jueves, 28 de noviembre de 2024

PERTENENCIA

 

Reflexión sobre el sentido de pertenencia más allá de los lugares, explorando cómo las relaciones y recuerdos forjan nuestra identidad emocional.

 

 

Tengo un amigo que siempre me decía que yo era la única persona, que él conocía, sin sentido de pertenencia. Pasamos muchas horas hablando sobre eso y nuestra percepción del asunto fue mudando a lo largo del tiempo.

Al principio, yo le decía, medio en broma medio en serio, que él conocía muy poca gente y que seguramente habría muchas personas con ese mismo sentimiento de desarraigo que tengo yo; personas que a pesar de ser muy conscientes de cual es su ciudad natal y cuales las calles donde aprendieron a jugar, a andar en bicicleta o a patinar, se sienten, al crecer, bien en cualquier lado.

Durante los primeros meses de nuestra amistad, él siempre me preguntaba si yo sentía falta de mi tierra y yo siempre le respondía que no, que todo seguía allí y que no estaba perdido como cuando una persona se muere y sabemos que nunca más podremos abrazarla. Los lugares que yo había amado en mi infancia y que todavía amaba, seguían allí y eso me bastaba. 

Hasta hoy siguen y hasta hoy me basta.

Después de muchos años de amistad, en los que ambos nos mudamos en diferentes momentos para diferentes ciudades, él dejó de preguntarme y pocas veces volvimos a tocar en el asunto. Concluyó, porque es un gran amante de las conclusiones y los veredictos, que yo era una persona sin sentido de pertenencia pero que eso no le impedía amarme.

Nuestra amistad, como todas las amistades, sufrió transformaciones a lo largo de los años, por un tiempo dejó de ser sólo amistad para ser eso que llaman amistad colorida y fue hermoso. Después el color desapareció con la distancia impuesta por las circunstancias personales de cada uno y volvimos a ser sólo amigos, si es que se puede ser solamente amigos, pues la amistad es un "todo" precioso que siempre abarca muchísimo más de lo que suponemos.

Anoche no conseguía dormir debido a la muerte de una persona que durante unos años fue mi cuñada y de quien tengo muy buenos recuerdos. Pensé en sus padres, ya fallecidos los dos, a los que tanto quise, pensé en el dolor de su familia y en el de todos los que la amaron, en la fugacidad de la vida y en todas esas cosas que pensamos cuando alguien amado se va, y lloré mucho. 

Soy muy llorona y es fácil que por diversos motivos me salgan unas lagrimitas rápidas ante eventualidades de la vida, Pero llorar así a todo volumen, con mocos y sollozos,  es raro. Ese llanto está reservado para momentos que me superan. Sólo sale de forma espontanea cuando el motivo es realmente de esos que tocan mi alma, y siempre me pilla de improviso, como si ni yo misma supiera qué es lo que realmente me importa hasta que se hace evidente.

La muerte de mi cuñada me movió muchas cosas. Me trajo a la memoria mis años de casada, los cumpleaños de mi suegro, las risas en una cocina de Santo André, la pasión de mi suegra por las novelas y la de mi suegro por el curry. Me transportó a Campinas, a los fines de semana en que nuestras dos familias se juntaban y recordé su generosidad, siempre dispuesta a servir la mejor comida y a salir al mercado las veces que hiciera falta para buscar cualquier cosa que hiciese la estancia en su casa más agradable. 

Recordé también la forma en que ella conducía en aquel tráfico enloquecido de São Paulo, en aquella época en la que no había GPS y conducir en Sampa era para pocos, y temerarios,  elegidos. Terminé sonriendo por tantos buenos recuerdos y tantas memorias entrañables que parecían venir desde el pasado a darme esos abrazos que siempre necesito cuando el llanto me desborda, y en seguida, necesité hablar con alguien.

En mi teléfono tengo algunas personas (pocas) a las que puedo llamar a cualquier hora del día o de la noche en caso de necesidad y que sé que no se van a molestar conmigo, pero por alguna extraña asociación de ideas  pensé que la mejor opción era mi amigo aquel que siempre me reprochó,  entre bromas,  ser esa persona extraña sin sentido de pertenencia. 

Él siempre me escucha cuando le hablo de cualquier asunto y anoche no fue diferente, me dejó hablar, llorar y desahogarme antes de decir cualquier cosa. Me supo hacer reír y, como siempre, me hizo sentir importante y bienvenida.

Hablamos mucho, intercambiamos noticias y al final me dijo algo que me sorprendió y que yo misma jamás habría pensado, afirmó que la pertenencia tiene dos maneras de manifestarse, una, de esa manera común y no por eso menos hermosa, de sentirnos parte de un país o una región y otra, rara e incomún gracias a la cual, nos arraigamos en las personas que por un tiempo, mayor o menor, forman parte de nuestra vida, nos damos a ellos, les dejamos pedacitos nuestros y al mismo tiempo nos apropiamos de parte de su esencia y nos la llevamos para siempre con nosotros.

Como pasó con él y conmigo, o como sucede con las personas que amamos a lo largo del camino.

Él me dijo que después de tantos años de conocernos, y tras un "largo estudio" 😄, había llegado a la conclusión de que en realidad, sí tengo sentido de pertenencia, pero de esa pertenencia dos punto cero donde  lo que importa no son los lugares ni la distancia, sino el espacio precioso que las personas ocupan en nuestros corazones y el que ocupamos en los de ellas.

Te pertenece aquello que amas, simplemente.
Nos pertenece lo que amamos, pertenecemos  a quienes nos aman.

Me dormí tranquila, mucho menos sola y más feliz, invadida por esa gratitud perfecta que me embarga cuando la vida me regala alguien que tiene siempre las palabras perfectas para mí.

Gracias, amigo, por pertenecerme como yo te pertenezco y mostrarme que el amor, como la amistad o los diamantes, puede tener mucho colores y formas, y es, siempre, indestructible.

Isabel Salas






lunes, 28 de octubre de 2024

WHO KILLS MORE? THE WRONG QUESTION

 Violence, sex, and fallacies: why abortion is not comparable to murder.




When the yearly homicide data is laid out and it becomes evident that, out of every 100 murders, over 90 are committed by men, a predictable reaction comes from certain sexist sectors. One of their typical responses is to appeal to a false equivalence: they insert abortion into homicide statistics in order to divert attention. In doing so, they place the millions of legal and illegal abortions alongside the roughly 380,000 homicides committed by men each year, as if abortions were murders committed by women. The move is transparent: shift the burden to women by suggesting that they, in fact, kill more than men. A rhetorical fallacy wrapped in moral cynicism.

Let’s dismantle that fallacy and explain—using facts and reason—why each voluntary termination of pregnancy involves multiple actors: doctors, legislators, healthcare institutions, legal frameworks… and cannot be reduced to an individual act solely attributable to the woman who chooses to abort.

The fallacy of false equivalence consists in presenting as comparable two facts, concepts, or situations that differ in fundamental aspects. It creates the illusion of similarity to invalidate a counterargument or inflate the strength of one's own, even when the comparison fails both logically and empirically.

Take a simple example: “Not recycling cans is as damaging as dumping toxic waste into a river.” Both actions harm the environment, but their impact is vastly different. This type of comparison ignores context, cherry-picks attributes, and generalizes without basis. It equates things that are not the same, omits key variables, and manipulates public perception.

Applied to abortion, the fallacy becomes obvious. Neither the legal framework nor the actors involved make abortion comparable to homicide—except in one point: there is a death. But that single overlap is not enough to equate the two. The entire comparison collapses when context is added.

Controlling pregnancy has long been a tool of patriarchal power. Whoever controls reproduction controls the world. And controlling reproduction means controlling women—the ones who gestate, give birth, and raise children (when permitted).

To blame the woman who aborts as the sole culprit is a manipulative simplification. It conveniently ignores the complex web of social, medical, legal, and economic factors surrounding that decision. Abortion is not a unilateral act. It is a decision shaped by multiple pressures and agents.

Parents, partners, friends, employers, health conditions, age, mental state, financial stability, and educational background all play a role. So do institutional structures: parliaments, governments, healthcare protocols, conscientious objection policies, welfare systems, and judges. A woman never acts in isolation. Her will is exercised within a collective framework.

Reducing all that to the headline “women kill more than men” is a lie disguised as moral argument.

It’s absurd for a man—who will never bear the physical or social consequences of an unwanted pregnancy, nor the real burden of raising a child alone—to appoint himself judge of someone else’s uterus. Some even boast of never using condoms or having abandoned pregnant partners, all while defending “pro-life values” from the comfort of a podcast studio.

The real paradox is this: there’s a historic interest in preventing women from fully controlling their fertility. Because controlling birth means controlling life. And that means controlling the women who give it.

Those who call themselves “pro-life” are, in reality, defenders of mandatory birth. Their concern ends with the delivery. They show no responsibility for raising children or supporting mothers. Meanwhile, those who promote surrogacy or mass adoption also depend on women—either willing or coerced—to hand over their children. In both cases, babies become commodities.

The emancipatory alternative is full maternal autonomy: that every woman decides when and how to become a mother—free of religious, political, or economic coercion, and backed by real support. Only when children are truly wanted does patriarchy begin to tremble.

During pregnancy, mother and child build a unique bond. After birth, skin-to-skin contact regulates vital functions and strengthens attachment. Interrupting that process is not neutral. It is traumatic—and it mobilizes legal, medical, and emotional systems.

Instead of condemning women who abort, we should focus on dismantling the conditions that push them into that position in the first place. Only then will the slogan “we decide” mean something real. Only then will motherhood become a free choice, sustained by a just social structure.

Even if someone managed to defend the abortion-equals-murder argument with logically coherent points, the moral conclusion would not be neutral. When both sides appear logically sound, the final battleground is moral.

And the morally superior position is the one that:
– Respects the dignity of women
– Recognizes the social complexity of abortion
– Protects the vulnerable without imposing guilt
– Remains coherent between its means and its ends

In a scenario where logic permits both sides to claim rationality, the winner is the one who offers the more just, humane, and reality-based framework.

Let’s not forget: abortion requires a whole network of actors, institutions, and contexts.
To carry a pregnancy to term, a woman just needs one thing: the will to do so.
That’s where everything begins. And that’s where our respect should begin, too.

Isabel Salas

domingo, 27 de octubre de 2024

¿QUIÉN MATA MÁS? LA PREGUNTA EQUIVOCADA

Violencia, sexo y falacias: por qué el aborto no es comparable al asesinato.

 


Cuando se ponen sobre la mesa los datos concretos de homicidios anuales y se evidencia que, de cada 100 asesinatos, más de 90 son cometidos por varones, no tarda en activarse la reacción de los sectores machistas. Una de sus respuestas típicas consiste en apelar a una falsa equivalencia: incluir el aborto en las estadísticas de homicidios con el objetivo de desviar la atención. De ese modo, frente a los aproximadamente 380.000 asesinatos que cada año cometen algunos hombres en todo el mundo, colocan los millones de abortos legales e ilegales como si fueran homicidios cometidos por mujeres. La maniobra es clara: trasladar a las mujeres la carga de una supuesta violencia mayor para afirmar que, en realidad, ellas matan más que los hombres. Una falacia retórica envuelta en cinismo moral.

Vamos a desmontar esa falacia y a mostrar, con datos y razonamiento, por qué cada interrupción voluntaria del embarazo involucra a múltiples actores —médicos, legisladores, instituciones sanitarias, marcos legales— y no puede reducirse a una acción individual atribuible exclusivamente a la mujer que decide interrumpir su gestación.

La falacia de falsa equivalencia consiste en presentar como comparables dos hechos, conceptos o situaciones que difieren en aspectos fundamentales. Se fuerza una apariencia de equivalencia para descalificar un argumento contrario o inflar la validez del propio, aunque la comparación no se sostenga ni desde lo lógico ni desde lo empírico.

Pongamos un ejemplo simple: "No reciclar latas es tan dañino como verter residuos tóxicos en un río". Ambas acciones afectan al medio ambiente, pero su impacto es distinto. Esta comparación omite el contexto, selecciona atributos de forma sesgada y generaliza indebidamente. Se igualan cosas que no se parecen, se omiten variables clave, y se manipula la percepción pública.

Aplicado al aborto, la falacia es evidente. Ni el marco jurídico ni los actores involucrados son comparables entre los abortos y los homicidios, salvo en un punto: se produce una muerte. Pero esa coincidencia no basta para equiparar ambos casos. La comparación se desmorona en cuanto se contextualiza.

Controlar el embarazo ha sido una herramienta de poder patriarcal. Quien controla la natalidad, controla el mundo. Y controlar la natalidad pasa por controlar a las mujeres: las que gestan, paren y crían (si se les permite).

Señalar a la mujer que aborta como única culpable es una simplificación tramposa que omite la red de corresponsabilidad social, médica, legal y económica que rodea esa decisión. El aborto no es un acto unilateral. Es una decisión condicionada por factores múltiples.

A esto se suman padres, madres, amistades, entornos laborales, edad, salud mental y física, situación económica, nivel educativo. Y también estructuras institucionales: parlamentos, gobiernos, protocolos sanitarios, objeción de conciencia, servicios sociales, jueces. La mujer nunca actúa en soledad. Su voluntad se expresa dentro de un marco colectivo.

Reducir todo eso al titular “las mujeres matan más que los hombres” es una mentira disfrazada de argumento moral.

Resulta absurdo que un hombre que nunca asumirá las consecuencias físicas ni sociales de un embarazo no deseado, ni la carga real de una crianza en soledad, se postule como juez del útero ajeno. Algunos incluso presumen de no haber usado condón o de nunca haber echado a una pareja embarazada, mientras defienden "valores pro-vida" desde la comodidad de un micrófono.

La paradoja es esta: existe un interés histórico en impedir el control pleno de las mujeres sobre su fertilidad. Porque quien controla la natalidad, controla la vida. Y eso incluye controlar a las mujeres: las que gestan, paren y crían.

Los llamados "pro-vida" son, en realidad, defensores del parto obligatorio. Su discurso se detiene en el nacimiento, pero no asume responsabilidades sobre la crianza ni las redes de apoyo. A la vez, quienes promueven los vientres de alquiler o la adopción masiva también dependen de mujeres dispuestas o forzadas a entregar a sus hijos. En ambos casos, los niños son tratados como objetos.

La alternativa emancipadora es la libertad plena de maternidad: que cada mujer decida cuándo y cómo ser madre, sin coacción religiosa, política o económica, y con respaldo real. Solo cuando los hijos son deseados, el patriarcado empieza a temblar.

Durante la gestación, madre e hijo construyen un vínculo único. Al nacer, el contacto piel con piel regula funciones vitales y fortalece el apego. Romper ese proceso no es neutro. Es traumático, y moviliza estructuras legales, sanitarias y afectivas.

En vez de condenar a las mujeres que abortan,  deberíamos empeñarnos en destruir las condiciones que las empujan a esa disyuntiva. Solo así podrá tener sentido el lema "nosotras decidimos". Solo así la maternidad será una elección libre y sostenida por una estructura social justa.

Incluso si alguien defendiera la comparación aborto-homicidio con argumentos lógicamente consistentes, el desenlace moral no sería indiferente. Cuando ambas posturas son racionales, el criterio definitorio es la moral.

La postura moralmente superior es la que: Respeta la dignidad de las mujeres, reconoce la complejidad social del aborto, protege a los vulnerables sin imponer culpa y sostiene coherencia entre fines y medios.

En un escenario donde la lógica permite defender ambas posiciones, vence quien ofrece un marco más justo, humano y respetuoso con la vida real.

Y no olvidemos esto: para abortar, hace falta toda una red de actores, instituciones y contextos. Para continuar un embarazo, basta que una mujer quiera hacerlo. Ahí empieza todo. Y ahí debería estar nuestro respeto.

isabel Salas


miércoles, 23 de octubre de 2024

VIOLENCIA VICARIA: ¿DESCUBRIMIENTO O INVENTO?

Análisis crítico del concepto de violencia vicaria y su aplicación institucional, cuestionando su impacto en los derechos del menor y la justicia familiar.

 

 

 

En los últimos años ha tomado fuerza el término "violencia vicaria", como otra nueva forma (descubierta) de violencia de género. Este invento es definido por sus entusiastas, como aquella violencia contra la madre que se ejerce sobre las hijas e hijos con la intención de dañarla por interpósita persona. Es decir, el padre u otro hombre usa los hijos de una mujer como instrumento para dañar a esa madre. Como si los niños fueran martillos que ni sienten ni padecen.

La incorporación de este concepto en los discursos feministas e institucionales ha sido sospechosamente rápida y estratégica, presentándola como una “nueva forma” de violencia machista, recientemente detectada y bautizada, que debe ser visibilizada, perseguida y castigada.

Sin embargo, esta categorización encierra un problema grave. Para empezar, es fundamental distinguir entre la violencia que ocurre fuera del ámbito judicial —en la intimidad de los hogares o en la calle, entre particulares— y la que se comete dentro de los juzgados, amparada o ejecutada por las instituciones del Estado. La primera, si bien dolorosa y muchas veces brutal, pertenece al plano privado; puede ser cometida, en principio, por cualquiera de los progenitores, aunque por razones muy diferentes, y debe ser atendida con rigor. La segunda, en cambio, es responsabilidad directa del poder judicial, que con sus decisiones puede agravar, perpetuar o incluso generar una nueva forma de sufrimiento, tanto para el niño como para el adulto, que en su nombre, denuncia los hechos relatados por el niño. Recordemos que los niños no pueden denunciar solos y siempre será un adulto quien denuncie lo que ellos previamente le  han contado.

Ese adulto suele ser su madre, pero teóricamente podría ser su padre,  su abuela, una profesora, un médico, un vecino o cualquier persona que escuche al niño y decida no mirar hacia otro lado. El hecho de que sean mayoritariamente las madres es parte del escenario que debemos escudriñar y lo haremos periódicamente en este mismo blog.

Sin embargo, en muchos de los casos presentados en artículos y denuncias colectivas como ejemplos de pretendida violencia vicaria, el daño que experimenta el menor no lo causa directamente su padre, sino el juez que dicta sentencias sin tener en cuenta su relato, su edad, su etapa de desarrollo o su necesidad de protección. Cuando las instituciones se convierten en las ejecutoras de esa violencia, estamos hablando de algo muy  profundo y estructural: violencia institucional.

Existen decisiones judiciales que desoyen, minimizan o niegan el relato del menor, y que priorizan la "autoridad paterna" por encima de su bienestar emocional, físico y psicológico. ¿De verdad estamos ante una nueva forma de violencia, o simplemente estamos maquillando con un nombre más políticamente funcional la violencia institucional?

Muchos de los casos catalogados (o esgrimidos) como supuesta violencia vicaria se desarrollan de la siguiente manera: una madre denuncia que el padre de sus hijos ha cometido abusos, malos tratos o comportamientos inadecuados. A pesar de la denuncia —y a menudo sin pruebas concluyentes que absuelvan ni condenen al denunciado—, el juez penal archiva la causa y el juez de familia  dicta medidas que afectan profundamente la vida del niño.

A veces, esas medidas implican retirar la custodia a la madre. Otras veces, más insidiosamente, se imponen visitas obligatorias con el padre, aun cuando el niño ha expresado con claridad que no quiere verlo, que tiene miedo, o que no se siente seguro. En muchos de estos casos, la madre es amenazada con perder la custodia si no fuerza al niño a cumplir con esas visitas, aun en contra de su voluntad y su bienestar emocional.

¿De qué estamos hablando entonces? ¿De un padre ejerciendo violencia contra la madre a través del hijo? ¿De un juez que condena a un niño a pasar las vacaciones y los fines de semana con alguien violento o alcohólico? ¿O de un juez obligando a una madre a traicionar a su hijo, bajo amenaza de castigo judicial si no convence al niño de que acuda a las visitas sonriente y recién peinado?

En estos escenarios, la figura del agresor se traslada, inevitablemente, del padre al aparato judicial. Es el juez quien impone la custodia compartida, es el juez que fija las visitas y es el juez quien amenaza con multas y con inversión de guarda si no se obedecen sus sentencia.

Son los jueces los que imponen custodias compartidas de bebés lactantes y valdría recordar aquí lo que dice el sabio refrán de que contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. Cualquiera que desee la custodia compartida de un bebé lactante, lo último que desea es el bien de esa criatura. Correspondería al juez contestar que no procede, pero no, amparado en la actual doctrina de moda en los juzgados la mal llamada "doctrina del bien superior del menor" el juez puede imponer una custodia compartida que es una tortura para el recién nacido y por supuesto para su madre.  

Es en los juzgados donde el juez  desoye el relato de un niño que denuncia abuso. Es el juez quien amenaza a la madre si no obliga al niño a ver a su agresor.Es el juez quien aplica (junto a su equipo técnico) una tortura judicial ampliamente implementada que se llama "la terapia de la amenaza" . Quien no lo crea puede buscarlo por ese mismo nombre.

El daño que estamos relatando no se produce en lo privado: se ejecuta desde lo institucional. Entonces, ¿de dónde nace  esta intención tan torcida como clara de inculpar al padre y exculpar a los jueces y peritos por todo este horror?

Hagamos como los detectives de las películas y preguntémonos, ¿quiénes se benefician de dividir y subdividir la violencia  como si fueran hallazgos y descubrimientos? ¿Por qué se necesitan constantemente nuevos nombres, nuevas etiquetas, nuevas categorías, en lugar de reconocer que lo que hay es una misma estructura de impunidad operando con distintos rostros? 

La invención (y no descubrimiento) del concepto violencia vicaria no es un caso aislado, últimamente se han inventado muchos neologismos que tratan de redefinir la realidad desde nuevas miradas, supuestamente capacitadas para hacerlo y han nacido así nuevas fobias y filias, nuevas definiciones de lo que es una mujer o nuevos odios pretendidamente  detectables y factibles de der juzgados. A veces parece que los pecados han sido añadidos al código penal y al código civil sin que nos hayamos percatado.

Uno de esos inventos es el de “alienación parental” que al igual que la "violencia vicaria" parece más una estrategia de marketing ideológico que una herramienta real de protección. Ambos  términos se disputan protagonismo en artículos y en juzgados, y los dos hacen  que se aleje el foco de lo único que importa: lo que el niño ha contado y lo que el niño ha sufrido.

Si partimos de la lógica que sustenta la violencia vicaria —es decir, que un padre puede usar a sus hijos para herir a la madre—, entonces también deberíamos aceptar como válida la idea de que una madre podría usar a sus hijos para herir al padre. Eso es, precisamente, lo que plantea el concepto de alienación parental.

Ambas nociones (violencia vicaria y alienación parental) se encuentran en el debate público, y ambas  comparten una raíz profundamente perversa: las dos  asumen que los niños no dicen la verdad, que son fácilmente manipulables, y que lo que relatan no debe ser tomado en serio, sino interpretado como una herramienta de guerra entre adultos.

Así, cuando un niño dice que su padre lo maltrata, y su madre denuncia, se la acusa a ella, sea directamente por el padre, por su abogado o por los peritos forenses y el juez,  de ser alienadora. Y cuando el niño termina siendo arrancado de los brazos de su madre por orden judicial, y se lo obliga a vivir con su padre, se dice que eso es violencia vicaria, que el padre lo hace para castigarla a ella, sin tener en cuenta que quien da la orden de invertir la guarda o concederla de forma unilateral al progenitor es el juez.

Por decirlo en palabras sencillas, las madres malas usan la alienación parental para herir a los padres buenos, y los padres malos usan la violencia vicaria para herir a las madres buenas.

¿Pero dónde está la verdad del niño? ¿Dónde están su voz, su miedo, sus deseos y la experiencia que relata como vivida? Lo terrible es que en ambos discursos —el de la alienación y el de la vicaria— el niño es solo un objeto de disputa, no un sujeto de derecho. La lucha no es por él, sino a través de él. El lenguaje cambia, pero el desamparo permanece.


Al final, mientras se disputan narrativas, teorías y neologismos, lo esencial se pierde y lo que se pierde es el niño. En lugar de seguir inventando etiquetas, conceptos y categorías que nos alejan del centro del problema, tal vez ha llegado la hora de hablar con claridad.


Lo que muchos llaman “violencia vicaria” no es más que una forma encubierta de violencia institucional. Y lo que otros llaman “alienación parental” no es más que un instrumento para silenciar a quien denuncia lo que no se quiere oír, es decir, tortura institucional.

Ambas narrativas son útiles para distintos sectores ideológicos, jurídicos y académicos y han servido para ocultar el verdadero conflicto: un sistema judicial que desoye a los niños, castiga a quienes los defienden y protege a quienes deberían ser investigados con más rigor. Y que ante la falta de pruebas jamás encarcela a alguien, pero tampoco obliga a quienes los acusan de convivir con ellos.

En el actual sistema se prefiere acusar a una madre de alienadora antes que respetar lo que su hijo ha relatado y por supuesto  se escoge hablar de violencia vicaria antes que admitir que se han separado niños de sus figuras de apego sin motivos coherentes. Es, en fin, un sistema que crea ficciones para no asumir su responsabilidad y que mantiene sin que se le mueva un pelo que un agresor de mujeres, sea un practicante de violencia verbal o hasta un golpeador, puede ser un buen padre.

No es necesario detectar nuevas formas de violencia. Lo que hace falta es reconocer que hay una gran violencia soterrada que muta, se disfraza, y se perpetúa cuando las instituciones fallan: la violencia institucional.

Y mientras todo esto ocurre en los papeles, en los juzgados, en los discursos políticos o en las publicaciones científicas o periodísticas, hay un niño que sigue esperando que alguien lo respete y respete sus deseos. Con pruebas o sin pruebas del abuso que dice haber sufrido, tiene deseos y temores y eso hay que respetarlo. Él no es un detective que debe aportar pruebas,  es un niño con miedo.

Los niños no se escuchan, eso es una castaña hueca, los niños y las niñas se respetan. La carne molida es para las hamburguesas.

Isabel Salas

domingo, 1 de septiembre de 2024

MUJERES SOLAS

¿Existe el patriarcado lingüístico?

 


Analicemos fríamente cómo el lenguaje refleja (y refuerza) estructuras de poder y sesgos culturales. Pensemos, por ejemplo, en ese patriarcado que se arrodilla ante la imagen sagrada de la maternidad, pero se burla del cuerpo marcado por el embarazo, las estrías, los pechos caídos, los kilos de más de quienes han criado hijos a sangre y uña. Pero hoy no hablaremos de hembras paridas, hablaremos de cuantas mujeres hacen falta para que no estemos solas.

Curiosamente, si una mujer camina con un cactus por la plaza, cerca de la panadería, no diremos que estaba sola cuando relatemos que la vimos. Pero si camina con otra mujer… es posible que digamos que iban dos mujeres solas. ¿El cactus tiene más estatus simbólico que otra mujer? Obvio. Bienvenidos al patriarcado lingüístico, pasen sin miedo. En este circo, referirnos a "cinco mujeres solas” no es el equivalente lingüístico a decir “una bandada de pájaros solos”. 

O sea, las mujeres pueden estar juntas, pero no con "alguien". Por tanto están solas.

Me pregunto, quién define la compañía válida, por qué “solas” implica desprotegidas, expuestas, sospechosas. Y cómo eso afecta la forma en que  vigilan, juzgan o incluso atacan a las hembras humanas en los espacios públicos o privados. Lo mismo he escuchado contar sobre el ladrón que entró en aquella casa donde estaban tres mujeres solas, que ese sobre ese grupo de chicas en la playa que se fueron solas a dormir una noche de verano las quince amigas y claro, provocaron que les pasara algo, por lo solas que estaban.

¿Recordáis al elefante que se balanceaba sobre la tela de una araña? La canción infantil en la que, ver que la tela resistía, hacía que el elefante llamara a otro. Con cada uno, la red parecía más fuerte. A nosotras nos pasa al revés 🙃 cuanto más somos, más solas parecemos. Mas evidente queda nuestra vulnerabilidad. Basta que un varón se sume al grupo para que dejemos de estar solas aunque seamos quince mujeres y el primo de una de ellas. Ya no estamos solas gracias a Dios. 

Esto no es una exageración. Es la lógica cultural en la que el varón es el referente de protección, de legitimidad y de supervisión. Una mujer sin un hombre no está con “alguien”, aunque esté con muchas otras. La compañía femenina no cuenta, porque no cumple la función simbólica esperada que tiene el protector masculino.

El lenguaje no es inocente. Es reflejo de siglos de estructuras sociales donde la mujer ha sido entendida como incompleta sin un varón al lado. Nunca he oído decir que “iban tres hombres solos” a pescar, o que “dos hombres solos” se fueron de excursión.

Y cuando se dice que una mujer estaba sola, casi nunca se refiere a su soledad interior, sino a su exposición. No solo al peligro físico, también al juicio moral. El lenguaje convierte la autonomía femenina en sospecha ya que estar sin hombres no es libertad sino riesgo e imprudencia. Y si ocurre algo, “claro, estaban solas”. Ellas se lo buscaron.

El lenguaje revela mucho más de lo que parece. Y en este caso, evidencia una lógica donde lo femenino solo se vuelve "acompañado", "seguro" o "legítimo" si hay una figura masculina que lo respalde. Este patrón no es anecdótico, es (como dicen las feministas) estructural. Afecta cómo se percibe la presencia femenina en lo público, en lo privado y en la narrativa colectivo.

Sería un buen ejemplo de lo que podríamos llamar sin rodeos un patriarcado lingüístico, aunque suene un poco dramático.

Y lo más irónico es que si fueran 900 mujeres con un solo hombre, ya no estarían solas, lo cual, más que compañía, suena a chiste macabramente patriarcal.

Un millón de mujeres se balanceaban sobre la tela del lenguaje.

Isabel Salas

sábado, 31 de agosto de 2024

MEN AGAINST ABORTION

Are you a man who’s against abortion?
 

 

Good for you. I actually admire people who, in this neutral and cowardly world, still have the guts to take a stance—for or against—on anything. Even more so when they do it passionately, unapologetically, and with conviction.

I’m not one of those women who thinks men shouldn’t have opinions about abortion because they don’t have uteruses. Far from it—I believe everyone should speak up about the world we live in. For example, I don’t ejaculate, yet I do have opinions about the timing and quality of male ejaculation, among other things that may seem unrelated to me at first glance.

I assume that, along with your brave and committed stand for life, you’re also coherent in your actions. I’m sure you never have sex without a condom, to prevent unwanted pregnancies for your sexual partner. Whether she’s your wife or a lover, I take it you’d never put a woman at risk.

I’m positive you never sleep with married women. I assume all your lovers (if you have them) are single, because if the pill or condom failed, they might have a hard time explaining that pregnancy to their husbands—and some, frightened (or cowardly), might even consider abortion to save their marriage. But of course, you’d never put a woman in that position. Your commitment to life is above all that.

I also imagine you’re a tireless activist for a world where women have equal educational and job opportunities. I assume you’re constantly speaking out against sexist behavior in other men, advocating for equal pay, and encouraging sex education in schools—including birth control. I bet you insist your sons use condoms and don’t pressure their girlfriends into unprotected sex. Coitus interruptus is risky, and you don’t want to become a grandfather just yet—especially not one whose grandchild might be aborted.

Needless to say, I’m sure you’re a man of integrity who condemns pedophiles who impregnate girls aged ten, eleven, twelve. Not only would you never do such a thing, but you’d report anyone who did. Even if it doesn’t happen in your neighborhood or social circle, I trust you choose your friends wisely.

I bet you’re also against incest. I assume you’ve never gotten off to a porn video where actors pretend to be father and daughter, and that none of your friends or relatives (to your knowledge) would ever be into something that sick.

Of course, you condemn rape—whether committed by one man or by seven. You know, those oh-so-modern “packs” of men who gang-rape women. They rarely use condoms, so the risk of pregnancy is high. Sure, some girls don’t seem to resist much in the videos those animals post online (maybe because they’re paralyzed by fear or, who knows, because they’re just total sluts). But never mind that—what matters is preventing unwanted pregnancies, something you clearly prioritize.

I’m against abortion too, and I fight for a world where women only get pregnant when and how they want.

In that world, all women—regardless of age or orientation—will have access to education, information, and the birth control methods of their choice. They’ll live in a world free of religious, political, and economic coercion, and safe from rape—whether by one man, or ten, or by a father, or by a stranger. Then and only then will they become mothers (if they ever want to) when they’re emotionally and financially ready.

In that world, we won’t have to argue about whether abortion is wrong, or whether adoption is good, or whether gay couples should be allowed to adopt. Children will be with their mothers—where they belong—because they’ll have been conceived intentionally. That simple.

Yes, that might be bad news for people hoping to adopt children—whether because they’re a same-sex couple and therefore infertile, or a heterosexual couple with fertility issues. But that day, they’ll just have to learn how to deal with reality.

And that day, I’ll be not just against abortion—as I already am—but celebrating that enormous achievement: women of all ages, whether straight or lesbian, finally being able to decide if, when, and how to become mothers. No pressure. No violence. No interference.

The old chant “Our bodies, our choice” finally made real—without abortion, without coercion. Just what it always should’ve been: our choice to become mothers, or not.

Until that day comes, I support legal abortion. Because right now, women are still getting pregnant without wanting to. And while some go ahead with the pregnancy—even if it was the result of an affair, incest, condom failure, or rape—not all do. Many choose abortion.

Until those conditions change—until women only get pregnant by choice and under conditions they control—there will still be abortions. And I deeply regret that, because I don’t like abortion at all.

I truly believe, like you, that life is important. Maybe not the most important thing, but still very important. And because I care about life, I care about many lives: the lives of women, and the lives of their children—both born and unborn.

You and I can’t stop women and girls from choosing abortion. That decision belongs to them. And they will do it—with or without our approval, in safe conditions or in dangerous ones.

The only thing you and I get to decide—since laws are supposedly made by all of us—is whether abortion is legal or not. I defend the right of all women in today’s violent, chaotic world to have that choice. I respect their decision, whatever it may be.

I’ve never had an abortion myself. I’ve always promised my daughters that I would welcome any grandchild they might give me—no matter how that child was conceived. But ultimately, the choice to give birth will always be theirs. I hope they never find themselves in that situation, but I know many women and girls do.

Is abortion a painful, difficult decision? Absolutely.
Wouldn’t it be better not to get pregnant in the first place? Of course.
Can the world guarantee that we’ll only get pregnant when we want to? No.

So let’s work to change the conditions that lead women to consider abortion.
Instead of condemning them for doing it in secret—or for doing it at all, under today’s conditions—let’s make it so no woman ever needs to see abortion as a necessity.

I believe in life too. A better life—for everyone. For those of us already here, and for those yet to come.

I don’t think harassing women and girls who get abortions, shaming them, chasing them down, or insulting them is a constructive way to fight for that better world I want—and that I suppose you want too.

And I hope that’s not your way of defending life either, man who’s against abortion.

Because the verbal and physical violence used in the name of “protecting unborn children,” while ignoring the lives of their mothers, is nothing but another form of violence—against women and girls.

We’ve already taken more than enough hits.

Don’t fall into that trap.

 

Isabel Salas

 

viernes, 30 de agosto de 2024

HOMBRES CONTRA EL ABORTO


¿Eres un hombre y estás contra el aborto?
 

Te felicito, me gusta mucho la gente que (en este mundo tan neutro y cobarde) tiene el valor de ponerse a favor o en contra de lo que sea. Y más si lo hace con pasión y sin medias tintas, convencida y orgullosa.

No soy de esas mujeres que piensa que los hombres no deben opinar sobre aborto porque no son ellos que abortan. Nada más lejos, creo que todos y todas podemos y debemos manifestarnos respecto al mundo que nos rodea. Yo, por ejemplo, no eyaculo y sin embargo emito opiniones y preferencias sobre las velocidades de la eyaculación masculina y otros asuntos que podrían parecer, en principio, ajenos a mi interés.

Supongo que además de valiente y comprometido con el derecho a la vida, también eres coherente y nunca follas sin condón para prevenir embarazos no deseados en tu compañera sexual. Sea tu esposa o alguna de tus amantes, sé que ninguna correrá jamás riesgos contigo.

Estoy segura de que jamás te acuestas con mujeres casadas, tus amantes (si las tienes) doy por hecho que son siempre solteras, ya que si fallasen la píldora o el condón, ellas tendrían problemas para explicarles a sus maridos cómo y de quién  se quedaron embarazadas y alguna, asustada (o cobarde), incluso, podría querer abortar para no perjudicar su estabilidad matrimonial. Sé que tú jamás colocarías a ninguna mujer en esa disyuntiva pues tu defensa de la vida está por encima de todo.

Por supuesto imagino que eres un gran activista en pro de un mundo lleno de oportunidades educativas y laborales para las mujeres.  La lucha por la equidad, la  igualdad de salarios y una crítica constante hacia las actitudes machistas de otros hombres, son tu seña de identidad. Enseñas a tus hijas y a tus hijos a usar preservativos, y apoyas que en las escuelas se impartan nociones básicas de control de natalidad. Siempre insistes con tus hijos varones para que no presionen a sus amigas a hacerlo a pelo. El coitus interruptus ya sabemos lo peligroso que es y tú no quieres ser abuelo todavía, ni mucho menos que un nieto tuyo sea abortado.

Ni que decir tiene que debes ser un hombre íntegro que condena a los pederastas que dejan embarazadas a niñas de diez, once o doce años en adelante. Tú, no sólo no harías nunca algo así, sino que denunciarías inmediatamente a cualquiera que estuviera abusando de menores u ofreciéndolas como prostitutas. Ya sabes que esas cosas pasan, aunque no sea en tu barrio ni entre tus amigos, todos tan cabales como tú. Estoy segura de ello y te admiro por ser tan consecuente y escoger tus amistades con tanto celo.

También apuesto a que no debes aprobar el incesto, jamás te has excitado viendo un vídeo porno donde los actores fingen ser padre e hija y entre tus amigos y parientes no hay ninguno (que te conste) capaz de una cochinada de ese calibre.

Tengo absoluta certeza de que condenas las violaciones, sean de uno en uno o de siete en siete. Ya sabes, las tan de moda “manadas” donde un grupo de degenerados violan a una mujer de cualquier edad. No suelen usar condón y el riesgo de embarazo es altísimo. Aunque algunas chicas no parecen resistirse mucho en los videos que esos cavernícolas publican en internet (tal vez sea por el pánico que las paraliza o porque son super putas), ¿Qué más da? lo importante aquí no es si esa gente se divierte o no. Lo que importa es prevenir embarazos no deseados, algo que a ti, te parece prioritario.

Yo también estoy contra el aborto, y lucho por un mundo donde las mujeres sólo se queden embarazadas cuándo y cómo lo deseen. 

Así  sabremos que las mujeres, (todas) con acceso a la educación, a la información, al dinero para los anticonceptivos de su preferencia, ciudadanas de un mundo libre donde no corren riesgo de ser violadas ni por uno ni por diez hombres, ni por su padre ni por un extraño… solamente decidirán ser madre (caso lo hagan, porque a lo mejor no quieren serlo) cuando ellas estén preparadas emocional y económicamente para ello.

En ese momento no tendremos que preocuparnos de si el aborto es algo reprobable o si la adopción es buena o no. No será un problema si las parejas gay podrán o no adoptar, pues los niños estarán con sus madres que es con quien deben estar. Ellas, simplemente, se quedarán embarazadas libremente y por decisión propia cuando deseen tener hijos. Así de sencillo.

Parece que esto puede ser nefasto para los que quieren adoptar hijos ajenos, y lo es. Bien porque son parejas homosexuales y por tanto in-fértiles o bien por ser parejas heterosexuales con problemas para concebir, no tendrán la opción de adoptar. Tanto unos como otros, ese día, tendrán que aprender a lidiar con la frustración de aceptar la realidad.

Ese día, yo estaré no sólo contra el aborto, como lo estoy hoy, sino celebrando esa gran conquista de la mujer, de cualquier edad, heterosexual o lesbiana,  de poder al fin escoger, cómo, cuándo y de qué manera ser madre o no. Sin presiones sociales, religiosas ni económicas.

El legendario “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, llevado a la realidad, sin abortos, sin violencia, sencillamente lo que siempre debió haber sido: nosotras decidimos si deseamos ser madres.

Hasta ese día, yo soy a favor de legalizar el aborto, pues sé muy bien que actualmente, muchas mujeres se quedan embarazadas sin desearlo y aunque algunas deciden tener el hijo a pesar de ser fruto de un adulterio, un incesto, el fallo de un condón o una violación, no todas piensan igual y muchas, prefieren abortar.

Hasta que las condiciones no sean las que expuse más arriba y las mujeres sólo se queden embarazadas cuando lo desean y de la manera que escogieron, sé que seguirá habiendo abortos y lo lamento mucho, pues no me gustan nada.

Sinceramente creo, cómo tú, que la vida es muy importante, tal vez NO lo más importante, pero sí mucho. Por tanto,  porque defiendo la vida, me preocupan muchas vidas, la de las otras mujeres y la de sus hijos, los ya nacidos y los por nacer.

Ni tú ni yo podremos oponernos a que las mujeres y las niñas decidan abortar pues esa decisión es de ellas, y lo harán con o sin nuestro beneplácito si deciden hacerlo. En circunstancias seguras o poniendo en riesgo sus propias vidas.

Lo único que podemos decidir tú y yo, ya que las leyes se hacen supuestamente entre todos, es si el aborto será legal o no. Defiendo el derecho de todas las mujeres del mundo de hoy (lleno de violencia y de violaciones de todos los tipos) a abortar y respeto la decisión de ellas de hacerlo o no. Yo misma nunca aborté y siempre les garanticé a mis hijas que recibiría con amor a cualquier nieto o nieta que ellas me den, (sea como sea concebido), respetando siempre que, finalmente, será decisión de ellas parirlo o no. Espero que ellas nunca necesiten considerar la posibilidad de abortar, pero soy consciente de que muchas mujeres y niñas pasan por ese trance.

¿Es una decisión dura y difícil? Sin duda. ¿Es mucho mejor no quedarse embarazada para no tener que abortar? Por supuesto. ¿Puede el mundo garantizarnos a todas que sólo nos quedaremos embarazadas cuando lo deseemos? No.

Por tanto, luchemos para que las condiciones cambien y permitan que ninguna mujer se vea en el dilema de abortar. En vez de condenarlas por hacerlo a escondidas o simplemente por hacerlo en las condiciones de hoy, pongamos nuestro esfuerzo en pro de que ninguna mujer considere el aborto una necesidad. Yo también creo que hay que luchar por la vida. Una vida mejor para todos y todas, para los que ya estamos aquí y para los que vendrán.

No creo que la condena a las mujeres y niñas que abortan, el perseguirlas, el insultarlas o el acorralarlas, sea una manera constructiva de luchar por ese mundo que deseo y que supongo deseas también. Y espero que tampoco sea esa tu forma de defender la vida, hombre que estás contra el aborto. La violencia (verbal y física) con que muchos aseguran defender la vida de los niños no nacidos, olvidándose de la vida de sus madres, no es ni más ni menos que otra forma de violencia contra las mujeres y las niñas. Ellas ya están bastante machacadas por el sistema.

Ya estamos bastante machacadas por las circunstancias.

No caigas en esa trampa.


Isabel Salas

DESEO DE SER MADRE

  ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener? La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas. N...