La crianza no necesita patriarcado: necesita soporte
La maternidad humana exige años de cuidado intensivo y esto lo sabemos todos. No hablamos de unos pocos meses, sino de un periodo prolongado de dependencia en el que los niños necesitan presencia, protección, alimento, regulación emocional y continuidad afectiva. Desde un punto de vista biológico, eficaz y práctico eso significa una sola cosa: que ninguna madre debería sostener sola toda la carga de la crianza sin una estructura de apoyo.
Esa necesidad de soporte es real, sin embargo la forma que se adoptó para resolverla no tiene porqué ser la mejor en todos los casos.
En lugar de permitir que las mujeres organizaran redes propias de cuidado, alianzas entre madres, estructuras de apoyo entre iguales o formas extensas de crianza, la historia consolidó el modelo de la familia patriarcal. Esto no fue resultado espontáneo de la naturaleza, sino como una forma de gestión social que resolvía al mismo tiempo varios intereses masculinos y estatales. Garantizaba control sexual sobre la mujer, filiación para el varón, administración de herencias, orden social y reproducción estable de la autoridad.
La madre necesitaba ayuda, sí. Pero la ayuda le fue concedida bajo condiciones. No en sus términos, sino en términos ajenos. El precio del soporte fue la subordinación.
Por eso conviene hacer una distinción importante: que la crianza humana no pueda sostenerse en aislamiento no significa que la única salida posible sea la familia tradicional. Significa solo que hace falta apoyo suficiente. Ese apoyo podría haberse organizado de muchas otras maneras y siempre estamos a tiempo de hacerlo.
De hecho, el mundo mamífero muestra una variedad mucho más amplia de lo que nuestra cultura está dispuesta a admitir. En muchas especies las hembras crían solas. En otras, crían en red con otras hembras. A veces hay cooperación; a veces hay defensa feroz del territorio materno; a veces el macho está ausente y a veces incluso representa una amenaza para la cría. Lo constante no es la pareja, sino la necesidad de que la cría llegue viva y suficientemente protegida al siguiente umbral de desarrollo.
Eso desmonta una ficción muy arraigada: la idea de que la familia nuclear heterosexual, estable y jerárquica es el destino natural de la especie. No lo es. Es una solución histórica concreta, convertida después en moral, en ley y en costumbre. Y como suele pasar con las construcciones de poder, terminó presentándose como si hubiera caído del cielo o brotado del bosque.
La verdadera pregunta, entonces, no es si es mejor criar con pareja o sin pareja. Esa formulación ya viene trucada. La pregunta real es otra: ¿por qué se impuso como norma un modelo que servía al hombre y al Estado más que a la madre y al hijo?
Y todavía hay una pregunta más incómoda: ¿qué pasaría si las mujeres pudieran organizar la crianza desde sus propios términos, sin pasar por el filtro del patriarcado legal, económico y afectivo?
Pensar eso obliga a salir del imaginario romántico que ha gobernado durante siglos nuestra idea de familia. Obliga también a revisar la idea de maternidad domesticada, siempre mediada por la pareja, por la institución y por una moral que celebra la entrega femenina, pero desconfía de la autonomía materna. En ese sentido, hay una imagen especialmente poderosa: las mujeres somos más como osas que como gaviotas.
La frase incomoda porque destruye de una sola vez siglos de literatura sentimental y pedagogía burguesa. La osa no negocia su instinto para encajar en un ideal de familia. No necesita el decorado conyugal para legitimar el vínculo con su cría. Cría, protege, vigila y, si percibe amenaza, responde. Su vínculo no es contractual ni ornamental sino es visceral. Lo que yo suelo llamar cardiocontrato.
No se trata de romantizar el mundo animal, como si una osa fuera a venir a darnos teoría política entre salmones. Se trata de recordar algo más elemental: la dependencia de la cría no obliga por sí misma a un modelo patriarcal de organización. Obliga a soporte. Nada más. Lo demás fue una decisión histórica, jurídica y cultural.
Por eso la idea de una familia matriarcal no debe leerse como fantasía ni como nostalgia tribal. Es una posibilidad social perfectamente pensable: redes de mujeres que organizan el cuidado, sostienen la crianza, protegen a los hijos y distribuyen la carga material y afectiva sin que todo dependa de la figura masculina central. Y eso no significa caos. Tampoco significa orfandad afectiva. Significa otra arquitectura del cuidado.
De hecho, muchas mujeres ya están reconstruyendo esas redes, incluso sin nombrarlas así. Lo hacen cuando crían con sus madres, con sus hermanas, con amigas, con vecinas, con otras madres, con apoyos elegidos y no impuestos. Lo hacen por necesidad, por intuición o por pura supervivencia. No siempre hay teoría política detrás. A veces solo hay cansancio, lucidez y una pregunta brutal: si el modelo prometía protección, ¿por qué nos deja a tantas madres tan solas?
Ese quizá sea el punto más importante. La familia patriarcal se presentó como refugio, pero con demasiada frecuencia ha funcionado como encierro, dependencia o chantaje. Y mientras tanto, cualquier alternativa construida por mujeres ha sido descrita como carencia, desviación o amenaza al orden natural. Qué casualidad tan eficiente. Casi como si el “orden natural” llevara firma, sello y notario.
Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos que la crianza no necesita patriarcado. Necesita tiempo, recursos, comunidad y protección real. Necesita un entorno que sostenga a la madre para que la madre pueda sostener al hijo. Todo lo demás (la forma jurídica, la moral de pareja, la liturgia de la familia ideal) pertenece más a la historia del poder que a la historia del cuidado.
Isabel Salas

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