La muerte en vida
Nos dicen que lo que no se nombra no existe. No es verdad. Por supuesto que existe. De hecho existen miles de horrores que nunca se nombran.
También se escucha por ahí que hay palabras que simplemente no existen porque, si existieran, habría que hacerse cargo de lo que nombran. O tal vez porque tendrían significados tan tremendos que nos daría vergüenza decirlas en voz alta.
“Madre deshijada” es una de ellas.
Por lo visto, no tenemos nombre para la mujer a la que le arrancan a su hijo mientras siguen vivos los dos. Y no hablo de niños secuestrados para pedir rescate o robados al nacer por vendedores de niños ajenos. Esas madres, víctimas de un crimen, sufren muchísimo, no saben si su hijo sigue vivo y eso matiza su sufrimiento de otras maneras.
Pero la que pierde a su hijo por orden judicial o decisión de los servicios sociales, sí lo sabe.Y sabe dónde está.
La deshijada sigue siendo madre en cada célula del cuerpo y, sin embargo, el sistema que le arranca al hijo se comporta como si esa maternidad se hubiera apagado con una firma.
Una madre deshijada no es una madre sin hijos.
Es una madre con hijos, pero sin derecho a tenerlos cerca, a olerlos, a tocarlos, a protegerlos. Es una madre a la que le han expropiado el ejercicio de la maternidad y le han dejado solo el dolor en propiedad.
La palabra “deshijada” remite a expropiación… y también a flores.
¿Deja de ser flor una flor cuando pierde las hojas, incluso si se las arrancan? No. Incluso cuando arrancamos los pétalos de una margarita para saber si alguien nos quiere o no, lo que tenemos al final es una margarita desbaratada, desmembrada y rota. Pero esos pétalos caídos, que el viento barre, son suyos.
Y ese corazoncito de margarita sin pétalos, sin aroma y sin belleza aparente sigue siendo una flor. Como estas madres de las que hablo, tan madres como todas, pero sin sus hijos.
Escogí “deshijada” porque es una palabra que trae implícita la crueldad, algo roto, algo que está mal: como deshonesto, desnorteado o desentonado.
Es el rastro de lo que hubo: hubo tono, hubo norte, hubo honestidad, hubo hoja, hubo hijo.
Ya no están. Se perdieron todas esas cosas y, cuando a la madre le quitan a sus hijos, también se pierde lo que más ama… y se pierde, de a poco, ella misma.
No hablo de una madre que llora la muerte de un hijo por enfermedad, accidente o guerra —que ya es insoportable—, sino de algo todavía más retorcido: de aquella a quien le quitan al hijo en nombre de la protección, del “interés superior” y con papel timbrado. La madre a la que el Estado le arranca la cría del cuerpo y, encima, le exige que colabore sin gritos ni pataleos.
Eso es ser madre deshijada.
Cada madre deshijada es una prueba viviente de que hemos decidido obedecer más a un papel que a un latido. Que damos más crédito a un informe que a un cuerpo en llanto.
Ella sigue sabiendo qué olor tiene su hijo cuando está enfermo, qué mirada pone cuando tiene miedo, qué tono de llanto significa hambre y cuál significa pánico, qué cosas lo calman y cuáles lo rompen.
El sistema puede deshijarla en los papeles, pero no puede deshacer la arquitectura que la maternidad ha grabado en su sistema nervioso. Esa reconfiguración, esa huella, es precisamente lo que se quiere negar.
Por eso la madre deshijada es peligrosa para los que gestionan el mundo y hacen todo para callarla (“secreto de justicia”), anularla (“está loca”) o desacreditarla (fabuladora). Ella es la prueba viva de que el vínculo materno no es una construcción jurídica, ni un rol intercambiable, ni una performance con género neutro.
Es un hecho biológico, emocional y moral que atraviesa cualquier discurso.
La madre deshijada no es, en sí misma, un problema clínico.
Es una acusación viviente contra un orden social que se permite usar a los hijos como armas, como trofeos, como herramienta de control.
Cuando una madre deshijada ruge, no está delirando.
Está gritando lo que muchos prefieren callar: que se está perpetrando, a cámara lenta, un genocidio del vínculo materno. Un desmantelamiento sistemático de la matriz emocional que sostiene la especie.
Y sí, la deshijada se descompone, se desregula, se vuelve incómoda, se hace ingobernable. Como haría cualquier hembra mamífera a la que le arrancan sus crías.
Dejemos de llamar “protección” a su despojo.
Dejemos de usar su dolor como prueba en su contra.
Escuchemos su rugido como lo que es: la última defensa de la vida contra una maquinaria que se ha deshumanizado.
Y recordemos, la madre sigue siendo madre sin su hijo, pero el hijo sin su madre no puede ser hijo, se convierte en niño suelto, una ramita sin tronco, un niño ajeno. No está huérfano, su madre sigue viva en algún lugar. Pobre hijo.
Tendrá cuidadores más o menos hábiles, comprometidos o cariñosos, pero cualquier identidad construida en el futuro tendrá como base la herida que deja para cualquier hijo ser llevado lejos de su mamá.
Isabel Salas

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