viernes, 29 de mayo de 2026

VULNERACIÓN ONTOLÓGICA FILIO-MATERNA

Una nueva categoría crítica para el análisis del potencial daño institucional a la relación madre-hijo, y por tanto a ambos sujetos, al hijo y a su madre.

 

Materfiesto además de definir la maternidad como una función biológica, plantea varias preguntas incómodas, pero necesarias. Una de ellas sería ¿qué ocurre cuando el Estado interviene en la relación entre una madre y su hijo como si ese vínculo fuera sustituible, administrable o jurídicamente intercambiable?

Durante años, el derecho ha multiplicado etiquetas para nombrar distintas formas de violencia. Sin embargo, sigue sin reconocer con claridad una de las heridas más profundas que puede sufrir un ser humano: la ruptura forzada del vínculo entre una madre y su hijo por decisión institucional. A esa herida propongo llamarla vulneración ontológica filio-materna.

No se trata simplemente de un daño emocional ni de una controversia de custodia. Se trata de una lesión que afecta la base biológica, afectiva y existencial sobre la que se construye la vida de ambos. El vínculo materno-filial no es una ficción cultural ni una preferencia subjetiva: es una realidad corporal, neurobiológica y relacional que el derecho debería reconocer con mucha más prudencia de la que suele mostrar.

Desde esa premisa, el tramo final del libro propone abrir una discusión jurídica y política de fondo: la necesidad de una Ley de Protección del Vínculo Filio-Materno, capaz de poner límites claros a las intervenciones judiciales que lesionan el apego primario sin causa extrema y suficientemente probada.

La propuesta busca recordar que el derecho no crea el vínculo materno, solo puede reconocerlo o dañarlo. Y cuando lo daña en nombre de abstracciones, doctrinas dudosas o decisiones burocráticas, el resultado no es justicia, sino desarraigo.

Por eso, este capítulo final de Materfiesto no funciona solo como cierre de un libro. Funciona también como punto de partida: una invitación a discutir si ha llegado el momento de proteger jurídicamente, de forma expresa, aquello que sostiene la continuidad más elemental de la vida humana.

Hay separaciones que no deberían banalizarse bajo lenguaje técnico. Y vínculos que, antes de ser materia de expediente, son fundamento del ser.

Isabel Salas 

domingo, 17 de mayo de 2026

MATERFIESTO EN MÁLAGA

 


Hace un mes, el pasado 17 de Abril, Materfiesto fue oficialmente presentado en Málaga. El lugar concreto fue una bodega del centro que se llama El Pimpi. Saber que en su momento la propia Gloria Fuertes hizo uso de aquel mismo espacio para hablar de su obra fue un abrazo en mi corazón.

No estuve sola, estuvieron conmigo Carmen Gonzalez, médico malagueña, Enrique Stola, psiquiatra argentino y Tomás Salas, escritor y filólogo español, además de numerosos asistentes, especialmente familiares y amigos que vinieron a acompañarme en ese momento tan especial para mí y para todas las madres que han acompañado el desarrollo de este proyecto.

Mi gratitud a todos ellos. 

Traté de ser clara en lo que expuse aunque sé que solo el tiempo y la lectura minuciosa del libro y del blog hará que se vaya entendiendo lo que realmente digo. Tal vez es demasiada información de golpe, como dijo una de mis amigas presentes o tal vez por escribir de tantos conceptos al mismo tiempo, se exige del lector una especial atención y una apertura de mente que otros textos más ordenados y objetivos no demandan.

Eso nunca me pareció grave pues tengo confianza en la inteligencia humana y su capacidad de ajustarse a diferentes registros. 

Aún así, quiero dejar claro que mi crítica principal no es que el derecho exista sino que  olvide su lugar pues ell derecho no crea a la madre ni crea al hijo. No crea el vínculo. Llega después. Y cuando se atribuye el poder de fundar lo que solo debería reconocer y proteger, se convierte en una máquina de usurpación.

Sea como sea, la misión fue cumplida con éxito. Oficialmente Materfiesto ya está en el mundo volando por su cuenta  y no pide que el derecho invente nada. Pide que deje de negar lo evidente, ya que antes del expediente hay una madre, un hijo y un vínculo

La reseña completa de esta presentación se encuentra en el Diario AS, quien lo desee puede leerla en el link que copio aquí abajo.

RESEÑA EN EL AS 

lunes, 11 de mayo de 2026

MADRES PARANORMALES

Cuando la bola de cristal falla.

 

  

La violencia contra los niños no aparece de la nada ni cae del cielo. Tampoco llega mayoritariamente  de la mano de un extraño en una esquina oscura, por mucho que esa fantasía tranquilice a la sociedad. La realidad es bastante más incómoda: la mayor parte de los abusos y malos tratos se produce dentro del entorno familiar y a manos de personas cercanas.

En números absolutos, los padres biológicos, ambos, aparecen con frecuencia entre los principales agresores, así como padrastros, madrastras y familiares cercanos. Pero cuando se mira el riesgo en proporción, para los que construyen el relato sobre violencias,  los padrastros destacan de forma preocupante. La "investigación" ha llamado a esto Cinderella effect, según ellos los hombres adultos cercanos  sin lazos biológicos presentan una mayor probabilidad de agredir a los hijos de su pareja. Es decir, el peligro aumenta con frecuencia cuando entra en escena un varón que no es el padre del menor. 

El relato social se organiza alrededor de los datos que interesan y el agresor suele presentarse como una anomalía desafortunada, casi como si hubiera caído allí por accidente. El incesto se camufla detrás de estas verdades menos incómodas y el mundo sigue girando.

En cambio, la madre queda inmediatamente bajo sospecha. “Eligió mal”, se dice, como si una mujer tuviera la obligación de detectar a simple vista a un abusador, incluso cuando muchos de ellos se presentan como hombres amables, normales y perfectamente integrados. Y esto vale lo mismo para elegir maridos y elegir padrastros, la responsable siempre será ella.

Al violento se le concede opacidad y a la madre, clarividencia retrospectiva. Patriarcado en estado puro: a ellos se les perdonan los impulsos; a ellas se las castiga no haber tenido poderes paranormales.

Eva, una vez más, cargando con el catálogo completo de errores de la humanidad. Primero la fruta, luego el marido, después el padrastro. Una mujer no puede ni respirar sin que alguien le redacte una culpa bíblica.

Pero el guion todavía oculta otra pieza fundamental, el padre biológico ausente o incumplidor. Cuando un padre no paga pensión, no sostiene a sus hijos y desaparece materialmente de su responsabilidad, empuja a muchas mujeres a situaciones de precariedad extrema. Y esa precariedad cambia las decisiones de vida. Muchas madres no convivirían con una nueva pareja si contaran con el apoyo económico que legalmente corresponde a sus hijos. No se trata de romanticismo ni de malas elecciones sentimentales. Se trata de supervivencia.

Ahí está una de las raíces del problema. La primera ficha del dominó no siempre es la entrada de un padrastro, sino el abandono económico del padre. Pero cuando las consecuencias aparecen, el foco vuelve a desviarse. El sistema mira a la madre, examina a la madre, sospecha de la madre. El hombre que incumple queda en segundo plano; la mujer que intenta sostener la vida cotidiana queda en el banquillo.

En ese contexto, los servicios sociales suelen intervenir tarde y con una lógica profundamente sesgada. Se analiza a la madre hasta el agotamiento: si está cansada, si está estresada, si llora, si el niño presenta dificultades, si la casa no alcanza, si hay signos de sobrecarga. Todo eso puede convertirse con facilidad en indicio de “inestabilidad”. Mientras tanto, la violencia masculina solo parece activar alarmas cuando alcanza formas groseramente evidentes. Como si el peligro tuviera que llegar con uniforme, cartel luminoso y confesión firmada.

El resultado es perverso y el agresor real puede quedar minimizado, mientras la madre exhausta se convierte en objeto de vigilancia institucional. No porque sea quien daña más, sino porque es quien está más a mano y es en definitiva quien no consigue realizar los milagros que se exigen.

Y debajo de todo esto hay una capa todavía más brutal: la criminalización de la pobreza. Muchas madres pierden a sus hijos no por maltrato ni por negligencia grave, sino por no tener vivienda estable, por no contar con ingresos suficientes o por vivir en condiciones precarias. En lugar de ofrecer apoyo económico, vivienda o acompañamiento material, el Estado opta demasiadas veces por separar. Retira al niño de su madre y luego financia a otra estructura para criarlo. Se presenta como “protección del menor”, pero con frecuencia funciona como una forma de sustitución institucional de la maternidad.

La paradoja es obscena: no hay dinero para ayudar a la madre a sostener a su hijo, pero sí lo hay para apartarlo de ella y sostener el dispositivo que administra esa separación. La pobreza deja de ser una injusticia social para convertirse en prueba de incompetencia materna. Y así el despojo se disfraza de cuidado.

Culpar a la madre es, en el fondo, la coartada perfecta de un sistema que no quiere mirar a los verdaderos responsables: los hombres violentos, los padres incumplidores y las instituciones que prefieren gestionar consecuencias antes que prevenir causas. No protege de verdad a los niños. No corta el ciclo de violencia. No corrige el abandono paterno. Solo redistribuye la culpa hacia la figura más vulnerable y más visible.

Si de verdad se quiere proteger a la infancia, la prioridad no debería ser moralizar a las madres, sino fortalecer su independencia. Ayuda económica directa, vivienda, cursos, capacitación profesional y condiciones materiales dignas para que ninguna mujer tenga que vincularse a un padre incumplidor o a un padrastro por necesidad de supervivencia. La protección real del menor empieza por reducir la dependencia materna, no por castigarla después. Lo demás es gestión del daño con lenguaje virtuoso.

Mientras se siga cargando a las mujeres con una culpa que no les corresponde, los niños seguirán siendo víctimas invisibles de un sistema que no fue diseñado para cuidar, sino para administrar daños.

 Isabel Salas 

lunes, 27 de abril de 2026

JUECES DE HOY Y DE AYER

 La pregunta del millón sería si vamos mejorando o cada vez estamos peor

 

 

Tomando como referencia Roma, la Europa medieval y la tradición jurídica española, tan parecida a otras de su entorno, la evolución  de los jueces, podría  resumirse así para que nos entendamos

1. Roma

En Roma no existió siempre un único juez profesional como hoy.

Durante la República encontramos:

  • Magistrados, como el pretor, que organizaban el proceso y determinaban qué acción jurídica correspondía.
  • Jueces privados —iudices, ciudadanos designados para resolver un litigio concreto.
  • Árbitros, utilizados especialmente en asuntos patrimoniales, divisiones y valoraciones.
  • Tribunales criminales, integrados por magistrados y jurados ciudadanos.
  • Gobernadores provinciales, que administraban justicia en nombre de Roma fuera de Italia.

Durante el Imperio, la justicia fue haciéndose cada vez más estatal y burocrática. Emperadores, gobernadores y funcionarios imperiales asumieron funciones judiciales, y se desarrollaron procedimientos escritos, apelaciones y jerarquías de tribunales.

2. Final del Imperio y reinos germánicos

Tras la desaparición del Imperio romano de Occidente, coexistieron:

  • jueces de los reyes germánicos;
  • condes y gobernadores territoriales;
  • asambleas de hombres libres;
  • jueces locales;
  • autoridades romanas que continuaron aplicando derecho romano a la población romanizada.

En muchos lugares, el juez todavía no era un jurista profesional. Podía ser un noble, un funcionario, una autoridad militar o un miembro destacado de la comunidad.

3. Alta Edad Media

La justicia se fragmentó entre muchas autoridades:

  • Jueces del rey, que actuaban en nombre del monarca.
  • Jueces señoriales, dependientes de nobles, monasterios o señores feudales.
  • Jueces eclesiásticos, como obispos, vicarios y otros clérigos.
  • Jueces municipales, alcaldes y autoridades de ciudades y villas.
  • Asambleas comunitarias, que resolvían conflictos conforme a costumbres locales.

Una misma persona podía ser juzgada por tribunales distintos según el asunto: matrimonio, tierras, delito, deuda, herejía o incumplimiento feudal.

4. Jueces eclesiásticos

La Iglesia creó una jurisdicción muy desarrollada. Sus jueces aplicaban derecho canónico y se ocupaban de:

  • matrimonio y nulidad;
  • disciplina del clero;
  • herejía;
  • juramentos;
  • testamentos;
  • legitimidad;
  • determinados contratos y obligaciones morales.

Estos jueces estaban frecuentemente mejor formados que los jueces seculares y contribuyeron a consolidar procedimientos escritos, pruebas documentales, apelaciones y expedientes.

5. Baja Edad Media

Desde los siglos XII y XIII aumentó la profesionalización.

Aparecieron juristas formados en universidades, conocedores del derecho romano y canónico. Encontramos entonces:

  • jueces reales;
  • oidores;
  • alcaldes de corte;
  • corregidores;
  • bailíos;
  • senescales;
  • jueces municipales;
  • jueces canónicos;
  • tribunales mercantiles y gremiales.

El juez dejó progresivamente de ser solo una autoridad política y comenzó a convertirse en un especialista en derecho.

6. Monarquías de la Edad Moderna

Entre los siglos XV y XVIII, los reyes centralizaron la justicia.

Existieron:

  • jueces locales, como alcaldes y corregidores;
  • audiencias y chancillerías, que actuaban como tribunales superiores;
  • consejos reales, con funciones judiciales y administrativas;
  • tribunales eclesiásticos;
  • tribunales inquisitoriales;
  • tribunales militares;
  • tribunales mercantiles y corporativos;
  • jueces señoriales, aunque fueron perdiendo poder.

Seguía existiendo una gran diversidad de jurisdicciones: real, eclesiástica, militar, universitaria, mercantil y nobiliaria.

7. Revoluciones liberales y codificación

Desde finales del siglo XVIII y durante el XIX se produjo una transformación decisiva.

Se eliminaron o redujeron muchas jurisdicciones privilegiadas y se afirmó que la justicia debía proceder del Estado. Aparecieron:

  • jueces profesionales;
  • tribunales organizados territorialmente;
  • jueces de primera instancia;
  • tribunales de apelación;
  • tribunales supremos;
  • jueces penales y civiles;
  • fiscales separados de los jueces;
  • jurados populares en determinados procesos.

El juez dejó de representar al rey, al señor o a la Iglesia y pasó, en teoría, a aplicar la ley del Estado.

8. Jueces contemporáneos

Hoy existen distintas clases según la materia y el nivel judicial. En sistemas como el español, por poner un ejemplo, encontramos:

  • jueces civiles, para contratos, propiedad, familia, herencias y daños;
  • jueces penales, para delitos y penas;
  • jueces de instrucción, que investigan determinados delitos;
  • jueces de lo contencioso-administrativo, para conflictos con la Administración;
  • jueces laborales o sociales, para relaciones de trabajo y seguridad social;
  • jueces mercantiles, para empresas, insolvencias y sociedades;
  • jueces de menores;
  • jueces de violencia sobre la mujer;
  • jueces militares, dentro de una jurisdicción especial;
  • magistrados de tribunales superiores y supremos;
  • magistrados constitucionales, que controlan la constitucionalidad de las leyes, aunque no siempre forman parte del poder judicial ordinario;
  • jueces internacionales, en tribunales europeos o internacionales;
  • árbitros, que resuelven conflictos fuera de la justicia estatal por acuerdo de las partes.

lunes, 20 de abril de 2026

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DE CRIAR EN PAREJA

La crianza no necesita patriarcado: necesita soporte

 

La maternidad humana exige años de cuidado intensivo y esto lo sabemos todos. No hablamos de unos pocos meses, sino de un periodo prolongado de dependencia en el que los niños necesitan presencia, protección, alimento, regulación emocional y continuidad afectiva. Desde un punto de vista biológico, eficaz y práctico eso significa una sola cosa: que ninguna madre debería sostener sola toda la carga de la crianza sin una estructura de apoyo.

Esa necesidad de soporte es real, sin embargo la forma que se adoptó para resolverla no tiene porqué ser la mejor en todos los casos.

En lugar de permitir que las mujeres organizaran redes propias de cuidado, alianzas entre madres, estructuras de apoyo entre iguales o formas extensas de crianza, la historia consolidó el modelo de la familia patriarcal. Esto no fue resultado espontáneo de la naturaleza, sino como una forma de gestión social que resolvía al mismo tiempo varios intereses masculinos y estatales. Garantizaba control sexual sobre la mujer, filiación para el varón, administración de herencias, orden social y reproducción estable de la autoridad.

La madre necesitaba ayuda, sí. Pero la ayuda le fue concedida bajo condiciones. No en sus términos, sino en términos ajenos. El precio del soporte fue la subordinación.

Por eso conviene hacer una distinción importante: que la crianza humana no pueda sostenerse en aislamiento no significa que la única salida posible sea la familia tradicional. Significa solo que hace falta apoyo suficiente. Ese apoyo podría haberse organizado de muchas otras maneras y siempre estamos a tiempo de hacerlo.

De hecho, el mundo mamífero muestra una variedad mucho más amplia de lo que nuestra cultura está dispuesta a admitir. En muchas especies las hembras crían solas. En otras, crían en red con otras hembras. A veces hay cooperación; a veces hay defensa feroz del territorio materno; a veces el macho está ausente y a veces incluso representa una amenaza para la cría. Lo constante no es la pareja, sino la necesidad de que la cría llegue viva y suficientemente protegida al siguiente umbral de desarrollo.

Eso desmonta una ficción muy arraigada: la idea de que la familia nuclear heterosexual, estable y jerárquica es el destino natural de la especie. No lo es. Es una solución histórica concreta, convertida después en moral, en ley y en costumbre. Y como suele pasar con las construcciones de poder, terminó presentándose como si hubiera caído del cielo o brotado del bosque.

La verdadera pregunta, entonces, no es si es mejor criar con pareja o sin pareja. Esa formulación ya viene trucada. La pregunta real es otra: ¿por qué se impuso como norma un modelo que servía al hombre y al Estado más que a la madre y al hijo?

Y todavía hay una pregunta más incómoda: ¿qué pasaría si las mujeres pudieran organizar la crianza desde sus propios términos, sin pasar por el filtro del patriarcado legal, económico y afectivo?

Pensar eso obliga a salir del imaginario romántico que ha gobernado durante siglos nuestra idea de familia. Obliga también a revisar la idea de maternidad domesticada, siempre mediada por la pareja, por la institución y por una moral que celebra la entrega femenina, pero desconfía de la autonomía materna. En ese sentido, hay una imagen especialmente poderosa: las mujeres somos más como osas que como gaviotas.

La frase incomoda porque destruye de una sola vez siglos de literatura sentimental y pedagogía burguesa. La osa no negocia su instinto para encajar en un ideal de familia. No necesita el decorado conyugal para legitimar el vínculo con su cría. Cría, protege, vigila y, si percibe amenaza, responde. Su vínculo no es contractual ni ornamental sino es visceral. Lo que yo suelo llamar cardiocontrato.

No se trata de romantizar el mundo animal, como si una osa fuera a venir a darnos teoría política entre salmones. Se trata de recordar algo más elemental: la dependencia de la cría no obliga por sí misma a un modelo patriarcal de organización. Obliga a soporte. Nada más. Lo demás fue una decisión histórica, jurídica y cultural.

Por eso la idea de una familia matriarcal no debe leerse como fantasía ni como nostalgia tribal. Es una posibilidad social perfectamente pensable: redes de mujeres que organizan el cuidado, sostienen la crianza, protegen a los hijos y distribuyen la carga material y afectiva sin que todo dependa de la figura masculina central. Y eso no significa caos. Tampoco significa orfandad afectiva. Significa otra arquitectura del cuidado.

De hecho, muchas mujeres ya están reconstruyendo esas redes, incluso sin nombrarlas así. Lo hacen cuando crían con sus madres, con sus hermanas, con amigas, con vecinas, con otras madres, con apoyos elegidos y no impuestos. Lo hacen por necesidad, por intuición o por pura supervivencia. No siempre hay teoría política detrás. A veces solo hay cansancio, lucidez y una pregunta brutal: si el modelo prometía protección, ¿por qué nos deja a tantas madres tan solas?

Ese quizá sea el punto más importante. La familia patriarcal se presentó como refugio, pero con demasiada frecuencia ha funcionado como encierro, dependencia o chantaje. Y mientras tanto, cualquier alternativa construida por mujeres ha sido descrita como carencia, desviación o amenaza al orden natural. Qué casualidad tan eficiente. Casi como si el “orden natural” llevara firma, sello y notario.

Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos que la crianza no necesita patriarcado. Necesita tiempo, recursos, comunidad y protección real. Necesita un entorno que sostenga a la madre para que la madre pueda sostener al hijo. Todo lo demás (la forma jurídica, la moral de pareja, la liturgia de la familia ideal) pertenece más a la historia del poder que a la historia del cuidado.

Isabel Salas 


 

martes, 14 de abril de 2026

DEL DICHO AL HECHO VA MUCHO TRECHO

 El peligro de las leyes "bien intencionadas"


Desde hace años observamos con inquietud cómo ciertos conceptos entran en los juzgados con una facilidad alarmante. Dos de ellos son la alienación parental y la violencia vicaria. Se invocan en procedimientos, informes periciales y resoluciones judiciales con una soltura que debería preocuparnos mucho más de lo que preocupa.

En Brasil, por ejemplo, existe desde 2010 una ley de alienación parental. Yo misma fui acusada en un tribunal brasileño al amparo de esa norma. Sobre el papel, la ley se presenta como neutral y supuestamente pretende proteger a los niños cuando uno de los progenitores obstaculiza el vínculo con el otro. Pero una ley no se mide solo por cómo está escrita, sino por cómo se aplica y contra quién termina operando. Y ahí es donde empiezan las preguntas incómodas.

La alienación parental no nació como ley. Antes fue presentada como un supuesto síndrome, luego pasó a informes periciales, después perdió el nombre de “síndrome” para convertirse en una categoría más difusa, y finalmente llegó a los tribunales y al derecho positivo. Debemos prestar mucha atención a ese recorrido , porque muestra cómo una idea discutible puede adquirir apariencia de verdad jurídica simplemente por repetición institucional.

Mi temor es que la violencia vicaria siga el mismo camino: primero concepto social, psicológico o mediático, luego categoría jurídica, después fundamento de resoluciones y quizá mañana ley. Y una vez que algo entra en el derecho positivo, deja de discutirse y empieza a aplicarse.

El problema de fondo no está solo en los nombres. Está en lo que esos nombres permiten. En muchos casos, tanto la llamada alienación parental como la violencia vicaria describen conductas humanas miserables, por supuesto, pero no nuevas: venganza, rencor, manipulación, resentimiento, celos, malmeter contra el otro progenitor. Eso ha existido siempre.

Antes a esas acciones se las llamaba por su nombre. Hoy se las recubre con etiquetas técnicas, psicológicas o jurídicas. Y ahí está el punto central: los tribunales no deberían juzgar pecados; deberían juzgar delitos.

La envidia, el rencor, la venganza, hablar mal del otro, manipular emocionalmente o ser una mala pareja son conductas moralmente reprobables. Pero no todo lo reprobable es delito, ni todo conflicto familiar debería convertirse en materia de intervención judicial. Cuando el juzgado y sus empleados empiezan a valorar emociones, estilos de crianza, disposiciones afectivas o perfiles psicológicos, dejan de juzgar hechos concretos y empiezan a juzgar la vida privada. Actúan como "sacerdotes judiciales" y ni siquiera parecen darse cuenta.

Me recuerdan a esos otros, que en países lejanos e innombrables, juzgan lo bien o mal colocados que están los velos. 

Cuando jueces, peritos, psicólogos y trabajadores sociales  pasan a actuar como una especie de tribunal moral, estamos en el mal camino. Deciden alegremente quién es mejor madre, quién coopera más, quién influye más en el niño, quién presenta el perfil más aceptable. Ya no se juzgan conductas punibles: se juzgan vínculos, emociones y biografías.

Alrededor de estos procesos crece toda una estructura profesional que vive del conflicto: informes, contrainformes, evaluaciones, mediaciones, coordinaciones parentales, terapias, cursos y nuevas pericias. Cuanto más largo y complejo es el procedimiento, más intervenciones se justifican. Y en medio de todo eso, el niño queda atrapado.

Por eso quizá la pregunta importante no sea si necesitamos más categorías, más síndromes o más figuras jurídicas. Quizá la pregunta correcta sea otra: cómo proteger de verdad el vínculo más importante que todos los seres humanos tenemos, el que existe entre madre e hijo. Y cómo protegerlo para que no pueda romperse con tanta facilidad por decisión judicial.

Mi postura es clara,  los tribunales no deberían juzgar pecados. Deberían juzgar delitos. Y el vínculo materno-filial no debería romperse salvo en casos extremos y verdaderamente graves

En instagram, @nadiemepregunto.blog hay algunos videos sore el tema si te interesan. 

miércoles, 1 de abril de 2026

TONTO DEL HABA

Una pequeña historia del ridículo con premio dentro



Hay insultos que parecen fruto de un largo proceso filosófico, pero en realidad nacen de algo bastante más humano: una fiesta, un pastel y la necesidad colectiva de señalar a un desgraciado para reírse un rato. Lo que ahora llamamos  bulling, como si acosar o reírse de otros, fuera algo nuevo, es precisamente,  el origen de la popular expresión “tonto del haba”.

La expresión pertenece al español coloquial y hoy se usa para referirse a alguien ingenuo, torpe o poco espabilado. Pero su origen no está en ninguna teoría sobre la estupidez humana (aunque material no faltaría),  sino en una antigua costumbre festiva europea conocida como "la fiesta del rey del haba".

Durante celebraciones medievales, especialmente en torno a la fiesta de Reyes, era habitual esconder un haba seca dentro de un roscón o pastel. Quien la encontraba era nombrado simbólicamente rey por un día. Hasta aquí, todo parece encantador y envuelto en una mezcla de azar, azúcar y monarquía de juguete, que es probablemente la forma más soportable de monarquía.

Pero la cosa no siempre era tan gloriosa. En algunas versiones de la tradición, quien sacaba el haba no solo recibía la corona imaginaria, sino también alguna pequeña carga como pagar el dulce, cumplir una penitencia o convertirse en el centro de las bromas. Es decir, más que rey, era una especie de bufón, soberano del bochorno. Una figura festiva, sí, pero también un señalado. Uno de esos elegidos por el destino para descubrir que la gloria popular dura aproximadamente lo mismo que una risa mal contenida.

Y ahí empieza el giro interesante.

Con el tiempo, esa figura del que “sacaba el haba” dejó de verse solo como el afortunado del sorteo y empezó a asociarse con alguien que quedaba en evidencia, expuesto o ridiculizado. No era exactamente el héroe de la jornada, sino más bien el pobre individuo al que el azar servía en bandeja para la diversión ajena. El paso de ahí a la burla verbal era casi inevitable, porque el lenguaje popular, cuando encuentra una víctima cómoda, no suelta la presa.

Así fue como la expresión fue desplazándose hacia un sentido despectivo. “Ser el del haba” pasó a equivaler, poco a poco, a ser el ingenuo, el que cae, el que no se entera, el que hace el papelón sin necesidad de ensayo previo. Y de ese uso acabó cristalizando la forma que hoy conocemos de  “tonto del haba”.

El haba, conocida en estas tierras hispanoamericanas como chaucha,  traía detrás una larga carrera simbólica. En distintas tradiciones europeas, se utilizaba como marca de sorteo o señalamiento. Servía para elegir a alguien: a veces para un honor provisional, a veces para cargarle una tarea, y a veces (como suele ocurrir en las mejores costumbres humanas)  para mezclar ambas cosas y dejarlo en una situación ambiguamente humillante. El haba era más que una legumbre; era una forma rudimentaria de decir "te ha tocado a ti". 

Y todos sabemos que esa frase rara vez anuncia algo bueno, se parece demasiado a esa otra de "alguien se tiene que sacrificar". De ahí que terminara ligada a la idea de quedar señalado. No necesariamente culpable, no necesariamente inferior, pero sí expuesto. Y en la imaginación popular, del expuesto al ridículo hay apenas un empujoncito.

Y la lengua lo dio encantada pues gran parte del humor social consiste en agradecer secretamente que el haba le haya tocado a otro.

Estamos ante una joya del idioma al mismo tiempo popular, cruel y sorprendentemente elegante. 

Quirúrgica.😊😊😊

Como las bombas.

 Isabel Salas  


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CATEGORÍA DE MATERFIESTO

Me alegra comprobar que Materfiesto no entra limpio en ninguna de las casillas disponibles. Y eso, más que un defecto, como me han querido h...