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jueves, 17 de julio de 2025

MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO

 Aclaremos de una vez de quien son los hijos que parimos.




En los autoproclamados países occidentales, las mujeres, hoy más que nunca,  enfrentan una paradoja brutal: se les dice que pueden elegir, decidir, ser libres, casarse por amor y construir familias protegidas por la ley, pero la realidad jurídica es otra.Digamos que son un tanto libres pero siempre dentro del corralito legal invisible que nos rodea. El sistema jurídico, desde los romanos hasta hoy,  ha ido convirtiendo el vínculo madre-hijo en un vínculo vigilado y tutelado, incluso en los casos en que la madre ha sido la principal, o única, cuidadora.

Ni en Brasil, ni en España, ni en ninguno de esos paraísos de "igualdad moderna"  en los que he vivido,  existe mecanismo legal que permita a una mujer dormir tranquila y garantizar que conservará la custodia de sus hijos en caso de ruptura con el padre. Ese príncipe azul que algunas veces es menos azul y más violento de lo que parecía.

Ni un acuerdo prenupcial lleno de firmas, testigos y sellos  notariales, ni un fideicomiso inter vivos, ni una declaración conjunta, tendrán fuerza jurídica suficiente para impedir que, en caso de conflicto, un juez —que no conoce a esos niños ni a esa madre— pueda decidir, a su sola discreción, quién ejercerá la guarda. Y lo hará solo o rodeado de sus cómplices los miembros del equipo psicosocial, pero todos actuarán bajo el mantra abstracto del “interés superior del menor”.

El principio que rige en ese maravilloso sistema es claro, casi elegante en su crueldad: la custodia de los hijos no es materia privada, es materia de "orden público" y "derechos "indisponibles", y por tanto ninguna madre puede escapar a la posibilidad de que la custodia de sus hijos termine  judicializada, incluso aunque exista un acuerdo previo con el padre. Libertad femenina sólo en la medida en que el Estado la mida,  la pese y la tolere.

La única vía que otorga a la mujer un mínimo control —precario e inestable— es no registrar al hijo con el nombre del padre: concentrarse en ser madre soltera y no permitir que el padre figure formalmente como progenitor legal.  Este método, por supuesto, ha sido siempre mal visto socialmente y han insultado a las madres que optan por él, confundiendo su libertad con promiscuidad y catalogando a sus hijos como bastardos.

Pero atención, incluso así, aunque impidas que figure el progenitor en el certificado de nacimiento, el Estado puede intervenir, porque cualquier tercero, un vecino entrometido o una cuñada envidiosa, puede denunciar a esa madre bajo acusaciones de “negligencia”, y el aparato judicial volverá a desplegarse para decidir sobre la vida del niño. Pero al menos habrá un solo frente de batalla llegado el caso y es fácil ganar con pocas y sabias estrategias adicionales.

Nos dicen que el matrimonio  protege a la madre y lo repiten desde todos sus micrófonos, para convencernos a las hembras de que necesitamos ese amparo legal para estar tranquilas. Sin embargo, en realidad,  nadie nos explica que nos colocamos en una situación de mayor vulnerabilidad jurídica, porque institucionaliza la igualdad de derechos parentales y activa automáticamente la tutela estatal sobre la relación madre-hijo. Dejamos de ser mamíferos para tener el mismo grado de importancia que el progenitor en la vida del hijo que hemos parido.

Se dice que la ley protege a las familias, y eso es cierto —pero sólo si recordamos qué entiende históricamente el derecho por familia: el conjunto de esclavos, hijos y esposa pertenecientes a un hombre libre, bajo su autoridad absoluta. Eso es lo que la ley protege y sigue protegiendo hoy bajo formas renovadas y políticamente correctas: una estructura funcional al patriarcado, no a la libertad ni mucho menos a la maternidad autónoma.

Esta verdad incómoda tiene consecuencias visibles pero poco mencionadas: muchas mujeres jóvenes renuncian hoy directamente a la maternidad; otras optan por criar solas, fuera del radar; y muchas más se sienten atrapadas en un sistema donde pueden ser despojadas de sus hijos mediante decisiones judiciales que no necesitan demostrar daño real, sino simplemente declarar que su criterio es “lo mejor para el niño”.

El co-mothering o motherhood pod, fenómeno reciente, es una forma de convivencia o red colaborativa entre madres, generalmente solteras o con familia dispersa, que deciden unirse para criar a los hijos en comunidad. Cada madre aporta tiempo, recursos, cuidado y compañía, generando una red de apoyo mutuo que puede incluir co-habitación, cuidado compartido, compras e incluso decisiones educativas. 

TODAY describe cómo dos madres solteras en Vermont compraron una casa con otras dos mujeres y decidieron criar a sus hijos juntas. Lo llamaron “Siren House”, una casa comunitaria donde comparten crianza, gastos, tiempo y compañía. He compartido el enlace para quien quiera leer el reportaje. Muy recomendable. Una respuesta concreta al aislamiento y la precariedad de muchas madres solteras. No garantiza derechos legales sobre los hijos, pero fortalece lo social, emocional y material de la crianza compartida y es un gran apoyo a todos los niveles incluido el legal.

Hacen falta soluciones creativas en tiempos de crisis y soluciones radicales en tiempos de guerra. Por si alguien no se ha dado cuenta el sistema patriarcal ha estado y siguue estando en guerra contra la madre. No contra la maternidad. Ese concepto les encanta a todos y exaltado como algo noble. Al final, la maternidad es el método a través del acual los hombres tienen hijos.

Sin embargo las madres molestan.   Plantearse la maternidad sin padre reconocido puede ser una buena solución para quienes quieren ser madres si presión y sin miedo de perder a sus hijos.

Para quienes se quieren arriesgar a vivir la maternidad en pareja, con todo lo que he expuesto, el tema se reduce a un consejo doloroso pero honesto: escoge muy bien con quién quieres tener hijos, porque ese hombre será el que te encontrará en los tribunales si la relación fracasa.

El amor romántico puede elegirse con quien se desee; la maternidad, si está formalizada jurídicamente, es otra cosa: es una relación donde el padre y el juez compartirán el poder sobre tu hijo, y tú serás la administrada, la vigilada y la sospechosa en caso de conflicto.

Nada protege realmente a las madres de este aparato.

Y ninguna mujer debería ignorarlo antes de casarse o registrar a un hijo con el apellido de un hombre que, si mañana se convierte en su adversario, tendrá el respaldo pleno del sistema jurídico. No importa si es violento, alcohólico o abusador, el sistema patriarcal judicial, inspirado en la importancia del pater familia está diseñado por y para el padre. No para la madre. Una madre que espera protección y justicia del juzgado de familia es tan ingenua como un vegano que quiere acariciar a un tigre vivo.

El tigre no es vegano.

Y ten en cuenta que el juzgado de familia protege a la familia cuyo propietario es el hombre. A la tuya no. Nunca lo olvides.

 Isabel Salas 

 

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 ¿SON CADENAS NUESTROS DERECHOS?  En esta entrada reflexiono sobre cómo el sistema jurídico puede utilizar nuestros pretendidos ‘derechos’ como instrumentos de sumisión institucional.

 

LA TRAMPA DE LA FAMILIA   La familia, más allá del mito afectivo, ha sido históricamente una estructura jerárquica funcional al poder.

miércoles, 30 de abril de 2025

LA TRAMPA DE LA FAMILIA

La familia, más allá del mito afectivo, ha sido históricamente una estructura jerárquica funcional al poder.

 

 

La afirmación repetida hasta el hartazgo —“la familia es la base de la sociedad”— más que una verdad, es un dogma funcional al orden establecido. La hemos escuchado en todos los contextos y situaciones posibles, pero lo que nunca se explica abiertamente es: ¿qué tipo de familia?, ¿con qué función?, ¿en beneficio de quién? Y no me refiero sólo a si es heterosexual o no, monoparental o no. Mi reflexión va mucho más allá.

La familia patriarcal tradicional —mononuclear, heterosexual, jerárquica, con división rígida de roles y autoridad centralizada en el padre— no parece haber sido diseñada como refugio afectivo, creado espontáneamente a partir de sentimientos y necesidades humanas, sino como unidad de control social, reproducción ideológica y administración económica. Y esto no es algo que se me ocurrió esta mañana mientras lavaba la taza del desayuno. Es una idea que vengo pensando desde hace años.

No es un accidente que el Derecho Civil en particular, y el patriarcado en general, hayan tratado siempre a la familia como una institución regulada al milímetro. La razón de esa  aparente protección es muy sencilla: es una célula del Estado, no de la sociedad. Combatirla, o criticarla, como estoy haciendo,  no implica en modo alguno abogar por destruir los lazos afectivos o desear la disolución de los vínculos naturales entre personas que se aman, se cuidan, se desean o se necesitan. Implica cuestionar una estructura vertical, coercitiva y reproductora de dominación. Es enfrentarse a un modelo que ha naturalizado la obediencia a la autoridad por el mero hecho del parentesco, que ha servido para imponer roles de género, dividir tareas y perpetuar el dominio masculino primero, y el de “papá Estado” después. Si el primero es cuestionable, el segundo es detestable y temible.

La familia ha justificado la propiedad de los hijos por parte del Estado o del padre, según convenga. Ha operado como agente de vigilancia interna, educando en la docilidad hacia el poder externo. Decir que hay que “cuidar a la familia” suele ser el disfraz del mandato de mantener las cosas como están. Pero si esa familia es una estructura asimétrica de poder que produce sumisión, miedo, violencia y control, ¿realmente hay que cuidarla? ¿O más bien desmontarla pieza a pieza para dejar espacio a otra forma de convivencia más libre y horizontal?

No encuentro valor en preservar lo que sólo sobrevive por la costumbre o el miedo. Lo que no resiste la crítica, no merece  tanto respeto y eso debe sonar rarísimo en estos tiempos en que tantos defienden que "todas" las opiniones hay que respetarlas. Si hay que combatir la familia patriarcal por un lado y el patriarcado por el suyo...y hacerlo en serio, no es por capricho ideológico, sino porque su permanencia sigue siendo un obstáculo estructural para la libertad real de muchas personas,  tradicionalmente los niños, las niñas y sus madres y hoy ante un estado cada día más fuerte, también los hombres están conociendo el lado oscuro de su fuerza.

Por si no se han fijado, la palabra familia proviene del latín famulus, que significa sirviente o esclavo doméstico. En la Roma antigua, la familia no aludía al conjunto afectivo de padres e hijos, sino al conjunto de personas y bienes bajo la autoridad del pater familias, incluyendo esclavos, esposas e hijos. Era una estructura de dominio patriarcal absoluto, donde la vida y la muerte de sus miembros quedaban al arbitrio del jefe de familia.

Desde ese origen queda claro que la “familia” fue concebida como una unidad de producción, control y obediencia, no como un espacio de libertad o autonomía. Es decir, no ha sido el Estado moderno quien la convirtió en cárcel, sino que el modelo ya nació como jaula social. Lo que ha cambiado es quién tiene la llave: antes el patriarca, hoy el Estado.

Lo que se presenta hoy como “protección estatal de la infancia”, de las mujeres o de los ancianos, es la sustitución de una autoridad por otra, pero el principio jerárquico y controlador permanece intacto. La diferencia es que hoy se reviste de legalismo, psicologismo y retórica de derechos. La historia de las instituciones que nos rigen no es romántica ni neutral, y cuando se revisan sus raíces se desmorona el mito moderno de la “familia protectora” y del “Estado benevolente”. Ambos han sido, con diferentes formas y discursos, estructuras de domesticación del individuo.

La raíz fam- del latín no solo la encontramos en “familia”. Se vincula a un conjunto de palabras que comparten el mismo núcleo de significado relacionado con la servidumbre, la subordinación y la pertenencia al grupo doméstico bajo la autoridad del patriarca.

Famulus significa sirviente, esclavo doméstico. En Roma, el famulus era parte de la casa, pero sin libertad propia. Familiaris originalmente aludía a lo perteneciente a la casa o al servicio doméstico. Más tarde pasó a significar "íntimo" o "de confianza", porque los esclavos que vivían en la casa eran conocidos y “de confianza” del señor. El uso moderno de “familiar” es un eufemismo cultural posterior. Famulatus es el sustantivo latino que se refiere al estado de servidumbre. Famiglia (italiano), famille (francés) o family (inglés) proceden todas del mismo origen.

Aunque el sentido moderno enfatiza los lazos afectivos, la raíz semántica conserva su carga de propiedad y estructura jerárquica. La palabra fámulo (arcaísmo en español) se usaba para referirse a un criado o sirviente. Aunque está en desuso, es la forma más directa en castellano que conserva el significado original.

La palabra familiaridad, aunque hoy se asocie a confianza o trato cercano, también conserva la misma raíz: venía del entorno del dominus y sus famuli. Es decir, la “familiaridad” era el permiso que daba el amo para cruzar ciertas barreras jerárquicas dentro del entorno doméstico. Como puede verse, el núcleo común es el mismo: relación jerárquica, servicio, pertenencia o control, incluso en términos que hoy suenan cálidos o positivos. El lenguaje conserva huellas claras del orden de dominación sobre el que se construyeron nuestras instituciones sociales.

Famélico también tiene una conexión cercana. Proviene del latín famelicus, que a su vez deriva de fames (hambre). Aunque no proceda directamente de famulus, comparte la carga semántica: el famélico era casi el estado natural del sirviente o esclavo doméstico. Sin propiedad, sin autonomía, dependiendo del amo hasta para comer.

En definitiva: famélico, famulus, familia… todas orbitan alrededor de una realidad material de control, necesidad y dependencia. No son solo palabras: son reflejos lingüísticos de una organización social basada en la sumisión estructural.

El lenguaje, si se le mira de cerca, no perdona.
A lo mejor lo carga el  mismo diablo que fundó el Juzgado de familia.

Isabel Salas

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