miércoles, 19 de febrero de 2025

¿EMPATÍA REAL O DE MANUAL?

 


No creo que sea sólo una impresión mía. Realmente vivimos rodeados de una cultura donde se ha normalizado el discurso superficial hasta un grado que llega a ser ofensivo. En los medios, en redes sociales y hasta en conversaciones cotidianas, proliferan las frases prefabricadas, el optimismo forzado y los eslóganes vacíos. Ante cualquier señal de descontento, enfermedades o problemas de cualquier tipo, lo que vemos es una  falsa empatía. Una reacción casi automática de quitarle importancia a las manifestaciones que incomodan. Se trata de evitar el malestar ajeno para que no nos afecte o nos haga sentir molestos. Mirar de frente el dolor, lo complejo, lo que no tiene arreglo, incomoda. Por eso se lo cubre con una sonrisa hueca y un "todo pasa" que no significa nada.

La pregunta "¿cómo estás?" se ha vaciado de sentido si es que alguna vez lo tuvo. No es una pregunta real, es una fórmula. Lo que se espera es una respuesta neutra, sin profundidad ni sinceridad. Esperamos una excusa para seguir con otra cosa. Si la conversación, por algún motivo,  amenaza con ponerse seria, llega enseguida una frase comodín: un lugar común disfrazado de consejo. "Todo pasa", "hay que ser positivos", "la vida es así". Respuestas automáticas que no escuchan, no piensan, no respetan. Frases que no lo parecen pero hieren, que no se dicen para ayudar, sino para cerrar la conversación.

Este tipo de reacción banaliza la experiencia ajena. No reconoce el sufrimiento, busca desactivarlo. Convierte el dolor en algo molesto y lo usa como una oportunidad para repetir eslóganes de autoayuda. Es, en fin,  una forma de silenciamiento. Y esto ha llevado a la gente a entender una triste verdad, si no finges que estás bien, molestas. Si hablas con seriedad, incomodas. Si nombras lo que duele, hay quien corre a esconderse detrás de una frase hecha.

Pero algo parece estar cambiando. Me parece (y espero no equivocarme) que cada vez hay más personas que no tragan con eso. Que no quieren frases, ni maquillajes, ni una positividad obligatoria. Personas que exigen conversaciones sinceras, sin adornos, sin condescendencia. Que están dispuestas a hablar en serio, a escuchar sin hastío ni rechazo y a sostener lo que pesa. 

¿Qué pasaría si cuando nos preguntan cómo estamos respondiéramos con la verdad? ¿Qué pasaría si cuando preguntamos a los demás, escucháramos con verdadero interés lo que nos cuentan? Tal vez no todo el mundo lo aguantaría, pero al menos sabríamos con quién se puede hablar de verdad y con quién no.

Quizá ese espacio de verdadera escucha nunca fue la norma, y lo que hoy vivimos no es más que la confirmación brutal de esa carencia. Pero tanto si se trata de inventarlo como de recuperarlo, ese espacio es hoy más necesario que nunca. No para ofrecer soluciones a todo, que ni pedimos ni nos piden, sino para expresar con honestidad lo que a veces basta: "qué situación tan difícil", "cuánto lo lamento", "debe ser muy duro lo que estás viviendo", "te deseo fuerza para enfrentarlo". Escuchar de verdad, nombrar lo que duele sin apurarlo ni taparlo, y mostrar empatía real, no de manual. Olvidarnos de repetir esas frases hechas que nos aíslan  y nos asustan.

Mi objetivo es que este lugarcito, desde el que respondo sobre cosas que nunca me preguntaron, no sea nunca parte del complot que le pone parches de dopamina a tu dedo.

Isabel Salas


viernes, 14 de febrero de 2025

INGENUA LIBERTAD


 

Hay palabras que se desgastan con el uso y otras que directamente son secuestradas por los siglos hasta que dejan de parecerse a lo que fueron. Como si esas palabras fueran una prenda heredada: la seguimos usando, pero ya no sabemos quién la tejió ni para qué.

Hoy vengo a hablar de tres palabras que han pasado por quirófano, cirugía estética y manipulación ideológica hasta volverse irreconocibles: ingenuo, libertino y manumitido. Tres maneras de ser libre o de dejar de ser esclavo. Tres condiciones jurídicas, hoy convertidas en caricaturas. 

Empezamos por Ingenuo, del latín ingenuus: nacido libre. No esclavo. Con derechos civiles desde el origen. Un ingenuo en Roma era alguien que no había sido esclavizado, ni liberado por su amo, ni había comprado su libertad. Era libre de nacimiento. Sin mácula de sumisión. Limpio ante la ley. 

Hoy cuando usamos o escuchamos la palabra “ingenuo” entendemos que es alguien que parece no haberse enterado de cómo funciona el mundo. El tontorrón. El que se fía. El que no sospecha. El que no prevé la maldad ajena porque aún conserva algo de bondad propia, casi infantil. Hemos pasado de llamar ingenuo al libre, a llamar ingenuo al crédulo.

Curiosa evolución, si lo analizas con un puntito de ironía política, ser libre ahora es sospechoso de ser estúpido. Así que cuando digas que alguien es “ingenuo”, quizá estés diciendo más de lo que crees.

Seguimos con libertini, de libertinus: el esclavo liberado. El que fue propiedad y ahora es hombre libre. Libre, pero con asterisco. No tenía todos los derechos del ingenuus. Seguía ligado a su antiguo amo, al menos simbólicamente. No podía ocupar ciertos cargos. Era libre, pero recordado como lo que fue.

Hoy, un libertino es un vicioso. Un desenfrenado. El que vive sin límites. Sin moral. El que se permite todo porque ya no cree en nada.

Del esclavo liberado, hemos pasado al libertino como depravado. Lo que antes era una libertad ganada, hoy es una libertad degenerada. Otra palabra que pasó de designar una condición jurídica a señalar una falta ética.

Y la ultima, manumitido,  del latín manumittere: “soltar de la mano”. El esclavo liberado por su amo, generalmente en testamento.

Manumitir era un acto de generosidad y de prestigio: liberar esclavos en el testamento te daba imagen de buen romano. Aunque a veces se hacía para no dejar a los herederos ciertos gastos e impuestos.

El manumitido era libre, pero no del todo. Su libertad estaba escrita por otro. Le debías la vida nueva a quien te había tenido como objeto. Agradecido y obediente tenías ciertas obligaciones para con la familia que te había poseído e incluso se mantenía un vinculo de dependencia a cambia de morada y otras facilidades.  Era la libertad prestada.

Hoy, la palabra está extinguida. Se ha diluido en la nada. Nadie dice “manumitido” en una conversación. Nadie recuerda que el verbo era manumitir, no “liberar”. El esclavo liberado ha desaparecido del lenguaje común, como si su figura molestara.

Porque aceptar que la libertad también puede ser un regalo que llega tarde —una limosna legal— no encaja con nuestros relatos actuales de meritocracia y “tú puedes lograrlo si quieres”. O quizás  el concepto se parece demasiado a esa libertad que nos regala hoy el estado a cambio de nuestra sumisión y devoción.

 

 Isabel Salas


lunes, 3 de febrero de 2025

HORMONAL SILENCE

 

 

 

 It’s not the end of anything—just the beginning of a silence of my own."

 

 

Menopause doesn’t need an elegy or a sympathy card. The way I’m experiencing it, it feels more like a spontaneous reconfiguration—one I’m thoroughly enjoying.
The body (finally) stops running on alarms, calendars, and above all, hormonal urgency. It doesn’t feel like a loss or a triumph. It simply feels like the natural consequence of staying alive beyond a certain age. And that, in itself, is already great news.

No longer having to prepare for the possible arrival of a fertilized egg, the uterus goes on holiday. It can finally focus on us—and on the deep friendship we’ve built over the years. The exact day of its final performance came and went like any other. No fireworks. No applause. Though if I had realized it was my last period, I might have stood up and clapped. I might’ve even sent it flowers.

Your period doesn’t leave like a bitter ex. It leaves like a flatmate who was around for a long time but finally found a job in another city. It leaves behind an empty shelf and a few forgotten clothes, but you’re happy for her. You know you won’t miss her. Some of her habits may linger, sure, but one day you’ll realize you haven’t thought about her in weeks. It’s a relief to live alone. And you’re glad.

Meanwhile, the world went on—scrolling, tapping, buying—oblivious to the shift happening inside my body. But I noticed. After a few days of adjustment and quiet observation, I realized what it was: a new kind of silence had taken hold of me. A magnificent, intense silence.

I welcomed it, named it hormonal silence, and prepared to enjoy it.

It wasn’t the solemn silence of a cathedral, nor the eerie hush of empty classrooms during summer. It was—and still is—a technical silence. Precise. Beautiful. A silence that lets me be. Nothing is trying to happen. Nothing is getting ready for anything. It’s not a malfunction. It’s serenity. Stillness. Peace.

My body has turned down the volume. There’s no longer machinery pushing out eggs or subtle cues demanding that I be available, fertile, desirable, or in top form. Sex is no longer a hormonal appointment. It’s dessert. Sometimes you want it, sometimes you don’t.

Hormonal silence clears the calendar in many ways. No more tracking fertile days or spotting ovulation signs. No surprise periods. No pregnancy tests. No desperate waiting or prayers whispered to the gods of faulty condoms.

Sure, skin changes. Hair too. You’ll never have oily hair again, and the Atacama Desert becomes a rainforest compared to the dryness of your shins. That’s when you discover a whole new world of creams—and collagen. I like the gummy ones, but the best one for me is a soluble powder. If you want the brand, ask me. It’s slowly bringing my nails back to life and adding volume to my hair, all with a pleasant orange flavor.

What’s curious is how the world keeps trying to pull you back—to make you look fertile again, or at least try. But those bullets don’t hit me anymore. I’m not trading this silence for anything. Hair care is one thing; returning to hormonal chaos is another.

This new silence doesn’t sound empty. It sounds like a tidy home. Like that bathroom you’ve just cleaned and, before closing the door, you pause to admire it. You slowly turn your head, soaking in the shine of the tiles and the perfectly folded towels—your handiwork. You smile. You nod to yourself. The universe can exhale now: the bathroom is done. The task is complete.

Our body, our mind, and our spirit savor the calm that comes from no longer functioning for others. And our home joins us. It had already grown quieter since the children left. But now our silences keep each other company, intertwining and singing in harmony.

For the first time in years, I’m not in a hurry. I give myself permission to be less productive. I stroll through my new kingdom. I embrace the bold, rough beauty that’s blooming in the new habitat I’m becoming.

I bless myself and look in the mirror like I did when I was a teenager—only now with far more wrinkles, yes, but also with far more wisdom and satisfaction.

More whole. More aged. More lived. And more alive.

 

Isabel Salas

domingo, 2 de febrero de 2025

SILENCIO HORMONAL


 


La menopausia no necesita una elegía ni una tarjeta de condolencias: tal y como la estoy viviendo, es una reconfiguración espontánea que estoy disfrutando mucho. El cuerpo (por fin) deja de estar dirigido por alarmas, por calendarios y, sobre todo, por urgencias hormonales. No me parece una pérdida ni una conquista: simplemente, la consecuencia de seguir viva a una determinada edad. Y eso, por sí solo, ya es una gran noticia.

Sin tener que renovarse ni prepararse para la posible llegada de un óvulo fecundado, el útero entra en periodo de vacaciones. Por fin puede enfocarse en nosotras y en nuestra gran amistad. El día concreto de su último espectáculo llegó como otro cualquiera. No hubo fuegos artificiales ni aplausos. Aunque, si yo hubiera notado que era mi última regla, en verdad lo habría aplaudido en pie y le habría mandado unas flores.

La regla no se va como un novio despechado. Se va como una circunstancial compañera de piso que estuvo en nuestra vida, pero que por fin encuentra trabajo en otra ciudad. Deja una estantería vacía y algunas prendas olvidadas, pero te alegras por ella. Sabes que no la vas a echar de menos. Puede que algo de su rutina se quede un rato, hasta que un día ya no piensas en ella. Es un alivio vivir sola. Y te alegras.

El mundo, por su parte, continuó su curso, impasible, haciendo scroll como si no hubiera un mañana. Permaneció atento a sus asuntos. Sin embargo, en mi cuerpo algo estaba cambiando. Y tras unos días de adaptación y autoanálisis comprendí lo que era: se había instalado en mí un silencio nuevo, magnífico e intenso.

Lo abracé, le di la bienvenida, lo bauticé como silencio hormonal y me dispuse a disfrutarlo.

No era el silencio solemne de las catedrales, ni el de las aulas vacías en vacaciones. Era —y es— un silencio técnico. Preciso. Precioso. Un silencio que me deja hacer. No hay nada que esté intentando pasar. Nada que se esté preparando para nada. No es un fallo técnico. Es serenidad, quietud, sosiego. En una palabra: paz.

El cuerpo ha bajado el volumen. Ya no existe la maquinaria empujando óvulos, ni la urgencia de estar disponible, receptiva, deseable o en forma. El sexo ya no es una cita con el fuego hormonal. Es un postre. Que unos días apetece y otros no.

El silencio hormonal limpia nuestra agenda en muchos sentidos. Ya no hay que marcar los días fértiles ni detectar signos de ovulación. No hay sobresaltos ni pruebas de embarazo. No hay esperas desesperadas ni oraciones llenas de promesas al dios de los condones defectuosos.

Es verdad que la piel cambia, y el pelo también. Nunca más tienes el pelo graso, y el desierto de Atacama es un mundo submarino comparado con la piel de las pantorrillas. Se descubren nuevas cremas y el apasionante mundo de los colágenos. Me gustan unos que parecen gominolas, pero el que mejor me sienta es uno en polvo soluble. Si alguien quiere saber el nombre, que me lo pida. Me está devolviendo paulatinamente cierta entidad a las uñas y volumen al pelo, con su agradable sabor a naranja.

Es curioso cómo el mundo sigue queriendo que rejuvenezcas, que sustituyas hormonas, que compres cosas para volver a ser fértil, o parecerlo. Pero esas balas no me han entrado. No cambio este silencio por nada. Una cosa es cuidar el cabello, y otra muy distinta es volver a llenarme de ruido.

Mi nuevo silencio amado no suena a vacío. Suena a casa en orden. A ese baño que acabas de limpiar y que, antes de cerrar la puerta, vuelves a mirar. Giras astuta y lentamente para admirar ese derroche de azulejos impecables y toallas bien dobladas que sabes que son obra tuya. Sonríes al  fijarte en cada detalle y asientes interiormente, como si el universo ya pudiera dejar de respirar, sencillamente porque el baño está listo y el deber cumplido.

Nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu saborean la calma de no estar funcionando para otros. Y nuestra casa nos acompaña. Ella ya estaba más callada desde que los hijos se fueron. Pero ahora nuestros silencios se acompañan, se entrelazan y cantan juntos.

Sin prisa por primera vez en años, me doy permiso para no ser tan productiva. Paseo por mi reino. Abrazo esta aspereza real y valiente que florece en el nuevo hábitat en que me estoy convirtiendo.

Me bendigo y me miro al espejo como cuando era adolescente. Mucho más arrugada, sin duda, pero también mucho más sabia y satisfecha.

Más plena, más vieja, más vivida y más viva.

Isabel Salas

miércoles, 29 de enero de 2025

EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA

La maternidad no es un rol que se asigna, es un vínculo esencial y borrarlo es arrancarle el alma a la humanidad.



Me gusta mucho hablar sobre las madres, pero reconozco que cada vez me cuesta más hablar sobre la maternidad sin que se me ponga la sangre a punto de horchata. Cada vez entiendo mejor que hablar de maternidad implica, casi inevitablemente, enfrentarse a una estructura histórica de control disfrazada de celebración.

Me explico: cuanto más estudio historia y derecho, más claro veo que la "maternidad" —tal como se nos ha enseñado a entenderla— parece no ser otra cosa que el mecanismo mediante el cual los hombres tienen hijos. Por eso las sociedades patriarcales glorifican el concepto con sus Venus esteatopígicas, los arquetipos de madres santas y abnegadas, el día de la madre, y tantos otros homenajes a la maternidad y, al mismo tiempo, desprecian el cuerpo real de la mujer que ha parido, y se burla de sus estrías, sus pechos caídos y su barriga flácida. Ya he escrito bastante sobre esto, y hoy lo voy a hacer otra vez. No me preocupa ser reiterativa. Bastante nos repite el patriarcado sus consignas como para que yo me censure por insistir en lo mío.

Empecemos por el momento glorioso de la concepción, ese instante increíble donde un espermatozoide y un óvulo se unen y dan inicio a la vida. Un pequeño paso para la humanidad —parodiando al amigo (brazo fuerte 😁) Armstrong—, pero un paso enorme para una vida concreta que empieza en ese instante su camino en este mundo. No lo vemos, no lo oímos, no lo celebran las banderas ni los medios, no lo llaman los presidentes por el teléfono fijo, pero ahí comienza todo.

Estamos de acuerdo todos, para concebir un nuevo ser humano hace falta, por tanto, que  macho y hembra colaboren —voluntaria o involuntariamente— en ese instante decisivo. Ambos gametos tienen, en principio, la misma importancia biológica para dar inicio a la vida. Pero a partir de ese momento, todo el proceso de gestación queda en manos de una sola persona: la hembra humana. No hay colaboración posible ni sustitución real. Todo está en manos de esa gestante que será la futura mamá.

No hay ecualización de esfuerzos. La maternidad, que es el centro de la creación humana, está en manos de las mujeres. Y posiblemente, porque la sociedad entera se edifica sobre ese hecho ineludible es que el patriarcado ha tratado de gestionarla desde que el mundo es mundo. Lo hace por la fuerza y a través de las mujeres y nuestros úteros.

Durante nueve meses, el cuerpo de la mujer es el único entorno posible para el desarrollo del feto. Lo alimenta con su sangre, lo oxigena con su respiración, lo protege con su temperatura, lo regula con su ritmo. La salud de la madre —su descanso, su nutrición, su estado emocional, su entorno— impacta directamente sobre el hijo. No existe “padre gestante”, ni existe forma de compartir la carga. La gestación es una experiencia unipersonal, irreversible e intransferible. Es trabajo vital, físico, emocional, que nadie puede igualar ni compensar.

Por eso, la maternidad no puede ser tratada como una función dentro de la familia patriarcal. Mucho menos puede ser disuelta en estructuras legales que la convierten en “tutela compartida”, “corresponsabilidad parental” o “derecho del menor a tener padre y madre”. Esas fórmulas ocultan, niegan o directamente violentan el vínculo madre-hijo, que no es una convención, sino una realidad encarnada.

O así es desde que el mundo es mundo aunque el patriarcado trabaja a dos manos para borrarnos también de ese lugar.  Por si no lo sabes, el avance del transhumanismo impulsa con fuerza el desarrollo de úteros artificiales. Ya los están haciendo con corderitos y otros mamíferos. El objetivo no es aliviar el sufrimiento de quienes no pueden gestar, sino desligar por completo la maternidad del cuerpo femenino. Si ese umbral se cruza —y se está cruzando— cualquier persona o entidad podrá “encargar” un niño sin necesidad de una madre real. 

No hablamos ya de reproducción asistida, sino de producción tecnificada de seres humanos. Se abre así la puerta a una lógica de mercado donde los niños se transforman en objetos fabricables, disponibles para quien pueda pagar, sea una mujer infértil, una corporación farmaceútica, un pederasta con dinero, un sádico, cualquier psicópata con deseos de torturar a un niño, en suma, cualquier perfil que  despertaría alarma en una sociedad sana. Esta fantasía tecnocientífica no está diseseñana para liberar a las mujeres, sino para borrar la maternidad como experiencia vital encarnada, sustituyéndola por una gestación de laboratorio al servicio del deseo individual o de intereses comerciales. Si el vínculo materno-filial era está agredido por los sistemas judiciales y las doctrinas patriarcales, ahora se amenaza su misma existencia.

Recordemos un detalle muy importante: incluso cuando una madre entrega a su hijo en adopción —por decisión propia o por imposición institucional—, el lazo permanece. Muchas de esas mujeres pasan décadas pensando en ese hijo. Lo buscan. Lo sueñan. Y los hijos también las buscan a ellas y no preguntan por un espermatozoide. Buscan a su madre. Porque saben que no vinieron del aire. Vinieron de un vientre. Y ese vientre no es una figura simbólica. Es una persona real, que concibió, gestó y parió —aun cuando no pudo criar por innúmeras razones— y el vínculo trasciende la separación.

Uno de los ejemplos más conocidos es el de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que siguen buscando nietos nacidos en cautiverio hace más de cuarenta años. Pero no es un caso aislado ni exclusivo. Lo mismo ocurrió en España, donde durante décadas se robaron bebés en clínicas públicas y privadas con complicidad médica y religiosa. En Irlanda, las madres solteras eran encerradas y despojadas de sus hijos en conventos. Y podríamos seguir. Allí donde una mujer gesta un hijo y el Estado, la Iglesia o un contrato de subrogación de vientre se lo arrebata, hay una violencia estructural contra el vínculo madre-hijo. Y sin ese vínculo, insisto, no hay sociedad, solo un simulacro legal de familia que trata de imponerse sobre la realidad biológica de los mamíferos.

El discurso jurídico contemporáneo insiste en “igualar” derechos parentales. Pero esa igualdad es falsa si parte de una negación del hecho gestacional. La igualdad no se puede construir sobre la mentira de que madre y padre son roles equivalentes. No lo son. Y pretender que lo sean es una violencia más.

La maternidad no es un servicio que se presta a la familia. No es un subproducto del matrimonio. No es una etapa dentro de un proyecto conyugal. La maternidad es anterior a todo eso. Es el primer vínculo humano y puede suceder dentro o fuera del matrimonio. Y por eso debe ser considerada un derecho disponible de la mujer. No un deber. No una función. De ningún modo una carga impuesta por la biología ni por la ley. Ha de ser un deseo elegido y protegido. 

Cuando la maternidad es forzada o violentada —porque no se puede abortar, porque se impone un régimen legal, porque se tutela desde fuera—, lo que se rompe no es solo la libertad de la mujer. Se rompe el vínculo humano más elemental. Y una sociedad que rompe sistemáticamente ese vínculo está condenada a vivir en guerra consigo misma.

Me propuse hace años nunca hablar de madres ni con madres sin nombrar a las niñas obligadas serlo. En muchos países, aún hoy, se celebran matrimonios entre niñas y adultos bajo justificaciones culturales, religiosas o tradicionales. Esta práctica, que persiste con la complicidad de Estados e instituciones internacionales (que no dejan de hacer negocios con los estados pederastas, sino que miran hacia otro lado convenientemente) expone a las niñas a embarazos precoces, partos forzados y graves riesgos para su salud física y emocional. 

No se trata únicamente del "casamiento". Detrás de ese eufemismo  viene la la noche de bodas, que imaginamos cómo debe ser, la noche de la primera violación. Después el embarazo, casi imposible de sostener por esa niña de nueve o diez años, la subsiguiente maternidad impuesta y todos los traumas dolores y terrores que todo esto conlleva. Muchas veces con consecuencias irreversibles, y digo muchas para que no me tachen de alarmista al afirmar que todas esas niñas sufren la misma pesadilla.

El cuerpo de una niña se convierte en territorio de uso. Todo ello en función de estructuras patriarcales que normalizan la subordinación femenina desde la infancia. Esa niña no vive su  maternidad, sino que la sobrevive tras una forma legalizada de apropiación y violencia extrema. Señalar esto no es intolerancia cultural, es una exigencia ética elemental. ¿Y cómo va a sorprendernos, si el cuerpo de cualquier mujer, a cualquier edad, sigue siendo un campo de batalla? Violar a las mujeres del pueblo vencido ha sido, y sigue siendo, una práctica habitual de guerra, sin fronteras ni tiempo. También se viola en las fiestas y tras las finales de fútbol. Nada nuevo.

Yo sueño  con las mujeres pudiendo ser madres cuando y como quieran, sin miedos y desde su libertad. Creo firmemente que la verdadera autonomía femenina empieza por el reconocimiento de nuestro cuerpo como territorio inviolable. Y la maternidad, cuando es deseada y asumida, es la forma más alta, noble y hermosa de ejercer esa autonomía.

Una sociedad que invierte en sus madres —con tiempo, dinero, ayudas reales, apoyo concreto y guarderías dignas— no está haciendo caridad ni feminismo institucional. Está invirtiendo en su propia salud mental, emocional y colectiva. Porque de las madres nacen tanto los hombres como las mujeres. Parimos hijos e hijas y sabemos todos como una infancia feliz determina nuestro futuro. Una infancia feliz pasa por vínculo materno-filial sano y fuerte. 

Lo que tal vez no hemos pensado es que la forma en que una sociedad trata a sus madres determina, en gran medida, la clase de hombres y mujeres que esa sociedad tendrá.

No hay más que verlo mirando alrededor. Cuantos problemas nos ahorraríamos con niños y madres felices.

A tiempo estamos de seguir evolucionando y de plantear estos debates antes de que sea demasiado tarde. Recordemos que antes que ciudadanos, obreros o consumidores, fuimos hijos. Y todos salimos de un cuerpo real, no de una abstracción. Todos tenemos madre y a muchos nos hubiera gustado criarnos con una madre más feliz y con menos miedo.

 

Isabel Salas 

lunes, 27 de enero de 2025

EL CANAL DE LA ALEGRÍA

Nombrar no es inocente: cuando el lenguaje degrada, la realidad retrocede.

Últimamente se ha puesto de moda, en ciertos círculos, llamar orificios a las vaginas y deseo manifestar mi completo desacuerdo con semejante práctica. Digamos, de paso, que tampoco me gusta demasiado la palabra vagina, y tengo mis razones. Por lo visto, vagina es una palabra de uso muy reciente, además de ser total y completamente machirula. Según he leído, aparece en 1641 cuando un botánico y anatomista alemán llamado Johann Vesling, profesor en la Universidad de Padua, tuvo la peregrina idea de llamar así al conducto maravilloso que une el mundo exterior con nuestro útero.

Podía haberla llamado recinto de la vida, camino del placer, cueva fabulosa, o cualquier otra cosa bella, pero le puso el nombre vagina porque le pareció que esa parte de nosotras era semejante a la vaina que cubre la espada, una especie de funda o envoltorio. O sea, se olvidó de su suavidad, su utilidad y su misterio, para definirla como la parte de la hembra que rodea o cubre al pene durante el coito.

Es decir, tras preguntarse este buen muchacho cómo podría referirse a ese conducto casi mágico, elástico, calentito y autolubricado —por nombrar algunas de sus preciosas particularidades— se le ocurrió ponerle un nombre simplón que remite al puntual uso que de ella hacen los varones. Nosotras no contábamos para nada, y así seguimos. Fue así como el órgano sexual femenino fue bautizado en honor al pene. Realmente es una burla. Una burla histórica, tal vez sin mala intención, pero sin lugar a dudas una ofensa en varios sentidos.

Busqué cómo se referían a nuestra querida vagina antes de que el bueno de Johann se animara a bautizarla y poca información he encontrado. Los romanos llamaban vulva a todo el contexto, y no se sorprendan al saber que vulva también significa envoltura y englobaba todo el paquete genital femenino, desde los labios menores y mayores hasta la propia vagina y el clítoris.

En lo que se refiere al nombramiento de nuestros órganos sexuales, las hembras occidentales les debemos a los griegos la belleza de la palabra clítoris, pues viene de kleitoris y significa pequeña montaña. Ellos solo conocían la parte externa del clítoris y no podían sospechar su verdadero tamaño y ubicación, pero al menos le dieron un nombre poético sin referirse a lo que un varón podría o no hacer con nuestro querido amigo. Por cierto, la palabra clímax también es de la misma familia, y además, según mi experiencia, tiene toda la lógica, pues con pene o sin pene es el clítoris quien nos da los mayores contentamientos en lo que a orgasmos se refiere.

Quiero terminar diciendo que la alegría de recibir a un hombre dentro de mí jamás la he vivido como la aburrida entrada de un pene en mi vagina. Es mucho más que eso: es el hombre completo, con sus risas, sus caricias, sus palabras, su olor y todos sus gestos. Y no entra solamente a mi vagina; ese hombre está allí porque de alguna manera ya tiene mi amistad, mi deseo, mi corazón o tal vez hasta mi amor. Y cuando sucede la penetración, entra también en mi corazón y en mi cerebro. Puede incluso tocar mi alma cuando el amor es grande y mutuo, y hasta nuestras auras se abrazan cuando nuestros cuerpos se encajan en esa magnífica coreografía donde hombre y hembra se encuentran.

La vagina no es, por tanto, la funda de un pene: es mucho más. Es el comité de bienvenida a todo el resto. Y menos aún es un orificio. La vagina podría tener nombre de flor —que para eso el tal Johann era botánico— o nombre de cualquier cosa que evocara lo que es: una parte esencial de nuestra identidad sexual, por supuesto, pero también una entrada al mundo del placer o la salida triunfal para nuestra sangre menstrual y nuestros hijos.

Si la palabra vagina en su origen fue inapropiada, esta nueva tentativa de borrar la vagina convirtiéndola en un simple orificio me parece un agravio aún mayor. Nuestros órganos sexuales son mucho más que nombres. Debido a ellos, a su maravillosa capacidad de dar placer y de engendrar vida, es que hemos sido amadas o repudiadas, ensalzadas o perseguidas, sacralizadas o estigmatizadas, dependiendo del contexto histórico. Pero definitivamente, en pleno siglo XXI, corresponde que defendamos nuestro cuerpo y cada porción de él como lo que son: partes indivisibles de un todo maravilloso que es la hembra humana. Y como parte de esa defensa, nos atribuyamos el poder de nombrarnos como mejor nos sintamos.

No permitamos que conviertan nuestra vagina en un orificio.

Somos hembras, preciosa palabra que viene de fémina, cuya raíz significa mamar o amamantar. Otras palabras de la familia son fēlix, fecundo o fīlius, que remiten a fecundidad, felicidad e hijos. Por tanto, fémina es la que amamanta o da de mamar, una palabra poderosa.

Sin embargo, tal vez muchas no sepáis que “mujer” viene de mulier, que significa aguado o blandengue. Otra palabra de la misma raíz es molusco. Por eso, desde que me enteré, prefiero decir de mí misma que soy una hembra, y no una mujer.

Me hubiera gustado que Johann hubiera elegido el nombre de alguna orquídea para nombrar nuestra vagina, pero ya es tarde para arreglar esa mala elección. Sin embargo, hoy puedo escoger, y escojo usar hembra y vagina antes que mujer con orificios.

Las hembras somos casi la mitad de la población mundial, pero todos nosotros —hombres y mujeres— hemos llegado al mundo gracias a una vagina. Sea en el momento de la concepción o a la hora del parto, allí está ella: el canal de la alegría que es la puerta de la vida.

 

Isabel Salas

lunes, 20 de enero de 2025

TRAICIÓN

Cuando el poder pacta con el invasor, al pueblo solo le queda morir o rebelarse.

En el colegio aprendí, asépticamente, que el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid fue el resultado de una acumulación de tensiones políticas y sociales derivadas de la ocupación francesa en España, que había comenzado en 1807 con el Tratado de Fontainebleau. Este tratado permitía a las tropas de Napoleón Bonaparte atravesar el territorio español para invadir Portugal, aliado de Gran Bretaña. Sin embargo, el verdadero plan de Napoleón era controlar toda la Península Ibérica y nuestras autoridades, obviamente, o se hicieron las tontas o lo eran o tal vez unas traidoras como tantas que a lo largo de la historia han permitido invasiones en su tierra por intereses contrarios a los del pueblo.

Resumiendo, para quien no tenga fresca la historieta, la crisis política que se vivía  en España en aquellos días, se profundizó cuando el rey Carlos IV abdicó en su hijo, Fernando VII, tras el Motín de Aranjuez en marzo de 1808. Pese al cambio de monarca, Napoleón ya había comenzado a imponer su influencia en el país y convocó a ambos reyes a Bayona, donde forzó sus abdicaciones en favor de su hermano José Bonaparte.

Mientras tanto, en Madrid, el repudio popular contra la presencia de las tropas francesas aumentaba. El 2 de mayo de 1808, al enterarse de que el infante Francisco de Paula, último miembro de la familia real que quedaba en la capital, iba a ser trasladado a Francia, los madrileños se congregaron frente al Palacio Real. Al grito de "¡Traición!" se desató una revuelta espontánea, en la que civiles, armados con lo que tenían a mano, se enfrentaron a las tropas francesas.

Hasta que punto esta gente se levantó espontáneamente o fueron atizados por otros, eso no lo sé. Lo que sí parece seguro y contrastable es que el general Joachim Murat, comandante de las tropas francesas, respondió con una represión brutal. La resistencia popular fue sofocada en pocas horas, y al día siguiente, el 3 de mayo, se ordenaron fusilamientos masivos, inmortalizados por Francisco de Goya en su célebre cuadro "Los fusilamientos del 3 de mayo". Un cuadro que desde que yo era chica siempre me puso los pelos del alma de punta. Intentando adivinar los nombres de esos hombres, tratando de imaginar que gritaron mientras los empujaban para matarlos y otros detalles que mi mente de niña quería adivinar entre miedo y reverencia.

Desafortunadamente, en las fuentes históricas disponibles no especifican la edad ni los nombres exactos de la mayoría de los fusilados de aquellos días en Madrid, aunque todos son recordados como símbolos de la resistencia de los españoles a la ocupación francesa y su indignación a la traición de los reyes.

Eran  civiles o militares como los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, que lucharon en el parque de artillería de Monteleón. Entre ellos, los más conocidos son los cuarenta y cuatro condenados que fueron ejecutados en la madrugada del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío, en la escena  inmortalizada en el cuadro  de Goya.

De estos, se han identificado algunos nombres a través de investigaciones históricas, como la del historiador Luis Miguel Aparisi, quien confirmó diez de las víctimas. Entre los fusilados está Francisco Gallego y Dávila, un sacerdote que aparece también representado en el cuadro.  Otros nombres son los de Anselmo Ramírez de Arellano, funcionario de Hacienda, José Reyes, Antonio Méndez y Manuel Rubio, albañiles que lucharon desde su andamio y los de Juan Antonio Serapio y Antonio Martínez.

El resto de los fusilados sigue siendo anónimo aunque la investigación histórica continúa. Sus cuerpos fueron abandonados por orden de Murat y luego enterrados de manera clandestina en el cementerio de la Florida. Conocemos algunos de sus rostros e ignoramos los nombres de casi todos. Todos ellos, con su acto de extremo heroísmo, marcaron el inicio de la Guerra de Independencia Española contra los franceses, que duraría hasta 1814.

Me pregunto qué pasaría si España fuera invadida de nuevo. Si de nuevo las autoridades nos traicionasen, qué sucedería. No haría falta un pintor para inmortalizar nada porque hoy todos tienen teléfonos móviles y la gente lo graba todo, sin embargo valientes que estén dispuestos a resistir una invasión siempre hacen falta. Seguimos teniendo sacerdotes, albañiles y empleados de hacienda, pero ¿tendríamos hoy el mismo valor y determinación que aquellos héroes anónimos del 2 de mayo para levantarnos ante una injusticia o traición similar?

 

Isabel Salas

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