viernes, 27 de diciembre de 2024

LA VIOLENCIA NO TIENE GÉNERO, TIENE SEXO


La violencia no es neutra: tiene rostro, tiene sexo y tiene datos.

 

Desde hace tiempo, la derecha recurre al mantra-eslogan “la violencia no tiene género” para deslegitimar las políticas de igualdad —o de género— y ridiculizar en los debates públicos y en los parlamentos a quienes piden protección para las mujeres. Hoy vengo a darles la razón en un punto concreto de su discurso, la violencia no tiene género, sino sexo, y esa violencia se expresa a través  de diferentes matices y datos concretos que ellos astutamente callan o, quizá, ignoran. 

Debo decir, antes de continuar, que las políticas de género tampoco son santo de mi devoción: el día que las mujeres aceptamos sustituir la palabra sexo por género nos dimos un tiro en el pie que aún nos hace cojear. Aclarado este punto, conviene saber que, en realidad, atribuir la violencia al género (construcción social) diluye las diferencias de cómo hombres y mujeres nos relacionamos con la violencia y oculta lo decisivo que es el sexo biológico para analizar en profundidad la realidad con datos concretos. Me baso en los datos del Global Study on Homicide de la UNODC, aunque invito a buscar más información y contrastar las fuentes. Ese estudio señala que cada año se registran entre 400.000 y 450.000 homicidios intencionales en el mundo, de los cuales el 90 % los cometen hombres y el 10 % mujeres.

Traducido a probabilidades anuales, esto equivale a que 1 de cada 10.000 varones comete un homicidio frente a 1 de cada 90.000 mujeres. Dicho de otro modo, los hombres tienen una probabilidad nueve veces mayor de matar y, de cada 100 homicidios, 90 son obra de varones.

En este punto conviene hacer una observación relevante: si muchos hombres homicidas matan a más de una víctima, la tasa desciende aún más. Veámoslo con un ejemplo práctico: un asesino que mata a cinco personas reduce esa proporción real a 1 por cada 50.000 hombres. Este simple análisis demuestra que la inmensa mayoría de los hombres no mata nunca a nadie (aunque ejerzan otras formas de violencia) y debería moderar el impulso de miedo hacia los hombres en general por parte de ciertos grupos, al menos en lo que respecta al riesgo de encontrarse con un homicida.

Según datos de criminología y de la citada UNODC, los homicidios cometidos por varones responden a diferentes motivos, que van desde la violencia instrumental —crimen organizado, ajustes de cuentas, sicariato y tráfico de drogas, con objetivos de control territorial y ganancias económicas— o el reclutamiento en pandillas o estructuras criminales; hasta disputas interpersonales y pasionales —riñas callejeras, peleas de pareja, celos o venganzas en el calor del momento—; pasando por la violencia doméstica en el ámbito familiar o de pareja, motivada por dinámicas de maltrato y control. También encontramos trastornos mentales y psicopatías que derivan en homicidios múltiples (asesinos en serie) o en un solo acto extremo, así como motivaciones sexuales y de sadismo que generan delitos con componente sexual (necrofilia, tortura sexual) o búsqueda de placer sádico. Aunque minoritarios, estos casos también quedan encuadrados en la tipología de homicidas.

Por otro lado, el perfil de las mujeres homicidas difiere por completo. En la mayoría de los casos, se trata de una única víctima y suele existir un vínculo emocional o familiar —pareja violenta, hijos u otros familiares—. Los motivos más comunes incluyen la defensa propia, la violencia sufrida previamente, la desesperación o trastornos mentales puntuales (por ejemplo, depresión posparto o psicosis). Los casos de mujeres que matan por crimen organizado, búsqueda de poder o simple sadismo son extremadamente raros, y la reincidencia es prácticamente nula.

Con todo lo expuesto, puedo dar la razón a referentes como Agustín Laje, Javier Ortega Smith, Rocío Monasterio y otros: la violencia homicida no tiene género, tiene sexo. Este fenómeno no se distribuye de forma homogénea; está clara y altamente concentrado en una minoría perteneciente al sexo masculino. 

Reconocer que la variable relevante es el sexo biológico —y no el género— permite orientar también una mirada crítica más completa hacia otras violencias. Cuando hablamos de golpes y malos tratos los números tambien han de ser fruto de un estudio riguroso, que tanto a derecha cuanto a izquierda o al feminismo debería importar. Números reales que nos permita trabajar a todos objetivamente para tratar de erradicar la violencia en la medida de lo posible. 

Para concluir quiero dejarles otros datos, que dicen más que cualquier cosa que yo pueda añadir, de los aproximadamente 450 000 homicidios anuales en el mundo, según la UNODC, 81 % ≃ 364 500 personas son víctimas masculinas y  19 % ≃ 85 500 personas son víctimas femeninas.  

Y el 60% de las mujeres que mueren asesinadas...mueren en un entorno doméstico a manos de su pareja o su expareja. Sin duda merece la pena pensar en todo esto.

Isabel Salas

 

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  AGUSTÍN LAJE Y SUS TRAMPAS DISCURSIVAS 

FEMINISMOS Y MADRES  

 

 

 

 

 

Aquí están los enlaces de referencia para consultar

  1. Global Study on Homicide (UNODC)

  2.  Informe completo (PDF) – Global Study on Homicide 2018

  3.  Base de datos UNODC – Estadísticas de homicidio

  4.  Violencia contra las mujeres – WHO (datos sobre homicidios en el ámbito doméstico)

  5.  Agustín Laje (Wikipedia)
    https://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_Laje

  6.  Javier Ortega Smith (Wikipedia)
    https://es.wikipedia.org/wiki/Javier_Ortega_Smith

  7.  Rocío Monasterio (Wikipedia)

    https://es.wikipedia.org/wiki/Roc%C3%ADo_Monasterio

domingo, 15 de diciembre de 2024

PATOLOGIZAR PARA CALLAR (NOS)

 El cuerpo enferma mientras el expediente psiquiatriza

 


El sistema no escucha lo que le pasa al cuerpo de las madres durante un proceso judicial donde existe la posibilidad de que le quiten a sus hijos, pero lo traduce a su manera.

La madre enfrenta bruxismo, pérdida de muelas, diarreas, insomnio, hipertensión y agotamiento nervioso —signos clásicos de estrés crónico y duelo forzado— el expediente escribe trastornos. El cuerpo habla, el juzgado ignora. No se pregunta qué daño puede producir la separación, sino qué defectos tiene la madre. De hecho, después del arrancamiento de un hijo nadie desde el juzgado se pregunta como están de salud la madre o el hijo.

Así, la violencia institucional no se reconoce como causa.  Y en esa operación, el vínculo se pierde dos veces: primero en la vida, después en el lenguaje.  

Cuando una madre pierde, o lucha por no perder, a sus hijos —sea por vía forzada, judicial o institucional— su cuerpo no “exagera”: reacciona.  El cuerpo grita amenaza sostenida; el juzgado responde con diagnóstico.

Este post no necesita muchas explicaciones, basta ver la lista de que reproduzco a continuación y sacar las propias conclusiones 

1. Patologías reales, documentadas y silenciadas

Estas no son "personalidades problemáticas". Son respuestas fisiológicas y psicosomáticas ante una amenaza prolongada, una pérdida no resuelta y una institucionalidad que castiga el apego.

Sistema nervioso y somatización

  • Insomnio severo o fragmentado

  • Crisis de ansiedad con síntomas físicos

  • Hipervigilancia permanente

  • Fatiga extrema / agotamiento nervioso

Salud bucodental

  • Bruxismo (diurno/nocturno)

  • Pérdida o fractura de piezas dentales

  • Retracción de encías

  • Dolor mandibular crónico (ATM)

Sistema digestivo

  • Diarreas persistentes

  • Colon irritable

  • Náuseas crónicas

  • Gastritis y úlceras

  • Pérdidas o aumentos bruscos de peso

Sistema inmunológico

  • Infecciones recurrentes

  • Caída del cabello

  • Brotes de herpes

  • Agravamiento de enfermedades autoinmunes

Sistema cardiovascular

  • Hipertensión reactiva

  • Taquicardias

  • Dolor torácico funcional

Sistema endocrino y hormonal

  • Amenorrea / alteraciones del ciclo

  • Desregulación tiroidea

  • Síntomas menopáusicos tempranos o intensificados

Dolor físico generalizado

  • Migrañas

  • Contracturas crónicas

  • Fibromialgia o cuadros similares


Es el cuerpo reaccionando a una amenaza que no cesa. Aunque algunos de estos problemas aparecen durante una convivencia violenta,  empeoran cuando se inicia el proceso judicial y aparecen otros. Muchos otros.


2. El expediente: del cuerpo al diagnóstico

Cuando el dolor y el miedo resisten y no se callan, el sistema responde con etiquetas. No se diagnostica el daño, se invalida al sujeto. No se reconoce la violencia institucional, se convierte en patología individual. En definitiva no parecen entender la reacción de una hembra al tratar de quitarle a su cría. Al final, para ellos, cualquiera puede ser madre.

Etiquetas frecuentes (y funcionales):

  • Trastorno límite de la personalidad

  • Rasgos paranoides

  • Trastorno narcisista

  • Trastorno histriónico

  • Psicosis encubierta

  • Depresión “patológica”

  • Ansiedad “desadaptativa”

  • Trastorno oposicionista

  • Trastorno de la personalidad no especificado

Constructos que no necesitan pruebas:

  • “Obsesión con el hijo”

  • “Dependencia emocional”

  • “Fijación patológica”

  • “Dificultad para cooperar”

  • “Rigidez cognitiva”

  • “Victimismo”

  • “Alienación” (cuando conviene)

Estas categorías no requieren pruebas objetivas. 

Se activan cuando la madre no acepta perder el vínculo.

Cada reacción humana se convierte en un defecto psiquiátrico. El cuerpo habla del daño. El expediente borra la causa. Lo primero es consecuencia. Lo segundo, herramienta.

 Madame Bedeau de l'Écochère

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

IMPUNIDAD JUDICIAL: EL USO DE NEOLOGISMOS

El crimen lo cometió el padre, pero el asesinato fue  (presuntamente) autorizado por el juez.


El  lamentable caso de Ángela González Carreño, convertido en paradigma de la llamada “violencia vicaria” en España, por algunos defensores de este neologismo, merece una revisión seria y sin sentimentalismos, y me dispongo a hacerla  desde el máximo respeto por Angela y por su hija Andrea.

La niña se llamaba Andrea Rascón González, y aunque normalmente es conocida simplemente como Andrea, me parece conveniente nombrarla, al menos una vez, sin olvidarnos de su edad y sus apellidos. Tenía 7 años cuando fue asesinada por su padre, el 24 de abril de 2003, durante una visita sin supervisión, impuesta (presuntamente) por un juez.  Esta desgracia sucedió a pesar de las numerosas  advertencias previas de su madre, la señora Ángela González Carreño.

Existe una "versión oficial", defensora (como dije) del neologismo conocido como violencia vicaria, que repite hasta el agotamiento, que su expareja asesinó a la hija de ambos con el único propósito de hacerle daño a ella, la madre. Este relato, cómodo, sencillo y destinado a promocionar esta "nueva violencia de género", oculta lo que a los ojos de muchas otras madres es lo esencial: quien habilitó el contexto en el cual el crimen pudo consumarse, fue el propio juez que ordenó las visitas y forzó a la niña a estar con el padre. (Por supuesto todo esto es presuntamente porque ya sabemos lo quisquillosos que pueden llegar a ser los poderosos)

Seguramente habría podido matarla al doblar una esquina volviendo de la heladería, pero tendrán que estar de acuerdo conmigo que las visitas impuestas ayudaron a concretar  el plan de este presunto degenerado.

A pesar de que doña Ángela había presentado más de cuarenta y siete denuncias (según he leído en los medios) alertando del peligro que él representaba, fue ignorada por dicho juez. Si fueron denuncias en la comisaría o a través de su abogado, eso no lo sé.

Es decir, lo diré con otras palabras, la niña fue asesinada porque un juez, sabiendo lo que sabía, impuso su autoridad para permitir que aquel hombre tuviera acceso a la menor. Sin esa decisión judicial, la amenaza proferida por el padre —“te quitaré lo que más quieres”— habría sido inofensiva. Fue la justicia española, y su aparato concreto y ejecutor, la que posibilitó que el asesino cumpliera su promesa.

Por eso, lo que algunas activistas celebran como un avance en el reconocimiento de "la violencia machista extrema", debería verse, en rigor, como una confirmación de la violencia institucional y dejarnos de zarandajas. El concepto de violencia vicaria ha operado aquí, y en otros muchos casos, como una ingeniosa herramienta discursiva para desviar el foco de responsabilidad. Así, en lugar de cuestionar el rol del poder judicial, la narrativa mediática y política convierte al hombre agresor en el único culpable y exhibe como lucha feminista  lo que en realidad termina siendo un mecanismo de autoprotección del propio Estado, nos guste o no.

Tal vez, la "violencia vicaria" ni siquiera haya nacido como un mecanismo de autoprotección del propio sistema judicial, eso  no puedo afirmarlo. Sólo Dios sabe qué tenían y tienen en la cabeza sus inventores y defensores, pero es evidente que el sistema judicial la ha recibido con los brazos y las subvenciones abiertas de par en par. 

La niña asesinada, Andrea, se convierte así en un símbolo que ya no es ella misma. Su muerte es utilizada para reforzar un relato que convierte su tragedia en un asunto entre adultos —entre su padre y su madre— y borra la violencia institucional que ella realmente padeció. Así como también borra la otra violencia, la que su padre ejercía sobre ella directa o indirectamente tal y como su madre denunció incansable.

Porque Andrea murió no solo por culpa de un asesino —que lo era—, sino por la decisión consciente de un juez que ignoró las advertencias, los informes, las señales de peligro y las palabras del propio asesino.

El negocio que gira alrededor de la violencia vicaria es, presuntamente, redondo para el sistema judicial: permite alimentar la maquinaria ideológica contra el “padre violento” mientras se mantienen intactas las prácticas judiciales que siguen colocando a menores en manos de violentos y maltratadores. A la postre, lo que se está protegiendo es la potestad del juez de imponer visitas incluso en contextos de riesgo extremo, blindando así el principio estructural de que el vínculo con el progenitor, aunque éste sea peligroso, debe preservarse por encima de todo. Y todo esto fundamentado en el pretendido bien superior del niño.

El caso de Ángela González no es  único (pues todos los días hay niños sufriendo por malas decisiones judiciales) ni es un ejemplo  de lo que llaman "violencia vicaria", por más que quieran usarlo como emblemático.  Es, sobre todo, según mi análisis, un caso prototípico de violencia institucional y se utiliza el concepto de violencia vicaria como cortina de humo. El asesinato de Andrea fue, en rigor, una muerte autorizada y permitida por un Estado que decidió ignorar la evidencia.

El feminismo institucional debería preguntarse por qué, cada vez que una tragedia así ocurre, el relato mediático se apresura a señalar exclusivamente al hombre y nunca al juez que firmó la sentencia que puso a la víctima en manos de su verdugo. Quizá la respuesta es incómoda: en el fondo, la violencia vicaria es el relato que necesita la justicia para quedar eximida de su responsabilidad en estos crímenes. Parece una "buena idea", inventar nuevas violencias,  aunque traigan consecuencias nefastas como esconder la violencia institucional. Que es la madre del cordero.

No juzgo las presuntas intenciones de quienes inventaron la violencia vicaria o defienden su existencia como una brillante forma nueva de nombrar las violencias machistas. No puedo adivinar las intenciones de nadie y para eso, repito, está Dios. Pero no puedo evitar recordar el refrán aquel tan sabio:  "De buenas intenciones está el infierno lleno" .

Y sí, cuando se habla de vidas, de violencia y de niños en peligro lo que necesitamos no son buenas ideas que justifiquen el actuar de los juzgados sino excelentes soluciones que salven vidas. No queremos cursos ni cursillos para mover dinero de subvenciones y chiringuitos y que cada experto o ponente se lleve su tajada.  Queremos que se respete el deseo y el miedo que expresan los niños, que son concretos y no el abstracto "interés superior del menor" donde cabe todo lo humano y lo inhumano. 

No he conseguido el nombre del juez. No hay constancia pública del nombre del juez o jueza que impuso el régimen de visitas sin supervisión en el caso de Andrea, o al menos yo no he sabido encontrarlo. Todos los informes y documentos oficiales —como el dictamen del Comité de la CEDAW (ONU) o las sentencias del Tribunal Supremo y del Constitucional— mencionan al “juzgado” o a “los juzgados”, sin identificar individualmente al magistrado o magistrada responsable. Obvio. Entre bomberos no se pisan la manguera.

Es lo habitual en estas causas donde los niños terminan asesinados. Las resoluciones judiciales se atribuyan institucionalmente al juzgado, y no al juez concreto. Por eso me deja tan triste lo que está pasando. Por si aún no queda bastante protegido el juez responsable ... viene otro grupo de gente a señalar al padre como el perpetrador de la "violencia vicaria" que se ejerció para herir a la madre, como si lo principal aquí no fuera la muerte de la nena.

Realmente no estoy de acuerdo con ese sesgo. Si el sistema judicial quisiera terminar con ese tipo de asesinatos de niños, lo tendría fácil: cero visitas con violentos. 

He pensado mucho en Angela en todos estos años y en su sufrimiento. Como madre me puedo imaginar su rabia y su dolor al verse impedida de proteger a su niña. Su inmensa frustración al ver como el "juzgado" ignoraba sus pedidos y súplicas. Su miedo al constatar el horror que vivía Andrea en cada visita. 

El espanto más profundo para una madre no es solo temer por la vida de su hija, sino descubrir que quienes deberían ayudarla a protegerla —las autoridades, el juez, el Estado— no solo desoyen su clamor sino que condenan a la niña a visitar al violento. 

Acudir a un tribunal con pruebas, advertencias y súplicas, y ver cómo el juez responde enviando a la niña, deliberadamente, a manos de quien la amenaza, es una traición estructural. Ese horror —la inversión absoluta del sentido de justicia— deja a la madre en la intemperie más brutal: no hay peor pesadilla que comprobar que el peligro no está fuera del sistema, sino que se materializa precisamente en el acto judicial que debería ofrecer protección.

Perfectamente podría decirse  que fue un presunto caso de traición a la patria si aceptamos que “la patria” no es  solamente la bandera ni el Estado abstracto sino la comunidad concreta de personas a las que las instituciones están supuestamente obligadas a proteger, entonces sí: cuando un juez, investido de poder público, abandona su deber esencial de proteger a los más vulnerables —en este caso una niña amenazada—, está traicionando la razón misma por la que el Estado existe.

Esa traición es aún más grave porque el juez actúa en nombre de “la patria potestad”, del “interés superior del menor” y de la “justicia”. Es traición en su forma más perversa: desde dentro, revestida de legalidad y solemnidad.

No hay palabras para acompañar  en el sentimiento a esta madre, Ángela, una mujer torturada institucionalmente. Con total respeto he escrito esta reflexión y desde aquí le mando un abrazo, esté donde esté ella y otro para su hija. Ella sí sabemos dónde está los que creemos en Dios.

Los del juzgado también tienen un lugarcito reservado donde la justicia divina los pondrá cuando les llegue la hora. Aquí se libraron, pero en el más allá no escaparán de la verdadera justicia. Aquí ignoramos sus nombres, allí los conocen con nombres y apellidos.

Si esto fuera una película negra, el detective haría la pregunta clave: ¿a quién beneficia el uso de estos neologismos?  ¿Quién queda impune cuando un niño es condenado a vivir con su maltratador? La respuesta está frente a nosotros: los jueces que dictan sentencias irresponsables y perpetúan la violencia, pues sus decisiones quedan disfrazadas de violencia vicaria.

Y ¿quién se lleva el dinero? Aquí entra el circuito perfecto: aparentemente las organizaciones feministas subvencionadas, asociaciones que viven de cursos, cursillos, conversatorios y exposiciones para “explicar” esta nueva violencia, la violencia vicaria. La "nueva violencia de género" que por se convierte así (queriendo o no) en esa etiqueta conveniente que desvía la mirada de donde debería estar: en el propio Estado y su maquinaria judicial que, a veces, convierte la protección en negocio y la justicia en espectáculo de sombras de terror.

Terminemos esta reflexión con una oración por Ángela y Andrea. No soy una mujer especialmente piadosa pero sí me he puesto de rodillas varias veces en la soledad de mi cuarto para pedirle a Cristo fuerza y sabiduría para manejar las situaciones que me tocaron vivir. Últimamente también le pido que me enseñe a sentir su Amor y hoy, especialmente, que su abrazo le llegue a esta madre y a esta hija.

 

Isabel Salas 

Aclaración  Uso la palabra “presuntamente”  por pura y legítima autoprotección legal. Como los noticieros y todos los que hablan de crímenes. Aquí todos somos presuntos hasta que se demuestre lo contrario, y eso ya se sabe. 

  

jueves, 28 de noviembre de 2024

PERTENENCIA

 

Reflexión sobre el sentido de pertenencia más allá de los lugares, explorando cómo las relaciones y recuerdos forjan nuestra identidad emocional.

 

 

Tengo un amigo que siempre me decía que yo era la única persona, que él conocía, sin sentido de pertenencia. Pasamos muchas horas hablando sobre eso y nuestra percepción del asunto fue mudando a lo largo del tiempo.

Al principio, yo le decía, medio en broma medio en serio, que él conocía muy poca gente y que seguramente habría muchas personas con ese mismo sentimiento de desarraigo que tengo yo; personas que a pesar de ser muy conscientes de cual es su ciudad natal y cuales las calles donde aprendieron a jugar, a andar en bicicleta o a patinar, se sienten, al crecer, bien en cualquier lado.

Durante los primeros meses de nuestra amistad, él siempre me preguntaba si yo sentía falta de mi tierra y yo siempre le respondía que no, que todo seguía allí y que no estaba perdido como cuando una persona se muere y sabemos que nunca más podremos abrazarla. Los lugares que yo había amado en mi infancia y que todavía amaba, seguían allí y eso me bastaba. 

Hasta hoy siguen y hasta hoy me basta.

Después de muchos años de amistad, en los que ambos nos mudamos en diferentes momentos para diferentes ciudades, él dejó de preguntarme y pocas veces volvimos a tocar en el asunto. Concluyó, porque es un gran amante de las conclusiones y los veredictos, que yo era una persona sin sentido de pertenencia pero que eso no le impedía amarme.

Nuestra amistad, como todas las amistades, sufrió transformaciones a lo largo de los años, por un tiempo dejó de ser sólo amistad para ser eso que llaman amistad colorida y fue hermoso. Después el color desapareció con la distancia impuesta por las circunstancias personales de cada uno y volvimos a ser sólo amigos, si es que se puede ser solamente amigos, pues la amistad es un "todo" precioso que siempre abarca muchísimo más de lo que suponemos.

Anoche no conseguía dormir debido a la muerte de una persona que durante unos años fue mi cuñada y de quien tengo muy buenos recuerdos. Pensé en sus padres, ya fallecidos los dos, a los que tanto quise, pensé en el dolor de su familia y en el de todos los que la amaron, en la fugacidad de la vida y en todas esas cosas que pensamos cuando alguien amado se va, y lloré mucho. 

Soy muy llorona y es fácil que por diversos motivos me salgan unas lagrimitas rápidas ante eventualidades de la vida, Pero llorar así a todo volumen, con mocos y sollozos,  es raro. Ese llanto está reservado para momentos que me superan. Sólo sale de forma espontanea cuando el motivo es realmente de esos que tocan mi alma, y siempre me pilla de improviso, como si ni yo misma supiera qué es lo que realmente me importa hasta que se hace evidente.

La muerte de mi cuñada me movió muchas cosas. Me trajo a la memoria mis años de casada, los cumpleaños de mi suegro, las risas en una cocina de Santo André, la pasión de mi suegra por las novelas y la de mi suegro por el curry. Me transportó a Campinas, a los fines de semana en que nuestras dos familias se juntaban y recordé su generosidad, siempre dispuesta a servir la mejor comida y a salir al mercado las veces que hiciera falta para buscar cualquier cosa que hiciese la estancia en su casa más agradable. 

Recordé también la forma en que ella conducía en aquel tráfico enloquecido de São Paulo, en aquella época en la que no había GPS y conducir en Sampa era para pocos, y temerarios,  elegidos. Terminé sonriendo por tantos buenos recuerdos y tantas memorias entrañables que parecían venir desde el pasado a darme esos abrazos que siempre necesito cuando el llanto me desborda, y en seguida, necesité hablar con alguien.

En mi teléfono tengo algunas personas (pocas) a las que puedo llamar a cualquier hora del día o de la noche en caso de necesidad y que sé que no se van a molestar conmigo, pero por alguna extraña asociación de ideas  pensé que la mejor opción era mi amigo aquel que siempre me reprochó,  entre bromas,  ser esa persona extraña sin sentido de pertenencia. 

Él siempre me escucha cuando le hablo de cualquier asunto y anoche no fue diferente, me dejó hablar, llorar y desahogarme antes de decir cualquier cosa. Me supo hacer reír y, como siempre, me hizo sentir importante y bienvenida.

Hablamos mucho, intercambiamos noticias y al final me dijo algo que me sorprendió y que yo misma jamás habría pensado, afirmó que la pertenencia tiene dos maneras de manifestarse, una, de esa manera común y no por eso menos hermosa, de sentirnos parte de un país o una región y otra, rara e incomún gracias a la cual, nos arraigamos en las personas que por un tiempo, mayor o menor, forman parte de nuestra vida, nos damos a ellos, les dejamos pedacitos nuestros y al mismo tiempo nos apropiamos de parte de su esencia y nos la llevamos para siempre con nosotros.

Como pasó con él y conmigo, o como sucede con las personas que amamos a lo largo del camino.

Él me dijo que después de tantos años de conocernos, y tras un "largo estudio" 😄, había llegado a la conclusión de que en realidad, sí tengo sentido de pertenencia, pero de esa pertenencia dos punto cero donde  lo que importa no son los lugares ni la distancia, sino el espacio precioso que las personas ocupan en nuestros corazones y el que ocupamos en los de ellas.

Te pertenece aquello que amas, simplemente.
Nos pertenece lo que amamos, pertenecemos  a quienes nos aman.

Me dormí tranquila, mucho menos sola y más feliz, invadida por esa gratitud perfecta que me embarga cuando la vida me regala alguien que tiene siempre las palabras perfectas para mí.

Gracias, amigo, por pertenecerme como yo te pertenezco y mostrarme que el amor, como la amistad o los diamantes, puede tener mucho colores y formas, y es, siempre, indestructible.

Isabel Salas






lunes, 28 de octubre de 2024

WHO KILLS MORE? THE WRONG QUESTION

 Violence, sex, and fallacies: why abortion is not comparable to murder.




When the yearly homicide data is laid out and it becomes evident that, out of every 100 murders, over 90 are committed by men, a predictable reaction comes from certain sexist sectors. One of their typical responses is to appeal to a false equivalence: they insert abortion into homicide statistics in order to divert attention. In doing so, they place the millions of legal and illegal abortions alongside the roughly 380,000 homicides committed by men each year, as if abortions were murders committed by women. The move is transparent: shift the burden to women by suggesting that they, in fact, kill more than men. A rhetorical fallacy wrapped in moral cynicism.

Let’s dismantle that fallacy and explain—using facts and reason—why each voluntary termination of pregnancy involves multiple actors: doctors, legislators, healthcare institutions, legal frameworks… and cannot be reduced to an individual act solely attributable to the woman who chooses to abort.

The fallacy of false equivalence consists in presenting as comparable two facts, concepts, or situations that differ in fundamental aspects. It creates the illusion of similarity to invalidate a counterargument or inflate the strength of one's own, even when the comparison fails both logically and empirically.

Take a simple example: “Not recycling cans is as damaging as dumping toxic waste into a river.” Both actions harm the environment, but their impact is vastly different. This type of comparison ignores context, cherry-picks attributes, and generalizes without basis. It equates things that are not the same, omits key variables, and manipulates public perception.

Applied to abortion, the fallacy becomes obvious. Neither the legal framework nor the actors involved make abortion comparable to homicide—except in one point: there is a death. But that single overlap is not enough to equate the two. The entire comparison collapses when context is added.

Controlling pregnancy has long been a tool of patriarchal power. Whoever controls reproduction controls the world. And controlling reproduction means controlling women—the ones who gestate, give birth, and raise children (when permitted).

To blame the woman who aborts as the sole culprit is a manipulative simplification. It conveniently ignores the complex web of social, medical, legal, and economic factors surrounding that decision. Abortion is not a unilateral act. It is a decision shaped by multiple pressures and agents.

Parents, partners, friends, employers, health conditions, age, mental state, financial stability, and educational background all play a role. So do institutional structures: parliaments, governments, healthcare protocols, conscientious objection policies, welfare systems, and judges. A woman never acts in isolation. Her will is exercised within a collective framework.

Reducing all that to the headline “women kill more than men” is a lie disguised as moral argument.

It’s absurd for a man—who will never bear the physical or social consequences of an unwanted pregnancy, nor the real burden of raising a child alone—to appoint himself judge of someone else’s uterus. Some even boast of never using condoms or having abandoned pregnant partners, all while defending “pro-life values” from the comfort of a podcast studio.

The real paradox is this: there’s a historic interest in preventing women from fully controlling their fertility. Because controlling birth means controlling life. And that means controlling the women who give it.

Those who call themselves “pro-life” are, in reality, defenders of mandatory birth. Their concern ends with the delivery. They show no responsibility for raising children or supporting mothers. Meanwhile, those who promote surrogacy or mass adoption also depend on women—either willing or coerced—to hand over their children. In both cases, babies become commodities.

The emancipatory alternative is full maternal autonomy: that every woman decides when and how to become a mother—free of religious, political, or economic coercion, and backed by real support. Only when children are truly wanted does patriarchy begin to tremble.

During pregnancy, mother and child build a unique bond. After birth, skin-to-skin contact regulates vital functions and strengthens attachment. Interrupting that process is not neutral. It is traumatic—and it mobilizes legal, medical, and emotional systems.

Instead of condemning women who abort, we should focus on dismantling the conditions that push them into that position in the first place. Only then will the slogan “we decide” mean something real. Only then will motherhood become a free choice, sustained by a just social structure.

Even if someone managed to defend the abortion-equals-murder argument with logically coherent points, the moral conclusion would not be neutral. When both sides appear logically sound, the final battleground is moral.

And the morally superior position is the one that:
– Respects the dignity of women
– Recognizes the social complexity of abortion
– Protects the vulnerable without imposing guilt
– Remains coherent between its means and its ends

In a scenario where logic permits both sides to claim rationality, the winner is the one who offers the more just, humane, and reality-based framework.

Let’s not forget: abortion requires a whole network of actors, institutions, and contexts.
To carry a pregnancy to term, a woman just needs one thing: the will to do so.
That’s where everything begins. And that’s where our respect should begin, too.

Isabel Salas

domingo, 27 de octubre de 2024

¿QUIÉN MATA MÁS? LA PREGUNTA EQUIVOCADA

Violencia, sexo y falacias: por qué el aborto no es comparable al asesinato.

 


Cuando se ponen sobre la mesa los datos concretos de homicidios anuales y se evidencia que, de cada 100 asesinatos, más de 90 son cometidos por varones, no tarda en activarse la reacción de los sectores machistas. Una de sus respuestas típicas consiste en apelar a una falsa equivalencia: incluir el aborto en las estadísticas de homicidios con el objetivo de desviar la atención. De ese modo, frente a los aproximadamente 380.000 asesinatos que cada año cometen algunos hombres en todo el mundo, colocan los millones de abortos legales e ilegales como si fueran homicidios cometidos por mujeres. La maniobra es clara: trasladar a las mujeres la carga de una supuesta violencia mayor para afirmar que, en realidad, ellas matan más que los hombres. Una falacia retórica envuelta en cinismo moral.

Vamos a desmontar esa falacia y a mostrar, con datos y razonamiento, por qué cada interrupción voluntaria del embarazo involucra a múltiples actores —médicos, legisladores, instituciones sanitarias, marcos legales— y no puede reducirse a una acción individual atribuible exclusivamente a la mujer que decide interrumpir su gestación.

La falacia de falsa equivalencia consiste en presentar como comparables dos hechos, conceptos o situaciones que difieren en aspectos fundamentales. Se fuerza una apariencia de equivalencia para descalificar un argumento contrario o inflar la validez del propio, aunque la comparación no se sostenga ni desde lo lógico ni desde lo empírico.

Pongamos un ejemplo simple: "No reciclar latas es tan dañino como verter residuos tóxicos en un río". Ambas acciones afectan al medio ambiente, pero su impacto es distinto. Esta comparación omite el contexto, selecciona atributos de forma sesgada y generaliza indebidamente. Se igualan cosas que no se parecen, se omiten variables clave, y se manipula la percepción pública.

Aplicado al aborto, la falacia es evidente. Ni el marco jurídico ni los actores involucrados son comparables entre los abortos y los homicidios, salvo en un punto: se produce una muerte. Pero esa coincidencia no basta para equiparar ambos casos. La comparación se desmorona en cuanto se contextualiza.

Controlar el embarazo ha sido una herramienta de poder patriarcal. Quien controla la natalidad, controla el mundo. Y controlar la natalidad pasa por controlar a las mujeres: las que gestan, paren y crían (si se les permite).

Señalar a la mujer que aborta como única culpable es una simplificación tramposa que omite la red de corresponsabilidad social, médica, legal y económica que rodea esa decisión. El aborto no es un acto unilateral. Es una decisión condicionada por factores múltiples.

A esto se suman padres, madres, amistades, entornos laborales, edad, salud mental y física, situación económica, nivel educativo. Y también estructuras institucionales: parlamentos, gobiernos, protocolos sanitarios, objeción de conciencia, servicios sociales, jueces. La mujer nunca actúa en soledad. Su voluntad se expresa dentro de un marco colectivo.

Reducir todo eso al titular “las mujeres matan más que los hombres” es una mentira disfrazada de argumento moral.

Resulta absurdo que un hombre que nunca asumirá las consecuencias físicas ni sociales de un embarazo no deseado, ni la carga real de una crianza en soledad, se postule como juez del útero ajeno. Algunos incluso presumen de no haber usado condón o de nunca haber echado a una pareja embarazada, mientras defienden "valores pro-vida" desde la comodidad de un micrófono.

La paradoja es esta: existe un interés histórico en impedir el control pleno de las mujeres sobre su fertilidad. Porque quien controla la natalidad, controla la vida. Y eso incluye controlar a las mujeres: las que gestan, paren y crían.

Los llamados "pro-vida" son, en realidad, defensores del parto obligatorio. Su discurso se detiene en el nacimiento, pero no asume responsabilidades sobre la crianza ni las redes de apoyo. A la vez, quienes promueven los vientres de alquiler o la adopción masiva también dependen de mujeres dispuestas o forzadas a entregar a sus hijos. En ambos casos, los niños son tratados como objetos.

La alternativa emancipadora es la libertad plena de maternidad: que cada mujer decida cuándo y cómo ser madre, sin coacción religiosa, política o económica, y con respaldo real. Solo cuando los hijos son deseados, el patriarcado empieza a temblar.

Durante la gestación, madre e hijo construyen un vínculo único. Al nacer, el contacto piel con piel regula funciones vitales y fortalece el apego. Romper ese proceso no es neutro. Es traumático, y moviliza estructuras legales, sanitarias y afectivas.

En vez de condenar a las mujeres que abortan,  deberíamos empeñarnos en destruir las condiciones que las empujan a esa disyuntiva. Solo así podrá tener sentido el lema "nosotras decidimos". Solo así la maternidad será una elección libre y sostenida por una estructura social justa.

Incluso si alguien defendiera la comparación aborto-homicidio con argumentos lógicamente consistentes, el desenlace moral no sería indiferente. Cuando ambas posturas son racionales, el criterio definitorio es la moral.

La postura moralmente superior es la que: Respeta la dignidad de las mujeres, reconoce la complejidad social del aborto, protege a los vulnerables sin imponer culpa y sostiene coherencia entre fines y medios.

En un escenario donde la lógica permite defender ambas posiciones, vence quien ofrece un marco más justo, humano y respetuoso con la vida real.

Y no olvidemos esto: para abortar, hace falta toda una red de actores, instituciones y contextos. Para continuar un embarazo, basta que una mujer quiera hacerlo. Ahí empieza todo. Y ahí debería estar nuestro respeto.

isabel Salas


miércoles, 23 de octubre de 2024

VIOLENCIA VICARIA: ¿DESCUBRIMIENTO O INVENTO?

Análisis crítico del concepto de violencia vicaria y su aplicación institucional, cuestionando su impacto en los derechos del menor y la justicia familiar.

 

 

 

En los últimos años ha tomado fuerza el término "violencia vicaria", como otra nueva forma (descubierta) de violencia de género. Este invento es definido por sus entusiastas, como aquella violencia contra la madre que se ejerce sobre las hijas e hijos con la intención de dañarla por interpósita persona. Es decir, el padre u otro hombre usa los hijos de una mujer como instrumento para dañar a esa madre. Como si los niños fueran martillos que ni sienten ni padecen.

La incorporación de este concepto en los discursos feministas e institucionales ha sido sospechosamente rápida y estratégica, presentándola como una “nueva forma” de violencia machista, recientemente detectada y bautizada, que debe ser visibilizada, perseguida y castigada.

Sin embargo, esta categorización encierra un problema grave. Para empezar, es fundamental distinguir entre la violencia que ocurre fuera del ámbito judicial —en la intimidad de los hogares o en la calle, entre particulares— y la que se comete dentro de los juzgados, amparada o ejecutada por las instituciones del Estado. La primera, si bien dolorosa y muchas veces brutal, pertenece al plano privado; puede ser cometida, en principio, por cualquiera de los progenitores, aunque por razones muy diferentes, y debe ser atendida con rigor. La segunda, en cambio, es responsabilidad directa del poder judicial, que con sus decisiones puede agravar, perpetuar o incluso generar una nueva forma de sufrimiento, tanto para el niño como para el adulto, que en su nombre, denuncia los hechos relatados por el niño. Recordemos que los niños no pueden denunciar solos y siempre será un adulto quien denuncie lo que ellos previamente le  han contado.

Ese adulto suele ser su madre, pero teóricamente podría ser su padre,  su abuela, una profesora, un médico, un vecino o cualquier persona que escuche al niño y decida no mirar hacia otro lado. El hecho de que sean mayoritariamente las madres es parte del escenario que debemos escudriñar y lo haremos periódicamente en este mismo blog.

Sin embargo, en muchos de los casos presentados en artículos y denuncias colectivas como ejemplos de pretendida violencia vicaria, el daño que experimenta el menor no lo causa directamente su padre, sino el juez que dicta sentencias sin tener en cuenta su relato, su edad, su etapa de desarrollo o su necesidad de protección. Cuando las instituciones se convierten en las ejecutoras de esa violencia, estamos hablando de algo muy  profundo y estructural: violencia institucional.

Existen decisiones judiciales que desoyen, minimizan o niegan el relato del menor, y que priorizan la "autoridad paterna" por encima de su bienestar emocional, físico y psicológico. ¿De verdad estamos ante una nueva forma de violencia, o simplemente estamos maquillando con un nombre más políticamente funcional la violencia institucional?

Muchos de los casos catalogados (o esgrimidos) como supuesta violencia vicaria se desarrollan de la siguiente manera: una madre denuncia que el padre de sus hijos ha cometido abusos, malos tratos o comportamientos inadecuados. A pesar de la denuncia —y a menudo sin pruebas concluyentes que absuelvan ni condenen al denunciado—, el juez penal archiva la causa y el juez de familia  dicta medidas que afectan profundamente la vida del niño.

A veces, esas medidas implican retirar la custodia a la madre. Otras veces, más insidiosamente, se imponen visitas obligatorias con el padre, aun cuando el niño ha expresado con claridad que no quiere verlo, que tiene miedo, o que no se siente seguro. En muchos de estos casos, la madre es amenazada con perder la custodia si no fuerza al niño a cumplir con esas visitas, aun en contra de su voluntad y su bienestar emocional.

¿De qué estamos hablando entonces? ¿De un padre ejerciendo violencia contra la madre a través del hijo? ¿De un juez que condena a un niño a pasar las vacaciones y los fines de semana con alguien violento o alcohólico? ¿O de un juez obligando a una madre a traicionar a su hijo, bajo amenaza de castigo judicial si no convence al niño de que acuda a las visitas sonriente y recién peinado?

En estos escenarios, la figura del agresor se traslada, inevitablemente, del padre al aparato judicial. Es el juez quien impone la custodia compartida, es el juez que fija las visitas y es el juez quien amenaza con multas y con inversión de guarda si no se obedecen sus sentencia.

Son los jueces los que imponen custodias compartidas de bebés lactantes y valdría recordar aquí lo que dice el sabio refrán de que contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. Cualquiera que desee la custodia compartida de un bebé lactante, lo último que desea es el bien de esa criatura. Correspondería al juez contestar que no procede, pero no, amparado en la actual doctrina de moda en los juzgados la mal llamada "doctrina del bien superior del menor" el juez puede imponer una custodia compartida que es una tortura para el recién nacido y por supuesto para su madre.  

Es en los juzgados donde el juez  desoye el relato de un niño que denuncia abuso. Es el juez quien amenaza a la madre si no obliga al niño a ver a su agresor.Es el juez quien aplica (junto a su equipo técnico) una tortura judicial ampliamente implementada que se llama "la terapia de la amenaza" . Quien no lo crea puede buscarlo por ese mismo nombre.

El daño que estamos relatando no se produce en lo privado: se ejecuta desde lo institucional. Entonces, ¿de dónde nace  esta intención tan torcida como clara de inculpar al padre y exculpar a los jueces y peritos por todo este horror?

Hagamos como los detectives de las películas y preguntémonos, ¿quiénes se benefician de dividir y subdividir la violencia  como si fueran hallazgos y descubrimientos? ¿Por qué se necesitan constantemente nuevos nombres, nuevas etiquetas, nuevas categorías, en lugar de reconocer que lo que hay es una misma estructura de impunidad operando con distintos rostros? 

La invención (y no descubrimiento) del concepto violencia vicaria no es un caso aislado, últimamente se han inventado muchos neologismos que tratan de redefinir la realidad desde nuevas miradas, supuestamente capacitadas para hacerlo y han nacido así nuevas fobias y filias, nuevas definiciones de lo que es una mujer o nuevos odios pretendidamente  detectables y factibles de der juzgados. A veces parece que los pecados han sido añadidos al código penal y al código civil sin que nos hayamos percatado.

Uno de esos inventos es el de “alienación parental” que al igual que la "violencia vicaria" parece más una estrategia de marketing ideológico que una herramienta real de protección. Ambos  términos se disputan protagonismo en artículos y en juzgados, y los dos hacen  que se aleje el foco de lo único que importa: lo que el niño ha contado y lo que el niño ha sufrido.

Si partimos de la lógica que sustenta la violencia vicaria —es decir, que un padre puede usar a sus hijos para herir a la madre—, entonces también deberíamos aceptar como válida la idea de que una madre podría usar a sus hijos para herir al padre. Eso es, precisamente, lo que plantea el concepto de alienación parental.

Ambas nociones (violencia vicaria y alienación parental) se encuentran en el debate público, y ambas  comparten una raíz profundamente perversa: las dos  asumen que los niños no dicen la verdad, que son fácilmente manipulables, y que lo que relatan no debe ser tomado en serio, sino interpretado como una herramienta de guerra entre adultos.

Así, cuando un niño dice que su padre lo maltrata, y su madre denuncia, se la acusa a ella, sea directamente por el padre, por su abogado o por los peritos forenses y el juez,  de ser alienadora. Y cuando el niño termina siendo arrancado de los brazos de su madre por orden judicial, y se lo obliga a vivir con su padre, se dice que eso es violencia vicaria, que el padre lo hace para castigarla a ella, sin tener en cuenta que quien da la orden de invertir la guarda o concederla de forma unilateral al progenitor es el juez.

Por decirlo en palabras sencillas, las madres malas usan la alienación parental para herir a los padres buenos, y los padres malos usan la violencia vicaria para herir a las madres buenas.

¿Pero dónde está la verdad del niño? ¿Dónde están su voz, su miedo, sus deseos y la experiencia que relata como vivida? Lo terrible es que en ambos discursos —el de la alienación y el de la vicaria— el niño es solo un objeto de disputa, no un sujeto de derecho. La lucha no es por él, sino a través de él. El lenguaje cambia, pero el desamparo permanece.


Al final, mientras se disputan narrativas, teorías y neologismos, lo esencial se pierde y lo que se pierde es el niño. En lugar de seguir inventando etiquetas, conceptos y categorías que nos alejan del centro del problema, tal vez ha llegado la hora de hablar con claridad.


Lo que muchos llaman “violencia vicaria” no es más que una forma encubierta de violencia institucional. Y lo que otros llaman “alienación parental” no es más que un instrumento para silenciar a quien denuncia lo que no se quiere oír, es decir, tortura institucional.

Ambas narrativas son útiles para distintos sectores ideológicos, jurídicos y académicos y han servido para ocultar el verdadero conflicto: un sistema judicial que desoye a los niños, castiga a quienes los defienden y protege a quienes deberían ser investigados con más rigor. Y que ante la falta de pruebas jamás encarcela a alguien, pero tampoco obliga a quienes los acusan de convivir con ellos.

En el actual sistema se prefiere acusar a una madre de alienadora antes que respetar lo que su hijo ha relatado y por supuesto  se escoge hablar de violencia vicaria antes que admitir que se han separado niños de sus figuras de apego sin motivos coherentes. Es, en fin, un sistema que crea ficciones para no asumir su responsabilidad y que mantiene sin que se le mueva un pelo que un agresor de mujeres, sea un practicante de violencia verbal o hasta un golpeador, puede ser un buen padre.

No es necesario detectar nuevas formas de violencia. Lo que hace falta es reconocer que hay una gran violencia soterrada que muta, se disfraza, y se perpetúa cuando las instituciones fallan: la violencia institucional.

Y mientras todo esto ocurre en los papeles, en los juzgados, en los discursos políticos o en las publicaciones científicas o periodísticas, hay un niño que sigue esperando que alguien lo respete y respete sus deseos. Con pruebas o sin pruebas del abuso que dice haber sufrido, tiene deseos y temores y eso hay que respetarlo. Él no es un detective que debe aportar pruebas,  es un niño con miedo.

Los niños no se escuchan, eso es una castaña hueca, los niños y las niñas se respetan. La carne molida es para las hamburguesas.

Isabel Salas

DESEO DE SER MADRE

  ¿Qué pasaría si solo nacieran los hijos que sus madres desean tener? La maternidad es una función biológica con consecuencias políticas. N...