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viernes, 17 de octubre de 2025

REACCIÓN MACHIRULA A LA REACCIÓN FEMINSTA

  ... cuando el crimen no indigna, pero la respuesta sí.

 

Tras el asesinato de tres personas —dos mujeres, madre e hija, y un taxista brutalmente descuartizado— a manos del presunto homicida Pablo Laurta, los sectores contrarios a las políticas de género entraron en un breve, sorprendido y táctico silencio. Apenas una pausa para reagruparse, afinar el libreto, y volver a escena a marcar territorio: unos salieron rápidamente a aclarar que apenas conocían a Laurta “de vista” —aunque ese “de vista” incluya haber compartido con él conferencias, presentaciones de libros, mesas de restaurante e incluso el mismo auto—; y otros, más osados, firmaron artículos que imitan el tono de la reflexión, pero transpiran cinismo, complicidad ideológica y ese profundo temor a perder el control del relato que caracteriza a los varones resentidos (unidos o no).

Son los mismos que suelen preguntarse indignados dónde están las feministas cuando no hacen suficiente ruido en determinadas circunstancias y las critican cuando hacen demasiado (según ellos) en otras ocasiones.

Tal es el caso del texto publicado en Semanario Voces, firmado por Hoenir Sarthou, un señor a quien no conozco de nada, dicho sea de paso. Su texto es uno más de tantos, sin nada especial ni excelencia de ningún tipo, pero se puede tomar de ejemplo para análisis de esta tendencia.

Quien lo lea con atención verá que bajo una capa de aparente imparcialidad se ejecuta una operación discursiva clásica de disimulo tendencioso. Simula condenar el crimen para inmediatamente girar el foco hacia una crítica al feminismo, buscando debilitarlo justo cuando tres crímenes nauseabundos vuelven a mostrar por qué es necesario.

Sarthou condena el crimen en una línea, pero en la siguiente coloca el “pero” que todo lo desarma:

“No hay justificación para lo que él no niega haber hecho. Pero el uso que se ha hecho del caso…"

Ese "pero" no es inocente. Es el giro que revela que la condena era apenas decorado. A partir de ahí, se demuestra cual es el verdadero trasfondo de esta "opinión" y el artículo se dedica a advertir que lo grave no es el crimen en sí, sino que el feminismo se pueda fortalecer oportunista y políticamente con él. (ya sabemos todos que mala son las feministas).

El foco ya no está en las tres personas asesinadas ni en un niño secuestrado, sino en el “peligro” de que se derogue la tenencia compartida, se aumenten presupuestos, o se refuercen políticas públicas de género. Dicho sea de paso, yo misma disiento de muchas de esas politicas llamadas de género, pues la violencia, según la vida nos muestra, no tiene género. Tiene sexo y es masculino.

 Más aún, el autor desliza que el crimen fue un “acto de locura”:

“Una locura que ni el más obtuso antifeminista puede aceptar.”

Con esto, se desliga el crimen de cualquier estructura. No hay sistema. No hay misoginia. No hay contexto. Hay solo un loco. Un caso aislado. Una anomalía sin conexiones con nada.

Es la misma táctica de siempre: aislar al asesino para proteger al sistema que lo produce. Una táctica que, por cierto, no es nueva: viene directamente del archivo de los crímenes pasionales, donde el hombre que mataba a su pareja no era un homicida, sino un “enamorado desbordado” con el corazón partido.

Durante décadas, muchos de ellos fueron condenados a penas simbólicas o al exilio: una estadía en lo de un tío en el interior, unos años lejos del barrio, y listo. Volvían a la sociedad por la puerta de atrás, muchas veces amparados por la misma justicia que hoy sigue mirando para otro lado.

Y mientras ellos recibían compasión judicial, diagnósticos humanizantes y oportunidades de redención, las mujeres jamás pudieron usar esa carta. No se les permitió estar “locas”, ni “desbordadas”, ni “enamoradas hasta el crimen”. Ni siquiera cuando en circunstancias extremas. A ellas se las juzgó, y se las sigue juzgando, como bestias frías, monstruos sin alma, y muchas veces se las condena antes del juicio, en los medios, en la calle y en la historia.

Pero profundicemos un poquito: ¿estos hombres matan por odio? Tal vez ni siquiera eso. Lo que se ve muchas veces detrás de estos crímenes no me parece que sea odio real, sino una mezcla de frustración, berrinche, y la rabia de quienes no toleran ser dejados. No pudieron retener a una mujer. No supieron mantener un vínculo sano. Y como niños con poder y sin límites, descargan su fracaso con brutalidad. No es ideología. Es mediocridad con machete. Es el pater familia, esa ficción jurídica empoderadora de machos de machos mediocres actuando en todo su esplendor. La semilla maligna del patriarcado.

Y en ese contexto, Sarthou se permite bromear:

“¿También contra los choferes de Uber?”

Como si el asesinato del remisero fuera un gag de stand-up y no parte de una tragedia planificada. Ese intento de sarcasmo no solo es torpe y desprovisto de gracia: es cruel. El tiempo dirá si Laurta lo mató por una vieja venganza, por odio de clase, o simplemente porque estaba “en el medio”. Lo que no corresponde —bajo ningún punto de vista— es trivializar su muerte con un chiste que sugiere que  las feministas ven enemigos en los conductores de apps. Eso no es ironía ni humor negro. Es bajeza.

El artículo sigue su ruta predecible: convierte el reclamo de las mujeres —feministas o no, porque para el autor toda mujer que se indigna por un crimen machista automáticamente queda bajo sospecha— en un berrinche histérico por más fondos, más leyes, más represión, más “victimismo”. Como si las políticas de prevención fueran un capricho ideológico y no una respuesta legítima a hechos medibles. Como si cuestionar la impunidad judicial o exigir que un sistema que fracasa sistemáticamente sea reformado, fuera parte de una conspiración de género y no, simplemente, sentido común.

Para sostener ese relato, recurre al comodín más viejo del manual patriarcal: el supuesto histerismo femenino. Un anacronismo torpe, pero todavía eficaz para ciertas audiencias. Parece no concebir la posibilidad de un enfado genuino en la mujer, como si aún cargara con la inercia bíblica de culpar a Eva por cada manzana que muerde Adán… y por cada tiro que dispara.

Cuando las feministas (con las que no siempre estoy de acuerdo) hablan de estructuras de violencia, no lo hacen solamente porque les guste el lenguaje académico. Lo hacen porque los datos lo muestran: en Argentina, entre 2015 y 2019, el 80 % de las víctimas de homicidio doloso eran hombres, sí. Pero en el 92 % de los casos, los victimarios también eran hombres. Y cuando las víctimas son mujeres, el 56 % de los homicidios vienen de sus propias parejas o ex parejas. En el caso de los hombres, eso apenas alcanza el 2 %. No es lo mismo.

Y cuando una mujer mata, lo hace muchas veces desde otro lugar: en contextos de legítima defensa, protección de sus hijos, trastornos mentales graves y reales, o desesperación frente a un sistema judicial que la hostiga, la revictimiza o la amenaza con quitarle lo que más ama. No hay simetría. No hay equivalencia. No hay espejo.

Uno de esos contextos ignorados — deliberadamente— es la depresión pos-parto, un trastorno subestimado y muy poco investigado que puede durar años y tener consecuencias devastadoras sobre la salud mental de las madres. Pero en vez de recibir apoyo, contención o al menos una lectura clínica, esas mujeres son muchas veces arrojadas a la categoría de monstruos. Para ellas no hay diagnóstico salvador ni peritaje piadoso. Ellas no pueden alegar locura. Ellas no enloquecen: delinquen.

Pero Sarthou insiste. Afirma que basta una denuncia para que al varón lo saquen de la casa, lo dejen sin hijos, y lo condenen al escarnio público. Falso. Ya quisieran muchas madres e hijos apaleados que fuera tan fácil.

En el caso concreto de Laurta, la justicia argentina denegó la restitución del menor tras advertir comportamientos agresivos, inconsistencias en su relato, y un riesgo concreto. Sin embargo, no se tomaron las medidas necesarias. En parte porque un juzgado es el encargado de analizar y decidir sobre una restitución y otro el encargado de los temas de violencia...no se lo inhabilitó. No se lo contuvo. No lo mantuvieron preso.Y el resultado está a la vista.

Ese garantismo de cartón, que tantos varones aparentemente razonables enarbolan, solo aparece cuando el denunciado es varón. Cuando la víctima es mujer, se desvanece entre las brumas de Ávalon. Y en lugar de admitirlo, el autor se victimiza:

“¿Es posible desautorizar a una numerosa y creciente corriente de opinión...?”

Se refiere, claro, a los hombres que se sienten atacados por el feminismo. Como él mismo. Y así blanquea lo que verdaderamente le importa: proteger a ese sector, poner su granito de arena malévola para evitar que la lucha feminista siga ganando legitimidad, y disfrazar de garantismo lo que es, en realidad, una operación ideológica llena de palitos para las ruedas feministas. No es ni siquiera una defensa de derechos. Una defensa de privilegios.

Mi conclusión, como la suya, también es triste, pero clara: el texto no es una opinión . Es una pieza propagandística.

  • Minimiza tres asesinatos y el secuestro de un menor.

  • Ataca al feminismo con argumentos reciclados y retóricas manipuladoras.

  • Ignora los datos empíricos y el contexto estructural de la violencia machista.

  • Trivializa la muerte de un trabajador con sarcasmos de mal gusto.

  • Se escuda en el “sentido común” para sostener un sistema que falla, no solo para las mujeres sino para los  miles de suicidios diarios a nivel mundial.  720.000n suicidios al año, la mayoría, por cierto, hombres. 2000 al día. 83 por hora. Cifras que demuestran el fracaso del patriarcado mejor que las pancartas feministas.

Por respeto a Luna Giardina, de 26 años, su madre Mariel Zamudio, de 54, y al remisero Martín Sebastián Palacio, ese artículo y otros parecidos merecen ser analizados públicamente y con contundencia. No por ideología. Por decencia y honestidad intelectual. Y siempre desde una crítica al contenido y al discurso, jamás al ser humano que expresa sus propias opiniones. Aunque dichas opiniones me disgusten o me parezcan llenas de lugares comunes, aprendí a  separar muy bien el mensaje del mensajero.

Comparto al final de este artículo, algunos otros en los que trato asuntos sobre la misma temática.   Incluido uno de los miles de casos de niños y niñas obligados por los jueces a visitar padres violentos.

 Isabel Salas 

 Madame Bedeau de l'Écochère

 

MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO Aclaremos de una vez de quien son los hijos que parimos. 

ÁPROX: SALVEMOS VIDAS Alerta por Proximidad: la tecnología para impedir los asesinatos anunciados 

¿DÓNDE ESTÁN LAS FEMINISTAS? ¿Quién no ha leído esa pregunta en los comentarios debajo de cada injusticia publicada? 

IMPUNIDAD JUDICIAL: EL USO DE NEOLOGISMOS El crimen lo cometió el padre, pero el asesinato fue (presuntamente) autorizado por el juez. 


ISABEL PREYSLER, LA BELLA PLUMA

La historia la escriben los hombres. Hasta que una mujer encuentra las cartas ... y las reparte. Durante décadas, Mario Vargas Llosa se sint...