Aunque empecé este blog con la idea de responder las preguntas que nunca me preguntaron, hoy voy a responder una que sí me han hecho varias veces en las últimas semanas: ¿De dónde surge la idea de escribir Materfiesto? ¿Hubo un punto de inflexión que me inspiró a hacerlo?
Voy a responder con rigor: hubo dos momentos decisivos en mi vida en relación con este ensayo, que en pocos días será publicado.
El primero fue el impacto de una experiencia concreta. En 2016, salí de una sala del Juzgado de Familia de Curitiba, después de ser atendida por una psicóloga joven, formada en teorías de “alienación parental”, cuya soberbia era tan escandalosa que aún hoy me felicito por la paciencia que tuve. Todavía me sorprende no haberla insultado en voz alta, como sin duda lo hubiera hecho con cualquiera que me interpelara con semejante impertinencia.
Conforme pasaban las horas, analizaba a la fulana y su actitud me parecía no solo cada vez más mediocre, sino también sorprendente y peligrosa. Sin embargo concluí, después de pocos días, que ella no podía ser el problema, sino el síntoma. Yo no estaba dispuesta a perder mi tiempo tratando de comprender la bajeza moral de aquella harpía.
Me interesaba más el verdadero problema que, obviamente, era el sistema que la había colocado ahí, investida de poder institucional para evaluar a madres en contextos judiciales donde los hijos no querían ver a los padres.
Esa revelación marcó el inicio de un trabajo detectivesco. Dejé de preguntarme por qué me habían tratado así, y empecé a preguntarme desde qué estructuras culturales, históricas y jurídicas se permitía que ella y los demás actores del juzgado actuaran como lo hacían. Qué o quiénes eran responsables porque aquella falta de educación y esa arrogancia mediocre formara parte del ambiente donde se dirimen asuntos familiares tan delicados.
Ya no quería entender mi caso. Quería entender el dispositivo. No me interesaba saber qué me pasaba a mí; quería saber qué les pasaba a ellos: a la gentuza que ocupan esos roles, de dónde viene su autoridad injustificada y cómo aplican violencia institucional con total naturalidad.
Así comenzó la investigación —y mi preparación para irme.
Mi primera herramienta no fue el derecho, sino la historia. Quise saber en qué momento la psicología forense judicial —que para mí es una pseudociencia— entró a los tribunales y adquirió rango de verdad. Me interesaba entender qué función cumple ese discurso dentro del aparato judicial, y por qué un "saber" sin método científico ni replicabilidad se ha convertido en dogma estatal.
Paralelamente me organicé para pedir refugio humanitario lo antes posible en algún país vecino, y me fui a finales de 2017. Primero a Uruguay, luego a Argentina. Dos países que hoy son parte de mi vida, y en los cuales entré en contacto con otras madres, tanto locales como a través de redes.
Escuché decenas de relatos, y confirmé que aquella psicóloga no era una excepción. Todas describían el mismo patrón: mediocridad, arrogancia y desprecio disfrazado de autoridad profesional.
Lo digo sin rodeos: es más serio el horóscopo de la revista de la peluquería que la psicología. Y menos dañino. Al menos el horóscopo no pretende ser ciencia ni destruye vidas desde un tribunal.
Después mi investigación se fue haciendo etimológica. Empecé por lo más básico: la palabra “familia”. Quise entender qué nombraba originalmente, qué se deformó en su significado y por qué los juzgados de “familia” se comportan exactamente como su contrario: dispositivos de castigo, patologización y disciplinamiento de las madres.
Desde allí, organicé mi estudio autodidacta en múltiples direcciones: historia, etimología, derecho, filosofía, antropología y todo lo que yo pensara que me podría ayudar. No para convertirme en especialista, ni creerme la que viene a decir la última palabra sobre un tema tan complejo como la relación del Estado con las madres.
Quise, sí, desmontar —en la medida de mis capacidades— la arquitectura del poder que opera en los juzgados como parte de algo mucho mayor. Quería construir una genealogía que explicara cómo una institución que dice proteger puede ejercer tanta violencia con tanta legitimidad. Y sin quererlo del todo, terminé convertida en una detective del Estado de derecho.
El segundo momento clave fue más reciente, sin estridencias.
Hace un año y medio, al revisar mis notas, me di cuenta de que todo ese recorrido —años de estudio autodidacta y escucha atenta— podía estructurarse en un ensayo ordenado en bloques. Fue entonces cuando comprendí que esos apuntes ya no eran un conjunto de ideas dispersas: había un libro allí.
Pero no nos engañemos. Materfiesto no nació con la suavidad de esa recopilación. Nació en la rabia y el desprecio con los que viví los primeros meses de un proceso judicial que cambió mi vida y la de mis hijas para siempre.
Gané el proceso, sí. En 2022, un juez me dio la razón en todo. Pero el daño ya estaba hecho. Y mi estudio, a pesar de ello continuó hasta mediados del 2023.
Materfiesto no es un testimonio ni una confesión autobiográfica. Es mi lectura estructural del poder: una crítica a la pseudociencia que se ha incrustado en los tribunales, a la autoridad sin sustento de “papá Estado”, a los discursos que patologizan a las madres, y a la cultura jurídica y legal que legitima esa violencia.
Este libro, a diferencia de mis otros seis, no es un poemario, no está hecho de relatos, prosa poética o poemas que se pueden cantar. Es el resultado de un estudio que empezó con un desencanto intelectual radical ante la crueldad institucional, y con el impulso feroz de entender qué historia, qué ideas y qué intereses sostienen ese desastre.
Materfiesto no es una confesión, ni una denuncia, ni una anécdota judicial. Es un libro que piensa el poder desde un lugar incómodo: el de las madres que se enfrentan a instituciones que dicen proteger pero castigan. No es fácil de encasillar. No es cómodo de leer. No fue escrito para gustar, sino para incomodar, para poner palabras donde a las madres nos imponen silencio y obediencia.
Isabel Salas
Madame Bedeau de l'Écochère

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