sábado, 28 de junio de 2025

LOS BARROTES DE PAPEL

Los barrotes que nos mantienen prisioneros no son imaginarios ni un delirio de nuestras cabezas: están en los derechos que no podemos tocar y en las leyes que nos inmovilizan.

 


Vivimos inmersos en una estructura jurídica que opera como una prisión invisible. Sus barrotes no son metáforas: existen. Son normas, registros, ficciones legales y mecanismos de coerción que delimitan lo que podemos hacer, decidir o incluso desear. No son ilusiones que se disuelven “subiendo la frecuencia” ni ignorándolos con frases místicas. Pero tampoco son indestructibles.

Cuanto más los nombramos, estudiamos, comprendemos y desenmascaramos, más capacidad ganamos para evitarlos, rodearlos, burlar sus trampas o, al menos, dejar de considerarlos legítimos. El primer paso no es negarlos, sino verlos con claridad. Y el segundo, aprender a moverse entre ellos con inteligencia estratégica.

En lo que sigue, abordaremos diez de estos barrotes: no desde el victimismo, sino desde la lucidez. Veremos cómo operan, qué efectos tienen y —sobre todo— cómo enfrentarlos sin caer en la trampa de la obediencia ni en la fantasía de las fórmulas mágicas.

1. La FICCIÓN JURÍDICA de la “persona”

Qué es:
Cuando naces, no se registra a un ser humano: se registra una persona jurídica. Esa "persona" no eres tú, sino una representación legal (nombre completo, sexo, filiación, fecha, nacionalidad...).

Función del barrote:
El sistema no trata con seres vivos, sino con entidades registradas. Cualquier derecho, contrato o deber se te impone a través de esa máscara jurídica. Tú eres el garante físico de esa ficción.

Ejemplo:
No puedes actuar sin un documento. El sistema te obliga a hablar y actuar en nombre de esa persona registrada. Sin documentos tus hijos no pueden ir a la escuela, ni puedes viajar al extranjero ni puedes abrir una empresa etc

2. El REGISTRO como trampa de entrada

Qué es:
Todo acto vital se registra: nacimiento, matrimonio, domicilio, propiedad, empleo, muerte. Pero esos registros no son tuyos, pertenecen al Estado.

Función del barrote:
El registro es una forma de dominio encubierto. Si no estás registrado, no existes legalmente, ni eres "dueño" de tu casa. Si lo estás, estás sujeto al ordenamiento que te incluye.

Ejemplo:
Tu vivienda está “a tu nombre”, pero lo que se reconoce es tu condición de “titular registral”, no de dueño absoluto. Si el Estado quiere, expropia, ejecuta, anula.

3. El CONTRATO SOCIAL no consentido

Qué es:
Se presupone que tú aceptas vivir bajo las leyes del Estado por el solo hecho de nacer o vivir en su territorio.

Función del barrote:
No hay consentimiento explícito, pero se aplica como si lo hubieras firmado. El contrato es forzado y unilateral.

Ejemplo:
Pagas impuestos, obedeces leyes, cumples obligaciones... pero nunca firmaste nada. Y si intentas objetarlo, te reprimen, te excluyen o te tildan de loco.

4. Los DERECHOS INDISPONIBLES

Qué son:
Son derechos que, aunque se te reconocen, no puedes ejercer a tu voluntad, porque están supeditados al “interés general”, “orden público” o “protección del menor”.

Función del barrote:
El Estado decide por ti en temas como: patria potestad, salud, educación, integridad del cuerpo, custodia de hijos, vacunación, asistencia médica, eutanasia. Como si fueras un incapaz que no sabe ni lo que quiere ni lo que le conviene.

Ejemplo:
No puedes sacar a tu hijo del país si hay un proceso judicial. No puedes negarte a recibir determinadas vacunas en ciertos regímenes. No puedes decidir morir asistido aunque lo desees.

5. El MONOPOLIO DE LA FUERZA Y DE LA INTERPRETACIÓN

Qué es:
El Estado tiene el monopolio legal de la violencia (policía, jueces, sanciones) y de la interpretación del derecho (tribunales, jurisprudencia). Lo mismo que pasaba con los patricios y el vulgo en Roma, (muy interesante si quieres ampliar)

Función del barrote:
Aunque conozcas la ley mejor que tu abogado, no sirve de nada: el juez tiene la última palabra, incluso si viola el sentido común o la lógica del propio código.

Ejemplo:
Una madre con pruebas de abuso pierde la custodia por “obstaculizar el vínculo”. Aunque el fallo sea ilegítimo e ilegal, nadie lo revoca si no conviene al sistema.

6. El LENGUAJE JURÍDICO como código cifrado

Qué es:
El derecho positivo se expresa en un idioma opaco, lleno de tecnicismos y palabras-trampa que ocultan su verdadero efecto.

Función del barrote:
Si no hablas ese idioma, no puedes defenderte. Dependes de un abogado que juega en la misma cancha que el juez y que muchas veces está más comprometido con el procedimiento que contigo.

Ejemplo:
“Custodia compartida”, “interés superior del menor”, “suspensión del régimen de visitas”, “ejecución forzosa”... Son eufemismos para procesos que muchas veces implican violencia institucional.

7. La TRAMPA DE LOS PLAZOS Y LA CARGA PROBATORIA

Qué es:
El sistema impone plazos rígidos, plazos de prescripción, requisitos procesales y una lógica perversa de quién tiene que probar qué.

Función del barrote:
Puedes tener razón, pero si no actúas en el plazo exacto, si no presentas el documento correcto, o si no puedes probar lo que pasó, pierdes.

Ejemplo:
Un abusador queda libre porque la víctima denunció fuera de plazo. O porque la prueba fue “no concluyente”. No importa si el juez sabe que es culpable. El sistema no lo reconoce.

8. El DERECHO COMO INSTRUMENTO DE INGENIERÍA SOCIAL

Qué es:
Las leyes no se hacen para proteger a la persona, sino para modelar conductas: fomentar ciertos tipos de familia, castigar otras, promover ciertos valores y penalizar otros.

Función del barrote:
Te crees libre, pero tu conducta es condicionada por amenazas legales o beneficios legales.

Ejemplo:
Si formas familia según el modelo del Estado (matrimonio registrado, con roles definidos), tienes subsidios. Si crías sola puedes perder la custodia.

9. El PACTO TRIBUTARIO INVISIBLE

Qué es:
El Estado se financia con tu esfuerzo, pero no lo reconoces como contrato. Se presenta como deber moral o legal incuestionable.

Función del barrote:
Trabajas medio año para pagar impuestos. Luego debes justificar en qué gastas lo tuyo. Pero el Estado nunca justifica lo que hace con lo que te quita.

Ejemplo:
Impuestos indirectos, IVA, cotizaciones obligatorias, tasas judiciales. Pagas hasta por litigar.

10. El MITO DEL ESTADO DE DERECHO

Qué es:
La creencia de que todos somos iguales ante la ley y que la justicia es objetiva, neutral y predecible.

Función del barrote:
Sirve para disfrazar la desigualdad estructural, los fueros, los privilegios de clase, los pactos de poder, la impunidad institucional.

Ejemplo:
Tú vas a la cárcel por una deuda o un error. Un político o un empresario con abogado y lobby sale absuelto “por falta de dolo” o “prescripción.

 

Ahora vamos a desmontar los barrotes uno por uno. Pero no con palabrería estilo “cree y se te dará”, sino con estrategia práctica, lúcida y sin autoengaños. El objetivo no es evadir el sistema con fórmulas mágicas, sino entender su arquitectura y detectar las grietas por donde puedes moverte con autonomía

 CÓMO SE ENFRENTA CADA BARROTE 

1. La ficción jurídica de la “persona”

Barrote: El sistema no reconoce a la persona viva, sólo a la entidad registrada.

Cómo se enfrenta:

  • Asume que no puedes salir del juego, pero puedes aprender las reglas. No luches contra la ficción: úsala con conciencia.

  • Domina el lenguaje jurídico básico: necesitas saber cuándo estás actuando “a nombre de”, cuándo estás siendo tratado como garante, cuándo estás siendo embargada no a ti, sino a la entidad.

  • No firmes nada sin entenderlo. Cada firma es un acto sagrado en este mundo. Firma como representante consciente, no como víctima.

Estrategia realista:
No huyas del DNI ni del pasaporte. Aprende a interpretar los efectos jurídicos de cada documento y a limitar su uso a lo necesario.

2. El registro como trampa de entrada

Barrote: Si no estás registrado, no existes legalmente. Pero si lo estás, estás atrapada.

Cómo se enfrenta:

  • No registres nada innecesario. Cada inscripción crea una huella jurídica.

  • Explora figuras como fideicomisos, donaciones entre vivos, titularidad fiduciaria para mantener los bienes separados de tu identidad registral.

  • Usa herramientas legales a tu favor, no desde el miedo sino desde el conocimiento: actúa desde la capa superior del sistema, no desde la más expuesta.

Estrategia realista:
Crear un fideicomiso no para evadir impuestos, sino para limitar tu exposición patrimonial. Lo puedes constituir entre vivos, incluso sin bienes, como escudo anticipado.

3. El contrato social no consentido

Barrote: Estás obligada a obedecer leyes que nunca aceptaste.

Cómo se enfrenta:

  • No puedes salir del contrato por la fuerza, pero puedes acotar tu exposición. Reduce tu dependencia del Estado: educación autónoma, salud alternativa, economía paralela.

  • Aprende los mecanismos de objeción administrativa y reserva de derechos. Existen recursos jurídicos reales para impugnar actos ilegítimos (aunque pocos lo sepan usar).

  • Usa tu estatus de extranjero, viuda, soltero, incapacitado, jubilada, o lo que sea, como ventaja legal en lugar de debilidad.

Estrategia realista:
No vas a romper el contrato social, pero puedes vivir en sus márgenes, sin dejar huella cada vez que respiras.

4. Los derechos indisponibles

Barrote: Aunque tengas razón, el Estado puede decirte que no tienes derecho a decidir.

Cómo se enfrenta:

  • Estudia bien qué derechos son indisponibles y por qué. La clave está en la interpretación judicial, no en la ley escrita.

  • No entres en batallas sin estrategia: construye antes tu marco protector (testamento, poderes preventivos, guarda de hecho, respaldo médico, red de aliados).

  • En casos de familia: anticipa las jugadas del sistema, documenta desde el inicio, graba lo grabable, actúa preventivamente, no cuando ya estás en juicio.

Estrategia realista:
No luches “por el derecho” sino por tus libertades. Organízate desde el vacío del sistema. Documenta mejor que ellos. Acusa antes de ser acusada. 

5. Monopolio de la fuerza y de la interpretación

Barrote: El juez decide lo que quiera. El abogado obedece la lógica del sistema.

Cómo se enfrenta:

  • Deja de esperar justicia. Prepara el terreno como si fuera guerra.

  • No dependas del abogado para pensar. Prepárate tú, léete los códigos, los precedentes, los tratados, las reglas procesales. Que el abogado sea un ejecutor, no tu tutor.

  • Graba las audiencias, si puedes. Documenta cada contacto.

  • Si te toca elegir juez o tribunal: elige. Investiga. Recusa. Denuncia. Muestra los dientes jurídicamente.

Estrategia realista:
El juez no es neutral. Es un "sacerdote" del sistema. Actúa como si fuera tu enemigo, incluso si sonríe. No te dejes engatusar.

6. Lenguaje jurídico como código cifrado

Barrote: Si no hablas su idioma, no puedes defenderte.

Cómo se enfrenta:

  • Haz un glosario propio. Palabra por palabra, artículo por artículo para entender qué es lo que realmente quieren decir.

  • Desmonta sus eufemismos en tus escritos. Usa su lenguaje contra ellos: “Cuando dicen ‘interés superior del menor’, en realidad están diciendo ‘ajuste institucional a criterios estandarizados’”.

  • Traduce lo que escriben. Pide que lo traduzcan si no sabes hacerlo. Obliga a dejar claro lo que ocultan.

Estrategia realista:
Habla como ellos. Pero piensa como tú.

 

7. Trampa de los plazos y la carga probatoria

Barrote: Puedes tener razón y aun así perder, porque no lo dijiste a tiempo o no probaste lo que sabías.

Cómo se enfrenta:

  • Anticípate al litigio. No esperes a que empiece un juicio. Actúa como si el conflicto fuera seguro.

  • Guarda cada documento como si fuera oro. Pantallazos, correos, fechas, versiones anteriores. Todo sirve.

  • Aprende las reglas de prueba. ¿Qué se acepta como prueba? ¿Quién tiene la carga? ¿Hay inversión de carga en temas específicos? Esto cambia todo.

  • Domina el calendario. Si vas a juicio, los plazos son tu arma o tu condena. Usa recordatorios, alertas, cronogramas.

Estrategia realista:
Haz de cada día un acto procesal. El juicio empieza mucho antes de que te lo notifiquen.

8.  El derecho como ingeniería social

Barrote: Las leyes no están hechas para protegerte, sino para modelarte y someterte.

Cómo se enfrenta:

  • Detecta los valores ocultos en cada norma. ¿Qué modelo de madre, padre, hijo, estudiante, turista, ciudadano o pareja está premiando la ley?

  • No respondas desde el molde que ellos crearon. Si sabes que castigan a la madre defensora de sus crías, no les hagas el juego. No permitas que te vean  como a la madre loca. No les cuesta nada mandarte al psiquiatra y de hecho lo hacen todos los días con miles de madres. Entra como investigadora, como gestora de riesgos, como protectora estratégica.

  • Reconfigura tu imagen pública. No eres la víctima. Eres la testigo experta de una falla sistémica.

Estrategia realista:
En el teatro judicial, escoge tú el papel que representas. No dejes que te lo asignen.

9.  El pacto tributario invisible

Barrote: Trabajas medio año para financiar el aparato que te oprime.

Cómo se enfrenta:

  • Reduce la trazabilidad de tus ingresos. Trabaja por fuera cuando puedas, no defraudando impuestos, pues eso es un delito. Intercambia servicios, usa efectivo, criptomonedas, trueque. Todo legal siempre.

  • Constituye estructuras paralelas legales. Fideicomisos, cooperativas, asociaciones sin fines de lucro. No para defraudar, sino para no seguir sosteniendo lo que te asfixia.

  • Aprovecha tus exenciones. Si tienes familia numerosa o eres viuda, extranjera, minusválido, jubilado etc. Usa todo eso para minimizar tus obligaciones fiscales. La ley te protege

Estrategia realista:
No se trata de evadir. Se trata de no alimentar al sistema más de lo estrictamente necesario.

10. El mito del Estado de Derecho

Barrote: La ley dice que todos somos iguales. La práctica dice otra cosa.

Cómo se enfrenta:

  • Deja de creer en la justicia como ideal. Cree en ella como estrategia.

  • Denuncia públicamente. Usa los canales formales cuando convenga, pero usa también blogs, vídeos, redes, entrevistas. El poder odia la luz.

  • Internacionaliza el conflicto. Si la justicia local es un círculo cerrado, escala: comités de derechos humanos, prensa extranjera, observatorios, informes paralelos.

  • Documenta la parcialidad. Si te enfrentas a un fallo injusto, no lo aceptes en silencio. Responde con informes propios, apelaciones aunque sepas que no prosperan, cartas abiertas.

Estrategia realista:
Usa el discurso del Estado de Derecho contra el propio sistema que lo viola.

 

En resumen, no estás atrapado por lo que ves. Estás atrapado por lo que no ves y por lo que el sistema logra que dejes de mirar creyendo que "no sirve de nada".

Nombrar los barrotes no es recrearse en la cárcel. Es comenzar a ver las grietas por donde se cuela la fuga, la trampa, la salida.

Y no, no es fácil, no es rápido, y no es mágico.
Pero tampoco es imposible. Lo que es imposible es salir sin entender. Espero que te sirva esta exposición que has leído.

 

Te dejo tres links o otros tres articulos sobre estos mismos temas

EL ORDEN PÚBLICO Y LA VOLUNTAD POPULAR  

DERECHOS INDISPONIBLES: EL CANDADO DE TU LIBERTAD  

¿SON CADENAS NUESTROS DERECHOS?  

 

 

sábado, 21 de junio de 2025

OJO POR OJO, PIXEL POR PIXEL

La última trinchera: apagar la cámara. Black Mirror no era ficción. Era ensayo general.

 



Esta mañana me desperté y encontré  un montón de noticias apocalípticas, como corresponde a los tiempos en que vivimos. Mientras unos calculan si los misiles que tienen pueden reventar construcciones subterráneas a más de doscientos metros de profundidad, otros miden en los mapas si el país donde viven sería seguro caso estallase  una guerra nuclear de todos contra todos. Por lo visto, los que más posibilidades tienen de resultar ilesos son los chilenos. Dios sabrá por qué. Lo que sí sabemos todos es que el Creador ama a Chile.

Pero lo que me ha hecho levantar las dos medias cejas que me quedan es que dicen los noticieros que Irán —o mejor dicho, hackers simpáticamente vinculados a Irán— afirman haber accedido a cámaras de seguridad privadas en Israel. Y todos cuentan en seguida el mismo pseudo-chiste, "no es el inicio de una película distópica, aunque bien podría serlo". Según los informes que les han pasado las agencias de información oficiales, entre el 18 y el 21 de junio de 2025, mientras llovían misiles en Medio Oriente, alguien en Teherán podría haber estado viendo el salón de tu casa en Israel. Y sin metáforas. Literalmente.

Refael Franco, exsubdirector de ciberseguridad israelí y probablemente muy estresado, advirtió que los iraníes intentaron conectar cámaras domésticas para monitorear impactos de misiles en tiempo real, como quien mira el canal del clima, pero con explosiones. Y claro, no ayuda que muchas de esas cámaras domésticas sean fabricadas en China, el país que convirtió la videovigilancia en arte moderno y luego la exportó como quien regala cuchillos en una pelea. A lo mejor estas cámaras llegan al mundo con la inocencia de un huevo Kinder, solo que en lugar de un juguetito te viene un acceso remoto para terceros con intereses cuestionables en momentos "clave". Sería como comprar un espía decorativo que  graba, juzga y espera.

Y aquí es donde empieza lo jugoso, pues cuando me acuerdo de la mujer del César que no sólo debía ser buena sino parecerlo y de lo que aprendí en el libro (también chino) El arte de la guerra, me queda claro  que los persas, casualmente amigos y socios de los chinos,  no necesitan entrar en todas las cámaras. Tal vez en ninguna. Les basta con que la gente en Israel y en el resto del mundo crean que pueden hacerlo. Porque el miedo, en tiempos modernos, no necesita pruebas; solo buena distribución en redes sociales. Y en tiempos de guerra pues lo mismo.

En una guerra híbrida, como las que dicen los que entienden que estamos viviendo, la percepción tiene más poder que el misil. Decir que te observan puede desatar más paranoia que un ataque real de observación o de bombas. El mensaje iraní (si es que es cierto lo que cuentan los noticieros) no sería sutil: “Te golpeamos, y también sabemos qué cara pones mientras lo hacemos”. Es una combinación increíble de amenaza militar y episodio de Black Mirror.

Pero esperen, que hay un punto que hasta yo, una señora poco tecnológica, comprendo sin que me lo explique un jóven moderno. La vigilancia ya no necesita hackers. Las cámaras, los móviles, los router y hasta los despertadores, creo que todos traen la puerta abierta desde fábrica. O no se llaman puertas y se llaman portales o ventanas, pero de ninguna forma me parece que eso sea un error: obviamente es diseño. No es que te estén espiando; es que tú los invitaste. Vivimos en una sociedad donde -unos más que otros-nos hemos acostumbrado a retransmitir la vida. Hay gente que prefiere mostrar su dolor a vivirlo en silencio,  las lágrimas tienen filtros y los traumas, verdaderos o teatralizados,  son trending topics.

La intimidad se cambió por espectáculo. Cada cámara que se enciende, cada asistente de voz que “te escucha solo cuando lo llamas”, es un aplauso más para el gran circo del control. Y eso no es lo peor, lo que más asusta a gente como yo es que nos damos cuenta de que el verdadero sufrimiento ya no parece caber en este show. No queda espacio para él y además es incompartible, no es bonito, no monetiza y no tiene transición algorítmicamente linda en TikTok. Por cierto, chino también.

Y mientras el nuevo influencer de moda, osea el que circunstancialmente presume de más seguidores,  define el sentido común, te enseña a pedir perdón y cómo decir adiós a los traumas, algunos todavía se niegan a jugar. No poner una cámara en casa ya no es una decisión técnica ni te convierte en temerario, es una declaración existencial. Una resistencia contra la banalización, un acto casi punk de invisibilidad. Y me imagino que algunos vecinos israelitas y tal vez otros iraníes, hoy se felicitan de no haber caído en la tentación. Saben que pueden morir debido a los misiles que sus gobiernos están lanzando, pero saben que van a morir con un grado de dignidad y privacidad mayor.

En este teatro global, el único lugar donde aún eres dueño de tu intimidad es fuera de la tentación de convertir tu vida en un reality.

Isabel Salas


Si tienes ganas de seguir leyendo, tal vez te apetezca leer EL APOCALIPSIS FISCAL

Y si eres una mujer (o vives con una) mayor de 55 años tal vez te guste este artículo sobre EL SILENCIO HORMONAL 

sábado, 14 de junio de 2025

NÜSHU: AMOR Y AMISTAD ENTRE MUJERES

"No hay consuelo más fuerte, ni mirada más certera, que la de una amiga que ha vivido lo mismo."

Isabel Allende, escritora chilena.

 


Entre todas las cosas sobre las que nadie me ha preguntado aún me quedan muchos asuntos. Uno de los principales es la amistad y el amor entre mujeres. Y no me refiero al amor romántico de las lesbianas, sino al amor de amigas, que por supuesto las lesbianas también practican como mujeres maravillosas que son.

Me refiero a esa amistad femenina que el patriarcado se encarga de decirnos, casi diariamente,  que no existe, porque las mujeres no sabemos ser amigas. O no la necesitamos, porque las amigas malmeten y una mujer de su casa, con sus hijos, su marido y su trabajo no tiene tiempo para amigas, que además te pueden quitar al marido, como si los maridos fueran un bien tan apreciado en todos los casos.

Conozco mujeres que darían un brazo porque alguien les quitara (de encima y de al lado) al marido😂 Pero eso es otro tema. Hoy vamos a hablar de la amistad y el cariño entre mujeres usando el ejemplo de las mujeres chinas que durante 1000 años usaron el Nüshu y para eso empezaré por explicar qué era y si en algo me equivoco agradeceré que alguna mujer china me corrija para atenerme a la verdad pues esta historia no necesita adornos ni invenciones para hacerla grandiosa.

El Nüshu (女书) —literalmente “escritura de mujeres”— es un sistema de escritura único en la historia de la humanidad, creado y utilizado exclusivamente por mujeres en una región concreta del sur de China, especialmente en el condado de Jiangyong, provincia de Hunan. Lo fascinante no es solo su existencia, sino el hecho de que sobreviviera durante siglos, en una cultura profundamente patriarcal, como lenguaje íntimo, secreto y solidario entre mujeres. 

Lo primero que me llama la atención es que no es un idioma oral nuevo, sino un sistema de escritura particular que las mujeres usaban para escribir su lengua hablada, un dialecto del chino xiang del sur (muy distinto al mandarín). Ya que ellas tenían vedado el acceso a la alfabetización , simplemente inventaron otra forma de escribir su propio idioma. Si esto no es ser revolucionaria y valiente, que venga Dios y lo vea. 

En segundo lugar, y esto me parece extraordinario, es que usan las sílabas. Osea su idioma secreto y privado es silábico, no logográfico como los caracteres chinos tradicionales. Cada signo que usan representa una sílaba, y tiene una estética caligráfica característica: trazos largos, inclinados, delicados, casi como bordados en papel.

Se escribía de forma vertical, de arriba abajo, y de derecha a izquierda y tiene unas 600–700 grafías básicas, frente a los miles de caracteres del chino estándar. Suficiente para representar el dialecto local de una forma nueva y diferente a como escribían los hombres el mismo idioma que tanto ellos como las mujeres hablaban.

Solo lo usaban mujeres no escolarizadas, en zonas rurales. Aprendían Nüshu en la intimidad del entorno femenino (madres, tías, amigas), nunca en la escuela ni con hombres. Generalmente escribían  cartas, poemas, canciones, autobiografías y relatos de sufrimiento o solidaridad.

Era común que las mujeres lo utilizaran para enviarse cuadernos de “cartas de hermanas del alma” (jiebai zimei), una especie de pacto espiritual entre mujeres que obviamente no se casarían entre sí, pero se comprometían a una amistad más fuerte que la de sangre y que tal vez podría considerarse tan fuerte como el matrimonio (hasta que la muerte nos separe) y que quedaba sellado con mucha profundidad.

También se usaba en rituales como el de la “cama de matrimonio”: antes de que una mujer se casara (y fuera enviada lejos de su familia), sus amigas y familiares le regalaban un cuaderno de Nüshu con canciones y consejos, a veces acompañado de bordados o pañuelos también inscritos.

El Nüshu fue, por tanto,  una forma de resistencia pasiva en un contexto de opresión femenina total. Las mujeres no podían ir a la escuela, ni heredar, ni participar en la vida pública. Como sucedía en Europa y sucede hoy en contextos musulmanes. En muchos casos, eran esclavas domésticas o casadas por conveniencia y el dominio del Nüshu les permitía tener voz, memoria, historia compartida y una red de apoyo emocional invisible para los hombres.

Lamentablemente el Nüshu empezó a declinar a mediados del siglo XX, con el colapso de las estructuras rurales tradicionales y el ascenso del comunismo. Durante la Revolución Cultural (1966–1976), fue perseguido y quemado como superstición feudal. Y esto llevó a que muchas mujeres escondieran o destruyeran sus escritos por miedo. Por lo que he estado averiguando la última mujer conocida que lo usaba con fluidez se llamaba Yang Huanyi, y ella murió en 2004

Desde que terminaron de intentar destruirlo hasta hoy ha ido siendo rescatado pero en versión turística y académica. Desde los años 90, el gobierno chino lo ha promovido como “patrimonio cultural”, aunque con fines más decorativos que auténticos y hoy en día existen museos, talleres y estudios universitarios dedicados al Nüshu, sin embargo ya no hay una comunidad viva de mujeres que lo use naturalmente.

El riesgo de que se folclorice, se convierta en mercancía estética para turistas y pierda su carga subversiva es total, me temo que pronto veremos camisetas y bolsas con los versos que estas mujeres escribieron desde el terror y el dolor y pasará como pasó con la foto de Marilyn o el símbolo del ying y el yang. Se vanalizará y tratarán de quitarle la profundidad y el significado.

Cuando eso pase espero que haya mujeres en China y aquí que recuerden que no era un idioma secreto por definición, sino “privado”: no oculto, sino marginalizado. Los hombres no se molestaban en aprenderlo. Tambien es importante que sepan que el Nüshu no tenía valor legal, ni reconocimiento oficial. Por eso sobrevivió sin despertar sospechas. Las mujeres siempre debemos tener en mente esas vías porque no sabemos cuando podremos necesitar comunicarnos entre nosotras sin ser fiscalizadas ni custodiadas.

La función principal de esta maravilla era sanadora y relacional, más que informativa. Fue una lengua del alma escrita con trazos de dolor y ternura, en una sociedad y época que, como las nuestras, negaba a las mujeres toda forma de expresión pública. Es el ejemplo más puro de lenguaje simbólico femenino autónomo que yo he encontrado. Si alguien conoce otro que se pueda comparar, por favor, que me escriba y me lo enseñe.

Lo grandioso de esta forma de escritura es que no nació para competir con el poder masculino, sino para sobrevivir al margen de él. Y en eso, su valor político es incalculable. Por desgracia la mayoría de manuscritos Nüshu fueron destruidos, enterrados o quemados por lo que los que sobreviven son extremadamente raros y valiosos. Las copias escaneadas incluidas en colecciones académicas (como la obra en varios volúmenes editada por Zhao Liming en 2005) permiten transcribir e interpretar más de 640 documentos reales

¿Qué muestran estas muestras? Por un lado la estética visual del Nüshu: trazos alargados, formas rústicas pero refinadas, disposición vertical. Y por otro la función íntima del sistema: cartas privadas, jiebai (hermandad espiritual), autobiografías y textos emocionales.

A continuación comparto dos textos auténticos escritos originalmente en Nüshu por mujeres de la región de Jiangyong. Los fragmentos han sido traducidos por sinólogos y expertas como Zhao Liming y Fei-Wen Liu. Los muestro aquí traducidos al español, espero que con fidelidad. Me conmueve el tono íntimo y poético que caracteriza este tipo de escritura.

 Texto 1. (Transcripción parcial de un cuaderno entregado a una amiga que se iba a casar) Este tipo de textos se escribía sobre tela o papel, acompañado de bordados o dibujos. No era solo una despedida: era una afirmación de hermandad en un mundo que no dejaba lugar a los lazos femeninos no familiares.

Junto al pozo, no se tiene sed.
Junto a la hermana, no hay tristeza.
Hoy mi corazón está roto,
te vas a la casa de otros.
Nuestra amistad fue como el arroz en la olla:
hirvió, se mezcló, se hizo uno.
Ahora cada una se sienta sola.
Yo aquí, tú allá.
No tengo palabras, solo lágrimas.
Que tu nueva casa te trate bien.
Que no olvides nuestras canciones.
Que no olvides nuestras risas.

 

Texto 2 — Poema autobiográfico (Compuesto por Tang Baozhen, mujer letrada en Nüshu a principios del siglo XX) Este poema refleja lo que muchas mujeres no podían decir en voz alta. El Nüshu la ayudó a escribir su diario íntimo.

 

Sentada sola en una habitación vacía,
no pienso en nada más
que en escribir este canto para lamentar mi dolor.
Nací mujer de destino seco,
sin suerte, sin alegría.
Mis padres me vendieron por arroz y tela.
Mi esposo no me ama.
Solo la luna me escucha.
Solo el pincel me acompaña.


Estas traducciones proceden de documentos reales estudiados por Zhao Liming (赵丽明), principal conservadora e investigadora del Nüshu en China, y de los archivos del Museo del Nüshu en Jiangyong. También se han publicado fragmentos en obras como: Fei-Wen Liu, Gendered Words: Sentiments and Expression in Changing Rural China.

 

Lo que esas mujeres escribían no era poesía en el sentido academicista y pretencioso del término, sino vida comprimida en palabras, sin impostura. No les importaba la métrica, ni la originalidad, ni el aplauso. Les importaba, seguramente, no volverse locas del todo. Puedo imaginar que les importaba que  otra mujer las entendiera. Yo, soy mujer igual que ellas y las entiendo porque parte de lo que escribieron ha llegado hasta mí y he vivido momentos de opresión como mujer y madre que me ayudan a comprender.

Adivino que querían saber que si alguien leía sus escritos después de que ellas ya no estuvieran vivas, supiera que hubo dolor, que hubo ternura, que hubo pacto entre mujeres en medio de una estructura brutal que las usaba, las vendía y las silenciaba.

Y sí, mucho más valor tiene eso que los poemitas aburridos sobre la mariposa en el almendro escritos por varones aburridos que nunca han sabido lo que es perder un hijo o una amiga por culpa del matrimonio, del hambre o del Estado. Ellas no escribían “para la eternidad”, ni para que la academia las validara. Escribían para resistir el día siguiente. Y eso deja más huella que mil versos con ruiseñores, estrellas aburridas y líricas aclamadas por varones narcisistas.

Texto 3 — Carta de hermanas juradas (jiebai), tipo sanzhaoshu

(Extracto de un cuaderno entregado a una amiga que se casaría) Procede de lo que se llama un cuaderno del tercer día, entregado tras la boda, lleno de consejos, deseos y despedidas íntimas de amigas que tal vez nunca más te podrían ver ni visitar.

Juntas en la misma olla, el arroz ya es una sola vida.
Hoy te acercas a la nueva casa,
yo me quedo con la olla que gime vacía.
El corazón se encoge y el agua se congela en los ojos.
Cuando la luna brille grande,
que recuerdes nuestras risas bordadas en azul.
Que no olvides la canción que tejimos.

Texto 4 — Poema autobiográfico, estilo su kelian (En este género, la mujer lamenta su destino limitado)

Mi vida fue labranza sin semillas,
un campo seco ante la lluvia ausente.
Las voces ajenas decidieron por mí:
mi hogar, mi nombre, mi camino.
Escribo un lamento que nadie escuchará,
salvo la luna que alumbra mi tela solitaria.

Semejante a lo que describen Liu o Zhao Liming en sus recopilaciones de autobiografías escritas en Nüshu

Quiero terminar diciendo que encuentro  un paralelismo profundo del Nüshu   con ciertas formas de expresión simbólica femenina andina que, aunque no siempre han sido reconocidas como “escritura”, contienen lenguaje, memoria y protesta. En muchas regiones de Perú, especialmente en la sierra sur y en comunidades quechuas o aimaras, las mujeres bordan, tejen o hilvanan símbolos en sus faldas, mantas (lliqllas), monederos, cinturones (chumpis) o sombreros. A primera vista pueden parecer simples decoraciones coloridas, pero en realidad forman parte de un código que ellas mismas reconocen, transmiten y reproducen con variaciones, según su linaje, su experiencia o el contexto social.

No se trata de un alfabeto fonético como el Nüshu, pero sí de un lenguaje gráfico y simbólico que transmite información concreta: motivos de pertenencia familiar, señales de duelo, resistencia silenciosa, alegorías del ciclo agrícola, del cortejo, del parto, del abandono. El lenguaje de los hilos y los tejidos, aunque no represente sonidos, sí representa sentidos compartidos por la comunidad femenina que lo entiende y lo perpetúa. Es significativo que muchos antropólogos hayan ignorado sistemáticamente este tipo de lenguaje por no parecerse a la escritura occidental, lo cual no hace más que evidenciar el sesgo masculino y académico con el que se ha construido la historia de la cultura. Cuando se entrevista directamente a las mujeres bordadoras, no a los caciques ni a los expertos varones, muchas de ellas afirman con claridad que sus bordados “hablan” o “cuentan cosas”.

En este sentido, las similitudes con el Nüshu son reveladoras. El Nüshu traduce un idioma hablado a grafías silábicas; el bordado andino, por su parte, traduce vivencias, relaciones y cosmovisión a símbolos textiles. Ambos sistemas eran usados y entendidos exclusivamente por mujeres, nacieron y se mantuvieron al margen de las estructuras oficiales del poder, se transmitían de madre a hija o entre amigas, y su contenido tenía casi siempre una carga emocional y social intensa: muerte, migración, maltrato, maternidad, memoria. Eran formas de decir lo que no se podía decir en público, formas de registrar lo que la historia oficial, siempre patriarcal, jamás se detendría a escribir.

Un ejemplo actual de esta escritura simbólica lo encontramos en las bordadoras de Ayacucho. Después del conflicto armado interno en Perú durante los años ochenta y noventa, muchas mujeres que perdieron a sus hijos o a sus maridos comenzaron a bordar escenas de la violencia en mantas, tapices o prendas de vestir. Esos bordados muestran helicópteros, soldados, sangre, iglesias, niños huyendo, madres llorando. Ellas no redactan manifiestos ni publican libros, pero registran su historia con la aguja como pluma, dejando en la tela el testimonio de lo que vivieron y de lo que nunca se quiso escuchar.

Esto nos lleva a la pregunta fundamental: ¿es eso escritura? La respuesta depende de cómo definamos el acto de escribir. Si exigimos que toda escritura represente sonidos, entonces no lo es. Pero si aceptamos que escribir puede ser representar significados compartidos de forma codificada y transmisible dentro de una comunidad, entonces sí lo es. Y no solo eso: es una forma de escritura profundamente legítima, íntimamente vinculada con la supervivencia, la memoria y la dignidad. Para quienes han vivido y muerto dentro de ese código, los hilos hablan más fuerte que muchas letras.

El Nüshu también se bordaba, y no solo se escribía con pincel o pluma sobre papel. Esto es fundamental para comprender que no era simplemente una escritura en el sentido tradicional, sino un lenguaje integral femenino, que podía trasladarse a distintos soportes según el contexto y el propósito. Se bordaba sobre pañuelos, cintas, fajas, manteles, abanicos, fundas de almohada y sobre todo en los regalos que las mujeres se intercambiaban antes del matrimonio o en rituales de despedida. No se bordaban textos largos como los que se escribían en cuadernos, sino versos breves, nombres, dedicatorias, fórmulas de afecto, o a veces un solo carácter simbólico que la destinataria sabía interpretar.

Sí, repito, el Nüshu se bordaba, y esa dimensión textil lo une aún más con las formas de expresión femenina de otras culturas, como los bordados de Ayacucho, los pañuelos de duelo en Turquía o los mantos saharauis. Fue una forma de escritura no solo íntima, sino encarnada en objetos, lo que la vuelve aún más poderosa. Me pregunto si hoy las niñas de nueve años que son casadas a la fuerza con pederastas en los países que aceptan esta aberración también bordan. O si las niñas que han sufrido ablación tienen un lenguaje secreto que un día descubriremos espantados del horror que están viviendo.

Parece que el Nüshu no solo se escribía, en cierto modo se tejía y se entretejía con la vida cotidiana, tal y como las amistades verdaderas entre mujeres. Amistades y compromisos que trascienden el tiempo y el espacio y unen a nuestras hermanas chinas con las niñas que hoy siguen siendo obligadas a casarse a la fuerza y a parir con diez, doce o trece años. Con las madres que pierden sus hijos o son patologizadas y obligadas a seguir tratamientos psiquiátricos por orden de jueces de familia. 

 Isabel Salas

domingo, 25 de mayo de 2025

FEMINISMS AND MOTHERS

Amid all these feminisms, which one dares to stand up for mothers?

 


Ever since someone officially used the word “feminism”—or since a woman dared to say “this isn’t fair” and was ignored, as usual—the world has been changing. Many women (in a few countries) have gained “rights,” access, and spaces. Indeed, in some countries, women can vote, have a bank account, study, and even divorce. We can—and I include myself—at least in certain parts of the world, live with minimal autonomy. But in this undeniable progress, many things have also been left behind.

Feminism is not, and has never been, a homogeneous block. Women who think—those who really think, not those who merely repeat slogans—cannot all agree. And that’s a healthy sign. But there are also silences that can no longer be disguised as strategy or respect for diversity. There are uncomfortable topics—forgotten, deliberately omitted. One of these is the figure of the mother.

Not the mother idealized by patriarchal culture, the one used as a pedestal for men to declare themselves exemplary sons, nor the other one through whom men have children. Not the martyr mother, sanctified through suffering and self-denial. I’m talking about the real mother. The one who raises children with or without a partner, with or without a job outside the home, with desire or even without having planned it. The one who makes mistakes and pays the price. The one who wears down her health. Who loves with visceral depth. The one who feels something switch on inside her when her baby looks up from her chest. The one who applauds every small achievement. Who takes mental snapshots as her children play. Who exchanges tips with other mothers on how to sleep better, rest a bit more, soothe a crying child, get rid of lice, or chase away fears. The one who looks in the mirror and no longer recognizes herself, because motherhood transforms the body, the mind, and an entire life. That mother who loves, who raises, who sees—and precisely because of that, disrupts every narrative. Because she doesn’t fit as an idol or as a victim. Because she has a body, a voice, and memory.

Because feminisms—in many of their dominant versions—have developed their narratives despite motherhood. Autonomy has been glorified; the bond has been silenced. In many feminist circles, being a mother is viewed as a problem, an obstacle, a regression. There’s a fight for the right to abort, but not for the right to give birth well. The right to choose not to have children is loudly defended, but those who choose to have them under less-than-ideal conditions are ignored. Care work still holds no economic or political value. Child-rearing doesn’t count, doesn’t promote, doesn’t bring prestige. Being a mother isn’t empowering enough—unless it’s stylishly packaged as a personal success story. It’s easier to celebrate the woman who breaks the glass ceiling than the one raising children alone, working two precarious jobs, and surviving without a support network.

In consumer feminism, empowerment is measured in products: designer strollers, mindfulness courses for babies, pastel-covered self-help books. If you can pay for validation, then your motherhood is valid. If not, you’re on your own. Public policies still treat childcare as a favor, not as a State obligation. Nurseries, parental leave, postpartum support—these are temporary patches, dependent on whichever government is in power. There are no guaranteed structures. And when a mother needs concrete help, the famous sisterhood dissolves into vague speeches, academic theory, and so-called empowerment workshops where the psychologist is paid with public funds, and the mother is treated like she’s mentally impaired—and sent home without so much as a diaper.

I repeat: poor, single, racialized mothers are treated as social cases, not political subjects. And this isn’t just serious—it’s gravely serious. Because when a judge, a social worker, or a psychologist decides that a house with leaks or an emotional crisis equals an “unfit environment,” machinery kicks in to rip children from their mothers—without a real trial, without defense, without compassion. Sometimes, poverty is the only crime. And institutional feminism—with exceptions—is conspicuously absent in those courtrooms. No panels, no campaigns, no trending topics. Why? Because it doesn’t look good. Because it doesn’t earn likes. Because defending a poor, screaming mother isn’t useful or sexy.

And then there are surrogate mothers. The dominant narrative says: “She does it voluntarily.” But no one explains why that “voluntary” choice almost always comes from necessity. Gestation becomes a service, and the baby a product delivered to adult desire. The woman who gestates isn’t a mother, they say, just a “vehicle.” And parts of feminism stay silent. Or worse—justify it. As if criticizing the commodification of women’s bodies were somehow conservative. As if saying “this hurts the baby” were backward. As if every choice were truly free just because a contract was signed. Since when is consent given under precarity considered liberating? And who cares about the baby who will wait weeks to hear its mother’s heartbeat again? Almost no one, apparently.

The mother is the one who gestates. If you don’t know, children do. They know who their mother is. They know the voice of the one who carried them in her womb.

The same happens with child mothers. In many countries, a girl can legally marry with her parents’ consent—which is to say, abuse is legalized. And when that girl becomes pregnant, her motherhood is not mentioned. She becomes a statistic. And global feminism, too busy avoiding the appearance of moral imperialism, stays silent to avoid “imposing Western values.” God forbid that denouncing pedophilia might be mistaken for colonial arrogance. Meanwhile, those girls give birth quietly and are left out of the narrative.

Obstetric violence is another issue ignored by those who criticize patriarchy but never the doctor—male or female—who plays God while shouting “Push!” like they’re hosting a reality show. Mothers of children with disabilities, chronic illnesses, or special needs live completely outside any agenda. They’re not included in mental health debates or in statistics on caregiving burdens. They don’t even have hashtags.

The myth of the superwoman—who does it all effortlessly—has done more damage than many declared enemies. You're expected to work as if you had no children and raise children as if you had no job. To be an entrepreneur. To meditate. To publish your experiences filtered and branded. But real motherhood doesn’t fit on Instagram. It doesn’t sell.

Legal, safe, and free abortion may be a necessary achievement for some women, but it cannot be the only conversation about motherhood. The message cannot be: “If you chose to have the child, now you're on your own.” Mothers cannot become an uncomfortable, almost illegal shadow in campaigns that prefer to speak of “pregnant people” rather than actual, birth-giving women—with bodies, needs, and stories. It can’t be that defending the right not to be a mother is progressive, while defending the right to be one—well, supported, and with dignity—is considered conservative.

This is not an attack on feminisms. It is a demand that they look further. Salon feminists need to take off their class, aesthetic, and academic glasses. They must understand that without mothers, there is no future. That we are not collateral damage of emancipation, nor the inevitable result of poor contraceptive planning. That we are not angels, nor monsters, nor martyrs. We are women. Political subjects. And we are tired of being left out of the conversation.

A feminism that cannot look at women who have given birth is not incomplete—it’s convenient. And convenience has never been revolutionary.

Isabel Salas

viernes, 23 de mayo de 2025

FEMINISMOS Y MADRES

Entre tantos feminismos, ¿Cuál es el que se ocupa de las madres?


 

Desde que alguien usó la palabra “feminismo” de forma oficial —o desde que una mujer se atrevió a decir “esto no es justo” y fue ignorada, como es habitual—, el mundo ha ido cambiando. Muchas mujeres (en unos cuantos países) han ganado "derechos", acceso y espacios. Es eso, en unos cuantos países, las mujeres pueden votar, tener una cuenta bancaria, estudiar y hasta divorciarse. Podemos —y me incluyo—, al menos en ciertos lugares del mundo, vivir con una mínima autonomía. Pero en ese avance indiscutible también se han dejado cosas atrás. El feminismo no es, ni ha sido nunca, un bloque homogéneo. Las mujeres que piensan —las que de verdad piensan, no las que repiten eslóganes— no pueden estar todas de acuerdo. Y eso es un síntoma de vida. Pero también hay silencios que ya no pueden seguir disfrazándose de estrategia o de respeto a la diversidad. Hay temas incómodos, olvidados, deliberadamente omitidos. Uno de ellos es la figura de la madre.

No la madre idealizada por la cultura patriarcal, la que sirve de pedestal para que los hombres se declaren hijos ejemplares o esa otra a través de la cual ellos tienen hijos. Tampoco la madre mártir, abnegada y santificada a fuerza de sufrimiento. Hablo de la madre real. La que cría con o sin pareja, con o sin trabajo fuera de casa, con deseo o incluso sin haberlo planeado. La que se equivoca y paga las consecuencias, la que gasta su salud, la que ama como se ama desde las entrañas. La que siente que se le enciende una lámpara cuando su hijo la mira desde el pecho. La que aplaude cada logro, por mínimo que sea. La que hace fotos con el alma mientras sus hijos juegan. La que intercambia fórmulas con otras madres para dormir mejor, descansar un poco más, calmar un llanto, matar piojos o espantar miedos. Esa que se busca en el espejo y ya no es la misma, porque la maternidad transforma la carne, la mente y la vida entera. Esa madre que ama, que cría, que ve y que, precisamente por eso, molesta a todos los discursos. Porque no encaja ni como ídolo ni como víctima. Porque tiene cuerpo, tiene voz y tiene memoria.

Porque los feminismos —en muchas de sus versiones dominantes— han desarrollado su relato a pesar de la maternidad. La autonomía ha sido glorificada, el vínculo ha sido silenciado. Ser madre es, en muchos círculos feministas, visto como un problema, un obstáculo, una regresión. Se lucha por poder abortar, pero no por poder parir bien. Se exige decidir no tener hijos, pero se ignora a quienes deciden tenerlos sin las condiciones ideales. El trabajo de cuidados sigue sin valor económico ni político. Criar no cotiza, no asciende, no da prestigio. Ser madre no es lo bastante empoderador, a menos que se haga con suficiente estilo para venderlo como éxito personal. Es más fácil celebrar a la mujer que rompe el techo de cristal que a la que cría sola con dos trabajos precarios y sin red de apoyo.

En el feminismo de consumo, el empoderamiento se mide en productos: carriolas de diseño, cursos de mindfulness para bebés, libros de autoayuda con portadas en tonos pastel. Si puedes pagar por la validación, entonces tu maternidad es válida. Si no, arréglatelas. Las políticas públicas siguen tratando el cuidado infantil como un favor, no como una obligación del Estado. Guarderías, licencias, apoyo posparto... son parches que dependen del gobierno de turno; no hay estructuras garantizadas. Y cuando una madre necesita ayuda concreta, la famosa sororidad se disuelve en discursos vagos, teoría académica y cursos de pretendido empoderamiento donde a la psicóloga correspondiente se le paga con fondos públicos, y a la madre la toman por retardada mental y la mandan a su casa sin un pañal de regalo siquiera.

Repito: las madres pobres, solas, racializadas, son vistas como casos sociales y no como sujetos políticos. Y esto no es grave, es gravísimo, porque cuando un juez, un asistente social o una psicóloga decide que una casa con goteras o una crisis emocional equivale a “ambiente inadecuado”, se activa una maquinaria que arranca niños de sus madres sin juicio real, sin defensa y sin compasión. A veces, el único delito es ser pobre. El feminismo institucional, salvo excepciones, brilla por su ausencia en esos juzgados. No hay paneles, no hay campañas, no hay trending topics. ¿Por qué? Porque no queda bien. Porque no suma likes. Porque defender a una madre pobre que grita no es útil ni sexy.

Y luego están los vientres de alquiler. El relato hegemónico dice: “Ella lo hace por voluntad propia”. Pero nadie explica por qué esa voluntad casi siempre nace de la necesidad. Se transforma la gestación en un servicio y al bebé en un producto entregado al deseo adulto. La mujer que gesta no es madre, dicen, solo “vehículo”. Y parte del feminismo calla. O peor, justifica. Como si criticar la mercantilización del cuerpo femenino fuera conservador. Como si decir “esto le duele al bebé” fuera retrógrado. Como si toda elección fuera libre solo porque alguien firmó un contrato. ¿Desde cuándo el consentimiento firmado bajo precariedad es emancipador? ¿Y quién se preocupa de ese hijo que estará semanas esperando escuchar el corazón de su madre? Parece que casi nadie.

La madre es quien gesta. Si tú no sabes, los niños sí. Ellos saben quién es su madre. Conocen la voz de quien los llevó en su vientre.

Lo mismo ocurre con las niñas madres. En muchos países se permite que una niña se case con el consentimiento de sus padres. Es decir, se legaliza el abuso. Y cuando esa niña queda embarazada, su maternidad no se menciona. Se convierte en estadística. Y el feminismo global, demasiado ocupado en no parecer imperialista, guarda silencio para no “imponer valores occidentales”. No vaya a ser que denunciar la pederastia se confunda con colonialismo moral. Mientras tanto, esas niñas paren en silencio y quedan fuera del relato.

La violencia obstétrica es otro punto que sigue siendo ignorado por los discursos que critican al patriarcado pero no al médico (hombre o mujer) con ego de dios que grita “¡puja!” como si estuviera dirigiendo un reality. Y las madres con hijos con discapacidad, o con enfermedades crónicas, o con necesidades especiales, viven fuera de toda agenda. Nadie las incluye en los debates sobre salud mental, ni en las estadísticas de carga de cuidados. No tienen hashtag.

El mito de la supermujer, esa que lo puede todo sin despeinarse, ha hecho más daño que muchos enemigos declarados. Se espera que trabajes como si no tuvieras hijos y que críes como si no tuvieras trabajo. Que emprendas. Que medites. Que publiques tu experiencia con filtro y branding. Pero la maternidad real no cabe en Instagram. No vende.

El aborto legal, seguro y gratuito puede ser considerado una conquista necesaria para algunas mujeres, pero no puede ser la única conversación sobre maternidad. No puede ser que el mensaje sea: “si decidiste tenerlo, ahora arréglate sola”. No puede ser que las mujeres madres se conviertan en una sombra incómoda, y casi ilegal, para campañas que prefieren hablar de “personas gestantes” y no de hembras paridas concretas, con cuerpos, necesidades e historias. No puede ser que defender el derecho a no ser madre sea progresista, pero defender el derecho a serlo bien, con apoyo y con dignidad, sea considerado conservador.

No se trata de atacar a los feminismos. Se trata de exigirles que miren más lejos. Que las feministas de salón se saquen las gafas de clase, de estética y de academia. Que entiendan que sin madres no hay futuro. Que no somos el daño colateral de la emancipación, ni la consecuencia inevitable de un mal cálculo anticonceptivo. Que no somos ángeles, ni monstruos, ni mártires. Somos mujeres. Sujetos políticos. Y estamos hartas de no estar invitadas a la conversación.

El feminismo que no sabe mirar a las mujeres que hemos parido no es incompleto: es cómodo. Y la comodidad nunca ha sido revolucionaria.


Isabel Salas



LECHE MATERNA ¿ARTIFICIAL?

 La maternidad no se negocia ni se industrializa. Una de las últimas tendencias mundiales desde los gobiernos y desde las corporaci...