Otra de las críticas previsibles a Materfiesto será que su bloque espiritual y bíblico supondría una deriva profética, un exceso simbólico o incluso pérdida de rigor. Como si en cuanto aparece una genealogía religiosa, un arquetipo o una clave espiritual, el pensamiento quedara automáticamente degradado a superstición, ornamento o delirio.
No comparto esa superstición laica, y aunque pensé que, debido a su existencia, podrían intentar minimizar la importancia de otros capítulos del libro, decidí conservarlo porque es necesario para el conjunto.
El hecho de que una idea se formule también en clave bíblica, espiritual o simbólica no la vuelve menos pensable. La vuelve, muchas veces, más profunda. Lo que ocurre es que cierta mentalidad académica contemporánea solo reconoce como serio aquello que cabe dentro de una prosa higienizada, secular, aparentemente neutral y ya perfectamente domesticada por sus propios límites. Es un criterio que me parece bastante pobre, aunque se exhiba desde los pedestales académicos con la solemnidad suficiente como para que algunos lo confundan con rigor. No es mi caso. Las ruedas de molino me pueden aplastar pero no me las trago.
Pensé que algunos sugerirían que introduje el bloque espiritual-bíblico en Materfiesto como adorno o como suplemento piadoso. Incluso como gesto confesional. Sin embargo lo introduje porque forma parte de la arquitectura del libro. Porque hay conflictos que no se dejan pensar del todo, por mi cerebro, sin rechazar, desde el principio, la amputación simbólica que nos exige la sensibilidad moderna en demasiados campos.
No todo puede decirse con el lenguaje del derecho, ni con el de la sociología, ni con el de la teoría política contemporánea. Y no porque esos lenguajes no sirvan, sino porque tienen límites. A veces describen bien los mecanismos, pero no alcanzan a nombrar la profundidad antropológica, moral y civilizatoria de lo que está en debate.
La maternidad es uno de esos gatillos que nos debe empujar a pensar más allá de los corsets.
Cuando recurro a claves bíblicas estoy ampliando el campo de inteligibilidad. Estoy diciendo que ciertos conflictos no son solo jurídicos, ni solo sociales, ni solo biotecnológicos. Son también conflictos de origen, de sentido, de autoridad, de sustitución, de idolatría, de desposesión y de ruptura del vínculo originario. Y para pensar eso, las tradiciones simbólicas siguen teniendo mucho que decir, por más que algunos finjan haberlas superado mientras se arrodillan ante nuevas teologías mucho más vulgares y (espero) efímeras
Recordemos que la modernidad también tiene sus dogmas, sus ortodoxias, sus lenguajes sagrados, sus herejías y sus sacerdocios. Solo que los llama de otra manera y se cree superior por ello.
Por ahí leí que no hay pensamiento serio sin símbolo ni civilización sin relato. No recuerdo dónde ni recuerdo si era exactamente así la cita.
Y no hay lectura honesta de la historia de las mujeres, del cuerpo y de la autoridad si se expulsa de entrada todo lo que durante siglos organizó imaginarios, legitimidades, jerarquías y vínculos. La Biblia, el cristianismo, los arquetipos religiosos y las genealogías espirituales forman parte del tejido profundo de la civilización que todavía habitamos, aunque muchos prefieran fingir que nacieron directamente de una mesa redonda universitaria con café recalentado.
Pero además hay aquí algo que me interesa decir con total claridad: mis arquetipos no están elegidos al azar. Están escogidos con precisión para pensar una zona del conflicto materno-filial, jurídico y civilizatorio que no he visto pensada así en ningún otro lugar.
Porque lo singular no es solo que yo use arquetipos. Arquetipos usa medio mundo. Lo que puede hacer ruido es cómo los elijo, desde dónde los hago trabajar y para qué los convoco. Otros colocan sus arquetipos al servicio de una metafísica abstracta o de un folklore piadoso. Los de Materfiesto están al servicio de una arquitectura muy concreta: maternidad, desposesión, sustitución, usurpación del vínculo originario, idolatría del poder, falsa redención técnica, madre desplazada, hijo arrebatado, resto que sobrevive.
No he tomado siquiera a las figuras más obvias. La Biblia está llena de madres, y yo ni siquiera he necesitado recurrir a La Virgen María, la madre de Jesús, ni a su prima Isabel. He rebuscado bien para encontrar otras madres, y las he encontrado. Siempre estuvieron allí pero no las veíamos.
La Biblia está llena de madres. Lo que ocurre es que durante siglos muchos lectores no han querido mirarla desde ahí.
Y eso no parece casual. Hombres brillantísimos han escrito bibliotecas enteras sobre la Biblia, la metafísica, la política, la moral, el alma, la ley, el orden y la historia. Pero casi siempre han vuelto a los mismos arquetipos: el padre, el hijo, el rey, el legislador, el héroe, el sabio, el sacrificio, la caída, el traidor, el redentor. Todo muy solemne, muy canónico y muy organizado alrededor de figuras masculinas o de lo masculino como centro de interpretación.
En mi caso estuve leyendo la Biblia como archivo de maternidades, de rivalidades de vientres, de hijos arrebatados, de madres desplazadas, de sustituciones, de desposesiones, de supervivencias y de restos.
Esa lectura es posible y en ningún momento pensé que los grandes pensadores varones no hubieran visto esos arquetipos por falta de inteligencia. Tal vez no los buscaron porque hacerlo es desplazar el centro del pensamiento en muchos modos. Y eso puede modificar demasiado la arquitectura del pensamiento.
Por eso no me va a sorprender que se haya reproches respecto a los arquetipos escogidos mientras se sigue venerando sin pestañear una tradición filosófica que también trabajó con sus propios “arquetipos”, solo que blindados por el prestigio del canon y no precisamente amables con las mujeres.
La filosofía occidental parece haberse sostenido sobre imágenes rectoras, y jerarquías implícitas muy desdeñosas con la mujer. Aristóteles pensó a la mujer desde la comparación con el varón. y concluyó que somos varones defectuosos. Tomás de Aquino heredó y consolidó esa tradición. Schopenhauer no necesitó hablar de semen defectuoso para entregarse a una misoginia filosófica sistemática. Y, sin embargo, a nadie se le ocurre decir que por eso la filosofía occidental se volvió “profética”, “irracional” o “simbólicamente excesiva”.
Al contrario: se la canonizó.
Ese doble rasero me interesa.
Cuando el canon masculino simboliza, eso se llama filosofía.
Cuando una madre introduce claves bíblicas o espirituales para pensar la maternidad, posiblemente algunos hablen de deriva, de exceso o de pérdida de rigor.
No acepto esa trampa. Los arquetipos de Materfiesto no nacen de degradar ontológicamente a la madre ni de explicar a la mujer como error, resto o insuficiencia. Nacen de intentar pensar, con profundidad en una realidad que el lenguaje técnico, jurídico y académico no alcanza a nombrar sin empobrecerla.
Hoy se sigue considerando “pensamiento serio” una tradición que durante siglos hizo pasar por razón lo que no era más que imaginación patriarcal blindada.
Recurrí a la dimensión bíblica porque el conflicto que estoy pensando excede el plano estrechamente técnico. Si el vínculo materno-filial ha sido atacado, expropiado, sustituido y administrado hasta el punto de amenazar la base misma de la comunidad humana, entonces reducir ese conflicto a un mero problema de diseño institucional o de política pública sería una forma de ceguera.
Y por eso busqué otra profundidad. Y esa profundidad no tiene por qué verse minimizada ante a la sensibilidad laica dominante. De hecho, he escuchado miles de veces, a lo largo de mi vida, que pertenezco a la tradición judeocristiana y no hay nada más judeocristiano que la Biblia.
Tal vez introducir una clave simbólica o espiritual estreche el umbral de recepción para algunos pero esto no significa que sobre. Significa, más bien, que obliga a salir del automatismo de lectura y esto no es fácil para todos.
Y sí, entiendo que eso pueda molestar. El lector que llegue hasta el bloque 13 puede hacerlo bastante fatigado en algunos casos, pero confío en que dará una oportunidad a los siguientes bloques a pesar de ello.
No es necesario decir de nuevo que no soy académica, pero no está mal recordarlo. Tal vez precisamente por eso, porque no pienso desde las estructuras heredadas y defendidas por tantos consagrados pensadores es que mi propio pensamiento, mucho menos consagrado, parte de otros lugares y llega a otras conclusiones.
Y de eso dicen que trata el viejo arte de pensar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.