lunes, 20 de abril de 2026

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DE CRIAR EN PAREJA

La crianza no necesita patriarcado: necesita soporte

 

La maternidad humana exige años de cuidado intensivo y esto lo sabemos todos. No hablamos de unos pocos meses, sino de un periodo prolongado de dependencia en el que los niños necesitan presencia, protección, alimento, regulación emocional y continuidad afectiva. Desde un punto de vista biológico, eficaz y práctico eso significa una sola cosa: que ninguna madre debería sostener sola toda la carga de la crianza sin una estructura de apoyo.

Esa necesidad de soporte es real, sin embargo la forma que se adoptó para resolverla no tiene porqué ser la mejor en todos los casos.

En lugar de permitir que las mujeres organizaran redes propias de cuidado, alianzas entre madres, estructuras de apoyo entre iguales o formas extensas de crianza, la historia consolidó el modelo de la familia patriarcal. Esto no fue resultado espontáneo de la naturaleza, sino como una forma de gestión social que resolvía al mismo tiempo varios intereses masculinos y estatales. Garantizaba control sexual sobre la mujer, filiación para el varón, administración de herencias, orden social y reproducción estable de la autoridad.

La madre necesitaba ayuda, sí. Pero la ayuda le fue concedida bajo condiciones. No en sus términos, sino en términos ajenos. El precio del soporte fue la subordinación.

Por eso conviene hacer una distinción importante: que la crianza humana no pueda sostenerse en aislamiento no significa que la única salida posible sea la familia tradicional. Significa solo que hace falta apoyo suficiente. Ese apoyo podría haberse organizado de muchas otras maneras y siempre estamos a tiempo de hacerlo.

De hecho, el mundo mamífero muestra una variedad mucho más amplia de lo que nuestra cultura está dispuesta a admitir. En muchas especies las hembras crían solas. En otras, crían en red con otras hembras. A veces hay cooperación; a veces hay defensa feroz del territorio materno; a veces el macho está ausente y a veces incluso representa una amenaza para la cría. Lo constante no es la pareja, sino la necesidad de que la cría llegue viva y suficientemente protegida al siguiente umbral de desarrollo.

Eso desmonta una ficción muy arraigada: la idea de que la familia nuclear heterosexual, estable y jerárquica es el destino natural de la especie. No lo es. Es una solución histórica concreta, convertida después en moral, en ley y en costumbre. Y como suele pasar con las construcciones de poder, terminó presentándose como si hubiera caído del cielo o brotado del bosque.

La verdadera pregunta, entonces, no es si es mejor criar con pareja o sin pareja. Esa formulación ya viene trucada. La pregunta real es otra: ¿por qué se impuso como norma un modelo que servía al hombre y al Estado más que a la madre y al hijo?

Y todavía hay una pregunta más incómoda: ¿qué pasaría si las mujeres pudieran organizar la crianza desde sus propios términos, sin pasar por el filtro del patriarcado legal, económico y afectivo?

Pensar eso obliga a salir del imaginario romántico que ha gobernado durante siglos nuestra idea de familia. Obliga también a revisar la idea de maternidad domesticada, siempre mediada por la pareja, por la institución y por una moral que celebra la entrega femenina, pero desconfía de la autonomía materna. En ese sentido, hay una imagen especialmente poderosa: las mujeres somos más como osas que como gaviotas.

La frase incomoda porque destruye de una sola vez siglos de literatura sentimental y pedagogía burguesa. La osa no negocia su instinto para encajar en un ideal de familia. No necesita el decorado conyugal para legitimar el vínculo con su cría. Cría, protege, vigila y, si percibe amenaza, responde. Su vínculo no es contractual ni ornamental sino es visceral. Lo que yo suelo llamar cardiocontrato.

No se trata de romantizar el mundo animal, como si una osa fuera a venir a darnos teoría política entre salmones. Se trata de recordar algo más elemental: la dependencia de la cría no obliga por sí misma a un modelo patriarcal de organización. Obliga a soporte. Nada más. Lo demás fue una decisión histórica, jurídica y cultural.

Por eso la idea de una familia matriarcal no debe leerse como fantasía ni como nostalgia tribal. Es una posibilidad social perfectamente pensable: redes de mujeres que organizan el cuidado, sostienen la crianza, protegen a los hijos y distribuyen la carga material y afectiva sin que todo dependa de la figura masculina central. Y eso no significa caos. Tampoco significa orfandad afectiva. Significa otra arquitectura del cuidado.

De hecho, muchas mujeres ya están reconstruyendo esas redes, incluso sin nombrarlas así. Lo hacen cuando crían con sus madres, con sus hermanas, con amigas, con vecinas, con otras madres, con apoyos elegidos y no impuestos. Lo hacen por necesidad, por intuición o por pura supervivencia. No siempre hay teoría política detrás. A veces solo hay cansancio, lucidez y una pregunta brutal: si el modelo prometía protección, ¿por qué nos deja a tantas madres tan solas?

Ese quizá sea el punto más importante. La familia patriarcal se presentó como refugio, pero con demasiada frecuencia ha funcionado como encierro, dependencia o chantaje. Y mientras tanto, cualquier alternativa construida por mujeres ha sido descrita como carencia, desviación o amenaza al orden natural. Qué casualidad tan eficiente. Casi como si el “orden natural” llevara firma, sello y notario.

Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos que la crianza no necesita patriarcado. Necesita tiempo, recursos, comunidad y protección real. Necesita un entorno que sostenga a la madre para que la madre pueda sostener al hijo. Todo lo demás (la forma jurídica, la moral de pareja, la liturgia de la familia ideal) pertenece más a la historia del poder que a la historia del cuidado.

Isabel Salas 


 

martes, 14 de abril de 2026

DEL DICHO AL HECHO VA MUCHO TRECHO

 El peligro de las leyes "bien intencionadas"


Desde hace años observamos con inquietud cómo ciertos conceptos entran en los juzgados con una facilidad alarmante. Dos de ellos son la alienación parental y la violencia vicaria. Se invocan en procedimientos, informes periciales y resoluciones judiciales con una soltura que debería preocuparnos mucho más de lo que preocupa.

En Brasil, por ejemplo, existe desde 2010 una ley de alienación parental. Yo misma fui acusada en un tribunal brasileño al amparo de esa norma. Sobre el papel, la ley se presenta como neutral y supuestamente pretende proteger a los niños cuando uno de los progenitores obstaculiza el vínculo con el otro. Pero una ley no se mide solo por cómo está escrita, sino por cómo se aplica y contra quién termina operando. Y ahí es donde empiezan las preguntas incómodas.

La alienación parental no nació como ley. Antes fue presentada como un supuesto síndrome, luego pasó a informes periciales, después perdió el nombre de “síndrome” para convertirse en una categoría más difusa, y finalmente llegó a los tribunales y al derecho positivo. Debemos prestar mucha atención a ese recorrido , porque muestra cómo una idea discutible puede adquirir apariencia de verdad jurídica simplemente por repetición institucional.

Mi temor es que la violencia vicaria siga el mismo camino: primero concepto social, psicológico o mediático, luego categoría jurídica, después fundamento de resoluciones y quizá mañana ley. Y una vez que algo entra en el derecho positivo, deja de discutirse y empieza a aplicarse.

El problema de fondo no está solo en los nombres. Está en lo que esos nombres permiten. En muchos casos, tanto la llamada alienación parental como la violencia vicaria describen conductas humanas miserables, por supuesto, pero no nuevas: venganza, rencor, manipulación, resentimiento, celos, malmeter contra el otro progenitor. Eso ha existido siempre.

Antes a esas acciones se las llamaba por su nombre. Hoy se las recubre con etiquetas técnicas, psicológicas o jurídicas. Y ahí está el punto central: los tribunales no deberían juzgar pecados; deberían juzgar delitos.

La envidia, el rencor, la venganza, hablar mal del otro, manipular emocionalmente o ser una mala pareja son conductas moralmente reprobables. Pero no todo lo reprobable es delito, ni todo conflicto familiar debería convertirse en materia de intervención judicial. Cuando el juzgado y sus empleados empiezan a valorar emociones, estilos de crianza, disposiciones afectivas o perfiles psicológicos, dejan de juzgar hechos concretos y empiezan a juzgar la vida privada. Actúan como "sacerdotes judiciales" y ni siquiera parecen darse cuenta.

Me recuerdan a esos otros, que en países lejanos e innombrables, juzgan lo bien o mal colocados que están los velos. 

Cuando jueces, peritos, psicólogos y trabajadores sociales  pasan a actuar como una especie de tribunal moral, estamos en el mal camino. Deciden alegremente quién es mejor madre, quién coopera más, quién influye más en el niño, quién presenta el perfil más aceptable. Ya no se juzgan conductas punibles: se juzgan vínculos, emociones y biografías.

Alrededor de estos procesos crece toda una estructura profesional que vive del conflicto: informes, contrainformes, evaluaciones, mediaciones, coordinaciones parentales, terapias, cursos y nuevas pericias. Cuanto más largo y complejo es el procedimiento, más intervenciones se justifican. Y en medio de todo eso, el niño queda atrapado.

Por eso quizá la pregunta importante no sea si necesitamos más categorías, más síndromes o más figuras jurídicas. Quizá la pregunta correcta sea otra: cómo proteger de verdad el vínculo más importante que todos los seres humanos tenemos, el que existe entre madre e hijo. Y cómo protegerlo para que no pueda romperse con tanta facilidad por decisión judicial.

Mi postura es clara,  los tribunales no deberían juzgar pecados. Deberían juzgar delitos. Y el vínculo materno-filial no debería romperse salvo en casos extremos y verdaderamente graves

En instagram, @nadiemepregunto.blog hay algunos videos sore el tema si te interesan. 

miércoles, 1 de abril de 2026

TONTO DEL HABA

Una pequeña historia del ridículo con premio dentro



Hay insultos que parecen fruto de un largo proceso filosófico, pero en realidad nacen de algo bastante más humano: una fiesta, un pastel y la necesidad colectiva de señalar a un desgraciado para reírse un rato. Lo que ahora llamamos  bulling, como si acosar o reírse de otros, fuera algo nuevo, es precisamente,  el origen de la popular expresión “tonto del haba”.

La expresión pertenece al español coloquial y hoy se usa para referirse a alguien ingenuo, torpe o poco espabilado. Pero su origen no está en ninguna teoría sobre la estupidez humana (aunque material no faltaría),  sino en una antigua costumbre festiva europea conocida como "la fiesta del rey del haba".

Durante celebraciones medievales, especialmente en torno a la fiesta de Reyes, era habitual esconder un haba seca dentro de un roscón o pastel. Quien la encontraba era nombrado simbólicamente rey por un día. Hasta aquí, todo parece encantador y envuelto en una mezcla de azar, azúcar y monarquía de juguete, que es probablemente la forma más soportable de monarquía.

Pero la cosa no siempre era tan gloriosa. En algunas versiones de la tradición, quien sacaba el haba no solo recibía la corona imaginaria, sino también alguna pequeña carga como pagar el dulce, cumplir una penitencia o convertirse en el centro de las bromas. Es decir, más que rey, era una especie de bufón, soberano del bochorno. Una figura festiva, sí, pero también un señalado. Uno de esos elegidos por el destino para descubrir que la gloria popular dura aproximadamente lo mismo que una risa mal contenida.

Y ahí empieza el giro interesante.

Con el tiempo, esa figura del que “sacaba el haba” dejó de verse solo como el afortunado del sorteo y empezó a asociarse con alguien que quedaba en evidencia, expuesto o ridiculizado. No era exactamente el héroe de la jornada, sino más bien el pobre individuo al que el azar servía en bandeja para la diversión ajena. El paso de ahí a la burla verbal era casi inevitable, porque el lenguaje popular, cuando encuentra una víctima cómoda, no suelta la presa.

Así fue como la expresión fue desplazándose hacia un sentido despectivo. “Ser el del haba” pasó a equivaler, poco a poco, a ser el ingenuo, el que cae, el que no se entera, el que hace el papelón sin necesidad de ensayo previo. Y de ese uso acabó cristalizando la forma que hoy conocemos de  “tonto del haba”.

El haba, conocida en estas tierras hispanoamericanas como chaucha,  traía detrás una larga carrera simbólica. En distintas tradiciones europeas, se utilizaba como marca de sorteo o señalamiento. Servía para elegir a alguien: a veces para un honor provisional, a veces para cargarle una tarea, y a veces (como suele ocurrir en las mejores costumbres humanas)  para mezclar ambas cosas y dejarlo en una situación ambiguamente humillante. El haba era más que una legumbre; era una forma rudimentaria de decir "te ha tocado a ti". 

Y todos sabemos que esa frase rara vez anuncia algo bueno, se parece demasiado a esa otra de "alguien se tiene que sacrificar". De ahí que terminara ligada a la idea de quedar señalado. No necesariamente culpable, no necesariamente inferior, pero sí expuesto. Y en la imaginación popular, del expuesto al ridículo hay apenas un empujoncito.

Y la lengua lo dio encantada pues gran parte del humor social consiste en agradecer secretamente que el haba le haya tocado a otro.

Estamos ante una joya del idioma al mismo tiempo popular, cruel y sorprendentemente elegante. 

Quirúrgica.😊😊😊

Como las bombas.

 Isabel Salas  


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VULNERACIÓN ONTOLÓGICA FILIO-MATERNA

Una nueva categoría crítica para el análisis del potencial daño institucional a la relación madre-hijo, y por tanto a ambos sujetos, al hijo...