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viernes, 9 de enero de 2026

DIAGNÓSTICOS BLANDOS, CRUELDAD DURA

Diagnóstico o dictamen: cómo se construye una etiqueta


Los diagnósticos clínicos formales —los que suenan a manual DSM con esteroides— se supone que deben ser realizados por psiquiatras o psicólogos clínicos con formación específica en psicopatología y experiencia en evaluación diagnóstica. Esa es la teoría.

En la práctica, basta con que alguien tenga un título profesional, cierta familiaridad con el lenguaje técnico y un lugar en el engranaje judicial para que una etiqueta se convierta en verdad institucional. No importa si se hizo una evaluación rigurosa. No importa si hubo entrevista clínica, pruebas psicométricas o revisión del contexto. Si el informe está escrito en mayúsculas y viene con membrete, es suficiente para instalar una narrativa.

Legalmente, en muchos países, tanto psiquiatras como psicólogos pueden diagnosticar trastornos mentales. La diferencia es que el psiquiatra, por ser médico, puede recetar medicación y su palabra suele pesar más si lo que se busca es revestir el expediente de autoridad biomédica. El psicólogo, por su parte —sobre todo si es clínico— también puede diagnosticar según los manuales diagnósticos internacionales, como el DSM o el CIE. Pero no puede medicar, y a menudo su criterio queda subordinado a la lógica judicial.

Así, si el expediente necesita sonar “científico”, se busca al psiquiatra. Si solo se quiere justificar una medida ya decidida, muchas veces alcanza con un informe psicológico escrito por alguien funcional al sistema. La etiqueta cumple su función: legitimar decisiones que ya están tomadas.

Luego están los otros diagnósticos. Los blandos. Los que no figuran en ningún manual ni requieren formación clínica para ser lanzados. Son frases sueltas, impresiones disfrazadas de observación objetiva: “obsesión con el hijo”, “dependencia emocional”, “fijación patológica”, “rigidez cognitiva”, “victimismo”, “dificultad para cooperar”, “alienación”, "madre con preocupación mórbida", "obstructora", "verborreica" y un largo etc

Estas no necesitan diagnóstico formal ni un profesional de la salud mental. Pueden aparecer en informes de trabajadoras sociales, peritos de familia, mediadores, operadores judiciales, psicólogos escolares… o incluso en los comentarios de un juez que “intuye” cosas sin haber leído ni siquiera las alegaciones del abogado de la madre. Son herramientas narrativas, no diagnósticas. No vienen del DSM; vienen del prejuicio con bata blanca o toga negra.

Las etiquetas discursivas no requieren diagnóstico ni evidencia. Solo necesitan una madre que se resista, pelee, insulte o llore cuando unos extraños le quieren quitar a su hijo y a veces, se lo quitan.

Aquí van algunos greatest hits del disparate psi. Perlas inolvidables del cinismo judicial y la maldad institucional.

  1. Madre que se negó a firmar el acuerdo de tenencia sin revisar con abogado.Trastorno oposicionista.

  2. Madre que pidió cambio de perito porque sentía que el primero era parcial.Resistencia activa a la autoridad.

  3. Madre que pidió copia del expediente.Conducta disruptiva, desconfianza extrema.

  4. Madre que denunció al padre por violencia y siguió insistiendo.Fijación patológica + conducta oposicionista.

  5. Madre que no lloró en la audiencia.Aplanamiento afectivo + rasgos oposicionistas.

  6. Madre que lloró demasiado.Desregulación emocional + actitud provocadora.

  7. Madre que cambió de abogado tres veces.Desorganización, rigidez y desafío a la figura de autoridad.

  8. Madre que grabó una conversación con un operador judicial.Actitud desafiante y paranoide.

  9. Madre que interpuso un recurso de amparo.Rasgos oposicionistas, dificultad para acatar lo normativo.

  10. Madre que se negó a las visitas supervisadas porque el espacio era violento.Negativa sistemática, rigidez cognitiva.

  11. Madre que corrigió al psicólogo en una audiencia.Intolerancia a la figura de autoridad.

  12. Madre que pidió ver a su hijo más tiempo.Conducta obsesiva + patrón oposicionista.

  13. Madre que no permitió que el niño hable por videollamada con el padre violento.Obstrucción del vínculo + actitud desafiante.

  14. Madre que organizó una manifestación.Conducta antisocial, rasgos oposicionistas.

  15. Madre que llevó a su hijo a terapia sin permiso del padre.Iniciativas unilaterales, conducta impulsiva-oposicionista.

  16. Madre que presentó informes de su psicóloga sin autorización del juzgado.Inobservancia judicial.

  17. Madre que dijo "esto es injusto" frente al juez.Reacción oposicionista, hostilidad encubierta.

Y en ninguno de esos casos se usó “oposicionista” como una descripción casual. Se coló en informes periciales, se transformó en etiqueta clínica, y en más de una ocasión, justificó medidas restrictivas sobre el contacto con los hijos.

Sí, una madre diciendo "no" al sistema puede convertirse, mágicamente, en alguien con trastorno oposicionista desafiante. Lo normal debe ser que las hembras no se opongan cuando vienen a quitarles los hijos...en Narnia o en la tierra de los actores judiciales debe ser. En el mundo real lo que pasa es que las hembras lloramos, gritamos y si pudiéramos haríamos "otras cosas" que el algoritmo no me va a dejar escribir. Es tan delicado como un psicólogo judicial y más machista aún.

Y mientras el expediente duerme tranquilo, las madres no duermen nunca más en paz.

 Isabel Salas

viernes, 12 de diciembre de 2025

EL MOTIVO DE PATOLOGIZAR A LAS MADRES

La pregunta es sencilla y obvia, pero la respuesta es más sencilla aún.


Hacer pasar a las mujeres por locas, no es ninguna novedad, en realidad es un clásico. Antes de que la justicia aprendiera a hablar el "lenguaje de los derechos", patologizar a las mujeres —y en particular a las madres— ya era una práctica conocida. Declarar “loca” a una mujer fue durante siglos una forma eficaz de apartarla sin matarla: sacarla del hogar, del relato y de los hijos, y sustituirla sin culpa. De Juana I de Castilla, encerrada durante décadas bajo el rótulo de la demencia, a tantas mujeres silenciadas en sanatorios, conventos o casas ajenas, la historia está llena de madres apartadas de sus hijos por exceso de poder, de deseo, de ansias de libertad o simplemente porque molestaban  a sus maridos o a los intereses de su entorno.

Lo que hoy hace el sistema judicial no es algo nuevo: es el mismo perro  con diferente collar, el mismo gesto antiguo, pero maquillado con diagnósticos modernos y envuelto en un discurso de derechos que dice proteger mientras repite, con otros nombres, la misma operación de siempre.
 
El sistema judicial patologiza a las madres porque siempre ha funcionado, y además reconocer que una madre enferma tras un proceso de custodia o de separación forzada implicaría admitir que el propio procedimiento es dañino. Y eso tendría consecuencias jurídicas, políticas y éticas que ni "justicia" ni nadie están dispuestos a debatir siquiera.

Convertir la reacción ante la pérdida del hijo en trastorno permite desplazar la causa: el problema deja de ser la intervención institucional y pasa a ser la madre que no se adapta a ella porque no le gusta que le quiten hijos. No entiende de derechos. Ella entiende de biología y de útero.

La psiquiatrización cumple varias funciones simultáneas. Primero, neutraliza la palabra materna: una madre diagnosticada pierde credibilidad, su testimonio se vuelve sospechoso y su relato deja de tener valor probatorio. 

Segundo, legitima decisiones ya tomadas: si la madre es “inestable”, la separación se presenta como medida protectora hacia el niño y no y no como violencia hacia el niño y su madre.

Tercero, restaura la autoridad del sistema: no hay error estructural, hay un sujeto defectuoso. 

Y cuarto, desnaturaliza el vínculo: al patologizar el apego, se habilita la idea de que cualquiera puede sustituir a la madre sin daño. Convierten a la madre en una simple cuidadora...y cualquiera puede cuidar.

En síntesis, no se patologiza para comprender ni para curar. Se patologiza para ordenar algo contra natura, callar ellos y hacer callar a la madre y por supuesto cerrar el conflicto. Porque una madre que sufre es un problema; una madre que insiste es un riesgo; y una madre que llora, grita, insulta y nombra el daño institucional es, para el sistema, una amenaza.

El problema, por otro lado,  no es solo el diagnóstico, sino que el sistema olvida CONVENIENTE, ASTUTA Y CRUELMENTE lo que es ontológicamente irrefutable: aunque la ley insista en la igualdad de derechos entre padres y madres, el vínculo materno precede al derecho. Es un vínculo biológico, inmediato, natural, que no se construye ni se negocia en un tribunal. 

El ser hace el derecho y no al contrario. 

La relación madre-hijo es anterior a cualquier norma y es más necesario y más profundo que cualquier otro vínculo, incluido el paterno, para todos los bebés y niños humanos.

Si eliminamos la biología de la ecuación judicial, si negamos esa realidad fundamental, el resultado siempre estará sesgado: la lógica se pierde y la vida, que es la que sostiene ese vínculo, queda vulnerada. La ley puede igualar derechos, pero no puede igualar realidades biológicas, ni sustituir la naturaleza del vínculo materno.

Y de eso hablo en MATERFIESTO y en donde haga falta.

 

Isabel Salas 

 

lunes, 30 de junio de 2025

DIAGNÓSTICOS JUDICIALES

 

 

Entre todos los diagnósticos usados en los juzgados para arrancar a los hijos de sus madres, el más eficaz es la "alienación parental".

 

 

Imaginemos la escena: un niño llega al hospital con determinados síntomas. Tiene fiebre, insomnio, dolores de estómago. Llora, está angustiado, no quiere comer, cuenta que siente miedo o dice que no quiere ver a cierta persona. Los médicos lo examinan, hacen estudios, escuchan lo que dice, observan lo que el cuerpo muestra. Nadie, en ningún hospital serio, saldría diciendo: “este niño está alienado por su madre”. Ningún médico diagnostica alienación parental. Ninguno. 

Porque no existe como entidad clínica. Porque no es una enfermedad. Porque no hay análisis de sangre, ni resonancia magnética, ni marcador biológico que confirme ese diagnóstico. Porque no forma parte del DSM ni del CIE. Porque, simplemente, no es medicina.

 Entonces... ¿Qué será diagnosticado en un hospital?

Dependiendo de la edad del niño, la intensidad de los síntomas y la historia clínica, los médicos y profesionales de la salud probablemente consideren varios diagnósticos diferenciales, tanto físicos como emocionales. Por ejemplo:

Diagnósticos posibles:

  • Trastornos de ansiedad infantil
    (como ansiedad de separación, ansiedad generalizada o fobia específica)

  • Síntomas somáticos funcionales
    (dolores físicos reales sin causa orgánica clara, relacionados al estrés o trauma)

  • Trastorno del sueño
    (insomnio por estrés, miedo nocturno, pesadillas)

  • Estrés postraumático (TEPT)
    si hay indicios de eventos vividos como traumáticos o si el niño relata miedo persistente, hipervigilancia, regresiones, etc.

  • Trastornos psicosomáticos
    como gastritis, colon irritable o cefaleas tensionales originadas en angustia crónica.

  • Problemas vinculares o contextuales
    (sin patologizar al niño, pero reconociendo que su entorno está afectando su bienestar emocional)

 ¿Qué pruebas se realizarán?

1. Exámenes físicos básicos

Para descartar causas orgánicas de los síntomas:

  • Análisis de sangre y orina

  • Examen clínico general

  • Estudios digestivos si hay dolor abdominal persistente

2. Interconsulta con salud mental

(Sí, incluso en guardia pediátrica si el cuadro es emocional)

  • Entrevista con psicólogo infantil o psiquiatra infantil

  • Observación del vínculo con el adulto que acompaña

  • Evaluación del discurso del niño (cómo se expresa, qué relata, si hay señales de trauma o abuso)

3. Intervención del equipo interdisciplinario

  • Trabajo con asistentes sociales, en caso de detectar posible conflicto familiar

  • Revisión de antecedentes si el niño ya estuvo en contacto con otros servicios (escolar, terapia previa, denuncias)

Y lo más importante: Los médicos, generalmente, no inventan explicaciones emocionales porque sí. Si hay angustia, buscan la causa. Si un niño dice que tiene miedo de ver a una persona, no lo diagnostican de “manipulado” o “alienado”, sino que investigan por qué. No invalidan su palabra, la analizan. Y si hay sospecha de abuso, negligencia o maltrato, se activa el protocolo de protección de infancia. No se le impone una narrativa, se le da lugar a la suya.

Sin embargo, en los juzgados, eso sucede todo el tiempo. Basta con que un niño diga que no quiere ver al padre —y que haya una madre que escuche, que sostenga ese límite, que lo acompañe en su malestar— para que, de pronto, un psicólogo o psicóloga con firma y membrete empiece a deslizar la palabra: alienación. A veces no se escribe con todas las letras; a veces se insinúa con frases como “conducta obstructiva de la madre”, “vínculo disfuncional”, “influencia materna negativa”. Pero el resultado es el mismo: se descarta la palabra del niño y se reemplaza por una teoría que justifica desoírlo. Lo que en un hospital se trataría como un síntoma, en el expediente judicial se convierte en prueba contra su madre.

Esa es la diferencia. La medicina trabaja con síntomas, con diagnósticos basados en evidencia, con tratamientos pensados para sanar. En el sistema judicial, en cambio, ciertos profesionales construyen diagnósticos funcionales al proceso, no a la salud. La alienación parental no se diagnostica con criterios clínicos; se deduce. Se infiere. Se “percibe” a partir de la conducta del niño o del tono de la madre. No importa si hay historia de violencia, de negligencia, de abandono afectivo. No importa si hay un trauma que se repite en el cuerpo: vómitos antes de las visitas, pesadillas, regresiones, ataques de ansiedad. Lo que importa es que el niño no quiere ver al padre. Y eso, en lugar de ser una alerta, se convierte en una sospecha.

Entonces el expediente dice “el niño rechaza sin causa aparente” y a partir de ahí se empieza a construir el relato de la alienación. Lo paradójico es que mientras más malestar expresa el niño, más sospechosa se vuelve la madre. Si llora, si se angustia, si se niega, si dice que no, es porque fue manipulada. Nunca porque le duele. Nunca porque recuerda. Nunca porque teme. El cuerpo habla, pero el sistema no lo escucha: lo traduce. La palabra del niño se borra y se reemplaza por una narrativa que tranquiliza a los adultos y ajusta las piezas para que todo encaje. Lo que no encaja, se diagnostica. Y lo que duele, se sospecha.

Así, lo que en salud se trata, en tribunales se castiga. Lo que en un hospital se vería como un llamado de auxilio, en un informe judicial se convierte en estrategia. La madre que protege es vista como hostil. La que acompaña, como invasiva. La que sostiene, como obstructiva. El diagnóstico no aparece para comprender, sino para intervenir. No se usa para cuidar al niño, sino para disciplinar a la madre.

Porque el sistema no necesita médicos, necesita legitimaciones. No busca síntomas, busca relatos que cuadren. Y entonces alienación parental se convierte en la herramienta perfecta: no necesita pruebas objetivas, no exige evidencia, no requiere evaluación clínica profunda. Solo necesita que un niño diga algo que incomoda. Y que un adulto quiera silenciarlo.

Lo más trágico de todo esto es que, si ese mismo niño con los mismos síntomas hubiera ido a una guardia pediátrica, habría recibido atención. En cambio, en el juzgado, recibe castigo. El cuerpo duele, pero el expediente no lo nombra. El niño habla, pero su palabra se interpreta como producto de otro. La madre sostiene, y por eso mismo, es acusada.

Ningún niño sale como "alienado" de un hospital. 

Pero del juzgado, sí. 

Y pocos se inmutan. Demasiado silencio alrededor de tanta catástrofe.

Isabel  Salas 

domingo, 15 de diciembre de 2024

PATOLOGIZAR PARA CALLAR (NOS)

 El cuerpo enferma mientras el expediente psiquiatriza

 


El sistema no escucha lo que le pasa al cuerpo de las madres durante un proceso judicial donde existe la posibilidad de que le quiten a sus hijos, pero lo traduce a su manera.

La madre enfrenta bruxismo, pérdida de muelas, diarreas, insomnio, hipertensión y agotamiento nervioso —signos clásicos de estrés crónico y duelo forzado— el expediente escribe trastornos. El cuerpo habla, el juzgado ignora. No se pregunta qué daño puede producir la separación, sino qué defectos tiene la madre. De hecho, después del arrancamiento de un hijo nadie desde el juzgado se pregunta como están de salud la madre o el hijo.

Así, la violencia institucional no se reconoce como causa.  Y en esa operación, el vínculo se pierde dos veces: primero en la vida, después en el lenguaje.  

Cuando una madre pierde, o lucha por no perder, a sus hijos —sea por vía forzada, judicial o institucional— su cuerpo no “exagera”: reacciona.  El cuerpo grita amenaza sostenida; el juzgado responde con diagnóstico.

Este post no necesita muchas explicaciones, basta ver la lista de que reproduzco a continuación y sacar las propias conclusiones 

1. Patologías reales, documentadas y silenciadas

Estas no son "personalidades problemáticas". Son respuestas fisiológicas y psicosomáticas ante una amenaza prolongada, una pérdida no resuelta y una institucionalidad que castiga el apego.

Sistema nervioso y somatización

  • Insomnio severo o fragmentado

  • Crisis de ansiedad con síntomas físicos

  • Hipervigilancia permanente

  • Fatiga extrema / agotamiento nervioso

Salud bucodental

  • Bruxismo (diurno/nocturno)

  • Pérdida o fractura de piezas dentales

  • Retracción de encías

  • Dolor mandibular crónico (ATM)

Sistema digestivo

  • Diarreas persistentes

  • Colon irritable

  • Náuseas crónicas

  • Gastritis y úlceras

  • Pérdidas o aumentos bruscos de peso

Sistema inmunológico

  • Infecciones recurrentes

  • Caída del cabello

  • Brotes de herpes

  • Agravamiento de enfermedades autoinmunes

Sistema cardiovascular

  • Hipertensión reactiva

  • Taquicardias

  • Dolor torácico funcional

Sistema endocrino y hormonal

  • Amenorrea / alteraciones del ciclo

  • Desregulación tiroidea

  • Síntomas menopáusicos tempranos o intensificados

Dolor físico generalizado

  • Migrañas

  • Contracturas crónicas

  • Fibromialgia o cuadros similares


Es el cuerpo reaccionando a una amenaza que no cesa. Aunque algunos de estos problemas aparecen durante una convivencia violenta,  empeoran cuando se inicia el proceso judicial y aparecen otros. Muchos otros.


2. El expediente: del cuerpo al diagnóstico

Cuando el dolor y el miedo resisten y no se callan, el sistema responde con etiquetas. No se diagnostica el daño, se invalida al sujeto. No se reconoce la violencia institucional, se convierte en patología individual. En definitiva no parecen entender la reacción de una hembra al tratar de quitarle a su cría. Al final, para ellos, cualquiera puede ser madre.

Etiquetas frecuentes (y funcionales):

  • Trastorno límite de la personalidad

  • Rasgos paranoides

  • Trastorno narcisista

  • Trastorno histriónico

  • Psicosis encubierta

  • Depresión “patológica”

  • Ansiedad “desadaptativa”

  • Trastorno oposicionista

  • Trastorno de la personalidad no especificado

Constructos que no necesitan pruebas:

  • “Obsesión con el hijo”

  • “Dependencia emocional”

  • “Fijación patológica”

  • “Dificultad para cooperar”

  • “Rigidez cognitiva”

  • “Victimismo”

  • “Alienación” (cuando conviene)

Estas categorías no requieren pruebas objetivas. 

Se activan cuando la madre no acepta perder el vínculo.

Cada reacción humana se convierte en un defecto psiquiátrico. El cuerpo habla del daño. El expediente borra la causa. Lo primero es consecuencia. Lo segundo, herramienta.

 Madame Bedeau de l'Écochère

 

DIAGNÓSTICOS BLANDOS, CRUELDAD DURA

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