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domingo, 28 de junio de 2026

LA CATEGORÍA DE MATERFIESTO



Me alegra comprobar que Materfiesto no entra limpio en ninguna de las casillas disponibles. Y eso, más que un defecto, como me han querido hacer ver, es parte de su fuerza.

Se aleja de la autobiografía, aunque nazca de mi historia personal y desde luego no es ensayo jurídico, aunque formule una categoría jurídica. Está muy lejos de ser un libro religioso, aunque tiene una lectura espiritual y bíblica, simplemente porque yo misma tengo una dimensión espiritual que no siento necesidad de esconder. Podría parecerle a algunos un libro feminista convencional, pero hace críticas al feminismo institucional y habla de mujeres desde el cuerpo, la maternidad y el pode, no de las auto percepciones.

Me han reprochado que es un libro “anti familia”, porque no parte de la familia como institución sagrada, sino de la madre y el hijo como vínculo anterior a la familia. Y porque habla del apego, del cuerpo, del niño y de la separación quieren encasillarlo en libro de crianza.  

Mi libro tampoco es panfleto político, aunque tiene una tesis política radical y cada vez me divierto más defendiéndola.

El problema de catalogación viene porque cada lector intenta llevarlo a su campo. El jurista ve derecho de familia. El psiquiatra ve apego y daño. El cristiano ve batalla espiritual. El periodista ve mi caso. La feminista ve una disputa con el feminismo. El conservador puede creer que es defensa de la familia. El progresista puede creer que es crítica de la biotecnología. Pero el libro no es exactamente ninguna de esas cosas. Las atraviesa. Y esto termina pareciendo aquella fiesta de Sabina en la que estaban todos menos yo, 

La categoría más aproximada que se me ocurre sería manifiesto político-jurídico-espiritual sobre la maternidad como origen humano y sobre su captura institucional.

Lo malo es que eso no existe como estante en una librería.

También es difícil de catalogarme a mí, porque el sujeto que habla no es el sujeto típico del ensayo moderno. No habla la académica neutral, ni la víctima testimonial, ni la militante de partido, ni la experta institucional (Dios me libre)  ni la terapeuta, ni la teóloga. Habla una madre. Pienso desde  una experiencia muy dolorosa, pero no me quedé en la herida calladita y guapa como solemos gustar más.

Esta voz es incómoda porque no he pedido permiso al campo académico, ni al feminismo, ni al derecho, ni a la Iglesia, ni al Estado ni a nadie.

No se me olvidó hacerlo. Simplemente me lo di yo misma. 

Y hay otro punto, Materfiesto mezcla niveles que normalmente se mantienen separados. Une biología con derecho, derecho con teología, teología con política, política con experiencia judicial, experiencia judicial con historia de Occidente, historia de Occidente con subrogación, alienación parental, Estado moderno y Apocalipsis. Esa mezcla desconcierta porque obliga a leer la maternidad no como tema privado, sino como eje civilizatorio o el caos de mi mente.

El libro completo dice algo muy difícil y concreto

"Quien controla el vínculo madre-hijo controla el origen humano"

Esa es la razón de fondo por la que cuesta catalogarlo. No está discutiendo una política pública aislada. Está tocando el punto donde se cruzan cuerpo, filiación, Estado, mercado, derecho, religión, tecnología y poder.

Es difícil de catalogar porque no es solo un libro sobre mi caso, ni solo un libro sobre madres, ni solo un libro jurídico, ni solo un libro espiritual. 

Es un libro sobre el origen humano como territorio de disputa. Y eso no tiene una categoría editorial cómoda.


jueves, 19 de febrero de 2026

POSIBLE CRÍTICA A LA JURISDICCIÓN MATERNA


 
Una de las críticas más previsibles que van a hacerle a Materfiesto es esta: que, al hablar de jurisdicción materna, estaría proponiendo una especie de zona extrajurídica, un territorio sin garantías, sin control y sin protección frente a abusos.

No. Eso no es lo que digo.

No afirmo en ningún momento que todo deba existir fuera de la ley. Lo que afirmo es algo mucho más simple y, al parecer, mucho más difícil de tolerar para ciertas mentalidades jurídicas: el vínculo materno-filial no nace de la ley. Y, por tanto, la ley no debería fingir que lo crea, lo reparte o lo sustituye.

Esa diferencia es toda la batalla.

La ley no crea a la madre ni al hijo. La ley no inventa la gestación, el parto, la dependencia radical del recién nacido ni el vínculo que se forma entre quien lo ha llevado dentro de su cuerpo y la criatura que nace de él. Como mucho, la ley puede hacer tres cosas frente a ese vínculo: reconocerlo, protegerlo o violentarlo.

Mi crítica empieza cuando el Estado deja de reconocer ese límite y se arroga el derecho a administrarlo como si fuera suyo.

Repito, para que no haya excusas: no propongo una zona sin ley. Digo que el vínculo materno-filial no nace del derecho, y que cuando el derecho olvida eso, deja de proteger y empieza a intervenir, fragmentar o usurpar.

Esto no convierte mi posición en antiinstitucional, como algunos intentarán decir con ese entusiasmo tan automático por la caricatura fácil. Lo que cuestiono no es la existencia de instituciones, sino la pretensión del Estado de comportarse como fuente originaria de una relación que lo precede.

Hay una diferencia radical entre proteger frente al abuso y apropiarse del vínculo.

Sé perfectamente cuál será la objeción instantánea: entonces también habría abusos sin control. Y la respuesta es muy sencilla. Precisamente por eso hay que distinguir entre ambas cosas. Yo no discuto la necesidad de límites frente al daño. No discuto que haya situaciones extremas en las que deba intervenirse. Lo que discuto es la ficción de que el Estado sea el verdadero titular de una relación que no ha creado.

Porque en cuanto el Estado se coloca en ese lugar, ya no actúa como límite frente al abuso, sino como administrador soberano de la vida ajena. Y ahí empieza el problema.

Lo que digo es, en el fondo, bastante sobrio: la ley solo es legítima cuando reconoce que hay realidades humanas anteriores a ella. Cuando desconoce ese límite y administra el vínculo materno-filial como si fuera propio, deja de proteger y empieza a violentar.

No es lo mismo protección que usurpación.

Y conviene recordarlo, porque vivimos en una época en la que todo poder quiere parecer razonable mientras invade. Todo se hace “por el bien del menor”, “por equilibrio”, “por garantías”, “por interés superior”, “por orden público”. El lenguaje cambia, la operación es la misma: desplazar a la madre del lugar originario del vínculo y sustituir esa realidad por una red de decisiones externas, técnicas, judiciales o burocráticas.

Yo no estoy diciendo que no existan límites. Estoy diciendo que el límite no puede consistir en fingir que la ley funda lo que solo puede reconocer.

Eso es lo que muchos no van a soportar: que una madre en voz alta que no todo lo humano nace con permiso del Estado ni a partir de dicho permiso.

 Isabel Salas 

DESEO DE SER MADRE

  ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener? La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas. N...