martes, 10 de marzo de 2026

SIMONE DE BEAUVOIR EN MATERFIESTO

Madres y mujeres, con y sin poder.


Una de las cosas que algunas personas van a leer con incomodidad en Materfiesto es el pellizquito que le pego a Simone de Beauvoir. Y digo “pellizquito” porque eso es exactamente lo que es dentro del libro: una punzada, una frase, una señal. No un tratado entero sobre ella. No porque no haya más bombaque decir, sino porque un libro tiene una economía interna y una extensión finita, y yo no escribí Materfiesto para convertirlo en una enciclopedia de todo lo que pienso sobre cada autora, cada juez, cada teólogo o cada desastre humano que se cruzó por mi camino.

Por eso al final del libro está el enlace a al blog.

Porque hay ideas que en el libro aparecen como detonación y luego necesitan aire, espacio y un artículo aparte para desplegarse con más precisión y profundidad. Lo hice así a propósito. Por economía de espacio, sí, pero también por método y por efecto. Prefiero abrir ciertos temas en el libro, aunque sea un poco teatral y desarrollarlos uno a uno donde corresponde, sin convertir el texto principal en una procesión de paréntesis interminables.

Simone de Beauvoir es uno de esos casos, precisamente porque es y fue importante. Su pensamiento es influyente y  se la sigue tratando como vaca sagrada del pensamiento feminista. Por eso me interesa señalar el límite y el daño de ciertas ideas suyas.

Ella abrió una grieta decisiva. Separó, de un modo tal vez demasiado radical, a la mujer de su realidad encarnada y así dejó una puerta entreabierta por la que después otros han entrado para vaciar la categoría mujer de toda materialidad. No digo que ella sea responsable de cada derrape posterior. Digo que una inteligencia enorme puede abrir caminos que luego otros recorren y eso tiene serias y graves consecuencias y esto merece ser apuntado.

Ahora bien, me hago otra pregunta más incómoda todavía, y aquí es donde casi nadie quiere entrar porque en general, se prefiere el mármol del canon a la carne viva de la vida: ¿desde dónde habló Simone de Beauvoir sobre la maternidad?

No podemos saber si tuvo una maternidad frustrada pero esa posibilidad no es absurda. Una mujer profundamente enamorada de un hombre puede haber deseado un hijo suyo. Puede no haberlo tenido por mil razones: porque no quiso, porque él no quiso, porque ninguno quiso, porque no pudo, porque no se dio. No lo sabemos. Y como no lo sabemos, no lo afirmo.

Lo que sí afirmo es que su no-maternidad importa.

No porque ser madre garantice inteligencia, ni empatía, ni amor por otras madres. Basta pisar un juzgado de familia para comprobar lo contrario. Hay juezas madres y psicólogas madres capaces de humillar a otras mujeres, de mirar con frialdad burocrática a una madre devastada al anunciarle que la alejan de sus hijos, de firmar o sostener decisiones monstruosas sin que se les mueva una pestaña. Ser madre no santifica a nadie. No vacuna contra la crueldad ni convierte automáticamente a una mujer en aliada de otras mujeres.

Pero tampoco se puede fingir que no haber sido madre es irrelevante cuando se habla de maternidad para generaciones enteras.

Esa es la cuestión.

No sostengo que solo las madres puedan pensar la maternidad sino algo bastante más simple y más serio: la experiencia importa, aunque no salve a nadie. Y por eso me permito dudar de que Simone de Beauvoir hubiera dicho exactamente lo mismo sobre la maternidad si la hubiera atravesado en su propio cuerpo y en su propia vida.

¿Tengo una certeza del cien por cien? No.

¿Me parece una duda legítima? Sí.

Y esa duda se vuelve todavía más interesante cuando se la pone junto a otro fenómeno que vemos todos los días: mujeres que llegan a posiciones de poder patriarcal y son más duras que los hombres que las rodean.

Muchas madres se decepcionan cuando entran a un juzgado o a una consulta y piensan aliviadas: “menos mal, me tocó una jueza y no un juez”, “menos mal, me tocó una psicóloga y no un psicólogo”. Y luego descubren con horror que esa jueza o esa psicóloga puede ser todavía más dura, más cruel, más desalmada y más monstruosa que algunos hombres.

Y duele más porque esperaban comprensión y no llega.

Las mujeres que alcanzan poder dentro de estructuras patriarcales no siempre transforman la lógica del sistema. A veces se adaptan a él y la encarnan con celo. Endurecen su conducta para no parecer blandas, parciales, emocionales o sospechosas de corporativismo con otras mujeres. Se vuelven más severas para demostrar que merecen estar ahí. Que no están “del lado de las mujeres”, sino del lado del orden.

Y ese orden, por supuesto, no deja de ser patriarcal porque lleve falda o tacones.

No toda mujer en el poder está del lado de las mujeres. Algunas están, sobre todo, del lado del poder.

Eso mismo me hace preguntarme si algo de ese mal no pudo tocar también a Beauvoir. Ella fue una mujer brillantísima situada en un mundo intelectual masculino, rodeada de varones prestigiosos, ligada afectivamente a uno de ellos y obligada a afirmarse dentro de un círculo donde lo específicamente femenino era tratado como menor, sospechoso o secundario.

No sería raro que una mujer así, para sostener su lugar en ese universo, acabara endureciéndose precisamente contra aquello que ese universo  despreciaba.

Y entre esas cosas estaba la maternidad.

Basta con mirar la historia para ver que muchas mujeres integradas en estructuras masculinas de prestigio terminan despreciando, rebajando o minimizando aquello que el propio sistema considera inferior. Para no ser disminuidas como mujeres, disminuyen ellas mismas aquello que el sistema ya ha decidido devaluar.

Por eso mi tirito a Simone de Beauvoir no nace de una hostilidad vacía sino de una conclusión muy seria: que ciertas mujeres enormemente inteligentes, enormemente influyentes y enormemente admiradas han pensado la maternidad desde un lugar demasiado ajeno, demasiado hostil o demasiado condicionado por marcos de poder que las empujaban a alejarse de ella.

Y cuando una mujer así deja frases que luego se convierten en dogma cultural, el problema ya no es solo biográfico. El problema es histórico y sus consecuencias enormes. Después vienen otras generaciones que repiten, amplifican y radicalizan esas ideas. Y entonces lo que era una grieta se vuelve una autopista.

Por eso me interesa abrir (también) este debate.

Hasta qué punto mujeres que no han sido madres, que no han querido serlo o que no han atravesado esa experiencia de forma viva pueden influir tanto en la manera en que décadas enteras pensarán la maternidad. No para prohibirles pensar. No para expulsarlas de la conversación. Sino para analizar con toda legitimidad desde qué experiencia —o desde qué ausencia de experiencia— están hablando.

Eso me parece mucho más serio y respetuoso que seguir recitando a Beauvoir como un salmo laico mientras se ignora el daño que ciertas formulaciones suyas han causado o han permitido sin su consentimiento. Y por eso, en Materfiesto, la nombro como lo hago. En tan pocas palabras no se agota lo que tengo que decir. Al contrario, ahí empieza.

Como tantas otras cosas, es en el blog, donde puedo ir pensando tema por tema y artículo por artículo. Aquí tengo el espacio para ir desarrollando asuntos de forma pausada sin tener que comprimirlos en una sola frase.

Materfiesto no terminó el día que salió de la imprenta ni pretende poner punto final a nada. Fue escrito para invitar siempre a abrir debates y melones por igual.

Isabel Salas

lunes, 2 de marzo de 2026

POSIBLE CRÍTICA A LOS ARQUETIPOS BÍBLICOS

 

Otra de las críticas previsibles a Materfiesto será que su bloque espiritual y bíblico supondría una deriva profética, un exceso simbólico o incluso pérdida de rigor. Como si en cuanto aparece una genealogía religiosa, un arquetipo o una clave espiritual, el pensamiento quedara automáticamente degradado a superstición, ornamento o delirio.

No comparto esa superstición laica, y aunque pensé que, debido a su existencia, podrían intentar minimizar la importancia de otros capítulos del libro, decidí conservarlo porque es necesario para el conjunto.

El hecho de que una idea se formule también en clave bíblica, espiritual o simbólica no la vuelve menos pensable. La vuelve, muchas veces, más profunda. Lo que ocurre es que cierta mentalidad académica contemporánea solo reconoce como serio aquello que cabe dentro de una prosa higienizada, secular, aparentemente neutral y ya perfectamente domesticada por sus propios límites. Es un criterio que me parece bastante pobre, aunque se exhiba desde los pedestales académicos con la solemnidad suficiente como para que algunos lo confundan con rigor. No es mi caso. Las ruedas de molino me pueden aplastar pero no me las trago.

Pensé que algunos sugerirían que introduje el bloque espiritual-bíblico en Materfiesto como adorno o  como suplemento piadoso. Incluso como gesto confesional. Sin embargo lo introduje porque forma parte de la arquitectura del libro. Porque hay conflictos que no se dejan pensar del todo, por mi cerebro, sin rechazar, desde el principio, la amputación simbólica que nos exige la sensibilidad moderna en demasiados campos.

No todo puede decirse con el lenguaje del derecho, ni con el de la sociología, ni con el de la teoría política contemporánea. Y no porque esos lenguajes no sirvan, sino porque tienen límites. A veces describen bien los mecanismos, pero no alcanzan a nombrar la profundidad antropológica, moral y civilizatoria de lo que está en debate.

La maternidad es uno de esos gatillos que nos debe empujar a pensar más allá de los corsets.

Cuando recurro a claves bíblicas estoy ampliando el campo de inteligibilidad. Estoy diciendo que ciertos conflictos no son solo jurídicos, ni solo sociales, ni solo biotecnológicos. Son también conflictos de origen, de sentido, de autoridad, de sustitución, de idolatría, de desposesión y de ruptura del vínculo originario. Y para pensar eso, las tradiciones simbólicas siguen teniendo mucho que decir, por más que algunos finjan haberlas superado mientras se arrodillan ante nuevas teologías mucho más vulgares y (espero) efímeras

Recordemos que la modernidad también tiene sus dogmas, sus ortodoxias, sus lenguajes sagrados, sus herejías y sus sacerdocios. Solo que los llama de otra manera y se cree superior por ello.

Por ahí leí que no hay pensamiento serio sin símbolo ni  civilización sin relato. No recuerdo dónde ni recuerdo si era exactamente así la cita.

Y no hay lectura honesta de la historia de las mujeres, del cuerpo y de la autoridad si se expulsa de entrada todo lo que durante siglos organizó imaginarios, legitimidades, jerarquías y vínculos. La Biblia, el cristianismo, los arquetipos religiosos y las genealogías espirituales forman parte del tejido profundo de la civilización que todavía habitamos, aunque muchos prefieran fingir que nacieron directamente de una mesa redonda universitaria con café recalentado.

Pero además hay aquí algo que me interesa decir con total claridad: mis arquetipos no están elegidos al azar. Están escogidos con precisión para pensar una zona del conflicto materno-filial, jurídico y civilizatorio que no he visto pensada así en ningún otro lugar.

Porque lo singular no es solo que yo use arquetipos. Arquetipos usa medio mundo. Lo que puede hacer ruido es cómo los elijo, desde dónde los hago trabajar y para qué los convoco. Otros colocan sus arquetipos  al servicio de una metafísica abstracta o de un folklore piadoso. Los de Materfiesto están al servicio de una arquitectura muy concreta: maternidad, desposesión, sustitución, usurpación del vínculo originario, idolatría del poder, falsa redención técnica, madre desplazada, hijo arrebatado, resto que sobrevive.

No he tomado siquiera a las figuras más obvias. La Biblia está llena de madres, y yo ni siquiera he necesitado recurrir a La Virgen María, la madre de Jesús, ni a su prima Isabel. He rebuscado bien para encontrar otras madres, y las he encontrado. Siempre estuvieron allí pero no las veíamos.  

La Biblia está llena de madres. Lo que ocurre es que durante siglos muchos lectores no han querido mirarla desde ahí.

Y eso no parece casual. Hombres brillantísimos han escrito bibliotecas enteras sobre la Biblia, la metafísica, la política, la moral, el alma, la ley, el orden y la historia. Pero casi siempre han vuelto a los mismos arquetipos: el padre, el hijo, el rey, el legislador, el héroe, el sabio, el sacrificio, la caída, el traidor, el redentor. Todo muy solemne, muy canónico y muy organizado alrededor de figuras masculinas o de lo masculino como centro de interpretación.

En mi caso estuve leyendo la Biblia como archivo de maternidades, de rivalidades de vientres, de hijos arrebatados, de madres desplazadas, de sustituciones, de desposesiones, de supervivencias y de restos. 

Esa lectura es posible y en ningún momento pensé que los grandes pensadores varones no hubieran visto esos arquetipos por falta de inteligencia. Tal vez no los buscaron porque hacerlo es desplazar el centro del pensamiento en muchos modos. Y eso puede modificar  demasiado la arquitectura del pensamiento.

Por eso no me va a sorprender que se haya reproches respecto a los arquetipos escogidos mientras se sigue venerando sin pestañear  una tradición filosófica que también trabajó con sus propios “arquetipos”, solo que blindados por el prestigio del canon y no precisamente amables con las mujeres.

La filosofía occidental parece haberse sostenido sobre imágenes rectoras, y jerarquías implícitas muy desdeñosas con la mujer. Aristóteles pensó a la mujer desde la comparación con el varón. y concluyó que somos varones defectuosos. Tomás de Aquino heredó y consolidó esa tradición. Schopenhauer no necesitó hablar de semen defectuoso para entregarse a una misoginia filosófica sistemática. Y, sin embargo, a nadie se le ocurre decir que por eso la filosofía occidental se volvió “profética”, “irracional” o “simbólicamente excesiva”.

Al contrario: se la canonizó.

Ese doble rasero me interesa.

Cuando el canon masculino simboliza, eso se llama filosofía.
Cuando una madre introduce claves bíblicas o espirituales para pensar la maternidad, posiblemente algunos hablen de deriva, de exceso o de pérdida de rigor.

No acepto esa trampa. Los  arquetipos de Materfiesto no nacen de degradar ontológicamente a la madre ni de explicar a la mujer como error, resto o insuficiencia. Nacen de intentar pensar, con  profundidad en una realidad que el lenguaje técnico, jurídico y académico  no alcanza a nombrar sin empobrecerla.

Hoy se sigue considerando “pensamiento serio” una tradición que durante siglos hizo pasar por razón lo que no era más que imaginación patriarcal blindada.

Recurrí a la dimensión bíblica porque el conflicto que estoy pensando excede el plano estrechamente técnico. Si el vínculo materno-filial ha sido atacado, expropiado, sustituido y administrado hasta el punto de amenazar la base misma de la comunidad humana, entonces reducir ese conflicto a un mero problema de diseño institucional o de política pública sería una forma de ceguera.

Y por eso busqué otra profundidad. Y esa profundidad no tiene por qué verse minimizada ante a la sensibilidad laica dominante. De hecho, he escuchado miles de veces, a lo largo de mi vida, que pertenezco a la tradición judeocristiana y no hay nada más judeocristiano que la Biblia.

Tal vez introducir una clave simbólica o espiritual estreche el umbral de recepción para algunos pero esto no significa que sobre. Significa, más bien, que obliga a salir del automatismo de lectura y esto no es fácil para todos.

Y sí, entiendo que eso pueda molestar. El lector que llegue hasta el bloque 13 puede hacerlo bastante fatigado en algunos casos, pero confío en que dará una oportunidad a los siguientes bloques a pesar de ello. 

No es necesario decir de nuevo que no soy académica, pero no está mal recordarlo. Tal vez precisamente por eso, porque no pienso desde las estructuras heredadas y defendidas por tantos consagrados pensadores es que mi propio pensamiento, mucho menos consagrado,  parte de otros lugares y llega a otras conclusiones.

Y de eso dicen que trata el viejo arte de pensar.


SIMONE DE BEAUVOIR EN MATERFIESTO

Madres y mujeres, con y sin poder. Una de las cosas que algunas personas van a leer con incomodidad en Materfiesto es el pellizquito que le...