sábado, 1 de agosto de 2026

DESEO DE SER MADRE

 ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener?

La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas.

Nunca han nacido hijos tan deseados como los que nacerían en un mundo donde ninguna mujer fuera obligada a ser madre, ninguna madre fuera obligada a entregar a su hijo y ningún hijo fuera separado de su madre para cumplir el deseo de otros.

La humanidad continúa solo si las mujeres desean continuarla.

Pero... la autonomía materna no termina en el parto.

Desear ser madre no significa únicamente desear un embarazo o un nacimiento. La mujer que desea ser madre quiere recibir a su hijo, verlo crecer a su lado, protegerlo, conocerlo y acompañarlo durante el tiempo en que depende de ella. La maternidad deseada no es un instante biológico aislado sino la voluntad de sostener un vínculo en el tiempo.

Por eso, no existe verdadera libertad reproductiva cuando una mujer puede decidir gestar, pero después vive bajo la amenaza de que una institución intervenga, reparta, condicione o interrumpa la relación con su hijo. La autonomía materna no comienza y termina en el cuerpo embarazado. Continúa en la crianza, en el cuidado cotidiano y en la posibilidad de permanecer junto al hijo sin que ese vínculo sea tratado como una concesión revocable.

Eliminar la tutela ordinaria del Estado no significa abandonar a madres e hijos ni negar que puedan existir situaciones graves. Significa sustituir la vigilancia por apoyo, la amenaza por recursos y la intervención vertical por redes elegidas por la propia madre.

Una madre debería poder designar libremente a las personas de su confianza: familiares, amigas, otras madres, profesionales o miembros de su comunidad. Esa red podría acompañarla durante el embarazo, el posparto, la enfermedad, el agotamiento o cualquier emergencia, sin que pedir ayuda se convierta en una prueba de incapacidad. Porque una sociedad razonable sostiene a quien cuida; no la castiga por necesitar descanso, aunque ese concepto todavía parezca demasiado avanzado para ciertos despachos.

La autonomía materna requiere también recursos independientes del matrimonio. Ninguna mujer debería verse obligada a conservar una pareja por miedo a perder vivienda, ingresos, protección o estabilidad para sus hijos. La pareja puede ser una elección afectiva, pero no debe funcionar como permiso económico para ejercer la maternidad, ni mucho menos imponer custodias compartidas en caso de que el padre desee y merezca compartir la crianza.

El apoyo podría organizarse mediante comunidades maternas, cooperativas, fondos propios, redes de vivienda, centros sanitarios y espacios de cuidado gobernados por las mujeres que los utilizan. Su finalidad no sería vigilar cómo crían, sino garantizar que puedan hacerlo con tranquilidad. La ayuda debe seguir a la madre y al niño, no a un modelo familiar, a una institución religiosa ni a una estructura burocrática.

Cuando exista un conflicto, la primera respuesta debería ser ayudar. La pobreza, el cansancio, la ausencia de pareja, la violencia machista, una forma de vida no convencional o la desconfianza hacia las instituciones no pueden ser confundidos con negligencia. 

Separar a un niño de su madre nunca debería utilizarse como solución administrativa a problemas que podrían resolverse con vivienda, alimento, atención médica, acompañamiento o descanso.

Esto no significa que toda conducta materna sea incuestionable. Las madres son personas y pueden equivocarse, enfermar o causar daño. Pero cualquier intervención externa tendría que ser excepcional, limitada y basada en un peligro grave, inmediato y demostrado. No en prejuicios, diagnósticos ambiguos, desacuerdos sobre la crianza ni conflictos con funcionarios.

La regla debería ser sencilla:

Ayudar primero, intervenir solo ante daño comprobado y separar únicamente como último recurso.

La jurisdicción materna no debe entenderse como propiedad sobre el hijo, sino como responsabilidad originaria hacia él. Nace del vínculo gestacional, del conocimiento corporal, de la continuidad del cuidado y de la dependencia concreta del niño. Precisamente por eso, cualquier intervención que pretenda sustituirla debe justificar de manera extraordinaria su necesidad.

Una mujer que desea ser madre no desea solamente parir.

Desea permanecer y cuidar sin amenazas.

Desea que pedir ayuda no abra un expediente y criar sin tener que demostrar constantemente que merece estar junto a su hijo.

La libertad reproductiva será incompleta mientras una mujer pueda decidir que su hijo nazca, pero no tenga garantizada la continuidad de ese vínculo

Porque la maternidad no termina cuando nace el hijo.

Empezó el día de la concepción de cada hijo y se extiende por el resto de la vida de cada madre.

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