domingo, 30 de noviembre de 2025

LA ILUSIÓN DEL CASO EMBLEMÁTICO

Todo está encendido, pero nada avanza.  Una escena que parece acción, pero es pausa. Hay visibilidad pero el proceso está descuidado.

 

En todos los años que llevo estudiando sobre las retiradas de custodia a las madres, he observado un fenómeno común en todos los países: ciertos casos captan atención mediática y se transforman, artificial y temporalmente, en emblemáticos. Alguien les dice, o ellas mismas llegan a una conclusión que es una ilusión: la visibilidad moverá montañas.

Sin embargo, los expedientes de los juzgados de familia no se conmueven con trending topics. La justicia, cuando se mueve, no suele hacerlo por presión pública. Y si un niño vuelve con su madre, casi nunca es por reparación ni porque el juzgado reconozca un error. Las poquísimas veces en que un niño regresa, suele ser porque alguien más denuncia los abusos que continúa sufriendo —ahora que la madre ya no puede “manipular nada” y el violento resulta imputado. Una profesora, un vecino e incluso otro familiar que observan la situación consiguen en pocos meses que se investigue a fondo lo que la madre (mentirosa, resentida, obstructora, alienadora etc) no consiguió en años.

Esto sucede en contadísimas excepciones. Lo habitual, lo que pasa en los casos que se vuelven bandera,  es que la madre desconcertada y sin poder asumir su nueva realidad, empiece a moverse de acá para allá contando su historia, esperando genuinamente “que alguien haga algo”. Concejales, conocidos, diputados, periodistas....escuchan con empatía pero nada pueden hacer, al final, eso de que los "tres poderes" esté bien separaditos, impide que los diputados puedan influir en una decisión judicial.

Y, en la mayoría de los casos, la madre descuida el expediente judicial, que es donde está la única posibilidad real de volver a ver al hijo que le han arrancado de los brazos. Mientras el mundo sigue al símbolo, el expediente se enfría. Y el tiempo, el arma más eficaz del sistema, hace su trabajo: desgasta vínculos, erosiona memoria afectiva y organiza el olvido.

A lo niños suelen decirles que su mamá esta enferma y debe cuidarse para poder volver a ser parte de su vida. Al dolor de estar sin su madre se une la preocupación de saberlas mal de salud y no poder verlas.

Sin embargo el tiempo apremia y cuanto más pequeños son los niños, antes hay que ponerse las pilas: leer y releer el expediente, entender qué hace falta para que  te permitan tener visitas vigiladas lo antes posible, después sin vigilancia, y si todo va bien —con los tratamientos psicológicos que te impondrán y que tendrás que hacer— empezar, con suerte, a llevarte a tu hijo a casa algunos días sueltos, luego algunos fines de semana. Con los años, tal vez puedas tenerlo en vacaciones.

Este camino de amargura, que hasta ahora es el único que permite a las madres volver a acercarse a sis hijos,  requiere entender una verdad incómoda: a los niños se los lleva el juzgado, y no hay otra forma de recuperarlos que obedeciendo.

Para eso les quitan los hijos a las madres: para que se sometan, acepten tratamientos, y puedan ser humilladas. Servir de ejemplo a otras madres sí, pero el ejemplo que a los jueces les gusta. Madres entrando por el aro.

En la televisión las empoderan. En las ONGs que las rodean, a veces las contienen, otras veces las usan. Pero en ninguno de esos escenarios les devuelven a sus hijos.

Estas madres mediáticas caen, inevitablemente, en otra trampa: el mito del “caso que lo cambiará todo”. Suena bien, es esperanzador, pero funcionalmente inútil. Ellas piensan —ingenua y genuinamente— que su caso es diferente. Y ese pensamiento, aunque falso, les sirve como defensa psíquica. Creer que lo propio es excepcional protege del sentimiento de impotencia, pero desvía energías del único lugar donde aún pueden existir soluciones reales: el proceso judicial.

Así, lo urgente se traslada al escenario público —que premia el drama—, y lo necesario queda relegado. Se pierden plazos. Se dejan de recurrir decisiones clave. Se desobedecen, de forma irreflexiva, medidas judiciales que, aunque humillantes, son muchas veces el único camino hacia el reencuentro con el hijo.

Esa ilusión no es fruto de inmadurez ni de falta de inteligencia. Nace del dolor extremo y de la necesidad de encontrarle sentido. En medio de una crisis aguda, la mente busca una narrativa que ordene la catástrofe. Así empieza el ciclo de repeticiones: “si lo cuento lo suficiente, esto va a cambiar, alguien hará algo”. El relato se  repite hasta fijarse de manera casi mecánica. Y eso permite que la madre actúe sin quebrarse.

Pienso que ese personaje —el que habla, el que da entrevistas, el que sigue contando— resulta más tolerable para la madre en cuestión que la propia herida. Es él quien le permite sostenerse en esa misión mediática.

Por otro lado, los medios de comunicación recompensan tramas simples, antagonistas claros, emociones en primer plano. La figura de la madre conmovedora garantiza atención, aunque empobrezca la comprensión jurídica del caso. No se profundiza en los detalles, en la violencia institucional explicada paso a paso. No se leen los sermones moralistas de los jueces, sólo les interesan el ruido y las lágrimas.

Y así, la exposición mediática crece,  el expediente se vuelve cada vez más frío, mas lejano y más abandonado.

¿Y por qué la visibilidad no revierte medidas judiciales? Sencilla respuesta, porque hacerlo implicaría admitir fallas en informes, pericias o decisiones técnicas. Y el sistema protege su continuidad. Se invocará la “estabilidad del menor” como principio rector para no devolver el niño a su madre. Incluso cuando esa estabilidad sea una ficción construida sobre mentiras, errores o mala fe. 

Las estructuras judiciales sólo modifican lo dictado cuando hay vicios procesales claros o hechos nuevos demostrables. Nunca por escándalo mediático.

A veces, la visibilidad incluso juega en contra. Cuanto más emocional sea la exposición, más fácil será deslegitimar a la madre: impulsiva, obsesiva, manipuladora. Lo que se muestra como clamor público puede convertirse en evidencia desfavorable ante el juez. El personaje mediático termina usándose en su contra en las salas y en los pasillos del tribunal.

En la justicia de familia, quien controla el tiempo, controla el vínculo. Cada mes sin contacto significativo reescribe el mapa emocional del niño. A los tres años, la distancia duele; a los seis, se transforma en identidad. 

Además, el expediente tiene su propia “letra chica”: si no hay constancias regulares de cumplimiento, si no se presentan informes de las terapias, si no hay escritos a tiempo, el sistema interpreta que no hay interés. No escucha  ruido ni pataletas en las redes sociales: lee informes y calendarios.

Convertirse en símbolo tiene costos subjetivos altos. Sostener una identidad pública consume recursos emocionales que luego faltan para sostener la vida cotidiana y el proceso. Las entrevistas, los foros, los lives, los viajes, muchas veces desplazan las pericias, los oficios, las terapias exigidas y hasta el propio empleo. Y ese desplazamiento no se ve, pero tiene un costo. Además, las consignas simplistas que exigen los tiempos cortos de la televisión y los relatos erráticos o exagerados, dañan la causa materna en general. El sistema necesita caricaturas para justificar los arrancamientos y las inversiones de guarda. Y el personaje, sin quererlo, se las sirve en bandeja.

¿Quiere decir esto que la visibilidad no sirve para nada? No. Sirve para otras cosas. Puede disuadir excesos, generar redes de apoyo económico y terapéutico, instalar temas en la agenda pública. Pero no puede, por sí sola, revertir decisiones. No puede reemplazar pericias, tratamientos, oficios, ni el registro de cumplimiento que un juzgado está obligado a mirar. La visibilidad sin proceso es espectáculo. El proceso sin visibilidad puede ser asfixia. La estrategia es otra: jerarquizar el expediente y usar la comunicación como escudo, no como arma.

Para eso, hay recursos mínimos que pueden organizarse incluso en el caos: un calendario procesal claro, recordatorios internos antes de cada vencimiento, una carpeta digital con pruebas ordenadas. Constancias de tratamientos. Asistencia a pericias. Registro sobrio de cada interacción permitida. Comunicación pública  nula o muy medida, verificable, sin acusaciones nuevas y sin decir que niños que están con el padre por orden judicial, en realidad están secuestrados. Esto es un tiro en el pie y lo he escuchado en varios idiomas de diferentes madres. 

La madre necesita un guion con frases vertebrales para no improvisar durante plazos críticos. Coordinación semanal con abogado y terapeuta. Y una red de apoyo que sostenga la visibilidad, para que la madre pueda sostener el proceso.

Porque hay cosas que se pierden si no se realizan en tiempo y forma. Visitas supervisadas que podrían haberse ampliado. Tratamientos que habrían abierto puertas. Pedidos modestos que no se hicieron. Lenguaje técnico que no se usó. El expediente no premia heroísmo: premia constancia y sumisión.

Y cada mes invertido en ruido es un mes perdido en persistencia. La constancia, en estos casos, es la forma más eficaz de resistencia.

No se trata de callar el dolor. Se trata de no entregarlo al espectáculo. La causa materna no necesita mártires virales. Necesita criterio, paciencia, papeles en orden y una narrativa austera. La sobriedad no es frialdad: es disciplina. 

Por ultimo, es necesario decir que los casos emblemáticos, que nacen con la noble misión de visibilizar una realidad cruel, tienen un efecto dominó. Acaban invisibilizando, sin querer, a decenas de miles de otras madres, que piensan que si el caso emblemático se resuelve, los suyos también tendrán solución.O peor, se enfocan en convertirse en mediáticas también.

Grave error, cada madre debe cuidar de su propio proceso y hacer su duro y cruel camino sin dejarse deslumbrar por los focos de la fama efímera propia o ajena.

Desde aquí mi sincero abrazo a todas las madres que están viviendo estos duros años.

Isabel Salas 

 

domingo, 23 de noviembre de 2025

EL ORIGEN DE MATERFIESTO



Aunque empecé este blog con la idea de responder las preguntas que nunca me preguntaron, hoy voy a responder una que sí me han hecho varias veces en las últimas semanas: ¿De dónde surge la idea de escribir Materfiesto? ¿Hubo un punto de inflexión que me inspiró a hacerlo?

Voy a responder con rigor: hubo dos momentos decisivos en mi vida en relación con este ensayo, que en pocos días será publicado.

El primero fue el impacto de una experiencia concreta. En 2016, salí de una sala del Juzgado de Familia de Curitiba, después de ser atendida por una psicóloga joven, formada en teorías de “alienación parental”, cuya soberbia era tan escandalosa que aún hoy me felicito por la paciencia que tuve. Todavía me sorprende no haberla insultado en voz alta, como sin duda lo hubiera hecho con cualquiera que me interpelara con semejante impertinencia.

Conforme pasaban las horas, analizaba a la fulana y su actitud me parecía no solo cada vez más mediocre, sino también sorprendente y peligrosa. Sin embargo concluí, después de pocos días, que ella no podía ser el problema, sino el síntoma. Yo no estaba dispuesta a perder mi tiempo tratando de comprender la bajeza moral de aquella harpía.

Me interesaba más el verdadero problema que, obviamente, era el sistema que la había colocado ahí, investida de poder institucional para evaluar a madres en contextos judiciales donde los hijos no querían ver a los padres.

Esa revelación marcó el inicio de un trabajo detectivesco. Dejé de preguntarme por qué me habían tratado así, y empecé a preguntarme desde qué estructuras culturales, históricas y jurídicas se permitía  que ella y los demás actores del juzgado actuaran como lo hacían.  Qué o quiénes  eran responsables porque aquella falta de educación y esa arrogancia mediocre formara parte del ambiente donde se dirimen asuntos familiares tan delicados.

Ya no quería entender mi caso. Quería entender el dispositivo. No me interesaba saber qué me pasaba a mí; quería saber qué les pasaba a ellos: a la gentuza que ocupan esos roles, de dónde viene su  autoridad injustificada y cómo aplican violencia institucional con total naturalidad.

Así comenzó la investigación —y mi preparación para irme. 

Mi primera herramienta no fue el derecho, sino la historia. Quise saber en qué momento la psicología forense judicial —que para mí es una pseudociencia— entró a los tribunales y adquirió rango de verdad. Me interesaba entender qué función cumple ese discurso dentro del aparato judicial, y por qué un "saber" sin método científico ni replicabilidad se ha convertido en dogma estatal.

Paralelamente me  organicé para pedir refugio humanitario lo antes posible en algún país vecino, y me fui a finales de 2017. Primero a Uruguay, luego a Argentina. Dos países que hoy son parte de mi vida, y en los cuales entré en contacto con otras madres, tanto locales como a través de redes.

Escuché decenas de relatos, y confirmé que aquella psicóloga no era una excepción. Todas describían el mismo patrón: mediocridad, arrogancia y desprecio disfrazado de autoridad profesional.
Lo digo sin rodeos: es más serio el horóscopo de la revista de la peluquería que la psicología. Y menos dañino. Al menos el horóscopo no pretende ser ciencia ni destruye vidas desde un tribunal.

Después mi investigación se fue haciendo etimológica. Empecé por lo más básico: la palabra “familia”. Quise entender qué nombraba originalmente, qué se deformó en su significado y por qué los juzgados de “familia” se comportan exactamente como su contrario: dispositivos de castigo, patologización y disciplinamiento de las madres.

Desde allí, organicé mi estudio autodidacta en múltiples direcciones: historia, etimología, derecho, filosofía, antropología y todo lo que yo pensara que me podría ayudar. No para convertirme en especialista, ni creerme la que viene a decir la última palabra sobre un tema tan complejo como la relación del Estado con las madres.

Quise, sí, desmontar —en la medida de mis capacidades— la arquitectura del poder que opera en los juzgados como parte de algo mucho mayor. Quería construir una genealogía que explicara cómo una institución que dice proteger puede ejercer tanta violencia con tanta legitimidad. Y sin quererlo del todo, terminé convertida en una detective del Estado de derecho.

El segundo momento clave fue más reciente, sin estridencias.
Hace un año y medio, al revisar mis notas, me di cuenta de que todo ese recorrido —años de estudio autodidacta y escucha atenta— podía estructurarse en un ensayo ordenado en bloques. Fue entonces cuando comprendí que esos apuntes  ya no eran un conjunto de ideas dispersas: había un libro allí.

Pero no nos engañemos. Materfiesto no nació con la suavidad de esa recopilación. Nació en la rabia y el desprecio con los que viví los primeros meses de un proceso judicial que cambió mi vida y la de mis hijas para siempre.

Gané el proceso, sí. En 2022, un juez me dio la razón en todo. Pero el daño ya estaba hecho. Y mi estudio,  a pesar de ello continuó hasta mediados del 2023.

Materfiesto no es un testimonio ni una confesión autobiográfica. Es mi lectura estructural del poder: una crítica a la pseudociencia que se ha incrustado en los tribunales, a la autoridad sin sustento de “papá Estado”, a los discursos que patologizan a las madres, y a la cultura jurídica y legal que legitima esa violencia.

Este libro, a diferencia de mis otros seis, no es un poemario, no está hecho de relatos, prosa poética o poemas que se pueden cantar. Es el resultado de un estudio que empezó con un desencanto intelectual radical ante la crueldad institucional, y con el impulso feroz de entender qué historia, qué ideas y qué intereses sostienen ese desastre. 

Materfiesto no es una confesión, ni una denuncia, ni una anécdota judicial. Es un libro que piensa el poder desde un lugar incómodo: el de las madres que se enfrentan a instituciones que dicen proteger pero castigan. No es fácil de encasillar. No es cómodo de leer. No fue escrito para gustar, sino para incomodar, para poner palabras donde a las madres nos imponen silencio y obediencia.

Isabel Salas 

Madame Bedeau de l'Écochère


 


lunes, 10 de noviembre de 2025

DEROGAÇÃO DA LAP ...É POSSIVEL?

Em breve, o Brasil decidirá se revoga a Lei de Alienação Parental (Lei nº 12.318/2010).

Diante desse debate, quero compartilhar publicamente —com documentos, datas e trechos literais dos autos— como essa lei foi aplicada no meu próprio caso.
Não vou interpretar: vou apenas mostrar o que está nos processos.

Sou cidadã espanhola e escritora. Vivi mais de vinte anos no Brasil. País ao qual amava e ainda amo.

Em 2016 fui acusada de “alienação parental” pelo pai da minha filha mais nova. Isto aconteceu depois que ela me contou situações que não a deixavam confortável. Eu disse ao meu esposo que acreditava nela porque tinha convivido com ele durante anos e sabia quão violento e asustador podia chegar a ser, especialmente quando estava em estado de embriaguez.

A atitude dele diante dessa realidade, ao invés de procurar ajuda profissional, como eu pedi,  foi iniciar um processo de alienação parental contra mim, tentando conseguir a guarda unilateral de nossa filha.

A seguir, apresento um resumo factual das irregularidades ocorridas no meu processo —todas verificáveis nos autos.

 

 1. O PROCESSO NÃO ESTAVA NO MEU NOME

Quando a ação foi iniciada, em Promissão S.P. (2016), o advogado do autor colocou o nome da minha mãe no meu lugar.
Isso gerou duas consequências graves e documentadas:

a) Eu não pude entrar na audiência de conciliação

Compareci à audiência, mas não me deixaram entrar porque “eu não era parte” — mesmo sendo a mãe da criança.

b) Eu não pude contratar um letrado em meu próprio nome:

Como o processo constava erroneamente no nome da minha mãe, fui impedida de constituir advogado.
Quem teve que contratar a advogada foi minha mãe, antes de regressar à Espanha, onde ela reside.
Ou seja: uma ação sobre a minha vida e a da minha filha correu, durante anos, com outra pessoa como polo passivo, por um erro inicial que nunca foi corrigido até muito mais tarde.

E mesmo assim, o processo seguiu normalmente, com decisões sendo tomadas  sobre mim e sobre a minha filha.




Além disso, no documento podemos ver que há uma incongruência formal nos autos: a ação consta como ‘alienação parental’, mas o assunto principal registrado é ‘investigação de paternidade’. Isso nunca foi corrigido

 

  2. EU APRESENTEI DOCUMENTOS OFICIAIS DA JUSTIÇA ESPANHOLA

Anos antes, na Espanha, antes de nosso relacionamento, o pai da minha filha havia sido condenado por danos cometidos contra um carro-viatura enquanto era conduzido detido.

Na própria defesa dele, consta o reconhecimento de alcoolismo crônico, e a sentença determinou:

  • reparação dos danos ao veículo policial;

  • dois anos de tratamento psiquiátrico obrigatório, levando em conta o alcoolismo alegado.

Com o intuito de provar a forma de atuar dele (especialmente em estado de embriaguez) e tendo os fatos registrados em documentos judiciais, apresentei cópias desses documentos, que não foram levadas em conta.

Apresento aqui vários trechos literais 

 
A sentença firme acima foi proferida na Espanha em 2001, alguns anos antes de eu conhecer o pai da minha filha. Ou seja: quando estes fatos ocorreram —e quando foram julgados— eu não fazia parte da vida dele, nem o conhecia pessoalmente.

Mesmo assim, tratei de apresentar esta sentença nos autos brasileiros anos depois, porque ela descreve comportamentos que coincidiam exatamente com o que minha filha me relatava e eu mesma tinha testemunhado com frequencia.

Trechos literais da sentença:

— O tribunal declara provado que ele padece de dependência etílica crônica e  impõe tratamento psicofarmacológico.
— A sentença registra que, sob efeito do álcool, ele sofreu uma intoxicação que anulava suas faculdades intelectivas e volitivas.
— O documento descreve que, em estado de embriaguez, ele molestava clientes em um restaurante.
— Quando a polícia interveio, ele recusou-se a sair, tentou agredir os agentes e resistiu à detenção.
— Dentro do carro patrulha, continuou desferindo chutes e empurrões, causando danos avaliados em 480,35 euros.
— A medida aplicada foi a submissão obrigatória a tratamento externo por até um ano, devido à “doença de que padece”.

Esses fatos são documentados, firmados por um juiz, anteriores à minha relação com ele e estavam anexados ao processo brasileiro.

 

 3. A PERÍCIA PSICOLÓGICA EM CURITIBA IGNOROU ESSES DOCUMENTOS

Mesmo com a sentença espanhola acima ( e outras) anexadas aos autos, a psicóloga forense concluiu que “não há risco” e que o genitor apresentava “condições adequadas” — trechos que também reproduzo literalmente.

 4. A DECISÃO DO JUIZ FELIPE FORTE COBO (2021)

Em 2021, o juiz proferiu uma decisão profundamente punitiva, em meu comportamento:

  • fixou guarda alternada 15/15, não pelo interesse da criança, mas “para corrigir o comportamento da mãe”;

  • impôs multa diária de R$ 200;

  • desconsiderou documentos estrangeiros, testimonios de varias pessoas e provas anexadas;

  • citou Machado de Assis para me repreender visto que eu escrevo poesia e de alguma forma chegou a ler os escritos do meu blog.

  • tudo isso num processo que ainda estava com o nome errado.

Trechos literais dessa decisão estão abaixo.




1. O juiz abandona o campo jurídico e passa ao moralismo.

“Ser mãe é colocar os interesses da filha…” — isso não é fundamentação jurídica.

2. Ele se dirige diretamente a mim, num tom repressor, como se estivesse advertindo uma aluna.

3. Cita Machado de Assis para justificar uma reprimenda pessoal.

Isso é completamente inadequado em decisão judicial sobre guarda. Mas eu imagino que o faz pelo fato de eu escrever poesia.

4. Em vez de analisar risco, condições parentais ou provas, ele fala de valores, sacrifício e comportamento.

5. Todo esse moralismo é aplicado num processo:

  • com polo passivo errado,

  • onde eu não pôde participar da primeira audiência por ser impedida de entrar.

  • ignorando documentos e provas determinantes,

  • com laudo psicológico falho.

6. É um exemplo claro de judicialização do comportamento materno, não de análise técnica.

7. O tom não é de juiz avaliando autos, mas de tutor moral avaliando uma mulher.

8. A citação literária reforça uma postura paternalista — que não pertence ao direito de família contemporâneo.

 

 5. EU FIQUEI SEM DEFESA 

Após essa decisão, por questões técnicas, a excelente advogada que me representava — e que, na verdade, havia substituído o advogado originalmente contratado por minha mãe, já que o processo constava no nome dela — não pôde permanecer no caso.

A partir desse momento, não apresentei mais nenhuma petição, nenhum documento, nenhuma manifestação.

 

 6. A DECISÃO DO JUIZ LUCAS MARTINS DE TOLEDO (2022)

Quando o processo foi redistribuído, nunca soube o motivo,  novo juiz analisou os mesmos autos —sem que eu tivesse acrescentado uma única linha— e decidiu:

  • julgar improcedente a acusação de alienação parental;

  • reconhecer que o afastamento da adolescente estava relacionado ao alcoolismo e ao ambiente inadequado do genitor;

  • fixar guarda unilateral materna;

  • determinar convivência livre conforme a vontade da adolescente;

  • condenar o autor às custas;

  • e extinguir o processo com resolução do mérito.

Coloco aqui trechos literais dessa sentença:


Nesta fase do processo, o sistema do tribunal chega a registrar minha filha como ré juntamente comigo — uma irregularidade evidente, já que uma adolescente não pode figurar como parte ré em ação dessa natureza.

Mesmo assim o juiz resolve ao meu favor 

 

 7. O QUE TERIA ACONTECIDO SE EU TIVESSE OBEDECIDO À DECISÃO DE 2021?

Se eu tivesse seguido a determinação do juiz de 2021 —a guarda alternada punitiva, ignorando riscos documentados— minha filha teria sido exposta a um ambiente que, tempo depois, a própria Justiça brasileira reconheceu como inadequado.

Para proteger a minha filha, eu precisei:

  • sair do Brasil;

  • pedir refugio humanitario em outros países

  • enfrentar medo, insegurança econômica e desgaste emocional;

  • aguardar, por anos, que a Justiça finalmente analisasse os autos com seriedade.

 

8. POR QUE publico ISSO AGORA

Porque, diante da proxima pauta sobre a revogação da Lei de Alienação Parental, o meu caso mostra —de forma documental— como essa lei pode ser aplicada de maneira injusta, punitiva e desconectada da realidade dos autos.

Ninguém precisa acreditar na minha "versão"
Peço apenas que leiam os documentos oficiais, cujos prints compartilho acima.

Quem desejar verificar os documentos completos, posso disponibilizá-los em privado para jornalistas e pesquisadores sérios.

Estes são fatos documentados.

Estes são trechos literais dos autos.

Esta foi a minha experiência com a Lei de Alienação Parental.

Esperemos que nenhuma mãe mais precise passar por isto. 

 

 

 

 


domingo, 2 de noviembre de 2025

ISABEL PREYSLER, LA BELLA PLUMA

La historia la escriben los hombres. Hasta que una mujer encuentra las cartas ... y las reparte.


Durante décadas, Mario Vargas Llosa se sintió como el narrador absoluto —el que escribía, el que ponía orden en el caos amoroso, el que convertía una bronca conyugal en “material narrativo”. Desde su torre de prestigio intelectual y testosterona de biblioteca, él era quien contaba el amor, el desamor y el ego. Y por supuesto lo hacía muy bien. No cabe duda. Le dieron hasta un nobel. No necesitamos más pruebas. Como a Obama.

Supo dejar a su mujer de toda la vida, mariposear, echarse una novia, quedarse ocho años con ella y volver después con su ex sin perder la compostura ni parecer un viejo verde. Todo perfecto.

La bellísima Isabel Preysler, por su lado, a partir de su boda con Julio Iglesias, fue sistemáticamente convertida, por la maquinaria de la prensa rosa, en decoración narrativa: una musa rodeada de infidelidades, de hijos, de bombones caros o de azulejos. Una postal de lujo, la genuina mujer florero que sale en las revistas, no en las novelas. Siempre impecable, elegante, enigmática. Despertando simpatías y envidias por igual, pero sin punto de comparación con Ana Karenina.

Pero ¡oh, tragedia clásica!, ahora ella toma la pluma, la batuta o como lo quieras llamar y publica un best seller. Tal vez no haya sido ella sino su equipo editorial, pero tú entiendes. Isabel publica. Isabel enmarca. Ella deja de ser la foto de la exclusiva y edita. Publica y firma. Decide qué mostrar y, más importante aún, qué no, de sus experiencias vitales y sus amores. Aquí no hay fotos tomadas al descuido ni cuidadosamente posadas. Y así, como quien no quiere la cosa, le da la vuelta al tablero simbólico: Ella tiene el relato y Mario, junto a otros hombres importantes para Isabel,  es un personaje más.

Para muchos hombres, especialmente los que aún creen que el patriarcado es (también) una especie de club literario con entrada exclusiva, esto es insoportable. Que una mujer, encima famosa por sus portadas y no por sus posgrados, narre con autoridad algunos detalles íntimos de su relación con un Premio Nobel, los deja en estado de bloqueo existencial. Están que trinan, como diría mi abuela. Y desde estas altas cumbres...yo los contemplo y me divierto.

Lo que Preysler hace, en realidad, es muy gracioso y muy potente: toma el mismo instrumento con el que Vargas Llosa construyó su mito —la palabra escrita— y lo utiliza para bajarlo del pedestal. Suave, sin insultos. Pum.

Ella ha publicado varias cartas de él a ella y una sola de ella a él. Pero la de ella es la estrella del espectáculo. Las de él no tienen nada de especial. Son las de cualquier hombre enamorado anticipando caricias con su mijita de picardía, como no, pero sin nada literario o que sugiera que las escribió un gran escritor.

Sin embargo la de ella es harina de otro costal ¿Y qué es esa carta, tan comentada, tan analizada, tan leída con una copa de vino en la mano por media España? Una despedida. Un “hasta aquí”. 

Un resumen elegante de una relación difícil, escrita sin barroquismo pero con precisión quirúrgica.

Y es precisamente eso lo que duele.

No porque revele una escena de gritos o celos tropicales. Sino porque desarma la figura del escritor legendario, ese que uno imagina siempre en control de sus emociones, de su entorno y, sobre todo, de su narrativa.

De pronto, ese escritor aparece como lo que también fue: un hombre como todos, a ratos difícil, a ratos grosero, y emocionalmente torpe. Y lo dice una mujer sabia y con mundo. Se lo dice a él en su momento y ahora lo comparte con todos.

Y lo publica. Y se gana las sonrisas y los plausos de miles de mujeres que se sienten representadas en esa manera exquisita de poner un punto final a una relación tóxica. Y también, por supuesto, genera rabia en otros y otras, o decepción, o disgusto, pero no creo que sea por el contenido sino por el gesto.

Porque al hacerlo, Preysler no ataca solo a Vargas Llosa, sino al arquetipo de hombre ilustre que otros muchos aún veneran. Esa rabia no es defensa de la intimidad ajena, es defensa del ego propio. Son los varones unidos en el dolor y el berrinche. Afines. Hermanados.

Si Vargas Llosa hubiese publicado sus cartas a Isabel —con ese tono melancólico que usa cuando escribe sobre Europa o sobre sí mismo en tercera persona—, medio mundo habría aplaudido. Pero como las cartas las publica ella, y encima no son suyas sino de él, entramos en zona de alarma cultural. De repente, Isabel es frívola, vengativa, interesada, desleal. Todo eso por hacer exactamente lo mismo que hacen ellos cuando sienten la musa herida: publicar.

Si esta historia fuera una novela, la crítica ya estaría elogiando “la inversión posmoderna del sujeto narrativo tradicional”. Pero como es una mujer de piel brillante y sonrisa de evento benéfico, entonces no vale. O eso dicen.

Y ahora pasamos al rincón legal, donde todo el mundo grita y nadie sabe muy bien qué dice la ley. Ni yo, pero para eso tenemos internet.

Primero: las cartas personales no son automáticamente “obras literarias”. La Ley de Propiedad Intelectual parece que protege lo que tenga originalidad, creatividad y estructura de obra literaria. No basta con que lo haya escrito un Nobel ni con que lleve la frase “te extraño, mi reina” escrita con pluma de fuente.

Decir “Esta noche llegaré, te susurraré al oído mientras te beso” no convierte a nadie en Cervantes. Es una promesa sensual, no una obra. Mi novio del BUP me escribía cosas parecidas. Dios lo bendiga donde quiera que esté.

Segundo: el soporte físico (o digital) de una carta pertenece a quien la recibe. No al autor. Es como una corbata horrible que alguien te regala: no puedes devolverla, pero puedes quemarla, venderla, enseñársela a tu grupo de amigas en la terraza o mandar la foto al grupo de WhatsApp de la familia para reirse un rato.

Tercero: los derechos morales tan invocados por los ofendidos —como la intimidad o el honor— no sobreviven mágicamente al autor como si fueran fantasmas legales. Si el contenido no es difamatorio ni ofensivo, no hay nada que reclamar. Y aquí no hay nada ofensivo, al contrario. El amor puede hacernos (a todos) escribir tonterías o prometer audacias amatorias, pero eso es parte de la alegría de vivir y es bonito.

Entonces, ¿qué buscarían los herederos según dicen los portavoces voluntarios sin fronteras? Un poco de control simbólico. Un poco de “por favor no nos cambien la estatua del abuelo por un meme con frases pasivo-agresivas”. Pero jurídicamente, tienen poco que hacer (me parece a mí).

Ni siquiera me consta que los herederos estén enfadados, puede ser un chisme. Tal vez les haga gracia, o puede que descubran que la ley no los ampara, solo los incomoda. De hecho la ley en general ampara poco y jode mucho.

Isabel Preysler, por tanto, no parece haber cometido ningún delito. Ha publicado algo que le pertenece, que no es una obra protegida y que no afecta la intimidad de terceros. La polémica no es legal, en realidad es simbólica. Es cultural y (como no) patriarcal.

Y por eso a algunos les arde.

Ella, tan mujer del Cesar,  resultó ser una pillina y nos ha alegrado el fin de año contándonos sus cosas.

Siempre me cayó muy bien y admiré su saber estar y su belleza. Ahora me cae mejor. Además, como cualquier señora mayor se puede permitir el lujo de hacer lo que le da la gana con sus confidencias y, para muchos de nosotros, lo hace muy bien.😂😂😂

 

Madame Bedeau de l'Écochère

 

 

DIAGNÓSTICOS BLANDOS, CRUELDAD DURA

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