especies sociales estudiadas, la maternidad implica un cambio profundo en la fisiología cerebral y en el comportamiento de la hembra, reconfigurando su sistema nervioso para responder al olor, al sonido y al llanto de la cría.”
    Numan, M. & Insel, T.R., “The Neurobiology of Parental Behavior”, 2003

     

    Las madres humanas a veces también reaccionan mal, como dijimos antes algunas enferman y se mueren. Pero no todas se mueren despacio y  calladas. Como ausentes, que diría Neruda, ese ejemplo de padre que abandonó a su hija con hidrocefalia sin que se le moviera un pelo.  Algunas se suicidan. O caen en droga. O terminan en psiquiátricos, a veces para siempre. O hacen lo que nadie se atreve a nombrar: roban, mienten, puede que inventan una denuncia (solas o asesoradas por abogados sin escrúpulos que encuentran en la desesperación de estas mujeres terreno abonado para su ganancia) o incluso maten. ¿Y qué hace entonces la sociedad? Señalar. Titular. Burlarse. “Estaba loca”. “Era peligrosa”. “Mala madre”. ¿Y si no lo fuera? ¿Y si ya no quedara nada cuerdo en ella después de perderlo todo? ¿Y si lo que hizo —terrible, torpe, criminal incluso— fuera el resultado directo del crimen originario de haberle quitado a su hijo?

    La pregunta que nadie se atreve a formular en esos casos es esta: ¿Habría hecho lo que hizo si no le hubieran quitado a sus hijos?
    Esa es la pregunta que jamás aparece en los titulares. Porque abre la caja de Pandora. Porque obliga a mirar al sistema como coautor. Porque exige replantearse si el origen de la violencia no está en la madre, sino en la estructura que la desarmó.

    Porque lo verdaderamente insano no es que una madre se desespere hasta el extremo.

    Lo insano es que la sociedad no lo entienda.

    Y peor aún: que lo permita.


Isabel Salas

   “No te olvides de los dolores de tu madre cuando te llevaba” (Eclesiástico 7:27) 

Este texto puede ser compartido, citado y reproducido libremente, siempre que no se altere su contenido ni se use para fines comerciales sin consentimiento expreso de la autora.

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EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA donde explicamos que la maternidad no es un rol que se asigna, sino un vínculo esencial y que borrarlo es arrancarle el alma a la humanidad.

  MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO    Donde analizamos como el sistema jurídico, desde los romanos hasta hoy,  ha ido convirtiendo el vínculo madre-hijo en un vínculo vigilado y tutelado, incluso en los casos en que la madre ha sido la principal, o única, cuidadora.

miércoles, 29 de enero de 2025

EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA

La maternidad no es un rol que se asigna, es un vínculo esencial y borrarlo es arrancarle el alma a la humanidad.



Me gusta mucho hablar sobre las madres, pero reconozco que cada vez me cuesta más hablar sobre la maternidad sin que se me ponga la sangre a punto de horchata. Cada vez entiendo mejor que hablar de maternidad implica, casi inevitablemente, enfrentarse a una estructura histórica de control disfrazada de celebración.

Me explico: cuanto más estudio historia y derecho, más claro veo que la "maternidad" —tal como se nos ha enseñado a entenderla— parece no ser otra cosa que el mecanismo mediante el cual los hombres tienen hijos. Por eso las sociedades patriarcales glorifican el concepto con sus Venus esteatopígicas, los arquetipos de madres santas y abnegadas, el día de la madre, y tantos otros homenajes a la maternidad y, al mismo tiempo, desprecian el cuerpo real de la mujer que ha parido, y se burla de sus estrías, sus pechos caídos y su barriga flácida. Ya he escrito bastante sobre esto, y hoy lo voy a hacer otra vez. No me preocupa ser reiterativa. Bastante nos repite el patriarcado sus consignas como para que yo me censure por insistir en lo mío.

Empecemos por el momento glorioso de la concepción, ese instante increíble donde un espermatozoide y un óvulo se unen y dan inicio a la vida. Un pequeño paso para la humanidad —parodiando al amigo (brazo fuerte 😁) Armstrong—, pero un paso enorme para una vida concreta que empieza en ese instante su camino en este mundo. No lo vemos, no lo oímos, no lo celebran las banderas ni los medios, no lo llaman los presidentes por el teléfono fijo, pero ahí comienza todo.

Estamos de acuerdo todos, para concebir un nuevo ser humano hace falta, por tanto, que  macho y hembra colaboren —voluntaria o involuntariamente— en ese instante decisivo. Ambos gametos tienen, en principio, la misma importancia biológica para dar inicio a la vida. Pero a partir de ese momento, todo el proceso de gestación queda en manos de una sola persona: la hembra humana. No hay colaboración posible ni sustitución real. Todo está en manos de esa gestante que será la futura mamá.

No hay ecualización de esfuerzos. La maternidad, que es el centro de la creación humana, está en manos de las mujeres. Y posiblemente, porque la sociedad entera se edifica sobre ese hecho ineludible es que el patriarcado ha tratado de gestionarla desde que el mundo es mundo. Lo hace por la fuerza y a través de las mujeres y nuestros úteros.

Durante nueve meses, el cuerpo de la mujer es el único entorno posible para el desarrollo del feto. Lo alimenta con su sangre, lo oxigena con su respiración, lo protege con su temperatura, lo regula con su ritmo. La salud de la madre —su descanso, su nutrición, su estado emocional, su entorno— impacta directamente sobre el hijo. No existe “padre gestante”, ni existe forma de compartir la carga. La gestación es una experiencia unipersonal, irreversible e intransferible. Es trabajo vital, físico, emocional, que nadie puede igualar ni compensar.

Por eso, la maternidad no puede ser tratada como una función dentro de la familia patriarcal. Mucho menos puede ser disuelta en estructuras legales que la convierten en “tutela compartida”, “corresponsabilidad parental” o “derecho del menor a tener padre y madre”. Esas fórmulas ocultan, niegan o directamente violentan el vínculo madre-hijo, que no es una convención, sino una realidad encarnada.

O así es desde que el mundo es mundo aunque el patriarcado trabaja a dos manos para borrarnos también de ese lugar.  Por si no lo sabes, el avance del transhumanismo impulsa con fuerza el desarrollo de úteros artificiales. Ya los están haciendo con corderitos y otros mamíferos. El objetivo no es aliviar el sufrimiento de quienes no pueden gestar, sino desligar por completo la maternidad del cuerpo femenino. Si ese umbral se cruza —y se está cruzando— cualquier persona o entidad podrá “encargar” un niño sin necesidad de una madre real. 

No hablamos ya de reproducción asistida, sino de producción tecnificada de seres humanos. Se abre así la puerta a una lógica de mercado donde los niños se transforman en objetos fabricables, disponibles para quien pueda pagar, sea una mujer infértil, una corporación farmaceútica, un pederasta con dinero, un sádico, cualquier psicópata con deseos de torturar a un niño, en suma, cualquier perfil que  despertaría alarma en una sociedad sana. Esta fantasía tecnocientífica no está diseseñana para liberar a las mujeres, sino para borrar la maternidad como experiencia vital encarnada, sustituyéndola por una gestación de laboratorio al servicio del deseo individual o de intereses comerciales. Si el vínculo materno-filial era está agredido por los sistemas judiciales y las doctrinas patriarcales, ahora se amenaza su misma existencia.

Recordemos un detalle muy importante: incluso cuando una madre entrega a su hijo en adopción —por decisión propia o por imposición institucional—, el lazo permanece. Muchas de esas mujeres pasan décadas pensando en ese hijo. Lo buscan. Lo sueñan. Y los hijos también las buscan a ellas y no preguntan por un espermatozoide. Buscan a su madre. Porque saben que no vinieron del aire. Vinieron de un vientre. Y ese vientre no es una figura simbólica. Es una persona real, que concibió, gestó y parió —aun cuando no pudo criar por innúmeras razones— y el vínculo trasciende la separación.

Uno de los ejemplos más conocidos es el de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que siguen buscando nietos nacidos en cautiverio hace más de cuarenta años. Pero no es un caso aislado ni exclusivo. Lo mismo ocurrió en España, donde durante décadas se robaron bebés en clínicas públicas y privadas con complicidad médica y religiosa. En Irlanda, las madres solteras eran encerradas y despojadas de sus hijos en conventos. Y podríamos seguir. Allí donde una mujer gesta un hijo y el Estado, la Iglesia o un contrato de subrogación de vientre se lo arrebata, hay una violencia estructural contra el vínculo madre-hijo. Y sin ese vínculo, insisto, no hay sociedad, solo un simulacro legal de familia que trata de imponerse sobre la realidad biológica de los mamíferos.

El discurso jurídico contemporáneo insiste en “igualar” derechos parentales. Pero esa igualdad es falsa si parte de una negación del hecho gestacional. La igualdad no se puede construir sobre la mentira de que madre y padre son roles equivalentes. No lo son. Y pretender que lo sean es una violencia más.

La maternidad no es un servicio que se presta a la familia. No es un subproducto del matrimonio. No es una etapa dentro de un proyecto conyugal. La maternidad es anterior a todo eso. Es el primer vínculo humano y puede suceder dentro o fuera del matrimonio. Y por eso debe ser considerada un derecho disponible de la mujer. No un deber. No una función. De ningún modo una carga impuesta por la biología ni por la ley. Ha de ser un deseo elegido y protegido. 

Cuando la maternidad es forzada o violentada —porque no se puede abortar, porque se impone un régimen legal, porque se tutela desde fuera—, lo que se rompe no es solo la libertad de la mujer. Se rompe el vínculo humano más elemental. Y una sociedad que rompe sistemáticamente ese vínculo está condenada a vivir en guerra consigo misma.

Me propuse hace años nunca hablar de madres ni con madres sin nombrar a las niñas obligadas serlo. En muchos países, aún hoy, se celebran matrimonios entre niñas y adultos bajo justificaciones culturales, religiosas o tradicionales. Esta práctica, que persiste con la complicidad de Estados e instituciones internacionales (que no dejan de hacer negocios con los estados pederastas, sino que miran hacia otro lado convenientemente) expone a las niñas a embarazos precoces, partos forzados y graves riesgos para su salud física y emocional. 

No se trata únicamente del "casamiento". Detrás de ese eufemismo  viene la la noche de bodas, que imaginamos cómo debe ser, la noche de la primera violación. Después el embarazo, casi imposible de sostener por esa niña de nueve o diez años, la subsiguiente maternidad impuesta y todos los traumas dolores y terrores que todo esto conlleva. Muchas veces con consecuencias irreversibles, y digo muchas para que no me tachen de alarmista al afirmar que todas esas niñas sufren la misma pesadilla.

El cuerpo de una niña se convierte en territorio de uso. Todo ello en función de estructuras patriarcales que normalizan la subordinación femenina desde la infancia. Esa niña no vive su  maternidad, sino que la sobrevive tras una forma legalizada de apropiación y violencia extrema. Señalar esto no es intolerancia cultural, es una exigencia ética elemental. ¿Y cómo va a sorprendernos, si el cuerpo de cualquier mujer, a cualquier edad, sigue siendo un campo de batalla? Violar a las mujeres del pueblo vencido ha sido, y sigue siendo, una práctica habitual de guerra, sin fronteras ni tiempo. También se viola en las fiestas y tras las finales de fútbol. Nada nuevo.

Yo sueño  con las mujeres pudiendo ser madres cuando y como quieran, sin miedos y desde su libertad. Creo firmemente que la verdadera autonomía femenina empieza por el reconocimiento de nuestro cuerpo como territorio inviolable. Y la maternidad, cuando es deseada y asumida, es la forma más alta, noble y hermosa de ejercer esa autonomía.

Una sociedad que invierte en sus madres —con tiempo, dinero, ayudas reales, apoyo concreto y guarderías dignas— no está haciendo caridad ni feminismo institucional. Está invirtiendo en su propia salud mental, emocional y colectiva. Porque de las madres nacen tanto los hombres como las mujeres. Parimos hijos e hijas y sabemos todos como una infancia feliz determina nuestro futuro. Una infancia feliz pasa por vínculo materno-filial sano y fuerte. 

Lo que tal vez no hemos pensado es que la forma en que una sociedad trata a sus madres determina, en gran medida, la clase de hombres y mujeres que esa sociedad tendrá.

No hay más que verlo mirando alrededor. Cuantos problemas nos ahorraríamos con niños y madres felices.

A tiempo estamos de seguir evolucionando y de plantear estos debates antes de que sea demasiado tarde. Recordemos que antes que ciudadanos, obreros o consumidores, fuimos hijos. Y todos salimos de un cuerpo real, no de una abstracción. Todos tenemos madre y a muchos nos hubiera gustado criarnos con una madre más feliz y con menos miedo.

 

Isabel Salas 

martes, 20 de agosto de 2024

NATALIDAD Y MADRES

 La vida va mucho más allá del parto.

 


Hoy en día, el debate sobre la natalidad y la maternidad parece estar atrapado entre dos extremos: por un lado la familia tradicional, históricamente defensora de la pareja heterosexual y autoproclamados pro-vida y por otro, las otras formas de familia que también buscan moldear la conversación sobre el derecho a la vida, al aborto, a los vientres subrogados y a la crianza. 

Sin embargo, al observar más de cerca al primer grupo, resulta evidente que los llamados "pro-vida" son en realidad pro-parto. Su cacareado y vehemente interés  en defender "la vida" parece centrarse únicamente en garantizar que los embarazos lleguen a término, sin preocuparse realmente por el posterior bienestar de los niños tras el nacimiento ni por las condiciones en las que serán criados. Su defensa se limita al nacimiento, dejando a las madres, muchas veces en situaciones de extrema vulnerabilidad, solas para enfrentar el enorme reto de la crianza e incentivándolas de formas a veces sutiles y otras brutales a que llevan sus embarazos a término y den a sus hijos en adopción. No hay una preocupación genuina por asegurar que estos niños crezcan en entornos adecuados, con acceso a una educación digna, salud o estabilidad emocional junto a sus madres. En lugar de garantizar una vida plena para el niño y su mamá, la agenda pro-vida a menudo se desvincula completamente de las responsabilidades que conlleva la crianza y pasa a ser así parte de los que parecen desear que haya muchos niños disponibles para abastecer el mercado de los que dicen desear hijos

Por otro lado, las "otras formas de familia," como las homosexuales o aquellas que no pueden concebir por medios naturales, por problemas de esterilidad o de salud o de estética o incluso por falta de tiempo,  también juegan un rol en este entramado de explotación de las madres, ya que dependen de que alguna mujer, por las razones que sean, renuncie a su hijo o se vea desposeída de él a la fuerza, para que otros puedan formar la familia que desean. En estos casos, el vínculo materno-filial es roto sin mayor consideración, por jueces, servicios sociales, trabajadores sociales, agencias de madres de alquiler etc priorizando los sueños de quienes buscan tener un hijo a cualquier costo. 

Así, mientras el sistema se presenta como defensor de la vida y el derecho a formar una familia, la realidad es que estos niños a menudo son usados tras nacer y ser separados de sus madres,  para satisfacer los deseos de otros, sin que se tenga en cuenta el impacto de separar a los bebés de sus madres. 

En ambos casos, lo que subyace es una instrumentalización de los niños, tratándolos como objetos para cumplir expectativas sociales o personales, sin respetar la necesidad de las madres y sus hijos a mantener el vínculo más fuerte de todos y sin ofrecer un apoyo real para quienes deciden llevar a cabo el embarazo.

Sin embargo, lo que está completamente ausente de esta discusión es la posibilidad más lógica y justa según la propia naturaleza: que las mujeres sean quienes decidan, de manera libre y autónoma, cuándo y cómo desean ser madres.

El control de la natalidad ha sido históricamente un medio de control sobre las mujeres. Desde tiempos inmemoriales, el sistema ha tratado de regular la natalidad no por respeto a la vida, sino por el control sobre la población, y lo ha hecho a través de los cuerpos de las mujeres. Se nos ha impuesto la maternidad como un deber social, una obligación biológica y hasta sagrada, y se nos ha negado, en muchos casos, la capacidad de decidir cuándo y bajo qué circunstancias queremos ser madres.

Pero ¿qué pasaría si las mujeres por primera vez en la historia consiguiéramos adquirir ese control? ¿Qué pasaría si solo concibiéramos hijos cuando lo decidimos? ¿Qué pasaría si solo se gestaran los hijos deseados por sus madres? la respuesta es simple y poderosa: si solo nacieran los hijos que realmente son deseados por sus madres, nadie más podría disponer de ellos.

Y el tan renombrado sistema patriarcal temblaría en su base.

Hoy, los hijos, tanto los  no deseados como los deseados, están en el centro de un sistema de poder que los utiliza como herramientas. Los hijos son usados como objetos de debate entre ideologías, como piezas que garantizan la perpetuación de estructuras sociales o como oportunidades para aquellos que, por diversas razones, no pueden tener hijos y buscan “disponer” de los de otras personas. Este sistema de control que intenta dictar cómo deben vivir las mujeres, que las amenaza con perder a sus hijos si denuncian a los progenitores por haberlas golpeado a ellas o a sus hijos y qué decisiones pueden tomar sobre sus cuerpos al plantearse llevar a término una gestación o no, no es nada más que una prolongación del control patriarcal sobre la vida misma.

El debate público actual está estructurado a mi parecer con mucha perversión, para invisibilizar esta opción. Se nos coloca entre dos opciones: el modelo de la familia tradicional, que busca imponer la maternidad como un deber inalienable dentro de una pareja heterosexual, o el modelo propuesto por las "otras familias" que también usa a las madres para legitimar sus propios intereses. Pero nadie parece dispuesto a defender la  opción menos complicada y dañina: que las mujeres tengan la libertad plena de decidir ser madres cuando lo deseen, sin presiones sociales, religiosas, ni económicas y tengan la garantía de que nadie les quitará a sus hijos.

Esta opción, la de ser madre solo cuando se desea  serlo, debería ser vista no como una lucha por supuestos derechos individuales, sino como la única forma de libertad natural y ética de  realmente respetar  la vida y la dignidad de los seres humanos, tanto la de las madres como la de sus hijos y sus hijas, que al final, somos todos, pues tal  vez algunos nunca seamos  progenitores o progenitoras, pero  todos fuimos y somos hijos o hijas.

Cuando una mujer decide ser madre y lo hace libremente, en condiciones de amor, deseo y voluntad plena, la cosa cambia para la sociedad de la cual esa mujer forma parte. Si cada mujer decidiera cuándo y cómo tener hijos, tendríamos una sociedad donde cada hijo es un hijo deseado, concebido por decisión libre y consciente. Y en ese momento, desaparecería la necesidad de las batallas ideológicas que buscan apropiarse de los hijos y separarlos de sus madres. La maternidad dejaría de ser una obligación impuesta, dentro o fuera de los matrimonios y se convertiría en una experiencia genuinamente liberadora para las mujeres, con hijos que llegan al mundo desde el amor, no desde el control.

Algunos seguramente temen que esto afecte a quienes desean adoptar o a quienes no pueden concebir. Y es cierto, este cambio implicaría que las personas tendrían que lidiar con la realidad de que los hijos no son productos a disposición de quienes no pueden tenerlos biológicamente. Pero ¿no es acaso mayor que el falso  derecho de ser madre, la libertad de las mujeres de decidir cuando y cómo ser madres? repito, Si solo los hijos deseados por sus madres fueran concebidos, la sociedad tendría que adaptarse a un nuevo modelo en el que las mujeres controlarían su maternidad de manera plena y con ello la natalidad que siempre ha estado en manos masculinas.

La maternidad, como concepto, ha sido históricamente ensalzada, pero al mismo tiempo las madres han sido vilipendiadas. Esto es una triste realidad que vivimos a diario. Mientras se glorifica la idea de la maternidad como algo puro y sagrado, las madres reales, que cargan con el peso de la crianza y las expectativas sociales, son marginadas, juzgadas y controladas. Sus cuerpos criticados, sus ojeras motivo de burla, sus gritos cuando las obligan a separarse de sus bebés recién nacidos en los hospitales, silenciados por la complicidad de quienes negocian con ellos. Esto no debe continuar. Es  hora de replantearnos todos cómo vemos la maternidad, no debemos permitir que  siga siendo un sacrificio ni una imposición, sino  una elección consciente y libre de cada mujer.

El sistema debe dejar de dictar cómo y cuándo debemos ser madres. Si las mujeres pudiéramos conquistar completamente el poder sobre nuestra capacidad de procreación, podríamos liberarnos de las cadenas que nos atan a un sistema que  controla nuestras vidas a través de la natalidad. Basta recordar cuantas niñas son obligadas a casarse cada día o cuantas madres soportan malos tratos porque saben que si deciden romper el vínculo con el progenitor de sus hijos los puede perder para siempre. Cuantas mujeres se someten a situaciones insostenibles para no ser alejadas de sus hijos o ponen su cuerpo para protegerlos de los mayores abusos.

La maternidad debe ser una opción libre, decidida y deseada por las mujeres, no impuesta ni manipulada. Y cuando eso ocurra, si algún día ocurre, cuando las mujeres sean las únicas en decidir sobre su maternidad o no, desaparecerán muchas de las injusticias que hoy enfrentamos. Porque solo entonces, en un mundo donde los hijos sean deseados, respetaremos realmente la vida y el bienestar de todos y todas, hijos e hijas al fin, antes que nada en la vida.

Es hora de poner esta opción sobre la mesa, de hacerla parte del debate público y de luchar para que sea reconocida como la alternativa más humana para todas las mujeres y para la sociedad en su conjunto. Conocemos los miles de estudios que hablan del apego, de la necesidad que tenemos cuando bebés de estar al lado de madres felices y tranquilas para un perfecto desarrollo, pero no se tienen para nada en cuenta en la practica.

Sé que estamos muy lejos de tomar en serio una propuesta así y que muchos dirán que es un disparate o una locura, no importa, es una opción a considerar que abre posibilidades muy interesantes que habrían de propiciar grandes cambios muy beneficiosos para todos los niños y niñas por nacer.

Por tanto, ahí la dejo, y ojalá realmente provoque una nueva discusión sobre la verdadera labor más antigua  del mundo: ser madre. Un trabajo que se inicia en el momento de la concepción y que solo termina con la muerte. Ya que mientras viva una mujer que ha parido, ella será la madre de sus hijos, vivan estos o no, los tenga cerca o lejos. Se los dejen criar en paz o se los arranquen para beneficio de otros.


Isabel Salas

LECHE MATERNA ¿ARTIFICIAL?

 La maternidad no se negocia ni se industrializa. Una de las últimas tendencias mundiales desde los gobiernos y desde las corporaci...