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lunes, 30 de junio de 2025

DIAGNÓSTICOS JUDICIALES

 

 

Entre todos los diagnósticos usados en los juzgados para arrancar a los hijos de sus madres, el más eficaz es la "alienación parental".

 

 

Imaginemos la escena: un niño llega al hospital con determinados síntomas. Tiene fiebre, insomnio, dolores de estómago. Llora, está angustiado, no quiere comer, cuenta que siente miedo o dice que no quiere ver a cierta persona. Los médicos lo examinan, hacen estudios, escuchan lo que dice, observan lo que el cuerpo muestra. Nadie, en ningún hospital serio, saldría diciendo: “este niño está alienado por su madre”. Ningún médico diagnostica alienación parental. Ninguno. 

Porque no existe como entidad clínica. Porque no es una enfermedad. Porque no hay análisis de sangre, ni resonancia magnética, ni marcador biológico que confirme ese diagnóstico. Porque no forma parte del DSM ni del CIE. Porque, simplemente, no es medicina.

 Entonces... ¿Qué será diagnosticado en un hospital?

Dependiendo de la edad del niño, la intensidad de los síntomas y la historia clínica, los médicos y profesionales de la salud probablemente consideren varios diagnósticos diferenciales, tanto físicos como emocionales. Por ejemplo:

Diagnósticos posibles:

  • Trastornos de ansiedad infantil
    (como ansiedad de separación, ansiedad generalizada o fobia específica)

  • Síntomas somáticos funcionales
    (dolores físicos reales sin causa orgánica clara, relacionados al estrés o trauma)

  • Trastorno del sueño
    (insomnio por estrés, miedo nocturno, pesadillas)

  • Estrés postraumático (TEPT)
    si hay indicios de eventos vividos como traumáticos o si el niño relata miedo persistente, hipervigilancia, regresiones, etc.

  • Trastornos psicosomáticos
    como gastritis, colon irritable o cefaleas tensionales originadas en angustia crónica.

  • Problemas vinculares o contextuales
    (sin patologizar al niño, pero reconociendo que su entorno está afectando su bienestar emocional)

 ¿Qué pruebas se realizarán?

1. Exámenes físicos básicos

Para descartar causas orgánicas de los síntomas:

  • Análisis de sangre y orina

  • Examen clínico general

  • Estudios digestivos si hay dolor abdominal persistente

2. Interconsulta con salud mental

(Sí, incluso en guardia pediátrica si el cuadro es emocional)

  • Entrevista con psicólogo infantil o psiquiatra infantil

  • Observación del vínculo con el adulto que acompaña

  • Evaluación del discurso del niño (cómo se expresa, qué relata, si hay señales de trauma o abuso)

3. Intervención del equipo interdisciplinario

  • Trabajo con asistentes sociales, en caso de detectar posible conflicto familiar

  • Revisión de antecedentes si el niño ya estuvo en contacto con otros servicios (escolar, terapia previa, denuncias)

Y lo más importante: Los médicos, generalmente, no inventan explicaciones emocionales porque sí. Si hay angustia, buscan la causa. Si un niño dice que tiene miedo de ver a una persona, no lo diagnostican de “manipulado” o “alienado”, sino que investigan por qué. No invalidan su palabra, la analizan. Y si hay sospecha de abuso, negligencia o maltrato, se activa el protocolo de protección de infancia. No se le impone una narrativa, se le da lugar a la suya.

Sin embargo, en los juzgados, eso sucede todo el tiempo. Basta con que un niño diga que no quiere ver al padre —y que haya una madre que escuche, que sostenga ese límite, que lo acompañe en su malestar— para que, de pronto, un psicólogo o psicóloga con firma y membrete empiece a deslizar la palabra: alienación. A veces no se escribe con todas las letras; a veces se insinúa con frases como “conducta obstructiva de la madre”, “vínculo disfuncional”, “influencia materna negativa”. Pero el resultado es el mismo: se descarta la palabra del niño y se reemplaza por una teoría que justifica desoírlo. Lo que en un hospital se trataría como un síntoma, en el expediente judicial se convierte en prueba contra su madre.

Esa es la diferencia. La medicina trabaja con síntomas, con diagnósticos basados en evidencia, con tratamientos pensados para sanar. En el sistema judicial, en cambio, ciertos profesionales construyen diagnósticos funcionales al proceso, no a la salud. La alienación parental no se diagnostica con criterios clínicos; se deduce. Se infiere. Se “percibe” a partir de la conducta del niño o del tono de la madre. No importa si hay historia de violencia, de negligencia, de abandono afectivo. No importa si hay un trauma que se repite en el cuerpo: vómitos antes de las visitas, pesadillas, regresiones, ataques de ansiedad. Lo que importa es que el niño no quiere ver al padre. Y eso, en lugar de ser una alerta, se convierte en una sospecha.

Entonces el expediente dice “el niño rechaza sin causa aparente” y a partir de ahí se empieza a construir el relato de la alienación. Lo paradójico es que mientras más malestar expresa el niño, más sospechosa se vuelve la madre. Si llora, si se angustia, si se niega, si dice que no, es porque fue manipulada. Nunca porque le duele. Nunca porque recuerda. Nunca porque teme. El cuerpo habla, pero el sistema no lo escucha: lo traduce. La palabra del niño se borra y se reemplaza por una narrativa que tranquiliza a los adultos y ajusta las piezas para que todo encaje. Lo que no encaja, se diagnostica. Y lo que duele, se sospecha.

Así, lo que en salud se trata, en tribunales se castiga. Lo que en un hospital se vería como un llamado de auxilio, en un informe judicial se convierte en estrategia. La madre que protege es vista como hostil. La que acompaña, como invasiva. La que sostiene, como obstructiva. El diagnóstico no aparece para comprender, sino para intervenir. No se usa para cuidar al niño, sino para disciplinar a la madre.

Porque el sistema no necesita médicos, necesita legitimaciones. No busca síntomas, busca relatos que cuadren. Y entonces alienación parental se convierte en la herramienta perfecta: no necesita pruebas objetivas, no exige evidencia, no requiere evaluación clínica profunda. Solo necesita que un niño diga algo que incomoda. Y que un adulto quiera silenciarlo.

Lo más trágico de todo esto es que, si ese mismo niño con los mismos síntomas hubiera ido a una guardia pediátrica, habría recibido atención. En cambio, en el juzgado, recibe castigo. El cuerpo duele, pero el expediente no lo nombra. El niño habla, pero su palabra se interpreta como producto de otro. La madre sostiene, y por eso mismo, es acusada.

Ningún niño sale como "alienado" de un hospital. 

Pero del juzgado, sí. 

Y pocos se inmutan. Demasiado silencio alrededor de tanta catástrofe.

Isabel  Salas 

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