Diagnóstico o dictamen: cómo se construye una etiqueta
Los diagnósticos clínicos formales —los que suenan a manual DSM con esteroides— se supone que deben ser realizados por psiquiatras o psicólogos clínicos con formación específica en psicopatología y experiencia en evaluación diagnóstica. Esa es la teoría.
En la práctica, basta con que alguien tenga un título profesional, cierta familiaridad con el lenguaje técnico y un lugar en el engranaje judicial para que una etiqueta se convierta en verdad institucional. No importa si se hizo una evaluación rigurosa. No importa si hubo entrevista clínica, pruebas psicométricas o revisión del contexto. Si el informe está escrito en mayúsculas y viene con membrete, es suficiente para instalar una narrativa.
Legalmente, en muchos países, tanto psiquiatras como psicólogos pueden diagnosticar trastornos mentales. La diferencia es que el psiquiatra, por ser médico, puede recetar medicación y su palabra suele pesar más si lo que se busca es revestir el expediente de autoridad biomédica. El psicólogo, por su parte —sobre todo si es clínico— también puede diagnosticar según los manuales diagnósticos internacionales, como el DSM o el CIE. Pero no puede medicar, y a menudo su criterio queda subordinado a la lógica judicial.
Así, si el expediente necesita sonar “científico”, se busca al psiquiatra. Si solo se quiere justificar una medida ya decidida, muchas veces alcanza con un informe psicológico escrito por alguien funcional al sistema. La etiqueta cumple su función: legitimar decisiones que ya están tomadas.
Luego están los otros diagnósticos. Los blandos. Los que no figuran en ningún manual ni requieren formación clínica para ser lanzados. Son frases sueltas, impresiones disfrazadas de observación objetiva: “obsesión con el hijo”, “dependencia emocional”, “fijación patológica”, “rigidez cognitiva”, “victimismo”, “dificultad para cooperar”, “alienación”, "madre con preocupación mórbida", "obstructora", "verborreica" y un largo etc
Estas no necesitan diagnóstico formal ni un profesional de la salud mental. Pueden aparecer en informes de trabajadoras sociales, peritos de familia, mediadores, operadores judiciales, psicólogos escolares… o incluso en los comentarios de un juez que “intuye” cosas sin haber leído ni siquiera las alegaciones del abogado de la madre. Son herramientas narrativas, no diagnósticas. No vienen del DSM; vienen del prejuicio con bata blanca o toga negra.
Las etiquetas discursivas no requieren diagnóstico ni evidencia. Solo necesitan una madre que se resista, pelee, insulte o llore cuando unos extraños le quieren quitar a su hijo y a veces, se lo quitan.
Aquí van algunos greatest hits del disparate psi. Perlas inolvidables del cinismo judicial y la maldad institucional.
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Madre que se negó a firmar el acuerdo de tenencia sin revisar con abogado. → Trastorno oposicionista.
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Madre que pidió cambio de perito porque sentía que el primero era parcial. → Resistencia activa a la autoridad.
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Madre que pidió copia del expediente. → Conducta disruptiva, desconfianza extrema.
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Madre que denunció al padre por violencia y siguió insistiendo. → Fijación patológica + conducta oposicionista.
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Madre que no lloró en la audiencia. → Aplanamiento afectivo + rasgos oposicionistas.
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Madre que lloró demasiado. → Desregulación emocional + actitud provocadora.
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Madre que cambió de abogado tres veces. → Desorganización, rigidez y desafío a la figura de autoridad.
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Madre que grabó una conversación con un operador judicial. → Actitud desafiante y paranoide.
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Madre que interpuso un recurso de amparo. → Rasgos oposicionistas, dificultad para acatar lo normativo.
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Madre que se negó a las visitas supervisadas porque el espacio era violento. → Negativa sistemática, rigidez cognitiva.
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Madre que corrigió al psicólogo en una audiencia. → Intolerancia a la figura de autoridad.
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Madre que pidió ver a su hijo más tiempo. → Conducta obsesiva + patrón oposicionista.
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Madre que no permitió que el niño hable por videollamada con el padre violento. → Obstrucción del vínculo + actitud desafiante.
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Madre que organizó una manifestación. → Conducta antisocial, rasgos oposicionistas.
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Madre que llevó a su hijo a terapia sin permiso del padre. → Iniciativas unilaterales, conducta impulsiva-oposicionista.
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Madre que presentó informes de su psicóloga sin autorización del juzgado. → Inobservancia judicial.
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Madre que dijo "esto es injusto" frente al juez. → Reacción oposicionista, hostilidad encubierta.
Sí, una madre diciendo "no" al sistema puede convertirse, mágicamente, en alguien con trastorno oposicionista desafiante. Lo normal debe ser que las hembras no se opongan cuando vienen a quitarles los hijos...en Narnia o en la tierra de los actores judiciales debe ser. En el mundo real lo que pasa es que las hembras lloramos, gritamos y si pudiéramos haríamos "otras cosas" que el algoritmo no me va a dejar escribir. Es tan delicado como un psicólogo judicial y más machista aún.
Y mientras el expediente duerme tranquilo, las madres no duermen nunca más en paz.
Isabel Salas



