domingo, 27 de octubre de 2024

¿QUIÉN MATA MÁS? LA PREGUNTA EQUIVOCADA

Violencia, sexo y falacias: por qué el aborto no es comparable al asesinato.

 


Cuando se ponen sobre la mesa los datos concretos de homicidios anuales y se evidencia que, de cada 100 asesinatos, más de 90 son cometidos por varones, no tarda en activarse la reacción de los sectores machistas. Una de sus respuestas típicas consiste en apelar a una falsa equivalencia: incluir el aborto en las estadísticas de homicidios con el objetivo de desviar la atención. De ese modo, frente a los aproximadamente 380.000 asesinatos que cada año cometen algunos hombres en todo el mundo, colocan los millones de abortos legales e ilegales como si fueran homicidios cometidos por mujeres. La maniobra es clara: trasladar a las mujeres la carga de una supuesta violencia mayor para afirmar que, en realidad, ellas matan más que los hombres. Una falacia retórica envuelta en cinismo moral.

Vamos a desmontar esa falacia y a mostrar, con datos y razonamiento, por qué cada interrupción voluntaria del embarazo involucra a múltiples actores —médicos, legisladores, instituciones sanitarias, marcos legales— y no puede reducirse a una acción individual atribuible exclusivamente a la mujer que decide interrumpir su gestación.

La falacia de falsa equivalencia consiste en presentar como comparables dos hechos, conceptos o situaciones que difieren en aspectos fundamentales. Se fuerza una apariencia de equivalencia para descalificar un argumento contrario o inflar la validez del propio, aunque la comparación no se sostenga ni desde lo lógico ni desde lo empírico.

Pongamos un ejemplo simple: "No reciclar latas es tan dañino como verter residuos tóxicos en un río". Ambas acciones afectan al medio ambiente, pero su impacto es distinto. Esta comparación omite el contexto, selecciona atributos de forma sesgada y generaliza indebidamente. Se igualan cosas que no se parecen, se omiten variables clave, y se manipula la percepción pública.

Aplicado al aborto, la falacia es evidente. Ni el marco jurídico ni los actores involucrados son comparables entre los abortos y los homicidios, salvo en un punto: se produce una muerte. Pero esa coincidencia no basta para equiparar ambos casos. La comparación se desmorona en cuanto se contextualiza.

Controlar el embarazo ha sido una herramienta de poder patriarcal. Quien controla la natalidad, controla el mundo. Y controlar la natalidad pasa por controlar a las mujeres: las que gestan, paren y crían (si se les permite).

Señalar a la mujer que aborta como única culpable es una simplificación tramposa que omite la red de corresponsabilidad social, médica, legal y económica que rodea esa decisión. El aborto no es un acto unilateral. Es una decisión condicionada por factores múltiples.

A esto se suman padres, madres, amistades, entornos laborales, edad, salud mental y física, situación económica, nivel educativo. Y también estructuras institucionales: parlamentos, gobiernos, protocolos sanitarios, objeción de conciencia, servicios sociales, jueces. La mujer nunca actúa en soledad. Su voluntad se expresa dentro de un marco colectivo.

Reducir todo eso al titular “las mujeres matan más que los hombres” es una mentira disfrazada de argumento moral.

Resulta absurdo que un hombre que nunca asumirá las consecuencias físicas ni sociales de un embarazo no deseado, ni la carga real de una crianza en soledad, se postule como juez del útero ajeno. Algunos incluso presumen de no haber usado condón o de nunca haber echado a una pareja embarazada, mientras defienden "valores pro-vida" desde la comodidad de un micrófono.

La paradoja es esta: existe un interés histórico en impedir el control pleno de las mujeres sobre su fertilidad. Porque quien controla la natalidad, controla la vida. Y eso incluye controlar a las mujeres: las que gestan, paren y crían.

Los llamados "pro-vida" son, en realidad, defensores del parto obligatorio. Su discurso se detiene en el nacimiento, pero no asume responsabilidades sobre la crianza ni las redes de apoyo. A la vez, quienes promueven los vientres de alquiler o la adopción masiva también dependen de mujeres dispuestas o forzadas a entregar a sus hijos. En ambos casos, los niños son tratados como objetos.

La alternativa emancipadora es la libertad plena de maternidad: que cada mujer decida cuándo y cómo ser madre, sin coacción religiosa, política o económica, y con respaldo real. Solo cuando los hijos son deseados, el patriarcado empieza a temblar.

Durante la gestación, madre e hijo construyen un vínculo único. Al nacer, el contacto piel con piel regula funciones vitales y fortalece el apego. Romper ese proceso no es neutro. Es traumático, y moviliza estructuras legales, sanitarias y afectivas.

En vez de condenar a las mujeres que abortan,  deberíamos empeñarnos en destruir las condiciones que las empujan a esa disyuntiva. Solo así podrá tener sentido el lema "nosotras decidimos". Solo así la maternidad será una elección libre y sostenida por una estructura social justa.

Incluso si alguien defendiera la comparación aborto-homicidio con argumentos lógicamente consistentes, el desenlace moral no sería indiferente. Cuando ambas posturas son racionales, el criterio definitorio es la moral.

La postura moralmente superior es la que: Respeta la dignidad de las mujeres, reconoce la complejidad social del aborto, protege a los vulnerables sin imponer culpa y sostiene coherencia entre fines y medios.

En un escenario donde la lógica permite defender ambas posiciones, vence quien ofrece un marco más justo, humano y respetuoso con la vida real.

Y no olvidemos esto: para abortar, hace falta toda una red de actores, instituciones y contextos. Para continuar un embarazo, basta que una mujer quiera hacerlo. Ahí empieza todo. Y ahí debería estar nuestro respeto.

isabel Salas


miércoles, 23 de octubre de 2024

VIOLENCIA VICARIA: ¿DESCUBRIMIENTO O INVENTO?

Análisis crítico del concepto de violencia vicaria y su aplicación institucional, cuestionando su impacto en los derechos del menor y la justicia familiar.

 

 

 

En los últimos años ha tomado fuerza el término "violencia vicaria", como otra nueva forma (descubierta) de violencia de género. Este invento es definido por sus entusiastas, como aquella violencia contra la madre que se ejerce sobre las hijas e hijos con la intención de dañarla por interpósita persona. Es decir, el padre u otro hombre usa los hijos de una mujer como instrumento para dañar a esa madre. Como si los niños fueran martillos que ni sienten ni padecen.

La incorporación de este concepto en los discursos feministas e institucionales ha sido sospechosamente rápida y estratégica, presentándola como una “nueva forma” de violencia machista, recientemente detectada y bautizada, que debe ser visibilizada, perseguida y castigada.

Sin embargo, esta categorización encierra un problema grave. Para empezar, es fundamental distinguir entre la violencia que ocurre fuera del ámbito judicial —en la intimidad de los hogares o en la calle, entre particulares— y la que se comete dentro de los juzgados, amparada o ejecutada por las instituciones del Estado. La primera, si bien dolorosa y muchas veces brutal, pertenece al plano privado; puede ser cometida, en principio, por cualquiera de los progenitores, aunque por razones muy diferentes, y debe ser atendida con rigor. La segunda, en cambio, es responsabilidad directa del poder judicial, que con sus decisiones puede agravar, perpetuar o incluso generar una nueva forma de sufrimiento, tanto para el niño como para el adulto, que en su nombre, denuncia los hechos relatados por el niño. Recordemos que los niños no pueden denunciar solos y siempre será un adulto quien denuncie lo que ellos previamente le  han contado.

Ese adulto suele ser su madre, pero teóricamente podría ser su padre,  su abuela, una profesora, un médico, un vecino o cualquier persona que escuche al niño y decida no mirar hacia otro lado. El hecho de que sean mayoritariamente las madres es parte del escenario que debemos escudriñar y lo haremos periódicamente en este mismo blog.

Sin embargo, en muchos de los casos presentados en artículos y denuncias colectivas como ejemplos de pretendida violencia vicaria, el daño que experimenta el menor no lo causa directamente su padre, sino el juez que dicta sentencias sin tener en cuenta su relato, su edad, su etapa de desarrollo o su necesidad de protección. Cuando las instituciones se convierten en las ejecutoras de esa violencia, estamos hablando de algo muy  profundo y estructural: violencia institucional.

Existen decisiones judiciales que desoyen, minimizan o niegan el relato del menor, y que priorizan la "autoridad paterna" por encima de su bienestar emocional, físico y psicológico. ¿De verdad estamos ante una nueva forma de violencia, o simplemente estamos maquillando con un nombre más políticamente funcional la violencia institucional?

Muchos de los casos catalogados (o esgrimidos) como supuesta violencia vicaria se desarrollan de la siguiente manera: una madre denuncia que el padre de sus hijos ha cometido abusos, malos tratos o comportamientos inadecuados. A pesar de la denuncia —y a menudo sin pruebas concluyentes que absuelvan ni condenen al denunciado—, el juez penal archiva la causa y el juez de familia  dicta medidas que afectan profundamente la vida del niño.

A veces, esas medidas implican retirar la custodia a la madre. Otras veces, más insidiosamente, se imponen visitas obligatorias con el padre, aun cuando el niño ha expresado con claridad que no quiere verlo, que tiene miedo, o que no se siente seguro. En muchos de estos casos, la madre es amenazada con perder la custodia si no fuerza al niño a cumplir con esas visitas, aun en contra de su voluntad y su bienestar emocional.

¿De qué estamos hablando entonces? ¿De un padre ejerciendo violencia contra la madre a través del hijo? ¿De un juez que condena a un niño a pasar las vacaciones y los fines de semana con alguien violento o alcohólico? ¿O de un juez obligando a una madre a traicionar a su hijo, bajo amenaza de castigo judicial si no convence al niño de que acuda a las visitas sonriente y recién peinado?

En estos escenarios, la figura del agresor se traslada, inevitablemente, del padre al aparato judicial. Es el juez quien impone la custodia compartida, es el juez que fija las visitas y es el juez quien amenaza con multas y con inversión de guarda si no se obedecen sus sentencia.

Son los jueces los que imponen custodias compartidas de bebés lactantes y valdría recordar aquí lo que dice el sabio refrán de que contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. Cualquiera que desee la custodia compartida de un bebé lactante, lo último que desea es el bien de esa criatura. Correspondería al juez contestar que no procede, pero no, amparado en la actual doctrina de moda en los juzgados la mal llamada "doctrina del bien superior del menor" el juez puede imponer una custodia compartida que es una tortura para el recién nacido y por supuesto para su madre.  

Es en los juzgados donde el juez  desoye el relato de un niño que denuncia abuso. Es el juez quien amenaza a la madre si no obliga al niño a ver a su agresor.Es el juez quien aplica (junto a su equipo técnico) una tortura judicial ampliamente implementada que se llama "la terapia de la amenaza" . Quien no lo crea puede buscarlo por ese mismo nombre.

El daño que estamos relatando no se produce en lo privado: se ejecuta desde lo institucional. Entonces, ¿de dónde nace  esta intención tan torcida como clara de inculpar al padre y exculpar a los jueces y peritos por todo este horror?

Hagamos como los detectives de las películas y preguntémonos, ¿quiénes se benefician de dividir y subdividir la violencia  como si fueran hallazgos y descubrimientos? ¿Por qué se necesitan constantemente nuevos nombres, nuevas etiquetas, nuevas categorías, en lugar de reconocer que lo que hay es una misma estructura de impunidad operando con distintos rostros? 

La invención (y no descubrimiento) del concepto violencia vicaria no es un caso aislado, últimamente se han inventado muchos neologismos que tratan de redefinir la realidad desde nuevas miradas, supuestamente capacitadas para hacerlo y han nacido así nuevas fobias y filias, nuevas definiciones de lo que es una mujer o nuevos odios pretendidamente  detectables y factibles de der juzgados. A veces parece que los pecados han sido añadidos al código penal y al código civil sin que nos hayamos percatado.

Uno de esos inventos es el de “alienación parental” que al igual que la "violencia vicaria" parece más una estrategia de marketing ideológico que una herramienta real de protección. Ambos  términos se disputan protagonismo en artículos y en juzgados, y los dos hacen  que se aleje el foco de lo único que importa: lo que el niño ha contado y lo que el niño ha sufrido.

Si partimos de la lógica que sustenta la violencia vicaria —es decir, que un padre puede usar a sus hijos para herir a la madre—, entonces también deberíamos aceptar como válida la idea de que una madre podría usar a sus hijos para herir al padre. Eso es, precisamente, lo que plantea el concepto de alienación parental.

Ambas nociones (violencia vicaria y alienación parental) se encuentran en el debate público, y ambas  comparten una raíz profundamente perversa: las dos  asumen que los niños no dicen la verdad, que son fácilmente manipulables, y que lo que relatan no debe ser tomado en serio, sino interpretado como una herramienta de guerra entre adultos.

Así, cuando un niño dice que su padre lo maltrata, y su madre denuncia, se la acusa a ella, sea directamente por el padre, por su abogado o por los peritos forenses y el juez,  de ser alienadora. Y cuando el niño termina siendo arrancado de los brazos de su madre por orden judicial, y se lo obliga a vivir con su padre, se dice que eso es violencia vicaria, que el padre lo hace para castigarla a ella, sin tener en cuenta que quien da la orden de invertir la guarda o concederla de forma unilateral al progenitor es el juez.

Por decirlo en palabras sencillas, las madres malas usan la alienación parental para herir a los padres buenos, y los padres malos usan la violencia vicaria para herir a las madres buenas.

¿Pero dónde está la verdad del niño? ¿Dónde están su voz, su miedo, sus deseos y la experiencia que relata como vivida? Lo terrible es que en ambos discursos —el de la alienación y el de la vicaria— el niño es solo un objeto de disputa, no un sujeto de derecho. La lucha no es por él, sino a través de él. El lenguaje cambia, pero el desamparo permanece.


Al final, mientras se disputan narrativas, teorías y neologismos, lo esencial se pierde y lo que se pierde es el niño. En lugar de seguir inventando etiquetas, conceptos y categorías que nos alejan del centro del problema, tal vez ha llegado la hora de hablar con claridad.


Lo que muchos llaman “violencia vicaria” no es más que una forma encubierta de violencia institucional. Y lo que otros llaman “alienación parental” no es más que un instrumento para silenciar a quien denuncia lo que no se quiere oír, es decir, tortura institucional.

Ambas narrativas son útiles para distintos sectores ideológicos, jurídicos y académicos y han servido para ocultar el verdadero conflicto: un sistema judicial que desoye a los niños, castiga a quienes los defienden y protege a quienes deberían ser investigados con más rigor. Y que ante la falta de pruebas jamás encarcela a alguien, pero tampoco obliga a quienes los acusan de convivir con ellos.

En el actual sistema se prefiere acusar a una madre de alienadora antes que respetar lo que su hijo ha relatado y por supuesto  se escoge hablar de violencia vicaria antes que admitir que se han separado niños de sus figuras de apego sin motivos coherentes. Es, en fin, un sistema que crea ficciones para no asumir su responsabilidad y que mantiene sin que se le mueva un pelo que un agresor de mujeres, sea un practicante de violencia verbal o hasta un golpeador, puede ser un buen padre.

No es necesario detectar nuevas formas de violencia. Lo que hace falta es reconocer que hay una gran violencia soterrada que muta, se disfraza, y se perpetúa cuando las instituciones fallan: la violencia institucional.

Y mientras todo esto ocurre en los papeles, en los juzgados, en los discursos políticos o en las publicaciones científicas o periodísticas, hay un niño que sigue esperando que alguien lo respete y respete sus deseos. Con pruebas o sin pruebas del abuso que dice haber sufrido, tiene deseos y temores y eso hay que respetarlo. Él no es un detective que debe aportar pruebas,  es un niño con miedo.

Los niños no se escuchan, eso es una castaña hueca, los niños y las niñas se respetan. La carne molida es para las hamburguesas.

Isabel Salas

domingo, 1 de septiembre de 2024

MUJERES SOLAS

¿Existe el patriarcado lingüístico?

 


Analicemos fríamente cómo el lenguaje refleja (y refuerza) estructuras de poder y sesgos culturales. Pensemos, por ejemplo, en ese patriarcado que se arrodilla ante la imagen sagrada de la maternidad, pero se burla del cuerpo marcado por el embarazo, las estrías, los pechos caídos, los kilos de más de quienes han criado hijos a sangre y uña. Pero hoy no hablaremos de hembras paridas, hablaremos de cuantas mujeres hacen falta para que no estemos solas.

Curiosamente, si una mujer camina con un cactus por la plaza, cerca de la panadería, no diremos que estaba sola cuando relatemos que la vimos. Pero si camina con otra mujer… es posible que digamos que iban dos mujeres solas. ¿El cactus tiene más estatus simbólico que otra mujer? Obvio. Bienvenidos al patriarcado lingüístico, pasen sin miedo. En este circo, referirnos a "cinco mujeres solas” no es el equivalente lingüístico a decir “una bandada de pájaros solos”. 

O sea, las mujeres pueden estar juntas, pero no con "alguien". Por tanto están solas.

Me pregunto, quién define la compañía válida, por qué “solas” implica desprotegidas, expuestas, sospechosas. Y cómo eso afecta la forma en que  vigilan, juzgan o incluso atacan a las hembras humanas en los espacios públicos o privados. Lo mismo he escuchado contar sobre el ladrón que entró en aquella casa donde estaban tres mujeres solas, que ese sobre ese grupo de chicas en la playa que se fueron solas a dormir una noche de verano las quince amigas y claro, provocaron que les pasara algo, por lo solas que estaban.

¿Recordáis al elefante que se balanceaba sobre la tela de una araña? La canción infantil en la que, ver que la tela resistía, hacía que el elefante llamara a otro. Con cada uno, la red parecía más fuerte. A nosotras nos pasa al revés 🙃 cuanto más somos, más solas parecemos. Mas evidente queda nuestra vulnerabilidad. Basta que un varón se sume al grupo para que dejemos de estar solas aunque seamos quince mujeres y el primo de una de ellas. Ya no estamos solas gracias a Dios. 

Esto no es una exageración. Es la lógica cultural en la que el varón es el referente de protección, de legitimidad y de supervisión. Una mujer sin un hombre no está con “alguien”, aunque esté con muchas otras. La compañía femenina no cuenta, porque no cumple la función simbólica esperada que tiene el protector masculino.

El lenguaje no es inocente. Es reflejo de siglos de estructuras sociales donde la mujer ha sido entendida como incompleta sin un varón al lado. Nunca he oído decir que “iban tres hombres solos” a pescar, o que “dos hombres solos” se fueron de excursión.

Y cuando se dice que una mujer estaba sola, casi nunca se refiere a su soledad interior, sino a su exposición. No solo al peligro físico, también al juicio moral. El lenguaje convierte la autonomía femenina en sospecha ya que estar sin hombres no es libertad sino riesgo e imprudencia. Y si ocurre algo, “claro, estaban solas”. Ellas se lo buscaron.

El lenguaje revela mucho más de lo que parece. Y en este caso, evidencia una lógica donde lo femenino solo se vuelve "acompañado", "seguro" o "legítimo" si hay una figura masculina que lo respalde. Este patrón no es anecdótico, es (como dicen las feministas) estructural. Afecta cómo se percibe la presencia femenina en lo público, en lo privado y en la narrativa colectivo.

Sería un buen ejemplo de lo que podríamos llamar sin rodeos un patriarcado lingüístico, aunque suene un poco dramático.

Y lo más irónico es que si fueran 900 mujeres con un solo hombre, ya no estarían solas, lo cual, más que compañía, suena a chiste macabramente patriarcal.

Un millón de mujeres se balanceaban sobre la tela del lenguaje.

Isabel Salas

sábado, 31 de agosto de 2024

MEN AGAINST ABORTION

Are you a man who’s against abortion?
 

 

Good for you. I actually admire people who, in this neutral and cowardly world, still have the guts to take a stance—for or against—on anything. Even more so when they do it passionately, unapologetically, and with conviction.

I’m not one of those women who thinks men shouldn’t have opinions about abortion because they don’t have uteruses. Far from it—I believe everyone should speak up about the world we live in. For example, I don’t ejaculate, yet I do have opinions about the timing and quality of male ejaculation, among other things that may seem unrelated to me at first glance.

I assume that, along with your brave and committed stand for life, you’re also coherent in your actions. I’m sure you never have sex without a condom, to prevent unwanted pregnancies for your sexual partner. Whether she’s your wife or a lover, I take it you’d never put a woman at risk.

I’m positive you never sleep with married women. I assume all your lovers (if you have them) are single, because if the pill or condom failed, they might have a hard time explaining that pregnancy to their husbands—and some, frightened (or cowardly), might even consider abortion to save their marriage. But of course, you’d never put a woman in that position. Your commitment to life is above all that.

I also imagine you’re a tireless activist for a world where women have equal educational and job opportunities. I assume you’re constantly speaking out against sexist behavior in other men, advocating for equal pay, and encouraging sex education in schools—including birth control. I bet you insist your sons use condoms and don’t pressure their girlfriends into unprotected sex. Coitus interruptus is risky, and you don’t want to become a grandfather just yet—especially not one whose grandchild might be aborted.

Needless to say, I’m sure you’re a man of integrity who condemns pedophiles who impregnate girls aged ten, eleven, twelve. Not only would you never do such a thing, but you’d report anyone who did. Even if it doesn’t happen in your neighborhood or social circle, I trust you choose your friends wisely.

I bet you’re also against incest. I assume you’ve never gotten off to a porn video where actors pretend to be father and daughter, and that none of your friends or relatives (to your knowledge) would ever be into something that sick.

Of course, you condemn rape—whether committed by one man or by seven. You know, those oh-so-modern “packs” of men who gang-rape women. They rarely use condoms, so the risk of pregnancy is high. Sure, some girls don’t seem to resist much in the videos those animals post online (maybe because they’re paralyzed by fear or, who knows, because they’re just total sluts). But never mind that—what matters is preventing unwanted pregnancies, something you clearly prioritize.

I’m against abortion too, and I fight for a world where women only get pregnant when and how they want.

In that world, all women—regardless of age or orientation—will have access to education, information, and the birth control methods of their choice. They’ll live in a world free of religious, political, and economic coercion, and safe from rape—whether by one man, or ten, or by a father, or by a stranger. Then and only then will they become mothers (if they ever want to) when they’re emotionally and financially ready.

In that world, we won’t have to argue about whether abortion is wrong, or whether adoption is good, or whether gay couples should be allowed to adopt. Children will be with their mothers—where they belong—because they’ll have been conceived intentionally. That simple.

Yes, that might be bad news for people hoping to adopt children—whether because they’re a same-sex couple and therefore infertile, or a heterosexual couple with fertility issues. But that day, they’ll just have to learn how to deal with reality.

And that day, I’ll be not just against abortion—as I already am—but celebrating that enormous achievement: women of all ages, whether straight or lesbian, finally being able to decide if, when, and how to become mothers. No pressure. No violence. No interference.

The old chant “Our bodies, our choice” finally made real—without abortion, without coercion. Just what it always should’ve been: our choice to become mothers, or not.

Until that day comes, I support legal abortion. Because right now, women are still getting pregnant without wanting to. And while some go ahead with the pregnancy—even if it was the result of an affair, incest, condom failure, or rape—not all do. Many choose abortion.

Until those conditions change—until women only get pregnant by choice and under conditions they control—there will still be abortions. And I deeply regret that, because I don’t like abortion at all.

I truly believe, like you, that life is important. Maybe not the most important thing, but still very important. And because I care about life, I care about many lives: the lives of women, and the lives of their children—both born and unborn.

You and I can’t stop women and girls from choosing abortion. That decision belongs to them. And they will do it—with or without our approval, in safe conditions or in dangerous ones.

The only thing you and I get to decide—since laws are supposedly made by all of us—is whether abortion is legal or not. I defend the right of all women in today’s violent, chaotic world to have that choice. I respect their decision, whatever it may be.

I’ve never had an abortion myself. I’ve always promised my daughters that I would welcome any grandchild they might give me—no matter how that child was conceived. But ultimately, the choice to give birth will always be theirs. I hope they never find themselves in that situation, but I know many women and girls do.

Is abortion a painful, difficult decision? Absolutely.
Wouldn’t it be better not to get pregnant in the first place? Of course.
Can the world guarantee that we’ll only get pregnant when we want to? No.

So let’s work to change the conditions that lead women to consider abortion.
Instead of condemning them for doing it in secret—or for doing it at all, under today’s conditions—let’s make it so no woman ever needs to see abortion as a necessity.

I believe in life too. A better life—for everyone. For those of us already here, and for those yet to come.

I don’t think harassing women and girls who get abortions, shaming them, chasing them down, or insulting them is a constructive way to fight for that better world I want—and that I suppose you want too.

And I hope that’s not your way of defending life either, man who’s against abortion.

Because the verbal and physical violence used in the name of “protecting unborn children,” while ignoring the lives of their mothers, is nothing but another form of violence—against women and girls.

We’ve already taken more than enough hits.

Don’t fall into that trap.

 

Isabel Salas

 

viernes, 30 de agosto de 2024

HOMBRES CONTRA EL ABORTO


¿Eres un hombre y estás contra el aborto?
 

Te felicito, me gusta mucho la gente que (en este mundo tan neutro y cobarde) tiene el valor de ponerse a favor o en contra de lo que sea. Y más si lo hace con pasión y sin medias tintas, convencida y orgullosa.

No soy de esas mujeres que piensa que los hombres no deben opinar sobre aborto porque no son ellos que abortan. Nada más lejos, creo que todos y todas podemos y debemos manifestarnos respecto al mundo que nos rodea. Yo, por ejemplo, no eyaculo y sin embargo emito opiniones y preferencias sobre las velocidades de la eyaculación masculina y otros asuntos que podrían parecer, en principio, ajenos a mi interés.

Supongo que además de valiente y comprometido con el derecho a la vida, también eres coherente y nunca follas sin condón para prevenir embarazos no deseados en tu compañera sexual. Sea tu esposa o alguna de tus amantes, sé que ninguna correrá jamás riesgos contigo.

Estoy segura de que jamás te acuestas con mujeres casadas, tus amantes (si las tienes) doy por hecho que son siempre solteras, ya que si fallasen la píldora o el condón, ellas tendrían problemas para explicarles a sus maridos cómo y de quién  se quedaron embarazadas y alguna, asustada (o cobarde), incluso, podría querer abortar para no perjudicar su estabilidad matrimonial. Sé que tú jamás colocarías a ninguna mujer en esa disyuntiva pues tu defensa de la vida está por encima de todo.

Por supuesto imagino que eres un gran activista en pro de un mundo lleno de oportunidades educativas y laborales para las mujeres.  La lucha por la equidad, la  igualdad de salarios y una crítica constante hacia las actitudes machistas de otros hombres, son tu seña de identidad. Enseñas a tus hijas y a tus hijos a usar preservativos, y apoyas que en las escuelas se impartan nociones básicas de control de natalidad. Siempre insistes con tus hijos varones para que no presionen a sus amigas a hacerlo a pelo. El coitus interruptus ya sabemos lo peligroso que es y tú no quieres ser abuelo todavía, ni mucho menos que un nieto tuyo sea abortado.

Ni que decir tiene que debes ser un hombre íntegro que condena a los pederastas que dejan embarazadas a niñas de diez, once o doce años en adelante. Tú, no sólo no harías nunca algo así, sino que denunciarías inmediatamente a cualquiera que estuviera abusando de menores u ofreciéndolas como prostitutas. Ya sabes que esas cosas pasan, aunque no sea en tu barrio ni entre tus amigos, todos tan cabales como tú. Estoy segura de ello y te admiro por ser tan consecuente y escoger tus amistades con tanto celo.

También apuesto a que no debes aprobar el incesto, jamás te has excitado viendo un vídeo porno donde los actores fingen ser padre e hija y entre tus amigos y parientes no hay ninguno (que te conste) capaz de una cochinada de ese calibre.

Tengo absoluta certeza de que condenas las violaciones, sean de uno en uno o de siete en siete. Ya sabes, las tan de moda “manadas” donde un grupo de degenerados violan a una mujer de cualquier edad. No suelen usar condón y el riesgo de embarazo es altísimo. Aunque algunas chicas no parecen resistirse mucho en los videos que esos cavernícolas publican en internet (tal vez sea por el pánico que las paraliza o porque son super putas), ¿Qué más da? lo importante aquí no es si esa gente se divierte o no. Lo que importa es prevenir embarazos no deseados, algo que a ti, te parece prioritario.

Yo también estoy contra el aborto, y lucho por un mundo donde las mujeres sólo se queden embarazadas cuándo y cómo lo deseen. 

Así  sabremos que las mujeres, (todas) con acceso a la educación, a la información, al dinero para los anticonceptivos de su preferencia, ciudadanas de un mundo libre donde no corren riesgo de ser violadas ni por uno ni por diez hombres, ni por su padre ni por un extraño… solamente decidirán ser madre (caso lo hagan, porque a lo mejor no quieren serlo) cuando ellas estén preparadas emocional y económicamente para ello.

En ese momento no tendremos que preocuparnos de si el aborto es algo reprobable o si la adopción es buena o no. No será un problema si las parejas gay podrán o no adoptar, pues los niños estarán con sus madres que es con quien deben estar. Ellas, simplemente, se quedarán embarazadas libremente y por decisión propia cuando deseen tener hijos. Así de sencillo.

Parece que esto puede ser nefasto para los que quieren adoptar hijos ajenos, y lo es. Bien porque son parejas homosexuales y por tanto in-fértiles o bien por ser parejas heterosexuales con problemas para concebir, no tendrán la opción de adoptar. Tanto unos como otros, ese día, tendrán que aprender a lidiar con la frustración de aceptar la realidad.

Ese día, yo estaré no sólo contra el aborto, como lo estoy hoy, sino celebrando esa gran conquista de la mujer, de cualquier edad, heterosexual o lesbiana,  de poder al fin escoger, cómo, cuándo y de qué manera ser madre o no. Sin presiones sociales, religiosas ni económicas.

El legendario “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, llevado a la realidad, sin abortos, sin violencia, sencillamente lo que siempre debió haber sido: nosotras decidimos si deseamos ser madres.

Hasta ese día, yo soy a favor de legalizar el aborto, pues sé muy bien que actualmente, muchas mujeres se quedan embarazadas sin desearlo y aunque algunas deciden tener el hijo a pesar de ser fruto de un adulterio, un incesto, el fallo de un condón o una violación, no todas piensan igual y muchas, prefieren abortar.

Hasta que las condiciones no sean las que expuse más arriba y las mujeres sólo se queden embarazadas cuando lo desean y de la manera que escogieron, sé que seguirá habiendo abortos y lo lamento mucho, pues no me gustan nada.

Sinceramente creo, cómo tú, que la vida es muy importante, tal vez NO lo más importante, pero sí mucho. Por tanto,  porque defiendo la vida, me preocupan muchas vidas, la de las otras mujeres y la de sus hijos, los ya nacidos y los por nacer.

Ni tú ni yo podremos oponernos a que las mujeres y las niñas decidan abortar pues esa decisión es de ellas, y lo harán con o sin nuestro beneplácito si deciden hacerlo. En circunstancias seguras o poniendo en riesgo sus propias vidas.

Lo único que podemos decidir tú y yo, ya que las leyes se hacen supuestamente entre todos, es si el aborto será legal o no. Defiendo el derecho de todas las mujeres del mundo de hoy (lleno de violencia y de violaciones de todos los tipos) a abortar y respeto la decisión de ellas de hacerlo o no. Yo misma nunca aborté y siempre les garanticé a mis hijas que recibiría con amor a cualquier nieto o nieta que ellas me den, (sea como sea concebido), respetando siempre que, finalmente, será decisión de ellas parirlo o no. Espero que ellas nunca necesiten considerar la posibilidad de abortar, pero soy consciente de que muchas mujeres y niñas pasan por ese trance.

¿Es una decisión dura y difícil? Sin duda. ¿Es mucho mejor no quedarse embarazada para no tener que abortar? Por supuesto. ¿Puede el mundo garantizarnos a todas que sólo nos quedaremos embarazadas cuando lo deseemos? No.

Por tanto, luchemos para que las condiciones cambien y permitan que ninguna mujer se vea en el dilema de abortar. En vez de condenarlas por hacerlo a escondidas o simplemente por hacerlo en las condiciones de hoy, pongamos nuestro esfuerzo en pro de que ninguna mujer considere el aborto una necesidad. Yo también creo que hay que luchar por la vida. Una vida mejor para todos y todas, para los que ya estamos aquí y para los que vendrán.

No creo que la condena a las mujeres y niñas que abortan, el perseguirlas, el insultarlas o el acorralarlas, sea una manera constructiva de luchar por ese mundo que deseo y que supongo deseas también. Y espero que tampoco sea esa tu forma de defender la vida, hombre que estás contra el aborto. La violencia (verbal y física) con que muchos aseguran defender la vida de los niños no nacidos, olvidándose de la vida de sus madres, no es ni más ni menos que otra forma de violencia contra las mujeres y las niñas. Ellas ya están bastante machacadas por el sistema.

Ya estamos bastante machacadas por las circunstancias.

No caigas en esa trampa.


Isabel Salas

martes, 20 de agosto de 2024

NATALIDAD Y MADRES

 La vida va mucho más allá del parto.

 


Hoy en día, el debate sobre la natalidad y la maternidad parece estar atrapado entre dos extremos: por un lado la familia tradicional, históricamente defensora de la pareja heterosexual y autoproclamados pro-vida y por otro, las otras formas de familia que también buscan moldear la conversación sobre el derecho a la vida, al aborto, a los vientres subrogados y a la crianza. 

Sin embargo, al observar más de cerca al primer grupo, resulta evidente que los llamados "pro-vida" son en realidad pro-parto. Su cacareado y vehemente interés  en defender "la vida" parece centrarse únicamente en garantizar que los embarazos lleguen a término, sin preocuparse realmente por el posterior bienestar de los niños tras el nacimiento ni por las condiciones en las que serán criados. Su defensa se limita al nacimiento, dejando a las madres, muchas veces en situaciones de extrema vulnerabilidad, solas para enfrentar el enorme reto de la crianza e incentivándolas de formas a veces sutiles y otras brutales a que llevan sus embarazos a término y den a sus hijos en adopción. No hay una preocupación genuina por asegurar que estos niños crezcan en entornos adecuados, con acceso a una educación digna, salud o estabilidad emocional junto a sus madres. En lugar de garantizar una vida plena para el niño y su mamá, la agenda pro-vida a menudo se desvincula completamente de las responsabilidades que conlleva la crianza y pasa a ser así parte de los que parecen desear que haya muchos niños disponibles para abastecer el mercado de los que dicen desear hijos

Por otro lado, las "otras formas de familia," como las homosexuales o aquellas que no pueden concebir por medios naturales, por problemas de esterilidad o de salud o de estética o incluso por falta de tiempo,  también juegan un rol en este entramado de explotación de las madres, ya que dependen de que alguna mujer, por las razones que sean, renuncie a su hijo o se vea desposeída de él a la fuerza, para que otros puedan formar la familia que desean. En estos casos, el vínculo materno-filial es roto sin mayor consideración, por jueces, servicios sociales, trabajadores sociales, agencias de madres de alquiler etc priorizando los sueños de quienes buscan tener un hijo a cualquier costo. 

Así, mientras el sistema se presenta como defensor de la vida y el derecho a formar una familia, la realidad es que estos niños a menudo son usados tras nacer y ser separados de sus madres,  para satisfacer los deseos de otros, sin que se tenga en cuenta el impacto de separar a los bebés de sus madres. 

En ambos casos, lo que subyace es una instrumentalización de los niños, tratándolos como objetos para cumplir expectativas sociales o personales, sin respetar la necesidad de las madres y sus hijos a mantener el vínculo más fuerte de todos y sin ofrecer un apoyo real para quienes deciden llevar a cabo el embarazo.

Sin embargo, lo que está completamente ausente de esta discusión es la posibilidad más lógica y justa según la propia naturaleza: que las mujeres sean quienes decidan, de manera libre y autónoma, cuándo y cómo desean ser madres.

El control de la natalidad ha sido históricamente un medio de control sobre las mujeres. Desde tiempos inmemoriales, el sistema ha tratado de regular la natalidad no por respeto a la vida, sino por el control sobre la población, y lo ha hecho a través de los cuerpos de las mujeres. Se nos ha impuesto la maternidad como un deber social, una obligación biológica y hasta sagrada, y se nos ha negado, en muchos casos, la capacidad de decidir cuándo y bajo qué circunstancias queremos ser madres.

Pero ¿qué pasaría si las mujeres por primera vez en la historia consiguiéramos adquirir ese control? ¿Qué pasaría si solo concibiéramos hijos cuando lo decidimos? ¿Qué pasaría si solo se gestaran los hijos deseados por sus madres? la respuesta es simple y poderosa: si solo nacieran los hijos que realmente son deseados por sus madres, nadie más podría disponer de ellos.

Y el tan renombrado sistema patriarcal temblaría en su base.

Hoy, los hijos, tanto los  no deseados como los deseados, están en el centro de un sistema de poder que los utiliza como herramientas. Los hijos son usados como objetos de debate entre ideologías, como piezas que garantizan la perpetuación de estructuras sociales o como oportunidades para aquellos que, por diversas razones, no pueden tener hijos y buscan “disponer” de los de otras personas. Este sistema de control que intenta dictar cómo deben vivir las mujeres, que las amenaza con perder a sus hijos si denuncian a los progenitores por haberlas golpeado a ellas o a sus hijos y qué decisiones pueden tomar sobre sus cuerpos al plantearse llevar a término una gestación o no, no es nada más que una prolongación del control patriarcal sobre la vida misma.

El debate público actual está estructurado a mi parecer con mucha perversión, para invisibilizar esta opción. Se nos coloca entre dos opciones: el modelo de la familia tradicional, que busca imponer la maternidad como un deber inalienable dentro de una pareja heterosexual, o el modelo propuesto por las "otras familias" que también usa a las madres para legitimar sus propios intereses. Pero nadie parece dispuesto a defender la  opción menos complicada y dañina: que las mujeres tengan la libertad plena de decidir ser madres cuando lo deseen, sin presiones sociales, religiosas, ni económicas y tengan la garantía de que nadie les quitará a sus hijos.

Esta opción, la de ser madre solo cuando se desea  serlo, debería ser vista no como una lucha por supuestos derechos individuales, sino como la única forma de libertad natural y ética de  realmente respetar  la vida y la dignidad de los seres humanos, tanto la de las madres como la de sus hijos y sus hijas, que al final, somos todos, pues tal  vez algunos nunca seamos  progenitores o progenitoras, pero  todos fuimos y somos hijos o hijas.

Cuando una mujer decide ser madre y lo hace libremente, en condiciones de amor, deseo y voluntad plena, la cosa cambia para la sociedad de la cual esa mujer forma parte. Si cada mujer decidiera cuándo y cómo tener hijos, tendríamos una sociedad donde cada hijo es un hijo deseado, concebido por decisión libre y consciente. Y en ese momento, desaparecería la necesidad de las batallas ideológicas que buscan apropiarse de los hijos y separarlos de sus madres. La maternidad dejaría de ser una obligación impuesta, dentro o fuera de los matrimonios y se convertiría en una experiencia genuinamente liberadora para las mujeres, con hijos que llegan al mundo desde el amor, no desde el control.

Algunos seguramente temen que esto afecte a quienes desean adoptar o a quienes no pueden concebir. Y es cierto, este cambio implicaría que las personas tendrían que lidiar con la realidad de que los hijos no son productos a disposición de quienes no pueden tenerlos biológicamente. Pero ¿no es acaso mayor que el falso  derecho de ser madre, la libertad de las mujeres de decidir cuando y cómo ser madres? repito, Si solo los hijos deseados por sus madres fueran concebidos, la sociedad tendría que adaptarse a un nuevo modelo en el que las mujeres controlarían su maternidad de manera plena y con ello la natalidad que siempre ha estado en manos masculinas.

La maternidad, como concepto, ha sido históricamente ensalzada, pero al mismo tiempo las madres han sido vilipendiadas. Esto es una triste realidad que vivimos a diario. Mientras se glorifica la idea de la maternidad como algo puro y sagrado, las madres reales, que cargan con el peso de la crianza y las expectativas sociales, son marginadas, juzgadas y controladas. Sus cuerpos criticados, sus ojeras motivo de burla, sus gritos cuando las obligan a separarse de sus bebés recién nacidos en los hospitales, silenciados por la complicidad de quienes negocian con ellos. Esto no debe continuar. Es  hora de replantearnos todos cómo vemos la maternidad, no debemos permitir que  siga siendo un sacrificio ni una imposición, sino  una elección consciente y libre de cada mujer.

El sistema debe dejar de dictar cómo y cuándo debemos ser madres. Si las mujeres pudiéramos conquistar completamente el poder sobre nuestra capacidad de procreación, podríamos liberarnos de las cadenas que nos atan a un sistema que  controla nuestras vidas a través de la natalidad. Basta recordar cuantas niñas son obligadas a casarse cada día o cuantas madres soportan malos tratos porque saben que si deciden romper el vínculo con el progenitor de sus hijos los puede perder para siempre. Cuantas mujeres se someten a situaciones insostenibles para no ser alejadas de sus hijos o ponen su cuerpo para protegerlos de los mayores abusos.

La maternidad debe ser una opción libre, decidida y deseada por las mujeres, no impuesta ni manipulada. Y cuando eso ocurra, si algún día ocurre, cuando las mujeres sean las únicas en decidir sobre su maternidad o no, desaparecerán muchas de las injusticias que hoy enfrentamos. Porque solo entonces, en un mundo donde los hijos sean deseados, respetaremos realmente la vida y el bienestar de todos y todas, hijos e hijas al fin, antes que nada en la vida.

Es hora de poner esta opción sobre la mesa, de hacerla parte del debate público y de luchar para que sea reconocida como la alternativa más humana para todas las mujeres y para la sociedad en su conjunto. Conocemos los miles de estudios que hablan del apego, de la necesidad que tenemos cuando bebés de estar al lado de madres felices y tranquilas para un perfecto desarrollo, pero no se tienen para nada en cuenta en la practica.

Sé que estamos muy lejos de tomar en serio una propuesta así y que muchos dirán que es un disparate o una locura, no importa, es una opción a considerar que abre posibilidades muy interesantes que habrían de propiciar grandes cambios muy beneficiosos para todos los niños y niñas por nacer.

Por tanto, ahí la dejo, y ojalá realmente provoque una nueva discusión sobre la verdadera labor más antigua  del mundo: ser madre. Un trabajo que se inicia en el momento de la concepción y que solo termina con la muerte. Ya que mientras viva una mujer que ha parido, ella será la madre de sus hijos, vivan estos o no, los tenga cerca o lejos. Se los dejen criar en paz o se los arranquen para beneficio de otros.


Isabel Salas

jueves, 15 de agosto de 2024

EUROPA, FALSA ALIANZA

 Europa: vasallo útil, no aliado soberano



Hay quien todavía vive en la fantasía de que Europa forma parte de un bloque occidental unido por valores comunes y objetivos compartidos. Que la OTAN nos protege, aunque no sabemos bien de quién, que la Unión Europea nos integra, y que Estados Unidos nos considera socios estratégicos. Pero basta con observar con atención —y con un poco de valentía y honestidad— para ver que eso no es verdad y, lo que es peor, tal vez no lo ha sido nunca.

El cerebro que comanda las manitas que manejan los hilos de Estados Unidos no quiere una Europa fuerte, ni soberana, ni independiente. No la quiere como socio ni siquiera como igual. La quiere dócil, dividida, culpable, envejecida y dependiente. Y lleva décadas trabajando para que así sea. La estrategia no es nueva, pero en los últimos años ha alcanzado tal nivel de descaro que ya no podría ni justificarse.

No se trata solo de economía ni  de energía. Se trata de impedir que Europa tenga voluntad propia. Una Europa sólida, con industria, con identidad, con memoria, es un competidor natural de Estados Unidos. Y eso no lo quieren permitir. Por eso han roto todos los puentes posibles: con Rusia, con el cristianismo, con la historia, con la familia, con el sentido común.

Alemania, que hace no tanto era un actor industrial y diplomático con peso propio, ha sido reducida a simple ejecutora de órdenes. No hizo falta disparar una sola bala. Bastó con cortar el gas ruso, imponer sanciones absurdas y venderle a su población un relato de guerra emocional e irracional. Hoy Alemania paga la energía más cara del mundo, su industria se deslocaliza, y sus políticos repiten como loros lo que les dictan desde Washington o Bruselas.

España, por su parte, obedece con entusiasmo. Arranca olivares, restringe regadíos, entrega sus campos fértiles a placas solares que no alimentan a nadie. Se encarece la vida, se desmantela la agricultura, se cierra la industria. Todo en nombre de una “transición” que no dirige el país ni su pueblo, sino burócratas que responden a otros intereses. España no decide nada. Apenas gestiona su ruina.

Italia, Francia, los países del Este... todos asisten al mismo proceso. La inmigración masiva no se frena. La cohesión social se resquebraja. La identidad se criminaliza. Se subsidia el caos y se castiga la palabra. Todo con el discurso de los derechos humanos, la diversidad y la democracia, pero sin que nadie haya votado estas políticas. Nadie preguntó a los pueblos europeos si querían esto. Se les impuso.

Y cuando se alza alguna voz crítica, cuando alguien cuestiona el relato, los mecanismos de censura blanda se activan de inmediato. Los medios, las redes, los organismos internacionales, las ONGs, todos repiten la misma consigna: calla, obedece, culpa tu pasado, renuncia a tu historia, financia tu reemplazo.

La OTAN no protege a Europa: la controla. La Unión Europea no integra a Europa: la diluye. Y las élites que gobiernan desde Bruselas no representan a los europeos: representan intereses ajenos. No los elige nadie. No responden ante nadie. Y sin embargo legislan sobre todo.

Nos han  querido hacer creer que el problema es Rusia, o que el problema es la extrema derecha, o el cambio climático, o la desinformación. Pero el verdadero problema está dentro: está en los despachos donde se decide qué puede pensar un europeo, cómo debe vivir, a quién debe recibir, qué debe olvidar y cuándo debe aplaudir desde el balcón de su casa a la hora marcada.

Lo que está ocurriendo en Europa no es un proceso natural. Es una demolición dirigida. Y no se hace con tanques ni con explosivos. Se hace con discursos, con normas, con narrativas. Se hace convirtiendo la identidad en delito, la soberanía en extremismo y la defensa de lo propio en incitación al odio.

Europa no se suicida. La están matando, y con ella a muchos de nosotros.

Isabel Salas

DESEO DE SER MADRE

  ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener? La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas. N...