viernes, 15 de agosto de 2025

LECHE MATERNA ¿ARTIFICIAL?

 La maternidad no se negocia ni se industrializa.


Una de las últimas tendencias mundiales desde los gobiernos y desde las corporaciones empresariales que gobiernan a nuestros gobiernos, es tratar de volvernos locos con la neolengua y todo el cúmulo de disparates  derivados de semejante práctica.

Ya no basta que tratemos de deshacer el nudo  que se nos forma en cada neurona cuando nos intentan convencer de que lo amarillo es verde o que lo rojo (si se siente verde), también lo es. Tampoco es suficiente con los despropósitos que defienden nuestros políticos  y los nuevos gurús "sabelotodo", al acatar los dictados de sus dueños, que son los que pagan y por tanto quienes mandan. No, todo eso resultó poco y ahora también tenemos las neoleyes, cuya función es decretar la realidad y no gestionarla ni facilitarnos algún tipo de  ordenamiento que permita (al menos presuntamente) vivir o convivir en relativa armonía.

En estos días, y para completar el bello cuadro surrealista que están pintando con nuestra sangre, sudor y lágrimas, en plena nueva anormalidad, del mismo basural donde brotaron los neoadjetivos, los neosustantivos, las neofobias y todos los otros desatinos coronados y plebeyos, si Dios no lo remedia, pronto nacerá también la neoleche materna.

Como si nuestras preciosas tetas de hembras humanas no fueran lo bastante maravillosas para producir la leche que nuestros hijos necesitan, nacerá próximamente otra nueva leche artificial, a la que llamarán nueva leche materna. Nos la intentarán vender como una alternativa más ecológica que las otras leches artificiales y tan materna como la nuestra porque en vez de hacerse a partir de leches animales, se fabricará usando células de nuestras propias glándulas mamarias. 

Por lo visto, Michelle Egger, una ex empleada de Bill Gates muy bien recolocada a día de hoy en otra empresa,  ha contado los pedos de las vacas que producen la leche con la que se fabrican las leches artificiales actuales y el agua que esas vacas bebieron y se ha agobiado tanto con el resultado que ha tenido la increíble idea de fabricar otra leche que le haga la competencia a las actuales, mucho menos pedorra que las otras leches de marca. Algo nunca antes considerado por los gestores de las empresas del planeta.

Los pedos de vaca, por si no lo sabías no se cuentan por unidad, sino por la cantidad de CO2 que producen, y a la buena de Michelle le ha salido que para alimentar a un niño con leche artificial durante un año se producen 5.700 toneladas métricas de CO2 y se consumen 4.400 galones de agua dulce. ¡Imagínate!

¡Hay que ver lo que bebe una vaca! Ya me di cuenta hace mucho tiempo de una cosa, estas cuentas tan raras que hace esa gente tan gananciosa nada tienen que ver con una inocente pasión por las matemáticas. Al igual que otras armas, esas cuentas, las carga el diablo.

También me di cuenta de otras cosas y una de ellas es que quien controla la natalidad controla el mundo y que controlar la natalidad, pasa por controlar la maternidad. Esto último requiere (bajo el prisma de los monstruos que nos gobiernan) controlar a las mujeres, ya que somos las que parimos. Para tal fin, no miden ni nunca midieron esfuerzos y todo les parece poco, desde obligar a las niñas a casarse, cortarles el clítoris, prohibir el divorcio bajo preceptos religiosos o penalizar el aborto incluso cuando la gestante es una niña de nueve años embarazada de su padre o de otro violador.

No está en los planes de ningún gobierno (y nunca lo estuvo) cuidar a las mujeres, proporcionarles una excelente educación o garantizarles una vida sin sobresaltos ni violencias para que cuando decidan conscientemente ser madres (caso lo deseen), sean además excelentes personas, responsables, cultas, comprometidas y felices. Es decir, buenas y sanas personas preparadas para ser excelentes madres.

Es cierto que  optar por esa vía requeriría de políticas destinadas a mejorar la sociedad y no a controlarla, como hoy. Se incentivaría, como debe ser, que sólo nacieran los niños que sus madres deseen tener, como también debe ser.  El tema de la natalidad estaría entonces, y por primera vez en la historia de la humanidad, controlado por ellas, por nosotras, las hembras humanas, y esto es algo que de ninguna forma conseguiremos las mujeres que la sociedad acepte,  sin pagar un altísimo precio. Deberemos conquistar ese derecho como se conquistan todos los derechos, luchando por él.

Una sociedad feliz formada por la suma de individuos felices que desde que abren los ojos al mundo sólo reciben cariño, besos y excelente alimentación, educación y sanidad, sería lo deseable para todos, hombres y mujeres, porque no olvidemos un detalle, las mujeres parimos machos y hembras indistintamente y todos y todas nos veríamos beneficiados. 

De momento estamos en una sociedad donde se prefiere invertir en arrancar los úteros a las jóvenes en India y en usar las glándulas de nuestras tetas extirpadas para producir leche a la que llamarán maternal, olvidándose muy convenientemente esos desalmados que lo que hace maternal  una leche no es que provenga de una glándula nuestra o de una vaca, lo que la hace maternal es que la producimos las madres para nuestros bebés.

Es muy lamentable que algunas mujeres, por alguna enfermedad o algún motivo nefasto no consigan amamantar a sus hijos, es lógico que para ellas deban existir alternativas artificiales o bancos de leche materna, que serían la mejor solución, así como existen los bancos de sangre, pero lo deseable, lo humano, lo natural, lo correcto, lo más sano y lo que hace más felices a la madre y al bebé, que será un día adulto, hombre o mujer, es la lactancia materna realizada en paz.

Yo también me puse a contar, pero en vez de contar pedos de vaca me puse a contar los meses que pasé amamantando, y me salieron cuatro años entre mis dos hijas. Las dos mamaron hasta que lo desearon y me hace muy feliz recordar esos momentos. Sé que no todas las madres pueden dedicar tanto tiempo a ese menester, muchas necesitan reincorporarse al trabajo al tercer o cuarto mes y sacarse leche con los ordeñadores es muy doloroso.

Sé que fui y soy una mujer afortunada que pudo y puede disfrutar de la maternidad en todas sus facetas, y por eso, porque sé como es importante que exista ese primer vínculo entre madre e hijo es que deseo que todas las madres y sus hijos puedan tenerlo. Ese vínculo que nace durante los primeros meses de la gestación, que se fortalece con la crianza en apego y que es imposible de romper. Quebrarlo, o tratar de hacerlo, como intentan hoy tantas leyes, es una forma de agresión comparable a la peor tortura.

Espero que un día  cambie esa mentalidad que guía a los que mandan y acepten que la única manera de tener ciudadanos y ciudadanas responsables y comprometidos con nuestra sociedad, es teniendo niños felices, bien alimentados y amados y que eso pasa necesariamente por tener mujeres dichosas en todos los sentidos, con buena salud y protegidas de cualquier tipo de violencia.

El vínculo, el apego que cualquier hembra mamífera siente por sus hijos, es lo más cercano a algo sagrado que conozco. La mirada de un bebé mientras sonríe con la teta en la boca es el tipo de experiencia inolvidable que marca a cualquier mujer para el resto de su vida. Cuando tantas voces se levantan en pro de los hijos "socializados", propiedad de los estados y gestionados como si fueran un negocio, la mía se levanta pidiendo sentido común y políticas humanizadas que permitan a nuestros niños mamar, crecer y ser protegidos por mujeres felices de ser sus madres, solas o en pareja.

Y que la protección se limite a las consecuencias de una caída, a un refriado, a una indigestión o a una lluvia fuerte, no como hoy, cuando la maternidad se ha convertido en deporte de riesgo.

Isabel Salas



domingo, 10 de agosto de 2025

NI MUJER NI MINIFALDA

No hay violencia justa, ni violencia con buena excusa. El violento no necesita razones: necesita frenos. Y si no los tiene, da igual que la víctima sea mujer, niño, perro o espejo.

 


Cuando se dice que un violador atacó a una mujer porque llevaba minifalda, el discurso feminista reacciona —y con razón— diciendo que eso es una barbaridad. Que una prenda no puede ser considerada causa de una agresión sexual. Que culpar a la víctima por lo que vestía es tan absurdo como culpar a una casa por haber sido robada. Nadie provoca que la violen. El violador viola porque es un violador. Punto.

Yo siempre pienso en ejemplos que ilustren mis argumentos, y uno bastante bueno es imaginar un farmacéutico que fue asaltado. Al juez no se le ocurre preguntarle qué llevaba puesto el día que entraron los dos asaltantes a robarle. Pues eso: que la ropa de la víctima no puede ser el detonante de un crimen.

Lo malo es que la justicia patriarcal entiende el robo como algo claramente punible, pero al gato de la violación siempre le buscan los tres pies: que si qué hora era, que si estaba sola, que si estaba borracha o qué ropa llevaba. Y volvemos a lo mismo: un farmacéutico borracho y solo puede ser robado tres veces al mes, y nadie preguntará esos detalles.

Volviendo a la minifalda de la violada, las mismas voces feministas que descartan la minifalda como causa afirman sin dudar que una mujer asesinada lo fue “por ser mujer”. Ahí ya no molesta el determinismo. Ahí se abraza. ¿Por qué? Porque es útil. Porque permite crear la figura del femicidio. Y el femicidio agrava las penas. Porque da poder simbólico y jurídico a una causa legítima.

Comprendo que sea útil, y hasta un consuelo, pero no es coherente.

O bien creemos que las víctimas no provocan la violencia que reciben, o aceptamos que su condición forma parte de la causa del crimen. Las dos cosas no se pueden sostener a la vez.

Afirmar que alguien fue violada “porque llevaba minifalda” es lo mismo —en términos lógicos— que decir que alguien fue asesinada “porque era mujer”. En ambos casos, el rasgo de la víctima se convierte en detonante. Y en ambos casos se borra la responsabilidad del agresor como único y verdadero origen del acto.

La única mujer que muere por ser mujer es la víctima de un tipo o una manada que salen ese día de su casa con la intención de encontrar a una mujer, torturarla, violarla y asesinarla. Cualquier mujer les sirve, y esa pobre mujer que es arrastrada desde un coche o seguida cuando sale del trabajo realmente muere por ser mujer. Alguien salió a matar a una mujer, y ella se cruzó con el asesino. Efectivamente, muere por ser mujer.

Sin embargo, cuando se usa a una víctima como símbolo de una causa (por ejemplo, el feminicidio como bandera de lucha), se tiende a borrar la singularidad del hecho y del victimario. Se invierte la carga causal: lo que importa no es el asesino ni sus motivos, sino lo que ella representaba. Se borra al victimario como agente moral, porque la narrativa exige que la víctima sea símbolo, no sujeto de una historia concreta

Por otro lado, hay mujeres que conviven durante varios años con violentos. Y son mujeres todos los días de esa convivencia. Todos. Sin embargo, no todos los días se llega a la violencia física, y ni siquiera a la verbal. Pueden suceder varios episodios de golpes en el transcurso de esos años, pero nunca suceden por ser mujer. Lo afirmo con convicción: las mujeres somos mujeres todos los días.

La violencia llega cuando algo altera al violento: una comida mal hecha, un ruido de niños, una mirada que no le gusta, un partido que pierde su equipo. Los insultos llueven muchos días, sí. Pero también hay días en que nada de esto pasa. Porque el insulto, como el golpe, no brota de la condición de mujer de la compañera, sino de su propia incapacidad para contenerse. No necesita una razón. Solo necesitaba la falta de frenos.

Hay hombres que matan a sus hijos. Y se dice que lo hacen “para hacer sufrir a la madre”. Que la violencia no va contra el niño, sino contra ella. Es un argumento que, aunque pueda parecer bienintencionado, es cruel. Porque convierte al niño en instrumento. Y los niños no son martillos.

Instrumentalizar a un niño golpeado o asesinado borra su sufrimiento en cierto modo, y eso no es justo. Lo reduce a una herramienta para causar daño a otro. Y además —y sobre todo— me causa rechazo porque absuelve parcialmente al asesino: le da un móvil. Le da un “por qué”. Y eso, en términos legales, puede ser útil, pero en términos éticos es inaceptable.

Yo no creo que un hombre asesine a su hijo, principalmente, para castigar a su ex. Creo que hay hombres que son asesinos en potencia, y que cuando su equilibrio se rompe, descargan su furia donde pueden. A veces es en la madre. Si ya no puede, porque se han separado, puede ser en el niño. A veces, durante la convivencia, esposa e hijos son golpeados por igual. Pero no hay una lógica. Hay una implosión. No hay una estrategia. Hay un descontrol. Una falta de frenos internos. Y el niño muere no porque sea útil como mensajero, sino porque estaba ahí. Y no puede huir.

Tal vez todos, en algún momento, hemos deseado la muerte de alguien. Una profesora cruel. Un juez injusto. Un padre ausente. Muchos hemos fantaseado con cómo sería este mundo sin esa persona. Es normal. Es humano. Lo que no es normal es actuar sobre esa fantasía. Cruzar la línea. Convertir el deseo en acción.

Yo, por ejemplo —lo confieso— he sentido deseos de ver muerto a más de uno. Claros y  nítidos deseos. Pero no di ni un paso para matar a nadie. Porque tengo conciencia. Porque no quiero ir a la cárcel. Porque tengo dos hijas. Porque nunca tuve una buena coartada, tal vez.

Porque sé que, si cruzo esa línea, ya no hay vuelta. Y eso es lo que marca la diferencia: el freno interno. El mecanismo que impide que la pulsión se convierta en hecho. Ese freno moral que nos impide ser adúlteros o tontear con el marido de la amiga. Frenos que tenemos… o no.

El freno del asesinato hay quienes no lo tienen, y quienes lo tienen atrofiado. Hay quienes lo sueltan cuando creen que nadie los va a ver. Y eso no tiene nada que ver con la víctima. Tiene que ver con ellos. Con su estructura interna. Con su límite ético —o su ausencia.

El discurso feminista, por tanto, tiene que elegir: estrategia o coherencia. Aquí hay un punto delicado. El feminismo jurídico ha impulsado la figura del femicidio como forma de visibilizar la violencia estructural contra las mujeres. Y lo ha hecho con argumentos válidos. Pero al hacerlo, ha incurrido en una contradicción peligrosa: ha convertido a la mujer asesinada en un símbolo, en una bandera, en una prueba de un sistema que mata por género —aunque yo hubiera usado la palabra sexo. Y al final se ha aceptado que la causa del crimen sea su sexo. La mataron por ser mujer.

Eso es útil políticamente, sin duda. Pero no es coherente. Porque convierte a la víctima en causa. Y eso es lo que decimos que no se debe hacer. No se puede decir que una mujer fue asesinada por ser mujer, y al mismo tiempo decir que su ropa, su actitud o su decisión de caminar sola por la noche no tienen nada que ver con el crimen que sufrió. O todo tiene que ver, o nada tiene que ver. Pero no podemos ir y venir según nos convenga jurídicamente.

La violencia no es selectiva. En general, no elige víctimas por su sexo, su edad, su nacionalidad o su color. Aunque haya asesinos que salgan de su casa con la idea de matar a un anciano, o a un niño, o a una mujer, son casos excepcionales. El violento común, el que ejerce la violencia con su entorno —padres, hijos o esposa— no discrimina. Ataca cuando deja de pisar el freno. Cuando explota.

Este texto no busca minimizar la violencia contra las mujeres. Todo lo contrario. Busca devolverla a su lugar real: el corazón del violento. No está en la minifalda ni en la custodia. No está en el sexo de la víctima.

En muchos discursos institucionales actuales, el agresor es presentado no como un individuo con voluntad, sino como producto del patriarcado. Nos dicen que “el agresor es un resultado del machismo estructural”. Esta idea diluye la responsabilidad individual, porque convierte al violento en un engranaje más de un sistema. Es como si no pudiera evitar lo que hizo, porque la cultura lo programó así.

También encontramos algunos enfoques sociológicos extremos que entienden el crimen como consecuencia inevitable de un contexto socioeconómico, educativo o familiar. Esto exime al sujeto de responder éticamente por sus actos. Lo convierte en víctima de su pasado o de su entorno. El castigo se vuelve injusto o inútil desde esa perspectiva, y se pide “reeducación” en lugar de responsabilidad.

Obviamente, de ahí vienen las políticas públicas orientadas a “desprogramar al macho”, como si todos los varones fueran agresores en potencia. Y el montón de chiringuitos de psicólogos lánguides, tratando de “educar violentos” y cobrando su sueldecito. Por cierto, un saludo a toda esa industria presuntamente terapéutica que se presenta como aliada de la víctima mientras vive del problema sin resolverlo nunca.

¿Alguien tiene las encuestas de cuántos violentos deconstruidos siguen partiendo bocas después de conseguir su diploma de control de ira?

La violencia no siempre tiene un porqué. A veces, simplemente es. Y eso es lo más difícil de aceptar. Porque no se puede prevenir, ni legislar, ni encuadrar del todo. Porque exige una mirada mucho más profunda, y mucho menos cómoda.

 

Isabel Salas 

viernes, 1 de agosto de 2025

LA HEMBRA HUMANA Y EL "(NO)DERECHO" DE DEFENDER A SU CRÍA

No es solo que a la madre se le niegue el derecho de proteger a su cría. Es que cuando lo ejerce, la castigan. El instinto materno no solo se deslegitima: se penaliza convertido en diagnóstico, en amenaza y en prueba en contra.

 


En la selva, nadie interroga a la leona. No hay formulario, ni audiencia, ni técnico que se atreva a decirle cómo ser madre. En la selva, si alguien se atreve a tocar a su cría, hay sangre. No intervención ni mediación. Sangre.

En el mundo animal, la madre es intocable. Sea gata, perra, rata o gallina, todos saben que hay un riesgo en quitarle las crías.  No hay juez, fiscal ni asistente social que se atreva a decirles cómo deben criar. Nadie osa dictar si la loba está capacitada para proteger a sus cachorros o si el instinto de la elefanta se encuentra afectado por un “trastorno vincular”. En el mundo real, si una cría es arrancada de los brazos, garras o pechos de su madre, hay pelea. Hay gritos. Hay huidas y hasta muerte. Y es natural. Porque lo antinatural es arrancar a una cría de su madre. Lo anormal es que una sociedad justifique ese acto. Lo inhumano es que una hembra humana no pueda rugir.

La hembra humana es la única mamífera a la que se le exige templanza cuando le arrebatan a su hijo. La única a la que se le prohíbe llorar en exceso, gritar demasiado, desesperarse. Porque si lo hace, la etiquetan. Se vuelve sospechosa. La patologizan. La examinan. Le buscan un nombre clínico que justifique lo injustificable. Histeria. Trastorno narcisista. Desorden afectivo. Alienadora. Inmadura. Inestable. Madre peligrosa...obstructora del vínculo etc ¿Por qué? Porque ha osado sentir. Porque ha osado proteger. Porque no ha aceptado con serenidad que le quiten a su hijo.

La hembra humana no solo pare con dolor. También cría con miedo. Porque todo lo que haga puede ser usado en su contra. No hay protocolo para el instinto. Pero el sistema lo intenta. Y fracasa, como siempre, a costa del más vulnerable. Dejando en el camino a los hijos sin sus madres y a las madres sin sus hijos.

Una hipopótama, mamíferos como los humanos, no necesita demostrar que es buena madre ni ante sus  iguales, ni ante los otros animales ni ante nadie. La hembra humana sí. Debe rendir cuentas. Debe ser evaluada, medida y etiquetada. Y si no se ajusta al perfil emocional esperado —sumisa, razonable, colaboradora— entonces se activa la maquinaria. Informes, peritajes, “equipos técnicos”. Se debate si el niño debe quedarse con ella o no, como si eso fuera una opción posible y negociable. Como si el vínculo pudiera sopesarse con escalas de Likert. Como si una madre pudiera ser sustituida por una figura “equivalente” que garantice un “entorno saludable”.  

Pero no hay equivalente. Le moleste a quien le moleste, no lo hay. No lo hay en el reino animal ni en el humano. No existe reemplazo para la madre. Ni la ley, ni el Estado, ni la abuela, ni la madrina, ni una familia de acogida, ni el padre siquiera —que puede ser maravilloso, pero no es la madre — pueden sustituirla.

Porque madre es la que gestó, la que alimentó con su cuerpo, la que arrulló con su olor, la que reguló con su latido el corazón del hijo. Eso no se entrena ni se delega. Se es o no se es. Se tiene o no se tiene. Y arrancar a un hijo de esa matriz viva es un acto de violencia extrema, aunque venga envuelto en papel timbrado. Nadie quiere recordar que un hijo arrancado de su madre es una fractura que atraviesa generaciones. Porque ese niño no entiende de leyes, ni de peritajes, ni de “entornos saludables”, solo de brazos conocidos, del olor que calma y del corazón que escuchó desde dentro del cuerpo materno.

Lo peor no es solo el hecho, sino su justificación social. La frase más repetida ante una madre que ha perdido la custodia de su hijo es esta: “Algo habrá hecho”. Como si la mera existencia del fallo judicial validara la separación. Como si los jueces fueran dioses infalibles. Como si no supiéramos —porque lo sabemos— que hay decisiones viciadas, corruptas, ideológicas, apresuradas o basadas en pruebas manipuladas. Y sin embargo, esa frase lo borra todo. Esa frase es una lápida. Cierra el debate. Condena a la madre a la vergüenza pública. La transforma en culpable sin juicio. Sin defensa y sin compasión.

Claro, tiene sentido. Un juez de familia, con tres divorcios, que ve a sus hijos dos fines de semana al mes, dictaminando qué es un entorno ‘saludable’. Perfecto.

Y muchas veces, efectivamente, la mujer ha hecho algo: ha tenido miedo. Miedo real, visceral, legítimo. Ha tenido miedo de que el padre abuse, maltrate, manipule, secuestre, desaparezca. Y puede pasar que, aconsejada por abogados sin escrúpulos, haya denunciado. A veces con razón. A veces exagerando. A veces equivocándose. Porque el miedo no sigue protocolos. El miedo de una madre no es cartesiano. No espera la prueba pericial. Reacciona. Se adelanta. Intenta prevenir. Pero ese miedo, en lugar de ser entendido como señal de alarma, es usado como prueba de inestabilidad. La ley que prometía protegerla, la juzga. La desarma y la incapacita para conservar a sus hijos con ella.

Y otras veces, ni siquiera denuncia. Solo defiende. Solo se niega a entregar al hijo a una situación que considera peligrosa o humillante. Lo esconde. Lo protege. Se lo lleva. Lo aleja. Lo amamanta más tiempo del que aprueban las expertas en crianza positiva. Lo duerme a su lado. Le habla en voz baja. Lo escucha. Y eso, eso tan elemental, se convierte en prueba de alienación parental. En muestra de fusión patológica. En evidencia de que la madre “no sabe soltar”. Que no lo deja crecer. Que está invadida por su propio trauma. Y entonces, otra vez, se activa la máquina: informes, diagnósticos, sanciones. Arrancamientos.

Pero lo más perverso no es solo que le quiten al hijo. Es que además le exigen que lo acepte con madurez. Que no se descompense. Que no se descomponga y no se desregule. Que coopere. Que “piense en el bienestar del niño”. Le piden a la madre que, despojada de su hijo, adopte una conducta racional. Que se muestre centrada. E incluso sonriente. Porque si sufre demasiado, confirma que está loca. Si llora, es codependiente. Si se enfurece, es violenta. Y si guarda silencio, es manipuladora. No hay salida. No hay gesto correcto. Todo lo que haga será interpretado contra ella.

Y así, muchas terminan perdiendo el norte. Sí. Pero no porque lo hayan perdido espontáneamente. Lo pierden porque se lo arrancan. Porque las desmantelan desde dentro. Porque el sistema no solo les quita al hijo: les quita el derecho a doler, a gritar, a defender, a existir como madres. Las empuja al abismo emocional y luego filma la caída para mostrar que “no estaban bien”. Es un linchamiento legal. Una lapidación blanca. Un sacrificio institucional.

Y lo saben. Lo saben los jueces, lo saben los psiquiatras, lo saben los peritos. Lo saben de sobra las trabajadoras sociales de los puntos de encuentro que se burlan de esas madres desgarradas. Saben que la reacción de una madre ante la pérdida forzada de su hijo es desproporcionada. Porque debe serlo. Porque si no lo fuera, eso sí sería patológico. Lo que hay que mirar no es la reacción, sino la causa. Pero no lo hacen. No quieren hacerlo. Porque admitirlo sería dinamitar el sistema desde dentro.

Mientras tanto, los animales siguen enseñándonos sin palabras lo que nosotros hemos olvidado: que no se toca a una cría. Que no se le arranca una cría a su madre. Que ese vínculo es sagrado, no porque lo diga un juez, sino porque lo dice el cuerpo, el alma, la biología. Que si hay algo que merece ser protegido, es ese cordón invisible que sigue latiendo más allá del parto. Y que si una madre ruge, hay que escucharla. No medicarla.

La humanidad no podrá llamarse civilizada mientras siga tolerando, justificando o participando en el silencioso genocidio del vínculo materno. Que es el espectáculo dantesco al que estamos asistiendo. Porque cada niño arrancado, cada madre silenciada, cada abrazo interrumpido, es una herida en el tejido invisible que sostiene la especie.

Me gustaría saber qué rinconcito especial le reservaría Dante a los jueces y demás colaboradores que arrancan hijos de madres que aun están amantando a sus hijos. Que torturas inventaría para esos trabajadores sociales que prefieren quitarle un hijo a una madre desempleada y mandarlo a una casa de acogida antes que ayudar a la madre.

Y un día, cuando la historia juzgue este tiempo de bestialidad legal, cuando los archivos salgan a la luz y se sepa cuántos niños fueron usados como armas, cuántas madres fueron diagnosticadas para poder ser calladas, entonces será tarde. Entonces llorarán otros. Pero hoy, mientras tanto, hay que hablar. Hay que escribir y hay que rugir.

 Y hay que hablar también por las que se quedaron en el camino, con cánceres de útero, sin muelas, calvas y enfermas porque no pudieron soportar la vida sin sus hijos.

Porque una madre que ruge no está loca. 

Está viva. Está cuerda. Está en guerra. Y con razón. Porque la hembra que ruge no necesita aprobación ni diagnóstico. No necesita permiso para defender lo que parió.

Si esta sociedad no puede tolerar a una madre herida que ruge, entonces no merece ser llamada humana. Y que no se confundan: ella no está rota. Está encendida. Y si arde, es porque la están quemando.

 Analicemos algunos ejemplos de cómo reaccionan otras madres:

  1. “Las ratas madre privadas de sus crías durante los primeros días muestran un colapso fisiológico que incluye alteraciones endocrinas, desregulación inmunitaria y conductas de ansiedad extrema.”
    Meaney & Szyf, McGill University, Canadá, 2005 (estudios sobre epigenética y cuidado materno en roedores).

  2. “Las hembras de elefante que pierden a sus crías presentan síntomas persistentes de depresión, insomnio y desorientación durante semanas, a veces meses. Muchas dejan de alimentarse.”
    Poole, J.H. “Elephant Voices”, 2000s

  3. “Las ovejas que no pueden lamer ni oler a sus corderos inmediatamente tras el parto los rechazan por completo. La interrupción del contacto sensorial materno provoca una ruptura definitiva del vínculo.”
    Nowak et al., INRA, Francia, 1996

  4. “La retirada precoz de los cachorros a la madre en perros y gatos está asociada con conductas patológicas tanto en la madre (agresividad, apatía) como en las crías (hiperreactividad, inseguridad).”
    McMillan, F.D., “Development of Behavior Problems in Companion Animals”, 2002

  5. “El canto de las ballenas jorobadas cambia en frecuencia y patrón cuando una cría muere o es separada. Se han documentado cantos de duelo prolongado y conductas de nado errático durante días.”
    Ketten, D. & Payne, R., 2003

  6. “Las madres gorila que pierden a sus crías las transportan muertas durante días, negándose a soltarlas, a veces hasta que el cadáver se descompone.”
    Anderson, J.R., Primatología comparada, 2011

  7. “En todas las especies sociales estudiadas, la maternidad implica un cambio profundo en la fisiología cerebral y en el comportamiento de la hembra, reconfigurando su sistema nervioso para responder al olor, al sonido y al llanto de la cría.”
    Numan, M. & Insel, T.R., “The Neurobiology of Parental Behavior”, 2003

     

    Las madres humanas a veces también reaccionan mal, como dijimos antes algunas enferman y se mueren. Pero no todas se mueren despacio y  calladas. Como ausentes, que diría Neruda, ese ejemplo de padre que abandonó a su hija con hidrocefalia sin que se le moviera un pelo.  Algunas se suicidan. O caen en droga. O terminan en psiquiátricos, a veces para siempre. O hacen lo que nadie se atreve a nombrar: roban, mienten, puede que inventan una denuncia (solas o asesoradas por abogados sin escrúpulos que encuentran en la desesperación de estas mujeres terreno abonado para su ganancia) o incluso maten. ¿Y qué hace entonces la sociedad? Señalar. Titular. Burlarse. “Estaba loca”. “Era peligrosa”. “Mala madre”. ¿Y si no lo fuera? ¿Y si ya no quedara nada cuerdo en ella después de perderlo todo? ¿Y si lo que hizo —terrible, torpe, criminal incluso— fuera el resultado directo del crimen originario de haberle quitado a su hijo?

    La pregunta que nadie se atreve a formular en esos casos es esta: ¿Habría hecho lo que hizo si no le hubieran quitado a sus hijos?
    Esa es la pregunta que jamás aparece en los titulares. Porque abre la caja de Pandora. Porque obliga a mirar al sistema como coautor. Porque exige replantearse si el origen de la violencia no está en la madre, sino en la estructura que la desarmó.

    Porque lo verdaderamente insano no es que una madre se desespere hasta el extremo.

    Lo insano es que la sociedad no lo entienda.

    Y peor aún: que lo permita.


Isabel Salas

   “No te olvides de los dolores de tu madre cuando te llevaba” (Eclesiástico 7:27) 

Este texto puede ser compartido, citado y reproducido libremente, siempre que no se altere su contenido ni se use para fines comerciales sin consentimiento expreso de la autora.

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EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA donde explicamos que la maternidad no es un rol que se asigna, sino un vínculo esencial y que borrarlo es arrancarle el alma a la humanidad.

  MATERNIDAD: ESPEJISMO JURÍDICO    Donde analizamos como el sistema jurídico, desde los romanos hasta hoy,  ha ido convirtiendo el vínculo madre-hijo en un vínculo vigilado y tutelado, incluso en los casos en que la madre ha sido la principal, o única, cuidadora.

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