miércoles, 29 de enero de 2025

EL VÍNCULO MATERNO-FILIAL: LA VERDADERA BASE DE LA SOCIEDAD HUMANA

La maternidad no es un rol que se asigna, es un vínculo esencial y borrarlo es arrancarle el alma a la humanidad.



Me gusta mucho hablar sobre las madres, pero reconozco que cada vez me cuesta más hablar sobre la maternidad sin que se me ponga la sangre a punto de horchata. Cada vez entiendo mejor que hablar de maternidad implica, casi inevitablemente, enfrentarse a una estructura histórica de control disfrazada de celebración.

Me explico: cuanto más estudio historia y derecho, más claro veo que la "maternidad" —tal como se nos ha enseñado a entenderla— parece no ser otra cosa que el mecanismo mediante el cual los hombres tienen hijos. Por eso las sociedades patriarcales glorifican el concepto con sus Venus esteatopígicas, los arquetipos de madres santas y abnegadas, el día de la madre, y tantos otros homenajes a la maternidad y, al mismo tiempo, desprecian el cuerpo real de la mujer que ha parido, y se burla de sus estrías, sus pechos caídos y su barriga flácida. Ya he escrito bastante sobre esto, y hoy lo voy a hacer otra vez. No me preocupa ser reiterativa. Bastante nos repite el patriarcado sus consignas como para que yo me censure por insistir en lo mío.

Empecemos por el momento glorioso de la concepción, ese instante increíble donde un espermatozoide y un óvulo se unen y dan inicio a la vida. Un pequeño paso para la humanidad —parodiando al amigo (brazo fuerte 😁) Armstrong—, pero un paso enorme para una vida concreta que empieza en ese instante su camino en este mundo. No lo vemos, no lo oímos, no lo celebran las banderas ni los medios, no lo llaman los presidentes por el teléfono fijo, pero ahí comienza todo.

Estamos de acuerdo todos, para concebir un nuevo ser humano hace falta, por tanto, que  macho y hembra colaboren —voluntaria o involuntariamente— en ese instante decisivo. Ambos gametos tienen, en principio, la misma importancia biológica para dar inicio a la vida. Pero a partir de ese momento, todo el proceso de gestación queda en manos de una sola persona: la hembra humana. No hay colaboración posible ni sustitución real. Todo está en manos de esa gestante que será la futura mamá.

No hay ecualización de esfuerzos. La maternidad, que es el centro de la creación humana, está en manos de las mujeres. Y posiblemente, porque la sociedad entera se edifica sobre ese hecho ineludible es que el patriarcado ha tratado de gestionarla desde que el mundo es mundo. Lo hace por la fuerza y a través de las mujeres y nuestros úteros.

Durante nueve meses, el cuerpo de la mujer es el único entorno posible para el desarrollo del feto. Lo alimenta con su sangre, lo oxigena con su respiración, lo protege con su temperatura, lo regula con su ritmo. La salud de la madre —su descanso, su nutrición, su estado emocional, su entorno— impacta directamente sobre el hijo. No existe “padre gestante”, ni existe forma de compartir la carga. La gestación es una experiencia unipersonal, irreversible e intransferible. Es trabajo vital, físico, emocional, que nadie puede igualar ni compensar.

Por eso, la maternidad no puede ser tratada como una función dentro de la familia patriarcal. Mucho menos puede ser disuelta en estructuras legales que la convierten en “tutela compartida”, “corresponsabilidad parental” o “derecho del menor a tener padre y madre”. Esas fórmulas ocultan, niegan o directamente violentan el vínculo madre-hijo, que no es una convención, sino una realidad encarnada.

O así es desde que el mundo es mundo aunque el patriarcado trabaja a dos manos para borrarnos también de ese lugar.  Por si no lo sabes, el avance del transhumanismo impulsa con fuerza el desarrollo de úteros artificiales. Ya los están haciendo con corderitos y otros mamíferos. El objetivo no es aliviar el sufrimiento de quienes no pueden gestar, sino desligar por completo la maternidad del cuerpo femenino. Si ese umbral se cruza —y se está cruzando— cualquier persona o entidad podrá “encargar” un niño sin necesidad de una madre real. 

No hablamos ya de reproducción asistida, sino de producción tecnificada de seres humanos. Se abre así la puerta a una lógica de mercado donde los niños se transforman en objetos fabricables, disponibles para quien pueda pagar, sea una mujer infértil, una corporación farmaceútica, un pederasta con dinero, un sádico, cualquier psicópata con deseos de torturar a un niño, en suma, cualquier perfil que  despertaría alarma en una sociedad sana. Esta fantasía tecnocientífica no está diseseñana para liberar a las mujeres, sino para borrar la maternidad como experiencia vital encarnada, sustituyéndola por una gestación de laboratorio al servicio del deseo individual o de intereses comerciales. Si el vínculo materno-filial era está agredido por los sistemas judiciales y las doctrinas patriarcales, ahora se amenaza su misma existencia.

Recordemos un detalle muy importante: incluso cuando una madre entrega a su hijo en adopción —por decisión propia o por imposición institucional—, el lazo permanece. Muchas de esas mujeres pasan décadas pensando en ese hijo. Lo buscan. Lo sueñan. Y los hijos también las buscan a ellas y no preguntan por un espermatozoide. Buscan a su madre. Porque saben que no vinieron del aire. Vinieron de un vientre. Y ese vientre no es una figura simbólica. Es una persona real, que concibió, gestó y parió —aun cuando no pudo criar por innúmeras razones— y el vínculo trasciende la separación.

Uno de los ejemplos más conocidos es el de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que siguen buscando nietos nacidos en cautiverio hace más de cuarenta años. Pero no es un caso aislado ni exclusivo. Lo mismo ocurrió en España, donde durante décadas se robaron bebés en clínicas públicas y privadas con complicidad médica y religiosa. En Irlanda, las madres solteras eran encerradas y despojadas de sus hijos en conventos. Y podríamos seguir. Allí donde una mujer gesta un hijo y el Estado, la Iglesia o un contrato de subrogación de vientre se lo arrebata, hay una violencia estructural contra el vínculo madre-hijo. Y sin ese vínculo, insisto, no hay sociedad, solo un simulacro legal de familia que trata de imponerse sobre la realidad biológica de los mamíferos.

El discurso jurídico contemporáneo insiste en “igualar” derechos parentales. Pero esa igualdad es falsa si parte de una negación del hecho gestacional. La igualdad no se puede construir sobre la mentira de que madre y padre son roles equivalentes. No lo son. Y pretender que lo sean es una violencia más.

La maternidad no es un servicio que se presta a la familia. No es un subproducto del matrimonio. No es una etapa dentro de un proyecto conyugal. La maternidad es anterior a todo eso. Es el primer vínculo humano y puede suceder dentro o fuera del matrimonio. Y por eso debe ser considerada un derecho disponible de la mujer. No un deber. No una función. De ningún modo una carga impuesta por la biología ni por la ley. Ha de ser un deseo elegido y protegido. 

Cuando la maternidad es forzada o violentada —porque no se puede abortar, porque se impone un régimen legal, porque se tutela desde fuera—, lo que se rompe no es solo la libertad de la mujer. Se rompe el vínculo humano más elemental. Y una sociedad que rompe sistemáticamente ese vínculo está condenada a vivir en guerra consigo misma.

Me propuse hace años nunca hablar de madres ni con madres sin nombrar a las niñas obligadas serlo. En muchos países, aún hoy, se celebran matrimonios entre niñas y adultos bajo justificaciones culturales, religiosas o tradicionales. Esta práctica, que persiste con la complicidad de Estados e instituciones internacionales (que no dejan de hacer negocios con los estados pederastas, sino que miran hacia otro lado convenientemente) expone a las niñas a embarazos precoces, partos forzados y graves riesgos para su salud física y emocional. 

No se trata únicamente del "casamiento". Detrás de ese eufemismo  viene la la noche de bodas, que imaginamos cómo debe ser, la noche de la primera violación. Después el embarazo, casi imposible de sostener por esa niña de nueve o diez años, la subsiguiente maternidad impuesta y todos los traumas dolores y terrores que todo esto conlleva. Muchas veces con consecuencias irreversibles, y digo muchas para que no me tachen de alarmista al afirmar que todas esas niñas sufren la misma pesadilla.

El cuerpo de una niña se convierte en territorio de uso. Todo ello en función de estructuras patriarcales que normalizan la subordinación femenina desde la infancia. Esa niña no vive su  maternidad, sino que la sobrevive tras una forma legalizada de apropiación y violencia extrema. Señalar esto no es intolerancia cultural, es una exigencia ética elemental. ¿Y cómo va a sorprendernos, si el cuerpo de cualquier mujer, a cualquier edad, sigue siendo un campo de batalla? Violar a las mujeres del pueblo vencido ha sido, y sigue siendo, una práctica habitual de guerra, sin fronteras ni tiempo. También se viola en las fiestas y tras las finales de fútbol. Nada nuevo.

Yo sueño  con las mujeres pudiendo ser madres cuando y como quieran, sin miedos y desde su libertad. Creo firmemente que la verdadera autonomía femenina empieza por el reconocimiento de nuestro cuerpo como territorio inviolable. Y la maternidad, cuando es deseada y asumida, es la forma más alta, noble y hermosa de ejercer esa autonomía.

Una sociedad que invierte en sus madres —con tiempo, dinero, ayudas reales, apoyo concreto y guarderías dignas— no está haciendo caridad ni feminismo institucional. Está invirtiendo en su propia salud mental, emocional y colectiva. Porque de las madres nacen tanto los hombres como las mujeres. Parimos hijos e hijas y sabemos todos como una infancia feliz determina nuestro futuro. Una infancia feliz pasa por vínculo materno-filial sano y fuerte. 

Lo que tal vez no hemos pensado es que la forma en que una sociedad trata a sus madres determina, en gran medida, la clase de hombres y mujeres que esa sociedad tendrá.

No hay más que verlo mirando alrededor. Cuantos problemas nos ahorraríamos con niños y madres felices.

A tiempo estamos de seguir evolucionando y de plantear estos debates antes de que sea demasiado tarde. Recordemos que antes que ciudadanos, obreros o consumidores, fuimos hijos. Y todos salimos de un cuerpo real, no de una abstracción. Todos tenemos madre y a muchos nos hubiera gustado criarnos con una madre más feliz y con menos miedo.

 

Isabel Salas 

lunes, 27 de enero de 2025

EL CANAL DE LA ALEGRÍA

Nombrar no es inocente: cuando el lenguaje degrada, la realidad retrocede.

Últimamente se ha puesto de moda, en ciertos círculos, llamar orificios a las vaginas y deseo manifestar mi completo desacuerdo con semejante práctica. Digamos, de paso, que tampoco me gusta demasiado la palabra vagina, y tengo mis razones. Por lo visto, vagina es una palabra de uso muy reciente, además de ser total y completamente machirula. Según he leído, aparece en 1641 cuando un botánico y anatomista alemán llamado Johann Vesling, profesor en la Universidad de Padua, tuvo la peregrina idea de llamar así al conducto maravilloso que une el mundo exterior con nuestro útero.

Podía haberla llamado recinto de la vida, camino del placer, cueva fabulosa, o cualquier otra cosa bella, pero le puso el nombre vagina porque le pareció que esa parte de nosotras era semejante a la vaina que cubre la espada, una especie de funda o envoltorio. O sea, se olvidó de su suavidad, su utilidad y su misterio, para definirla como la parte de la hembra que rodea o cubre al pene durante el coito.

Es decir, tras preguntarse este buen muchacho cómo podría referirse a ese conducto casi mágico, elástico, calentito y autolubricado —por nombrar algunas de sus preciosas particularidades— se le ocurrió ponerle un nombre simplón que remite al puntual uso que de ella hacen los varones. Nosotras no contábamos para nada, y así seguimos. Fue así como el órgano sexual femenino fue bautizado en honor al pene. Realmente es una burla. Una burla histórica, tal vez sin mala intención, pero sin lugar a dudas una ofensa en varios sentidos.

Busqué cómo se referían a nuestra querida vagina antes de que el bueno de Johann se animara a bautizarla y poca información he encontrado. Los romanos llamaban vulva a todo el contexto, y no se sorprendan al saber que vulva también significa envoltura y englobaba todo el paquete genital femenino, desde los labios menores y mayores hasta la propia vagina y el clítoris.

En lo que se refiere al nombramiento de nuestros órganos sexuales, las hembras occidentales les debemos a los griegos la belleza de la palabra clítoris, pues viene de kleitoris y significa pequeña montaña. Ellos solo conocían la parte externa del clítoris y no podían sospechar su verdadero tamaño y ubicación, pero al menos le dieron un nombre poético sin referirse a lo que un varón podría o no hacer con nuestro querido amigo. Por cierto, la palabra clímax también es de la misma familia, y además, según mi experiencia, tiene toda la lógica, pues con pene o sin pene es el clítoris quien nos da los mayores contentamientos en lo que a orgasmos se refiere.

Quiero terminar diciendo que la alegría de recibir a un hombre dentro de mí jamás la he vivido como la aburrida entrada de un pene en mi vagina. Es mucho más que eso: es el hombre completo, con sus risas, sus caricias, sus palabras, su olor y todos sus gestos. Y no entra solamente a mi vagina; ese hombre está allí porque de alguna manera ya tiene mi amistad, mi deseo, mi corazón o tal vez hasta mi amor. Y cuando sucede la penetración, entra también en mi corazón y en mi cerebro. Puede incluso tocar mi alma cuando el amor es grande y mutuo, y hasta nuestras auras se abrazan cuando nuestros cuerpos se encajan en esa magnífica coreografía donde hombre y hembra se encuentran.

La vagina no es, por tanto, la funda de un pene: es mucho más. Es el comité de bienvenida a todo el resto. Y menos aún es un orificio. La vagina podría tener nombre de flor —que para eso el tal Johann era botánico— o nombre de cualquier cosa que evocara lo que es: una parte esencial de nuestra identidad sexual, por supuesto, pero también una entrada al mundo del placer o la salida triunfal para nuestra sangre menstrual y nuestros hijos.

Si la palabra vagina en su origen fue inapropiada, esta nueva tentativa de borrar la vagina convirtiéndola en un simple orificio me parece un agravio aún mayor. Nuestros órganos sexuales son mucho más que nombres. Debido a ellos, a su maravillosa capacidad de dar placer y de engendrar vida, es que hemos sido amadas o repudiadas, ensalzadas o perseguidas, sacralizadas o estigmatizadas, dependiendo del contexto histórico. Pero definitivamente, en pleno siglo XXI, corresponde que defendamos nuestro cuerpo y cada porción de él como lo que son: partes indivisibles de un todo maravilloso que es la hembra humana. Y como parte de esa defensa, nos atribuyamos el poder de nombrarnos como mejor nos sintamos.

No permitamos que conviertan nuestra vagina en un orificio.

Somos hembras, preciosa palabra que viene de fémina, cuya raíz significa mamar o amamantar. Otras palabras de la familia son fēlix, fecundo o fīlius, que remiten a fecundidad, felicidad e hijos. Por tanto, fémina es la que amamanta o da de mamar, una palabra poderosa.

Sin embargo, tal vez muchas no sepáis que “mujer” viene de mulier, que significa aguado o blandengue. Otra palabra de la misma raíz es molusco. Por eso, desde que me enteré, prefiero decir de mí misma que soy una hembra, y no una mujer.

Me hubiera gustado que Johann hubiera elegido el nombre de alguna orquídea para nombrar nuestra vagina, pero ya es tarde para arreglar esa mala elección. Sin embargo, hoy puedo escoger, y escojo usar hembra y vagina antes que mujer con orificios.

Las hembras somos casi la mitad de la población mundial, pero todos nosotros —hombres y mujeres— hemos llegado al mundo gracias a una vagina. Sea en el momento de la concepción o a la hora del parto, allí está ella: el canal de la alegría que es la puerta de la vida.

 

Isabel Salas

lunes, 20 de enero de 2025

TRAICIÓN

Cuando el poder pacta con el invasor, al pueblo solo le queda morir o rebelarse.

En el colegio aprendí, asépticamente, que el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid fue el resultado de una acumulación de tensiones políticas y sociales derivadas de la ocupación francesa en España, que había comenzado en 1807 con el Tratado de Fontainebleau. Este tratado permitía a las tropas de Napoleón Bonaparte atravesar el territorio español para invadir Portugal, aliado de Gran Bretaña. Sin embargo, el verdadero plan de Napoleón era controlar toda la Península Ibérica y nuestras autoridades, obviamente, o se hicieron las tontas o lo eran o tal vez unas traidoras como tantas que a lo largo de la historia han permitido invasiones en su tierra por intereses contrarios a los del pueblo.

Resumiendo, para quien no tenga fresca la historieta, la crisis política que se vivía  en España en aquellos días, se profundizó cuando el rey Carlos IV abdicó en su hijo, Fernando VII, tras el Motín de Aranjuez en marzo de 1808. Pese al cambio de monarca, Napoleón ya había comenzado a imponer su influencia en el país y convocó a ambos reyes a Bayona, donde forzó sus abdicaciones en favor de su hermano José Bonaparte.

Mientras tanto, en Madrid, el repudio popular contra la presencia de las tropas francesas aumentaba. El 2 de mayo de 1808, al enterarse de que el infante Francisco de Paula, último miembro de la familia real que quedaba en la capital, iba a ser trasladado a Francia, los madrileños se congregaron frente al Palacio Real. Al grito de "¡Traición!" se desató una revuelta espontánea, en la que civiles, armados con lo que tenían a mano, se enfrentaron a las tropas francesas.

Hasta que punto esta gente se levantó espontáneamente o fueron atizados por otros, eso no lo sé. Lo que sí parece seguro y contrastable es que el general Joachim Murat, comandante de las tropas francesas, respondió con una represión brutal. La resistencia popular fue sofocada en pocas horas, y al día siguiente, el 3 de mayo, se ordenaron fusilamientos masivos, inmortalizados por Francisco de Goya en su célebre cuadro "Los fusilamientos del 3 de mayo". Un cuadro que desde que yo era chica siempre me puso los pelos del alma de punta. Intentando adivinar los nombres de esos hombres, tratando de imaginar que gritaron mientras los empujaban para matarlos y otros detalles que mi mente de niña quería adivinar entre miedo y reverencia.

Desafortunadamente, en las fuentes históricas disponibles no especifican la edad ni los nombres exactos de la mayoría de los fusilados de aquellos días en Madrid, aunque todos son recordados como símbolos de la resistencia de los españoles a la ocupación francesa y su indignación a la traición de los reyes.

Eran  civiles o militares como los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, que lucharon en el parque de artillería de Monteleón. Entre ellos, los más conocidos son los cuarenta y cuatro condenados que fueron ejecutados en la madrugada del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío, en la escena  inmortalizada en el cuadro  de Goya.

De estos, se han identificado algunos nombres a través de investigaciones históricas, como la del historiador Luis Miguel Aparisi, quien confirmó diez de las víctimas. Entre los fusilados está Francisco Gallego y Dávila, un sacerdote que aparece también representado en el cuadro.  Otros nombres son los de Anselmo Ramírez de Arellano, funcionario de Hacienda, José Reyes, Antonio Méndez y Manuel Rubio, albañiles que lucharon desde su andamio y los de Juan Antonio Serapio y Antonio Martínez.

El resto de los fusilados sigue siendo anónimo aunque la investigación histórica continúa. Sus cuerpos fueron abandonados por orden de Murat y luego enterrados de manera clandestina en el cementerio de la Florida. Conocemos algunos de sus rostros e ignoramos los nombres de casi todos. Todos ellos, con su acto de extremo heroísmo, marcaron el inicio de la Guerra de Independencia Española contra los franceses, que duraría hasta 1814.

Me pregunto qué pasaría si España fuera invadida de nuevo. Si de nuevo las autoridades nos traicionasen, qué sucedería. No haría falta un pintor para inmortalizar nada porque hoy todos tienen teléfonos móviles y la gente lo graba todo, sin embargo valientes que estén dispuestos a resistir una invasión siempre hacen falta. Seguimos teniendo sacerdotes, albañiles y empleados de hacienda, pero ¿tendríamos hoy el mismo valor y determinación que aquellos héroes anónimos del 2 de mayo para levantarnos ante una injusticia o traición similar?

 

Isabel Salas

lunes, 6 de enero de 2025

SEA COUCH, PREGUNTE CÓMO

Habla como coach, escribe como GPT y repite como loro: el nuevo gurú digital.
 

Tengo la impresión de que las personas que antes vendían batidos para adelgazar —y te convencían de que adelgazar no era suficiente, que debías aprovechar la suerte de estar gorda para montar un negocio y venderle a tus amigos la belleza y la salud que ibas a derrochar en pocas semanas— han evolucionado.

Como los Pokémon, o como las versiones del navegador, han hecho un punto cero en sus estrategias comerciales y ahora venden “estrategias de contenido” como si vendieran espuma del mar. El producto ha cambiado, pero el vacío sigue siendo el mismo. Antes era un kit adelgazador, ahora es coaching. Gente enseñando a otros cómo mejorar su vida, cómo aliviar sus traumas, cómo superar sus miedos y cómo —además— enseñar a otros cómo enseñar... a otros.

Porque mejorar tus complejos o tus neurosis no es suficiente, igual que adelgazar tampoco lo era. El negocio no es el resultado, es ser parte de la cadena. Una piedra más de la pirámide. Un delirio de Matrioshkas huecas con un PowerPoint en cada capa.

Lo perturbador no es que repitan frases recicladas. Es que se presentan como creadores de algo que no han creado, y encima cobran por enseñar cómo se hace. Una especie de estafa piramidal de supuesta creatividad. Un club de gente que se cita entre sí, que se retroalimenta sin digerir nada. Mucho de ese pretendido contenido no nace de una vivencia ni de una idea propia. Nace de una necesidad de figurar. De estar. De no desaparecer del feed.

Y en medio de este panorama surrealista, entra la inteligencia artificial. Nuestra nueva amiga imprescindible. Esa que lo mismo nos ofrece quinientos nombres de gatos para que le adjudiquemos uno a nuestra nueva mascota que nos genera un texto, un concepto, una estructura., una frase con el gancho  del Capitań Garfio que sirva para entretener a ese ejercito de Peter Panes.

Alguien lo copia, lo adorna un poco, lo sube a su red, se autodenomina “creador”. Y acto seguido monta un curso de “cómo crear contenido auténtico que conecta”. Le pone música lo-fi, hace un carrusel ( sin caballitos) y empieza a facturar (o no). Miles de muñecos manejados por el  gran ventrílocuo. Y ni siquiera veo desde aquí si se dan cuenta de que tienen la mano metida hasta el fondo.

¿Dónde quedó la idea de tener (realmente) algo que decir antes de abrir la boca? ¿En qué momento se volvió aceptable enseñar sin haber aprendido, guiar sin haber caminado, compartir sin haber creado? El mundo está lleno de bocas prestadas repitiendo cosas ajenas con voz propia. El algoritmo misterioso que decide qué es (y que no) merecedor de ser ensalzado, premia unos perfiles e ignora otros. El eco vale más que el origen. Da igual si lo que dices es tuyo, lo importante es que lo digas con naturalidad y convicción mirando el agujerito de la camara con aire profesional. 

Aunque lo haya escrito una IA. Aunque no entiendas lo que estás repitiendo. Aunque cobres por enseñarlo. Aunque seas un pobre fingiendo ser rico o un desempleado  pretendiendo ser un existoso  creador. 

No me parece que sea creación, más bien es una esperpéntica coreografía. Me recuerda aquellos noticieros de la pandemia donde los presentadores leían los mismos comunicados simultáneamente en perfecta armonía. Es maquillaje,   una cadena de montaje donde lo único auténtico es la ansiedad por no quedarse fuera y conseguir tu pedacito de pastel.  Y lo peor es que a algunos, obviamente les funciona. Funciona porque el humo vende y alguna gente compra aire con plantilla y se siente realizada.

Y así estamos: atrapados en un sistema donde el ruido se confunde con presencia, y la autenticidad se subcontrata. Nos dicen que no importa el ruido, que si eres autentico, tu voz se terminará escuchando.

Tal vez sea verdad, o tal vez no.

La vida no es un algoritmo, es caprichosa, y a veces, la carga el diablo. 


Isabel Salas


miércoles, 1 de enero de 2025

CIERRE INAUGURAL

No todo cierre es una clausura, algunos son el inicio del futuro.




No todas las historias necesitan redención. Algunas pueden consumirse  en paz y descansar en su camita de cenizas. Esforcémonos en no esforzarnos tanto y siempre. Recordemos este sencillo dogma tan chiquito y con esa carita que recuerda a su padre cuando era chico. Dejemos de ser más papistas que el papa y aprendamos como él a hacernos los muertos cuando interese.

No siempre hay algo que quiera volver (ni que tan siquiera merezca volver) aunque quisiéramos invocarlo con el más sagrado aquelarre.

No todos los pollos asados se llaman Fénix, algunos se llaman con nombres más latinos y podemos ponerles su lápida de descanso eterno y decirles Amén como si le dijéramos cállate y no respires ni hagas ruido, quédate difunto y quieto como los espermatozoides vacunados.

Hay dolores que se quedan doliendo sin necesidad de que venga un arrebatado a convertirlos en canción de esperanza y no es falta de dignidad, es cansancio. Es el placer de la putrefacción que respira cuando no la obligan a revivir y se da a sí misma el derecho de descansar como restos reposantes sin presión.

Y esa decisión de no esforzarse es, en definitiva, la aceptación del cierre inaugural.  El cierre del útero que  niega la luz. Que se atrinchera y le saca el papelito a un caramelo haciendo mucho ruido pero sin intención de compartir. No porque no pueda repartir luz o  golosinas, sino porque no  quiere dar nada más y el ruido del celofán es música azul que huele a mandarina ácida.

Isabel Salas

LECHE MATERNA ¿ARTIFICIAL?

 La maternidad no se negocia ni se industrializa. Una de las últimas tendencias mundiales desde los gobiernos y desde las corporaci...