Alerta por Proximidad: la tecnología para impedir los asesinatos anunciados
Cada semana, en casi todos los países, hay personas que son asesinadas por alguien que un día fue parte de su vida. Muertes que vienen después de una o varias denuncias y no se consiguen evitar.
Mujeres a manos de exparejas, hijos por padres violentos o ex parejas del mismo sexo. Sin embargo, el patrón más reiterado, más atroz y más evitable sigue siendo el de mujeres asesinadas por sus exparejas. Muchas de ellas no solo han denunciado, algunas incluso tienen una orden de alejamiento y hasta un botón de pánico. Pero son asesinadas a pesar de haber implorado ayuda.
No fueron tragedias irremediables. Fueron asesinatos anunciados.
Anunciados por las denuncias, por los antecedentes, por las amenazas, por el miedo que la víctima expresó y que el sistema no supo ni pudo transformar en protección real.
A estas mujeres, madres muchas y abuelas, las asesinan hombres, sí. De hecho, de cada cien personas asesinadas, noventa son asesinadas por varones.
Pero a estas mujeres las mata también la inercia de los sistemas que reaccionan tarde, los protocolos que confían en papeles, y la falta de herramientas que anticipen lo inevitable.
No es ideología.
Es simple constancia de un fracaso que se repite todos los años, en todos los lugares, con los mismos titulares y las mismas lágrimas.
Y ante ese fracaso, existe una solución inmediata, concreta y viable:
el Sistema de Alerta por Proximidad que propongo a continuación.
Una herramienta tecnológica que evita que la víctima tenga que adivinar el peligro ni activar nada.
Un sistema que detecta el riesgo antes del contacto físico. Una manera de pasar de la protección simbólica a la protección efectiva.
Consiste en que ambas personas, agresor y víctima, porten dispositivos que emitan su ubicación en tiempo real.
No para controlar, sino para evitar el encuentro.
Si el agresor se aproxima a menos de una distancia establecida —por ejemplo, quinientos metros—, el sistema genera una alerta automática:
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la víctima recibe una señal discreta, una vibración, una luz;
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el centro policial recibe la alerta y la posición exacta de ambos;
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la patrulla más cercana puede intervenir antes de que haya contacto, antes de que haya sangre.
No requiere que la víctima pulse un botón. No exige que esté alerta ni que reaccione bajo miedo. Tiene tiempo para alejarse o ponerse a salvo mientras llega la policía o la ayuda.
El sistema actúa solo.
Y todo queda registrado para el seguimiento judicial.
Porque el tiempo es la diferencia entre la vida y la muerte.
Una bala o un cuchillo llegan en segundos. Una patrulla puede tardar minutos. El botón de pánico, la llamada o el grito de auxilio dependen de que la víctima pueda actuar, y la mayoría no puede.
Este sistema no pide que nadie reaccione: detecta, avisa y previene. Y, además, cambia la lógica del miedo:
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La víctima ya no vive pendiente del agresor.
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El agresor sabe que, si se acerca,incluso por accidente, el sistema lo delatará sin aviso previo.
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La policía no llega después: llega a tiempo.
No es una condena.
No es una cárcel digital, pues tiene absoluta libertad de movimientos por su ciudad o su país.
No restringe la libertad de movimiento del potencial agresor.
Solo activa una alerta cuando invade el radio de riesgo.
No criminaliza a nadie antes de juicio.
Se aplica con orden judicial o en casos donde haya denuncias y riesgo acreditado.
Es una medida cautelar, no penal.
Protege sin castigar.
Y no es costosa ni experimental:
los dispositivos existen, la tecnología está disponible, y puede implementarse de inmediato en casos de riesgo con inversión razonable.
Cambia la posición de la víctima: deja de depender de su reflejo, de su suerte o de su rapidez para apretar el botón de pánico o llamar pidiendo ayuda.
Cambia la posición del Estado: deja de ser un espectador de la tragedia para ser un actor preventivo.
Cambia el papel de la policía: pasa de intervenir sobre cadáveres a intervenir sobre alertas.
Cambia, sobre todo, la relación entre la amenaza y el tiempo.
Porque cuando el sistema se activa, la víctima aún respira.
IMPORTANTE A diferencia de las tobilleras telemáticas actuales —diseñadas para imponer perímetros y supervisar movimientos mediante equipos robustos y costosos—, el sistema de Alerta por Proximidad se sustenta en dispositivos de localización muy simples y baratos, equivalentes a los módulos GPS que ya llevan los teléfonos móviles. Su diseño es minimalista: un collar discreto o pulsera para la persona protegida y un brazalete compacto para la persona vigilada, con conectividad celular básica y sensores antimanipulación. Al no pretender restringir movimientos sino solo detectar proximidad, los requisitos de hardware, consumo y coste son mucho menores; esto permite producción en escala, mantenimiento asequible y despliegue masivo en la práctica en períodos cortos.
El principio es claro: la vida humana está por encima de cualquier otro derecho.
La privacidad de quien representa un riesgo no puede pesar más que el derecho de otra persona a seguir viva.
El sistema de Alerta por Proximidad no vulnera la presunción de inocencia porque no impone castigo alguno.
No interfiere en la libertad deambulatoria del denunciado ni de la potencial víctima.
Solo observa una variable objetiva: la distancia entre dos personas que no deben encontrarse.
Puede aplicarse mediante orden judicial sumaria, por un tiempo limitado, con revisión periódica.
Y en su diseño caben todas las configuraciones posibles de violencia:
hombres y mujeres, parejas homosexuales, relaciones de familia, cuidadores o dependientes.
Nació de la necesidad de proteger a las mujeres asesinadas por sus exparejas, pero su vocación es universal: proteger a cualquier persona en riesgo de ser atacada por alguien a quien teme.
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No requiere innovación tecnológica, solo voluntad política.
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Puede integrarse en los sistemas policiales ya existentes.
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Permite respuesta inmediata sin ampliar burocracia.
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Es escalable: puede comenzar en los casos más graves y expandirse progresivamente.
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Deja huella digital de cada alerta, lo que refuerza el valor probatorio judicial.
En resumen: es técnicamente factible, jurídicamente posible y moralmente obligatorio.
Repito, no se trata de ideología, de bandos ni de estadísticas. Se trata de que quien ha sido denunciado como potencialmente peligroso no pueda acercarse sin ser detectado.
De que los padres, las madres, los hermanos y demás familia no tengan que enterrar a sus hijas o hermanas preguntándose de qué sirvió denunciar.
De que los hombres que no son violentos puedan vivir tranquilos, sabiendo que la ley protege a todos y que la vigilancia recae sobre quien la merece.
Es una medida de sensatez y de justicia.
De prevención y de responsabilidad.
Y sobre todo, de respeto por la vida.
Las órdenes de alejamiento no bastan.
Los botones de pánico no bastan.
Las condolencias no bastan.
Lo que falta no es la compasión, sino la eficacia.
El Sistema de Alerta por Proximidad no es una utopía ni un experimento: es una herramienta que puede ponerse en marcha hoy mismo. No estoy patentando nada ni busco lucrar con ella.
Si no lo ponemos en marcha, cada asesinato anunciado será también un fracaso anunciado.
Los Estados no pueden seguir reaccionando cuando ya hay una víctima.
Pueden —y deben— anticiparse.
La tecnología de hoy día lo permite.
El deber moral y jurídico lo exige.
No se trata de inventar nada nuevo, sino de aplicar lo que ya está al alcance.
Se trata de decidir si seguimos lamentando muertes evitables o actuamos para impedirlas.
Porque cuando la ley llega tarde, la justicia no llega nunca.
Si estás de acuerdo, comparte este texto. Que llegue a quienes pueden decidir implementarlo. Tu alcalde, tu diputado, ese senador que conoces, ese concejal que siempre se acuerda de ti unas semanas antes de las elecciones.
Que no puedan decir que nadie les propuso una forma de salvar vidas que a ellos no se les había ocurrido.






