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viernes, 2 de enero de 2026

LA NUEVA RELIGIÓN VERDE

Fe verde: cuando comprar sustituye a creer.

 Puede que las religiones organizadas y el ecologismo de consumo parezcan mundos distintos pero son primos hermanos. Uno huele a incienso, el otro a suavizante biodegradable. Uno predica desde púlpitos milenarios; el otro, desde etiquetas compostables. Pero si observamos con cuidado —no con los ojos, sino con esa parte incómoda que aún duda—, lo que se esconde detrás de ambos son los mismos mecanismos: la necesidad humana de redención y el miedo a ser juzgados por una deidad que conoce todos nuestros secretos.

En la religión, naces con pecado o estás destinado a errar por tu propia naturaleza humana. No importa lo que hagas, lo arrastras como sombra heredada. En el mundo verde, naces contaminando. Antes de que respires, comas o te muevas, ya estás dejando una huella y el ticket del mercado lo sabe. Ambos tienen formas distintas de recordarte que existes en deuda. Y si estás en deuda, te toca pagar. Con rezos, penitencias, diezmos o con bolsas de tela. Con confesiones o con café orgánico. Lo importante no es el acto, sino la idea de que, al hacerlo, te acercas un poco más al perdón.

Las compras "ecológicas" no son decisiones racionales. Son penitencias dulces, actos de contrición con ticket y código QR. No salvan el planeta, pero te permiten dormir. No modifican el sistema, pero calman el alma. Y si eso no es un ritual, ¿qué lo es?

Como en cualquier religión, también hay comunidad. Una tribu de los puros, los que eligen con conciencia, los que separan residuos con devoción y se indignan cuando otros usan sorbetes de plástico. Porque no basta con hacer lo correcto. Hay que mostrarlo. Hay que ser visto haciéndolo. El infierno, en este credo, no está en el más allá, sino en la góndola equivocada. Y nadie quiere pertenecer al bando de los contaminantes, de los que compran barato. El band de lo irresponsables que aún no han sido tocados por la iluminación verde.

El miedo funciona igual. Ayer ardías por los pecados carnales; hoy arderás en sequías, incendios, hambrunas. El colapso ecológico es el nuevo apocalipsis. Si no cambias tus hábitos, si no consumes “mejor”, si no adoptas los rituales del nuevo credo, vendrá el fin. No un castigo divino, sino uno climático. Pero castigo al fin.

La propia Tierra que se defiende de nosotros, el virus más letal. 

Y claro, también hay indulgencias. Antes pagabas por tu lugar en el cielo; hoy pagas un extra por tu café justo, por tu vuelo “compensado”, por tu remera con certificado ético. Porque nada dice “he aprendido mi lección” como una compra con remordimiento incluido. Plantas un árbol, respiras aliviado. No importa si tu estilo de vida es supuestamente insostenible: hay apps que hacen el trabajo sucio por ti. Lo importante es que pagues por tu culpa, y que alguien lo note y te felicite.

Por supuesto, todo relato de salvación necesita un elementos mesiánicos. Y este también los tiene. A veces es un coche eléctrico. A veces, un nuevo material. Una innovación que promete redimirnos del desastre sin pedirnos demasiado cambio. Porque el verdadero cambio —el que implicaría tocar los privilegios de los megaricos, revisar los modelos, alterar la lógica del consumo— sigue fuera de debate. Más cómodo esperar al Mesías verde. Más fácil confiar en que algo vendrá a salvarnos, sin que tengamos que movernos demasiado del lugar que ocupamos.

Y en el fondo, todo esto se sostiene igual que las viejas religiones: en gestos rituales cotidianos, en prácticas repetidas, en la calma de cumplir con lo que se espera. Separar basura. Llevar tu propia botella. Decir “no, gracias” a la bolsa del mercado y sacar la tuya, de tela, de tu bolsillo.

Ritos inofensivos que construyen identidad y promueven obediencia. Porque aceptas que no se trata de transformar la estructura. Se trata de no ser parte del problema. O al menos, de no parecerlo.

Pero detengámonos. Vamos a desnudar el truco. Vamos a quitarle la capa de fe y verlo por lo que es: política encubierta de consumo. ¿Qué pasaría si en lugar de vender redención simbólica empezáramos a exigir transformaciones reales? Spoiler: se acaba la fiesta de las indulgencias verdes.

Porque si en vez de apuntar al consumidor que usa pajitas, señalamos directamente a las industrias responsables del 70 % de las emisiones, el relato se vuelve incómodo. No vende bolsas, no promueve marcas. Pero ilumina lo que importa: quién manda y a quién se protege.

Si en lugar de vender café “ético” a sobreprecio, regulamos las prácticas agrícolas y prohibimos pesticidas devastadores, el café estándar ya sería decente por obligación, no por etiqueta mágica. Eso recortaría márgenes. No interesa.

Si se dejara de prometer salvación en forma de producto y se actuara con política real —menos transporte absurdo, menos producción globalizada, más urbanismo pensado para vivir sin coche—, el resultado sería claro: menos consumo. Menos volumen. Y eso, en un sistema que vive de vender más cada año, es blasfemia.

Si en vez de hojitas en los envases usáramos impuestos proporcionales a la huella real, un vuelo barato dejaría de serlo. Un alimento hiperviajado pagaría el precio ecológico que ahora se disimula. Sería justo, pero sería impopular. Porque exigir justicia cuesta más que vender diseño.

Y si dejáramos de aplaudir al consumidor virtuoso y empezáramos a formar ciudadanos exigentes, dejaríamos de esperar milagros tecnológicos. No más milagros eléctricos ni promesas de plástico reciclable. Habría que hablar de límites. De redistribución. De decrecimiento. Habría que aceptar que tal vez no se trata de cambiar de producto, sino de cambiar de sistema. Solo por apuntar unos datos de la realidad, recordemos las seis industrias más contaminantes del planeta que se destacan por su alto impacto ambiental debido a sus procesos productivos intensivos y poco sostenibles. 

La industria petrolera lidera como la principal emisora de gases de efecto invernadero, debido a la extracción, refinación y quema de combustibles fósiles que alteran el clima global. Le sigue la industria textil y de la moda, que opera bajo un modelo de producción acelerado (fast fashion), generando grandes volúmenes de residuos, consumo excesivo de agua y liberación de sustancias químicas tóxicas. La industria cerámica y de construcción, especialmente la que utiliza hornos tipo colmena, emite contaminantes atmosféricos como partículas y gases nocivos durante la cocción de arcilla. Por su parte, la industria papelera libera contaminantes como dióxido de azufre (SO₂) y óxidos de nitrógeno (NO₂) desde sus calderas, afectando la calidad del aire. La industria farmacéutica contamina a través de aguas residuales que contienen compuestos emergentes difíciles de eliminar, como antibióticos y hormonas, los cuales alteran ecosistemas acuáticos. Finalmente, la industria alimentaria y de bebidas, aunque menos visibilizada, genera un gran volumen de residuos sólidos y líquidos, y es una de las principales consumidoras de maquinaria intensiva en energía y recursos, contribuyendo de forma significativa a la huella ambiental global.

Pero eso no cabe en una etiqueta.

Ni en una campaña de marketing.


Isabel Salas 

sábado, 11 de octubre de 2025

COMPRA VERDE Y REZA EN SILENCIO


Vivimos en una época muy peculiar: la del capitalismo con cara de conciencia. Y la conciencia, como la paloma que soltó Moisés después del diluvio, también trae una ramita en el pico. Hoy basta con que un producto lleve una hojita dibujada o una etiqueta color tierra para que te sientas parte de algo superior. No hace falta entender cómo funciona el sistema ni cuestionar quién lo sostiene. Con cambiar de marca, alcanza. Compras el mismo detergente, pero ahora dice "eco-friendly", y de golpe ya no estás lavando ropa: estás salvando el planeta.

La idea es seductora. Tiene ritmo, es fácil de recordar y huele bien. Literalmente. Porque todo lo “verde” viene perfumado de bosque y tipografías suaves, como si el planeta pudiera curarse con un jabón biodegradable o una tote bag con frase inspiradora. Lo importante no es lo que compras, sino lo que crees que estás haciendo cuando lo haces. Y tú crees que haces algo bueno. O al menos, mejor.

Pero el mundo no se salva desde un carrito de compras. Y lo sabes. Lo sabes cuando apagas el documental y sigues scrollando, cuando lees sobre incendios y microplásticos y luego eliges yogur con envase compostable como si eso hiciera alguna diferencia. Lo sabes, pero necesitas creer que algo depende de ti. Porque si no, ¿qué queda? ¿Enfrentarse a los políticos y a las grandes corporaciones que están favoreciendo este desastre? ¿La impotencia al comprender quienes se benefician cuando desaparece un bosque y "aparece una mina"? ¿Obligarte a creer que los molinos eólicos son más verdes que los olivos?

Entonces eliges creer. Te tragas el discurso como se tragan las pastillas que no curan, pero calman. Aquellas que venden en l farmacia cerca de la casa de Sabina, las de no soñar. Y otras que vienen disueltas el zumo orgánico, las de no preguntar.

Porque el consumo verde no es un acto político: es un placebo emocional. No está diseñado para modificar el sistema, sino para anestesiar tu conciencia. No te invitan a consumir menos, ni a rebelarte, ni a exigir responsabilidades. Te ofrecen otra cosa: la tranquilidad de seguir igual, pero con mejor envoltorio y con la conciencia tranquila de quien sabe que está "haciendo su parte".

Te dicen que compres distinto, no que vivas distinto. Que elijas otra botella, no otro modelo de sociedad. Que pongas tu esperanza —y tu dinero— en marcas que han aprendido a venderte no soluciones, sino absoluciones.

Es brillante. En vez de frenar el consumo, lo reconfiguran. Lo convierten en identidad, en virtud, en pertenencia. Ya no importa cuánto consumes, sino cómo lo consumes. Y si es con la etiqueta correcta, entonces estás del lado bueno de la historia. O eso te dicen. Y tú lo repites.

La culpa es un gran negocio. Y la ecológica, más. Porque es silenciosa, constante, y no necesita pruebas. Te la activan con imágenes de osos polares y niños descalzos, y te la calman con un desodorante sin aluminio. Así, el sistema te golpea con una mano y te consuela con la otra. Es un abuso emocional empaquetado en celulosa reciclada.

¿Y mientras tanto? Las grandes corporaciones siguen. Los océanos se llenan de basura. Los bosques se talan. Las emisiones no disminuyen porque tú cambiaste de champú. Porque tú no eres el problema. Pero te hacen sentir que haces algo. Aunque sea simbólico. Aunque sea insuficiente.

La trampa está ahí: en convencerte de que la solución está en tu carrito y no en los tratados internacionales que nunca se firman, ni se cumplen aunque se firmen. En los subsidios a industrias contaminantes que nadie menciona, en los gobiernos que legislan para las petroleras mientras tú eliges entre dos botellas con distinta paleta de verdes.

No es casual que todo esto funcione. Está cuidadosamente calculado. Los ingenieros sociales nos conocen muy bien. Las campañas no apelan a la razón. Apelan al miedo, a la necesidad de pertenencia, al deseo de estar a salvo —aunque sea solo moralmente. Porque si compras lo correcto, entonces no eres como los otros. No eres como ese que sigue usando bolsas plásticas o come carne en envases de unicel. Tú eres mejor. O al menos, te lo parece.

Pero la verdad es incómoda. No hay consumo, o falta de consumo, que salve al mundo. No hay elección individual que compense la inacción estructural. No hay tote bag que limpie océanos. Lo que hay es un sistema que encontró la forma perfecta de seguir igual mientras te convence de que tú estás cambiando algo.

Y eso, dicho sin poesía ni tipografía amigable, es la famosa cuesta abajo sin frenos por la ladera de una montaña de la Cordillera del Basural. Una de tantos ochomiles donde se pierden los alpinistas.

Al menos sus deditos son biodegradables. Disculpen el humor inclusivo.

Isabel Salas


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