lunes, 20 de octubre de 2025

RESETEO: BORRÓN Y CUENTA NUEVA

 Reseteos: siempre a peor.


En el mundo de las teorías conspiranoicas, los "reseteos económicos" se citan con una ligereza casi poética, como si fueran inevitables tormentas estacionales o caprichos del destino. Pero la verdad es que, cuando un verdadero reseteo ocurre, no es un simple cambio de clima. Es un terremoto perfectamente organizado y planificado. Uno de esos que mueven el eje de rotación de nuestras vidas, quiebran el suelo bajo nuestros pies, reconfiguran el mapa, y convierten en escombros todo lo que dábamos por sentado. 

No han ocurrido miles de veces, como aseguran algunos youtubers que lo mismo enarbolan  gráficas alarmistas que nos advierten sobre los reptilianos o nos quieren hacer creer que al muñeco de Biden y otros políticos los manejan los "sombreros blancos" de Guantánamo. Sin embargo sí han ocurrido en pocas ocasiones y, sin lugar a dudas,  bastaron para cambiarlo todo.

Para que sea un reseteo real no basta con una devaluación, ni siquiera con una crisis. Tiene que cambiar el sistema mismo. El dinero deja de ser lo que era. El poder económico global se redistribuye. Las guerras se justifican. Las alianzas se rompen. Y las vidas, millones de vidas, se reacomodan sin haber sido consultadas.

El primero fue cuando el rey Creso, allá por el siglo VI a.C., decidió que el oro y la plata podían ser estandarizados. No fue un capricho de rico, aunque lo era. Fue una jugada maestra: una moneda con peso y pureza definidas por el Estado.

Con él nació el concepto moderno de dinero. Ya no era necesario conocer al otro para confiar en su forma, compromiso o promesa de pago. El Estado garantizaba una uniformidad controlada por él. Se acabó el trueque. Se abrió la puerta al comercio internacional, al ahorro, al crédito. Y con eso, al imperio.

El siguiente gran reset llegó con la caída de Roma. Cuando el denario se degradó hasta ser poco más que una chapita sin valor, el sistema colapsó. No fue solo la moneda: se desmoronó toda una red financiera, fiscal y comercial que había sostenido siglos de civilización. Muchos volvieron al trueque, a la tierra como fuente de riqueza, a una economía de subsistencia. Europa tardó siglos en volver a levantar una red monetaria funcional. Este fue un reset total: no solo económico, sino en cierto modo, civilizatorio. 

Lo que ocurrió fue un desplome total de la confianza en la moneda como vehículo de valor, no una desaparición física absoluta de las monedas. O sea, sí existían monedas, pero en la práctica dejaron de servir para lo que se supone que deben servir: facilitar el comercio y preservar valor. Las monedas que había estaban degradadas, mezcladas, devaluadas, y ya no eran aceptadas universalmente.

El denario había perdido casi todo su contenido de plata desde el siglo III d.C. Lo que antes era una moneda sólida, valiosa y aceptada en todo el Imperio ...terminó siendo una chapita de cobre con un baño de plata. Bajo el emperador Caracalla, el que con su edicto nos hizo romanos a todos para que todos pagáramos impuestos, (s. III), el denario tenía ya solo un 50% de plata y para el tiempo de Aureliano (270 d.C.), era poco más que una moneda de cobre disfrazada.

Pero lo grave no fue solo la moneda, sino el colapso del sistema que le daba sentido: Red comercial rota: sin seguridad en caminos, ni rutas marítimas estables, no había comercio a larga distanciaRed fiscal colapsada: el sistema tributario romano, que funcionaba como una máquina bien aceitada, Red monetaria fragmentada: cada territorio empezó a acuñar sus propias monedas, o simplemente dejó de hacerlo. Confianza erosionada: si tú vendes grano y te pagan con una moneda hueca... no aceptas más monedas. Por eso se volvió al trueque.

En 1870, el mundo entró en un nuevo paradigma: el patrón oro clásico. Las monedas de los países más poderosos se ataron al oro. Y con eso, por primera vez, el sistema monetario fue verdaderamente internacional. Los capitales circularon con fluidez. Las crisis también. Fue un sistema elegante, pero frágil. La Primera Guerra Mundial lo reventó. Y de paso, reventó al mundo que no se reorganizó economicamente hasta casi el final de la Segunda Guerra Mundial.

Tras el caos, llegó Bretton Woods. Era 1944, y mientras Europa se desangraba, EE.UU. comandado por nuevos y astutos ingenieros sociales diseñaba el nuevo orden. El dólar se convirtió en la moneda de reserva global, respaldado por oro. Nació el FMI, el Banco Mundial, y un sistema pensado para durar pero que en realidad duró poco. En 1971, Nixon rompió la convertibilidad. Se acabó el oro. El mundo entró en la era del dinero fiduciario puro: papel garantizado por la confianza en los gobiernos. Por la fe, más que por la economía.

Ese fue el último gran reset. Desde entonces, el dinero ya no es oro, ni plata, ni promesa tangible. Es deuda. Es confianza. Es narrativa. Y eso ha tenido consecuencias. Explosión del crédito. Endeudamiento sin límites. Burbuja tras burbuja. Crisis tras crisis. 1987. 1998. 2008. Cada vez más grandes. Cada vez más globales.

Y ahora, muchos se preguntan si viene el siguiente. Porque hay señales. Demasiadas. Deuda global insostenible. Desconfianza creciente en el dólar. Tensiones entre bloques: EE.UU., China, BRICS, Rusia. Monedas digitales de bancos centrales. Unos defienden  que lo mejor es la vuelta al oro, otros buscan refugio en bitcoin, o en los commodities y los proponen como referencia. 

El nuevo resteo aún no ha pasado. Pero podría estar en camino. Y si llega, no será con fanfarrias ni comunicados. Será como todos los anteriores: de golpe, con sangre, y con consecuencias que cambiarán el mundo para los próximos cien años.

Cuando ocurra, si ocurre, el dinero volverá a ser otra cosa. Otra promesa. Otra forma de poder. Y una vez más, la mayoría ni se enterará de que ha sido testigo de un nuevo reset. Hasta que ya sea demasiado tarde para entenderlo, pero recuerda, en términos humanos y sociales, cada reseteo ha sido un empobrecimiento generalizado, una pérdida de soberanía, y una centralización mayor del poder. Los ganadores son siempre pocos, y bien posicionados. Los demás, reconstruyen como pueden lo que les han roto. 

Creso trajo el orden monetario… y también el monopolio del valor. Roma cayó… y con ella la civilización urbana y la movilidad social. El patrón oro disciplinó el sistema… pero excluyó a los débiles y abrió una brecha que nunca se cerró. Bretton Woods prometió estabilidad…a cambio de someter al planeta al dólar. Nixon nos dio dinero sin respaldo…y una deuda sin fin.

Cada reseteo destruyó lo anterior y creó un sistema más cerrado y peor que el anterior. Al menos para "nosotros" para los otros no. 

 

Madame Bedeau de l'Écochère 

viernes, 17 de octubre de 2025

REACCIÓN MACHIRULA A LA REACCIÓN FEMINSTA

  ... cuando el crimen no indigna, pero la respuesta sí.

 

Tras el asesinato de tres personas —dos mujeres, madre e hija, y un taxista brutalmente descuartizado— a manos del presunto homicida Pablo Laurta, los sectores contrarios a las políticas de género entraron en un breve, sorprendido y táctico silencio. Apenas una pausa para reagruparse, afinar el libreto, y volver a escena a marcar territorio: unos salieron rápidamente a aclarar que apenas conocían a Laurta “de vista” —aunque ese “de vista” incluya haber compartido con él conferencias, presentaciones de libros, mesas de restaurante e incluso el mismo auto—; y otros, más osados, firmaron artículos que imitan el tono de la reflexión, pero transpiran cinismo, complicidad ideológica y ese profundo temor a perder el control del relato que caracteriza a los varones resentidos (unidos o no).

Son los mismos que suelen preguntarse indignados dónde están las feministas cuando no hacen suficiente ruido en determinadas circunstancias y las critican cuando hacen demasiado (según ellos) en otras ocasiones.

Tal es el caso del texto publicado en Semanario Voces, firmado por Hoenir Sarthou, un señor a quien no conozco de nada, dicho sea de paso. Su texto es uno más de tantos, sin nada especial ni excelencia de ningún tipo, pero se puede tomar de ejemplo para análisis de esta tendencia.

Quien lo lea con atención verá que bajo una capa de aparente imparcialidad se ejecuta una operación discursiva clásica de disimulo tendencioso. Simula condenar el crimen para inmediatamente girar el foco hacia una crítica al feminismo, buscando debilitarlo justo cuando tres crímenes nauseabundos vuelven a mostrar por qué es necesario.

Sarthou condena el crimen en una línea, pero en la siguiente coloca el “pero” que todo lo desarma:

“No hay justificación para lo que él no niega haber hecho. Pero el uso que se ha hecho del caso…"

Ese "pero" no es inocente. Es el giro que revela que la condena era apenas decorado. A partir de ahí, se demuestra cual es el verdadero trasfondo de esta "opinión" y el artículo se dedica a advertir que lo grave no es el crimen en sí, sino que el feminismo se pueda fortalecer oportunista y políticamente con él. (ya sabemos todos que mala son las feministas).

El foco ya no está en las tres personas asesinadas ni en un niño secuestrado, sino en el “peligro” de que se derogue la tenencia compartida, se aumenten presupuestos, o se refuercen políticas públicas de género. Dicho sea de paso, yo misma disiento de muchas de esas politicas llamadas de género, pues la violencia, según la vida nos muestra, no tiene género. Tiene sexo y es masculino.

 Más aún, el autor desliza que el crimen fue un “acto de locura”:

“Una locura que ni el más obtuso antifeminista puede aceptar.”

Con esto, se desliga el crimen de cualquier estructura. No hay sistema. No hay misoginia. No hay contexto. Hay solo un loco. Un caso aislado. Una anomalía sin conexiones con nada.

Es la misma táctica de siempre: aislar al asesino para proteger al sistema que lo produce. Una táctica que, por cierto, no es nueva: viene directamente del archivo de los crímenes pasionales, donde el hombre que mataba a su pareja no era un homicida, sino un “enamorado desbordado” con el corazón partido.

Durante décadas, muchos de ellos fueron condenados a penas simbólicas o al exilio: una estadía en lo de un tío en el interior, unos años lejos del barrio, y listo. Volvían a la sociedad por la puerta de atrás, muchas veces amparados por la misma justicia que hoy sigue mirando para otro lado.

Y mientras ellos recibían compasión judicial, diagnósticos humanizantes y oportunidades de redención, las mujeres jamás pudieron usar esa carta. No se les permitió estar “locas”, ni “desbordadas”, ni “enamoradas hasta el crimen”. Ni siquiera cuando en circunstancias extremas. A ellas se las juzgó, y se las sigue juzgando, como bestias frías, monstruos sin alma, y muchas veces se las condena antes del juicio, en los medios, en la calle y en la historia.

Pero profundicemos un poquito: ¿estos hombres matan por odio? Tal vez ni siquiera eso. Lo que se ve muchas veces detrás de estos crímenes no me parece que sea odio real, sino una mezcla de frustración, berrinche, y la rabia de quienes no toleran ser dejados. No pudieron retener a una mujer. No supieron mantener un vínculo sano. Y como niños con poder y sin límites, descargan su fracaso con brutalidad. No es ideología. Es mediocridad con machete. Es el pater familia, esa ficción jurídica empoderadora de machos de machos mediocres actuando en todo su esplendor. La semilla maligna del patriarcado.

Y en ese contexto, Sarthou se permite bromear:

“¿También contra los choferes de Uber?”

Como si el asesinato del remisero fuera un gag de stand-up y no parte de una tragedia planificada. Ese intento de sarcasmo no solo es torpe y desprovisto de gracia: es cruel. El tiempo dirá si Laurta lo mató por una vieja venganza, por odio de clase, o simplemente porque estaba “en el medio”. Lo que no corresponde —bajo ningún punto de vista— es trivializar su muerte con un chiste que sugiere que  las feministas ven enemigos en los conductores de apps. Eso no es ironía ni humor negro. Es bajeza.

El artículo sigue su ruta predecible: convierte el reclamo de las mujeres —feministas o no, porque para el autor toda mujer que se indigna por un crimen machista automáticamente queda bajo sospecha— en un berrinche histérico por más fondos, más leyes, más represión, más “victimismo”. Como si las políticas de prevención fueran un capricho ideológico y no una respuesta legítima a hechos medibles. Como si cuestionar la impunidad judicial o exigir que un sistema que fracasa sistemáticamente sea reformado, fuera parte de una conspiración de género y no, simplemente, sentido común.

Para sostener ese relato, recurre al comodín más viejo del manual patriarcal: el supuesto histerismo femenino. Un anacronismo torpe, pero todavía eficaz para ciertas audiencias. Parece no concebir la posibilidad de un enfado genuino en la mujer, como si aún cargara con la inercia bíblica de culpar a Eva por cada manzana que muerde Adán… y por cada tiro que dispara.

Cuando las feministas (con las que no siempre estoy de acuerdo) hablan de estructuras de violencia, no lo hacen solamente porque les guste el lenguaje académico. Lo hacen porque los datos lo muestran: en Argentina, entre 2015 y 2019, el 80 % de las víctimas de homicidio doloso eran hombres, sí. Pero en el 92 % de los casos, los victimarios también eran hombres. Y cuando las víctimas son mujeres, el 56 % de los homicidios vienen de sus propias parejas o ex parejas. En el caso de los hombres, eso apenas alcanza el 2 %. No es lo mismo.

Y cuando una mujer mata, lo hace muchas veces desde otro lugar: en contextos de legítima defensa, protección de sus hijos, trastornos mentales graves y reales, o desesperación frente a un sistema judicial que la hostiga, la revictimiza o la amenaza con quitarle lo que más ama. No hay simetría. No hay equivalencia. No hay espejo.

Uno de esos contextos ignorados — deliberadamente— es la depresión pos-parto, un trastorno subestimado y muy poco investigado que puede durar años y tener consecuencias devastadoras sobre la salud mental de las madres. Pero en vez de recibir apoyo, contención o al menos una lectura clínica, esas mujeres son muchas veces arrojadas a la categoría de monstruos. Para ellas no hay diagnóstico salvador ni peritaje piadoso. Ellas no pueden alegar locura. Ellas no enloquecen: delinquen.

Pero Sarthou insiste. Afirma que basta una denuncia para que al varón lo saquen de la casa, lo dejen sin hijos, y lo condenen al escarnio público. Falso. Ya quisieran muchas madres e hijos apaleados que fuera tan fácil.

En el caso concreto de Laurta, la justicia argentina denegó la restitución del menor tras advertir comportamientos agresivos, inconsistencias en su relato, y un riesgo concreto. Sin embargo, no se tomaron las medidas necesarias. En parte porque un juzgado es el encargado de analizar y decidir sobre una restitución y otro el encargado de los temas de violencia...no se lo inhabilitó. No se lo contuvo. No lo mantuvieron preso.Y el resultado está a la vista.

Ese garantismo de cartón, que tantos varones aparentemente razonables enarbolan, solo aparece cuando el denunciado es varón. Cuando la víctima es mujer, se desvanece entre las brumas de Ávalon. Y en lugar de admitirlo, el autor se victimiza:

“¿Es posible desautorizar a una numerosa y creciente corriente de opinión...?”

Se refiere, claro, a los hombres que se sienten atacados por el feminismo. Como él mismo. Y así blanquea lo que verdaderamente le importa: proteger a ese sector, poner su granito de arena malévola para evitar que la lucha feminista siga ganando legitimidad, y disfrazar de garantismo lo que es, en realidad, una operación ideológica llena de palitos para las ruedas feministas. No es ni siquiera una defensa de derechos. Una defensa de privilegios.

Mi conclusión, como la suya, también es triste, pero clara: el texto no es una opinión . Es una pieza propagandística.

  • Minimiza tres asesinatos y el secuestro de un menor.

  • Ataca al feminismo con argumentos reciclados y retóricas manipuladoras.

  • Ignora los datos empíricos y el contexto estructural de la violencia machista.

  • Trivializa la muerte de un trabajador con sarcasmos de mal gusto.

  • Se escuda en el “sentido común” para sostener un sistema que falla, no solo para las mujeres sino para los  miles de suicidios diarios a nivel mundial.  720.000n suicidios al año, la mayoría, por cierto, hombres. 2000 al día. 83 por hora. Cifras que demuestran el fracaso del patriarcado mejor que las pancartas feministas.

Por respeto a Luna Giardina, de 26 años, su madre Mariel Zamudio, de 54, y al remisero Martín Sebastián Palacio, ese artículo y otros parecidos merecen ser analizados públicamente y con contundencia. No por ideología. Por decencia y honestidad intelectual. Y siempre desde una crítica al contenido y al discurso, jamás al ser humano que expresa sus propias opiniones. Aunque dichas opiniones me disgusten o me parezcan llenas de lugares comunes, aprendí a  separar muy bien el mensaje del mensajero.

Comparto al final de este artículo, algunos otros en los que trato asuntos sobre la misma temática.   Incluido uno de los miles de casos de niños y niñas obligados por los jueces a visitar padres violentos.

 Isabel Salas 

 Madame Bedeau de l'Écochère

 

MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO Aclaremos de una vez de quien son los hijos que parimos. 

ÁPROX: SALVEMOS VIDAS Alerta por Proximidad: la tecnología para impedir los asesinatos anunciados 

¿DÓNDE ESTÁN LAS FEMINISTAS? ¿Quién no ha leído esa pregunta en los comentarios debajo de cada injusticia publicada? 

IMPUNIDAD JUDICIAL: EL USO DE NEOLOGISMOS El crimen lo cometió el padre, pero el asesinato fue (presuntamente) autorizado por el juez. 


martes, 14 de octubre de 2025

ÁPROX: SALVEMOS VIDAS

Alerta por Proximidad: la tecnología para impedir los asesinatos anunciados

 

Cada semana, en casi todos los países, hay personas que son asesinadas por alguien que un día fue parte de su vida. Muertes que vienen después de una o varias denuncias y no se consiguen evitar.

Mujeres a manos de exparejas, hijos por padres violentos o ex parejas del mismo sexo. Sin embargo, el patrón más reiterado, más atroz y más evitable sigue siendo el de mujeres asesinadas por sus exparejas. Muchas de ellas no solo han denunciado, algunas incluso tienen una orden de alejamiento y hasta un botón de pánico. Pero son asesinadas a pesar de haber implorado ayuda. 

No fueron tragedias irremediables. Fueron asesinatos anunciados.
Anunciados por las denuncias, por los antecedentes, por las amenazas, por el miedo que la víctima expresó y que el sistema no supo ni pudo transformar en protección real.

A estas mujeres, madres muchas y abuelas, las asesinan hombres, sí. De hecho, de cada cien personas asesinadas, noventa son asesinadas por varones.
Pero a estas mujeres las mata también la inercia de los sistemas que reaccionan tarde, los protocolos que confían en papeles, y la falta de herramientas que anticipen lo inevitable.

No es ideología. 
Es simple constancia de un fracaso que se repite todos los años, en todos los lugares, con los mismos titulares y las mismas lágrimas.
Y ante ese fracaso, existe una solución inmediata, concreta y viable:
el Sistema de Alerta por Proximidad que propongo a continuación.

1. Qué es

Una herramienta tecnológica que evita que la víctima tenga que adivinar el peligro ni activar nada.
Un sistema que detecta el riesgo antes del contacto físico. Una manera de pasar de la protección simbólica a la protección efectiva.

Consiste en que ambas personas, agresor y víctima, porten dispositivos que emitan su ubicación en tiempo real.
No para controlar, sino para evitar el encuentro.

Si el agresor se aproxima a menos de una distancia establecida —por ejemplo, quinientos metros—, el sistema genera una alerta automática:

  • la víctima recibe una señal discreta, una vibración, una luz;

  • el centro policial recibe la alerta y la posición exacta de ambos;

  • la patrulla más cercana puede intervenir antes de que haya contacto, antes de que haya sangre.

    No requiere que la víctima pulse un botón. No exige que esté alerta ni que reaccione bajo miedo. Tiene tiempo para alejarse o ponerse a salvo mientras llega la policía o la ayuda.


    El sistema actúa solo.
    Y todo queda registrado para el seguimiento judicial.

2. Por qué funciona

Porque el tiempo es la diferencia entre la vida y la muerte.
Una bala o un cuchillo llegan en segundos. Una patrulla puede tardar minutos. El botón de pánico, la llamada o el grito de auxilio dependen de que la víctima pueda actuar, y la mayoría no puede.

Este sistema no pide que nadie reaccione: detecta, avisa y previene. Y, además, cambia la lógica del miedo:

  • La víctima ya no vive pendiente del agresor.

  • El agresor sabe que, si se acerca,incluso por accidente, el sistema lo delatará sin aviso previo.

  • La policía no llega después: llega a tiempo.

3. Qué no es

No es una condena.
No es una cárcel digital, pues tiene absoluta libertad de movimientos por su ciudad o su país.
No restringe la libertad de movimiento del potencial agresor.
Solo activa una alerta cuando invade el radio de riesgo.

No criminaliza a nadie antes de juicio.
Se aplica con orden judicial o en casos donde haya denuncias y riesgo acreditado.
Es una medida cautelar, no penal.
Protege sin castigar.

Y no es costosa ni experimental:
los dispositivos existen, la tecnología está disponible, y puede implementarse de inmediato en casos de  riesgo con inversión razonable.

4. Qué cambia con esta medida

Cambia la posición de la víctima: deja de depender de su reflejo, de su suerte o de su rapidez para apretar el botón de pánico o llamar pidiendo ayuda.
Cambia la posición del Estado: deja de ser un espectador de la tragedia para ser un actor preventivo.
Cambia el papel de la policía: pasa de intervenir sobre cadáveres a intervenir sobre alertas.

Cambia, sobre todo, la relación entre la amenaza y el tiempo.
Porque cuando el sistema se activa, la víctima aún respira.

IMPORTANTE  A diferencia de las tobilleras telemáticas actuales —diseñadas para imponer perímetros y supervisar movimientos mediante equipos robustos y costosos—, el sistema de Alerta por Proximidad se sustenta en dispositivos de localización muy simples y baratos, equivalentes a los módulos GPS que ya llevan los teléfonos móviles. Su diseño es minimalista: un collar discreto o pulsera para la persona protegida y un brazalete compacto para la persona vigilada, con conectividad celular básica y sensores antimanipulación. Al no pretender restringir movimientos sino solo detectar proximidad, los requisitos de hardware, consumo y coste son mucho menores; esto permite producción en escala, mantenimiento asequible y despliegue masivo en la práctica en períodos cortos.

5. Fundamento ético y legal

El principio es claro: la vida humana está por encima de cualquier otro derecho.
La privacidad de quien representa un riesgo no puede pesar más que el derecho de otra persona a seguir viva.

El sistema de Alerta por Proximidad no vulnera la presunción de inocencia porque no impone castigo alguno.
No interfiere en la libertad deambulatoria del denunciado ni de la potencial víctima.
Solo observa una variable objetiva: la distancia entre dos personas que no deben encontrarse.

Puede aplicarse mediante orden judicial sumaria, por un tiempo limitado, con revisión periódica.
Y en su diseño caben todas las configuraciones posibles de violencia:
hombres y mujeres, parejas homosexuales, relaciones de familia, cuidadores o dependientes.
Nació de la necesidad de proteger a las mujeres asesinadas por sus exparejas, pero su vocación es universal: proteger a cualquier persona en riesgo de ser atacada por alguien a quien teme.

6. Por qué es viable
  • No requiere innovación tecnológica, solo voluntad política.

  • Puede integrarse en los sistemas policiales ya existentes.

  • Permite respuesta inmediata sin ampliar burocracia.

  • Es escalable: puede comenzar en los casos más graves y expandirse progresivamente.

  • Deja huella digital de cada alerta, lo que refuerza el valor probatorio judicial.

En resumen: es técnicamente factible, jurídicamente posible y moralmente obligatorio.

7. Lo que está en juego

Repito, no se trata de ideología, de bandos ni de estadísticas. Se trata de que quien ha sido denunciado como potencialmente  peligroso no pueda acercarse sin ser detectado.
De que los padres, las madres, los hermanos y demás familia no tengan que enterrar a sus hijas o hermanas preguntándose de qué sirvió denunciar.
De que los hombres que no son violentos puedan vivir tranquilos, sabiendo que la ley protege a todos y que la vigilancia recae sobre quien la merece.

Es una medida de sensatez y de justicia.
De prevención y de responsabilidad.
Y sobre todo, de respeto por la vida.

8. Recordatorio

Las órdenes de alejamiento no bastan.
Los botones de pánico no bastan.
Las condolencias no bastan.
Lo que falta no es la compasión, sino la eficacia.

El Sistema de Alerta por Proximidad no es una utopía ni un experimento: es una herramienta que puede ponerse en marcha hoy mismo. No estoy patentando nada ni busco lucrar con ella.
Si no lo ponemos en marcha, cada asesinato anunciado será también un fracaso anunciado.

Los Estados no pueden seguir reaccionando cuando ya hay una víctima.
Pueden —y deben— anticiparse.
La tecnología de hoy día lo permite.
El deber moral y jurídico lo exige.

No se trata de inventar nada nuevo, sino de aplicar lo que ya está al alcance.
Se trata de decidir si seguimos lamentando muertes evitables o actuamos para impedirlas.

Porque cuando la ley llega tarde, la justicia no llega nunca.

Si estás de acuerdo, comparte este texto. Que llegue a quienes pueden decidir implementarlo. Tu alcalde, tu diputado, ese senador que conoces, ese concejal que siempre se acuerda de ti unas semanas antes de las elecciones.

Que no puedan decir que nadie les propuso una forma de salvar vidas que a ellos no se les había ocurrido. 

sábado, 11 de octubre de 2025

COMPRA VERDE Y REZA EN SILENCIO


Vivimos en una época muy peculiar: la del capitalismo con cara de conciencia. Y la conciencia, como la paloma que soltó Moisés después del diluvio, también trae una ramita en el pico. Hoy basta con que un producto lleve una hojita dibujada o una etiqueta color tierra para que te sientas parte de algo superior. No hace falta entender cómo funciona el sistema ni cuestionar quién lo sostiene. Con cambiar de marca, alcanza. Compras el mismo detergente, pero ahora dice "eco-friendly", y de golpe ya no estás lavando ropa: estás salvando el planeta.

La idea es seductora. Tiene ritmo, es fácil de recordar y huele bien. Literalmente. Porque todo lo “verde” viene perfumado de bosque y tipografías suaves, como si el planeta pudiera curarse con un jabón biodegradable o una tote bag con frase inspiradora. Lo importante no es lo que compras, sino lo que crees que estás haciendo cuando lo haces. Y tú crees que haces algo bueno. O al menos, mejor.

Pero el mundo no se salva desde un carrito de compras. Y lo sabes. Lo sabes cuando apagas el documental y sigues scrollando, cuando lees sobre incendios y microplásticos y luego eliges yogur con envase compostable como si eso hiciera alguna diferencia. Lo sabes, pero necesitas creer que algo depende de ti. Porque si no, ¿qué queda? ¿Enfrentarse a los políticos y a las grandes corporaciones que están favoreciendo este desastre? ¿La impotencia al comprender quienes se benefician cuando desaparece un bosque y "aparece una mina"? ¿Obligarte a creer que los molinos eólicos son más verdes que los olivos?

Entonces eliges creer. Te tragas el discurso como se tragan las pastillas que no curan, pero calman. Aquellas que venden en l farmacia cerca de la casa de Sabina, las de no soñar. Y otras que vienen disueltas el zumo orgánico, las de no preguntar.

Porque el consumo verde no es un acto político: es un placebo emocional. No está diseñado para modificar el sistema, sino para anestesiar tu conciencia. No te invitan a consumir menos, ni a rebelarte, ni a exigir responsabilidades. Te ofrecen otra cosa: la tranquilidad de seguir igual, pero con mejor envoltorio y con la conciencia tranquila de quien sabe que está "haciendo su parte".

Te dicen que compres distinto, no que vivas distinto. Que elijas otra botella, no otro modelo de sociedad. Que pongas tu esperanza —y tu dinero— en marcas que han aprendido a venderte no soluciones, sino absoluciones.

Es brillante. En vez de frenar el consumo, lo reconfiguran. Lo convierten en identidad, en virtud, en pertenencia. Ya no importa cuánto consumes, sino cómo lo consumes. Y si es con la etiqueta correcta, entonces estás del lado bueno de la historia. O eso te dicen. Y tú lo repites.

La culpa es un gran negocio. Y la ecológica, más. Porque es silenciosa, constante, y no necesita pruebas. Te la activan con imágenes de osos polares y niños descalzos, y te la calman con un desodorante sin aluminio. Así, el sistema te golpea con una mano y te consuela con la otra. Es un abuso emocional empaquetado en celulosa reciclada.

¿Y mientras tanto? Las grandes corporaciones siguen. Los océanos se llenan de basura. Los bosques se talan. Las emisiones no disminuyen porque tú cambiaste de champú. Porque tú no eres el problema. Pero te hacen sentir que haces algo. Aunque sea simbólico. Aunque sea insuficiente.

La trampa está ahí: en convencerte de que la solución está en tu carrito y no en los tratados internacionales que nunca se firman, ni se cumplen aunque se firmen. En los subsidios a industrias contaminantes que nadie menciona, en los gobiernos que legislan para las petroleras mientras tú eliges entre dos botellas con distinta paleta de verdes.

No es casual que todo esto funcione. Está cuidadosamente calculado. Los ingenieros sociales nos conocen muy bien. Las campañas no apelan a la razón. Apelan al miedo, a la necesidad de pertenencia, al deseo de estar a salvo —aunque sea solo moralmente. Porque si compras lo correcto, entonces no eres como los otros. No eres como ese que sigue usando bolsas plásticas o come carne en envases de unicel. Tú eres mejor. O al menos, te lo parece.

Pero la verdad es incómoda. No hay consumo, o falta de consumo, que salve al mundo. No hay elección individual que compense la inacción estructural. No hay tote bag que limpie océanos. Lo que hay es un sistema que encontró la forma perfecta de seguir igual mientras te convence de que tú estás cambiando algo.

Y eso, dicho sin poesía ni tipografía amigable, es la famosa cuesta abajo sin frenos por la ladera de una montaña de la Cordillera del Basural. Una de tantos ochomiles donde se pierden los alpinistas.

Al menos sus deditos son biodegradables. Disculpen el humor inclusivo.

Isabel Salas


jueves, 2 de octubre de 2025

DE SIERVO A CIUDADANO

El truco de magia jurídico que sostiene la esclavitud moderna. 

 Durante siglos —o tal vez desde siempre— los seres humanos hemos sido administrados, no gobernados. La historia oficial, en su versión edulcorada, repite que hemos conquistado derechos, que la ciudadanía nos liberó de la servidumbre feudal, que hoy somos sujetos autónomos gracias al Estado de derecho. Pero basta escarbar un poco para ver el truco: la figura del ciudadano no es otra cosa que una actualización del siervo, revestida con lenguaje jurídico moderno.

En el sistema feudal el siervo no tenía propiedad, ni derechos, ni movilidad. Estaba ligado a la tierra y subordinado a la voluntad de su señor. Solo los nobles y el clero podían desplazarse con libertad. El siervo —como hoy el ciudadano— existía únicamente en función del poder que lo registraba.

Más adelante, con la aparición de los Estados-nación y las revoluciones burguesas, se nos vendió la idea de que el pueblo se convertía en soberano. En realidad, lo que se produjo fue una reconfiguración administrativa del control. Se abandonó el látigo y se implementaron mecanismos más sofisticados: registro civil, DNI, número de seguridad social, pasaporte y consentimiento pasivo. A cambio de obediencia, se ofrecieron derechos.

La ciudadanía no es libertad. Es una condición jurídica otorgada por la misma estructura que impone tus obligaciones. Seguimos atados a la tierra como antes. En el pasado necesitabas una carta del señor feudal para poder viajar; hoy se llama pasaporte. Es el mismo principio bajo otro nombre: no puedes moverte si no estás registrado y autorizado. El pasaporte es el dispositivo moderno que confirma que la tierra no es tuya y que tú no eres libre para recorrerla.

El engaño funciona porque está bien diseñado. A los de abajo se les conceden derechos —a la salud, a la educación, a la vivienda— pero no como garantías reales, sino como permisos condicionados: tienes derecho si pagas impuestos, si obedeces las leyes, si te dejas administrar. Si no, se te revocan.

Mientras tanto, los de arriba ni siquiera figuran como ciudadanos. Operan con privilegios: fueros, inmunidades, exenciones fiscales, pasaportes especiales, jurisdicciones propias. Tienen acceso a servicios que no están regulados ni supervisados por los mismos mecanismos que afectan al resto. No mendigan derechos: ejercen libertades reales. Libertad de movimiento, de evasión fiscal, de uso de información privilegiada, de imposición ideológica o económica sin rendir cuentas.

Uno de los instrumentos más eficaces para atrapar desde la base es el llamado “derecho a la identidad”. En apariencia, es un avance: el niño tiene derecho a tener nombre, nacionalidad, pertenencia. En la práctica, es el primer anzuelo jurídico que lo introduce en la maquinaria del Estado. Desde ese momento, ya no es un ser humano libre con vínculos naturales y espirituales. Pasa a ser un sujeto jurídico, numerado, obligado, tributable, representable, sustituible.

Ese niño, como el adulto que será, no ejercerá libertad. Vivirá reclamando derechos. Y al hacerlo, estará aceptando que necesita permiso para vivir dignamente.

Algunos disidentes creen que pueden escapar de esta red apelando al derecho natural. Hablan de haber nacido vivos, de no consentir ser personas jurídicas, de presentarse como seres humanos soberanos. Pero el sistema no responde a códigos filosóficos ni morales: responde al registro y a la obediencia. Si no estás registrado, no existes. Si no inscribes a tus hijos, te conviertes en sospechoso. Si rechazas el marco legal, te vuelves intervenible.

Todo ese cuento sobre la transición del siervo al ciudadano fue, y sigue siendo, una jugada maestra. Nos ofrecieron derechos para que dejáramos de hablar de poder. Nos ofrecieron soberanía para que renunciáramos a la autonomía. Y lo más perverso: nos hicieron creer que pedir derechos es ser libre, y que cada derecho "conquistado" es un paso hacia la libertad.

Si nos dan a elegir entre tener razón y tener paz, algunos elegirán tener razón. Otros simplemente querrán paz. Pero tal vez solo es verdaderamente libre quien no necesita que el sistema lo reconozca para saberse válido.

Y esa libertad no encaja en ninguna casilla del registro. Por eso no la conceden.
Por eso la rechazan.

Isabel Salas 

 

domingo, 28 de septiembre de 2025

LOS RESCATES SÁDICOS

 Cuando todo vale para alimentar al algoritmo.

 

 El video siempre empieza igual: un perrito temblando en la cuneta, un gato con los ojos legañosos, un caballo famélico atado a un poste. Música triste de fondo, cámara lenta, subtítulos lacrimógenos. La audiencia prepara los pañuelos. Al minuto tres aparece el héroe: manos humanas que acarician, agua limpia en un cuenco, una manta tibia. El animal —antes un despojo— ahora recibe el milagro del rescate. Final feliz. Likes asegurados. Donaciones abiertas.

La escena se repite tanto que ya no parece real: parece televisión. Una coreografía emocional tan pulida que uno ya anticipa cuándo va a sonar el violín o cuándo aparecerá el zoom dramático al ojito enfermo. Y ahí está la trampa: el problema no es rescatar animales. Ojalá todos tuvieran esa segunda oportunidad. El problema es que el rescate se ha convertido en contenido de consumo, y como todo contenido que genera clics, puede fabricarse.

Sí: hay quien maltrata o abandona animales a propósito para luego grabar su “rescate”. No es compasión, es marketing. No es ternura, es monetización del sufrimiento. Y si aún te parece exagerado, pregúntate: ¿por qué tantos videos de rescate tienen mejor producción que tu documental de Netflix favorito?

El negocio está armado sobre un mecanismo simple: cuanto más dramática la escena inicial, más poderosa la narrativa de redención. Cuanto más huesos tenga el perro, más likes cosecha. Y cuanto más lágrimas arranque el video, más donaciones llegan a la cuenta PayPal del rescatista. Se produce entonces una paradoja macabra: el dolor animal se convierte en materia prima de un espectáculo rentable. No es ayuda, es storytelling.

Y no necesita villanos externos. El propio rescatista puede ser verdugo y salvador a la vez. Puede golpear primero y abrazar después, todo en el mismo set. O simplemente exagerar, montar escenas, fabricar tragedias. Porque la audiencia no quiere verdad: quiere una dosis diaria de compasión digerible. Quiere sentirse buena sin hacer nada. Ver el sufrimiento y, segundos después, el alivio. Un chute emocional de corta duración, que deja el alma limpia y el algoritmo satisfecho.

¿Y qué pasa con el animal? Poco importa. Si vive, bien. Si muere, aún mejor: se transforma en mártir perfecto para otro video, otra campaña, otra colecta. Porque lo esencial no es la vida del perro, sino la emoción que produce en la pantalla. El animal no es un ser sintiente: es un recurso narrativo.

La industria del rescate animal es la nueva pornografía de la compasión. Nos excita llorar, nos complace donar, nos sentimos mejores al compartir. Y mientras tanto, detrás de cada clic, alguien cuenta billetes. Porque rescatar de verdad cuesta caro: veterinarios, comida, espacio, seguimiento. Pero rescatar para las cámaras es rentable: basta una cámara HD, música de stock y un animal convenientemente maltratado. Lo demás lo hace el algoritmo.

Lo que vemos es una cadena de producción de ternura industrializada. Animales convertidos en atrezzo de un drama moral que tranquiliza conciencias mientras financia a sus productores. Un espectáculo perfectamente calibrado para que nadie se pregunte nada, para que todos lloren un poco, donen un poco, compartan mucho.

Y así, el acto ético del rescate se convierte en una farsa rentable con guion, edición y merchandising. El espectador, convertido en cómplice involuntario, se convierte en consumidor de sufrimiento maquillado de esperanza.Y el rescatista... muchos de estos rescatistas virales presentan lo que algunos profesionales identificarían como rasgos del complejo de Mesías: una necesidad patológica de ser visto como el único capaz de salvar, redimir, limpiar la suciedad del mundo. No rescatan al perro: se rescatan a sí mismos del anonimato, de la mediocridad, del silencio interior.

Este tipo de personalidad necesita víctimas para existir. Y si no hay una víctima real a mano, se construye una. Se exagera. Se ensucia. Se graba. Se edita. Porque el acto de rescatar no es solo una acción: es una performance que alimenta su identidad. Cuanto más sucio esté el animal, más brillante será la aureola del salvador.

A eso se suma la adictiva validación digital. Corazones, aplausos, “gracias por tu labor”, “eres un ángel”, “el mundo necesita más gente como tú”. El ego del salvador se infla con cada comentario. Pero, como todo adicto, necesita dosis crecientes. Ya no basta con rescatar un perro. Ahora tienen que ser cinco. O un burro desnutrido. O una cabra con sarna. O una historia tan desgarradora que haría llorar a un bloque de mármol.

¿Y si el animal no coopera con el guion? Mala suerte. Se le fuerza un poco. O se repite la escena. Porque este salvador necesita que el sufrimiento sea evidente, que el antes sea espantoso, para que el después parezca milagroso. Todo sea por el arco narrativo.

Y claro, también está el narcisismo blando, esa versión dulcificada del egoísmo que se disfraza de altruismo. No es “mírame cómo sufro”, sino “mírame cómo hago sufrir para que parezca que curo”. El foco no está en el animal: está en las manos que lo acarician, en la voz que lo calma, en el rostro que se humedece con lágrimas selectas. La compasión es decorado; el protagonista es él.

Lo más inquietante es que, en el fondo, el sufrimiento ajeno se vuelve necesario para sostener su identidad. Sin dolor, no hay redención. Sin víctima, no hay héroe. Y sin cámara, no hay nada.

La ternura, como todo lo demás en internet, se volvió contenido. Y el contenido, como todo lo rentable, se repite hasta vaciarse. La próxima vez que veas un rescate viral recuerda que tal vez no estés viendo un acto de amor, sino la escena final de una crueldad injustificable.

Isabel Salas

martes, 23 de septiembre de 2025

LAS FALSAS ESTADÍSTICAS

 Cuando las cifras mienten con buena letra

 


 Las estadísticas han dejado de ser espejos  (si es que alguna vez lo fueron) para convertirse en maquillaje. La criminalidad, en particular, se ha vuelto un terreno ideal para embellecer los datos a gusto del discurso de turno. ¿Ejemplo? El tratamiento de los delitos cometidos por personas transgénero, especialmente aquellos nacidos varones que hoy se identifican como mujeres. Parece un tecnicismo, pero lo que está en juego es mucho más profundo: la percepción social de la violencia, la base sobre la que se debate y hasta las políticas que se diseñan "con evidencia".

La fórmula es simple y, por eso, tan efectiva: los registros judiciales y policiales ya no anotan al agresor según su sexo biológico, sino según cómo se autopercibe. Así, podemos tener un hombre que mata y luego se declara mujer, entra en las estadísticas como “asesina”. Lo mismo una chica que trans que lleve varios años autopercibiéndose mujer y cometa un homicidio.

La realidad es  que de cada cien personas que mueren asesinadas, hombres o mujeres, a noventa las mata un varón, pero con un solo clic, la historia de la criminología se distorsiona: esa brecha enorme entre la violencia masculina y la femenina comienza a "cerrarse"... aunque sea  solo en los gráficos. La ilusión está servida, y con ella, el discurso: las mujeres también matan, también violan, también agreden. Igualdad ante todo, incluso en el crimen. Y es cierto, pero mucho menos.

Esta manipulación no es solo un desliz técnico. Tiene efectos concretos. Si los medios repiten que aumentan los asesinatos cometidos por mujeres, la sociedad empieza a creer que la violencia ya no tiene sexo. Desaparece una verdad empírica, incómoda pero necesaria: la violencia extrema es, en su abrumadora mayoría, masculina. Y quien ose decirlo, quien se atreva a señalar el artificio, será señalado como transfóbico. Porque en esta narrativa, la crítica no se refuta: se cancela.

Para quienes trabajan con la violencia —jueces, policías, criminólogos—, este disfraz numérico no es menor. ¿Cómo identificar patrones, prever riesgos, diseñar políticas preventivas, si las variables clave se disuelven en la corrección política? ¿Qué sentido tiene hablar de agresividad, fuerza física, reincidencia, si ya no podemos siquiera decir si el autor del crimen es hombre o mujer? Convertir las estadísticas en un panfleto ideológico no es solo deshonesto. Es inútil. Es peligroso.

Sus defensores dirán que respetar la identidad de género incluso en la cárcel o en los tribunales es un gesto de dignidad. Pero los datos criminales no son el lugar para dar lecciones simbólicas. No están para hacer sentir bien a nadie. Están para describir la realidad con la mayor crudeza posible. Si la embellecemos, si la editamos para que encaje en una narrativa inclusiva, dejamos de entenderla. Y entonces, todo lo que venga detrás —desde la prevención hasta la justicia— estará construido sobre una mentira piadosa.

¿El resultado? Desconfianza social, confusión política, impunidad encubierta. Y sobre todo miedo.

Porque si un hombre puede violar y ser clasificado como “mujer”, no solo se desfigura el dato: se desfigura la realidad y se transforma  el debate en un posible "discurso de odio". 

Pero al margen de eso, cuando el debate se basa en una ficción, la verdad desaparece. Y con ella, cualquier posible justicia.

Isabel Salas

Madame Bedeau de l'Écochère 

 

ISABEL PREYSLER, LA BELLA PLUMA

La historia la escriben los hombres. Hasta que una mujer encuentra las cartas ... y las reparte. Durante décadas, Mario Vargas Llosa se sint...